lunes 24/1/22
polaz

La polarización afectiva se define como la distancia emocional entre el afecto que despiertan quienes simpatizan con nuestras mismas ideas políticas en contraposición con el rechazo hacia quienes tienen opiniones diferentes. ¿Existen motivos para preocuparse ante la creciente polarización afectiva? Pienso que sí, pues esta polarización tiene importantes efectos adversos para el buen funcionamiento de nuestra democracia, en especial la confianza hacia las instituciones y a la legitimidad de los gobiernos.

Esta polarización afectiva tiene como caldo de cultivo como, por ejemplo, aspectos identitarios con fuerte base emocional que provoca división en bloques. Siguiendo a Westwood, se basa la polarización afectiva, en el sentido que estamos tratando, se basa en las valoraciones que realizamos de otros grupos de personas, como simpatizantes de determinados partidos, y a nuestras propias actitudes hacia ellos por el simple hecho de su pertenencia a ese grupo. Ilustra esto el caso de EEUU, donde tanto demócratas como republicanos, consideran al otro, entre otras lindezas, como hipócrita, egoísta, necio y de mente estrecha.

Se considera que España se encuentra entre los países con una mayor polarización afectiva del orbe, según un estudio de Gidron y cols., de 2020. Se sabe según este autor que los partidos políticos españoles, cada vez está más lejos en sus posiciones ideológicas y territoriales. De hecho, los trabajos suelen señalar que la polarización afectiva, es decir, la divergencia entre la afección al partido que se simpatiza y el rechazo hacia el resto de los partidos rivales, es particularmente intensa en el caso de España. Y en otro estudio de 2020 de Miller y cols., se demuestra cómo se ha ido incrementando esta polarización afectiva desde la década de los 90 del siglo pasado hasta cuando finaliza el estudio en abril de 2019.

El humorista Sofocleo dijo: ”en política siempre se corre el riesgo de pertenecer a las mayorías”

Para responder a estas preguntas voy a poner el foco en dos políticas que han polarizado las opiniones en otros países: la política fiscal y la política migratoria, y las compararé con políticas que generan mucho más consenso, como las relacionadas con el estado del bienestar. Por desgracia, los datos que tenemos en España para estudiar este problema a lo largo del tiempo son escasísimos.

Sin embargo, existen estrategias alternativas para analizar este fenómeno. En un trabajo reciente realizado por Sandra León para la revista South European Society & Politics usamos dos medidas distintas para capturar esa animadversión entre votantes de distintos partidos. En concreto, usamos la valoración de los líderes (en la escala 0-10 similar a la de arriba) y la probabilidad de voto (también en una escala de 0 -no votaría nunca- a 10 -lo votaría siempre).

Ciertamente, tanto la valoración de líderes como la probabilidad de voto no preguntan directamente sobre la simpatía que generan los distintos partidos (o sus votantes), pero creemos que son una fórmula razonablemente eficaz para medir la lógica que hay detrás del concepto de polarización afectiva: la disonancia existente entre la afección hacia el partido con el que se simpatiza y el rechazo que se siente hacia el resto de los partidos. 

Así pues, en este documento utilizó la valoración de líderes y la probabilidad de voto como medidas de afección/rechazo a los partidos políticos usando el catálogo de datos del CIS. Aunque existen distintas formas de calcular la polarización afectiva, en los gráficos que presento a continuación se ha usado el método de Reiljan (2020), el cual agrega las distancias entre la simpatía que despierta el partido que se vota y el rechazo al resto de partidos ponderándolos por el tamaño de cada partido (es decir, adoptando la lógica que hay detrás del cálculo de la desviación estándar ponderada). Por lo tanto, la medida va a dar mayor peso a la distancia emocional (o rechazo) que siente un votante del PP hacia el PSOE que la que siente hacia Ciudadanos o Podemos, pues estos dos últimos son partidos más pequeños. 

Desde 2000 hasta 2019 usando las encuestas electorales del CIS y tomando en consideración todos los partidos de ámbito nacional con representación parlamentaria. Del gráfico se desprende que en las últimas dos décadas ha aumentado la polarización, aunque de forma más acusada si usamos la medida de probabilidad de voto. En este último caso, la polarización ha ascendido de 5,3 a 7,8. Es decir, las distancias en la probabilidad de voto entre el partido que se vota y el resto de los partidos (ponderándolos por su tamaño) ha crecido 2,5 puntos. Se trata, sin duda, de un aumento muy considerable. 

En un trabajo reciente realizado por Sandra León para la revista South European Society & Politics usamos dos medidas distintas para capturar esa animadversión entre votantes de distintos partidos, usando las encuestas electorales del CIS y tomando en consideración todos los partidos de ámbito nacional con representación parlamentaria, se desprende que en las últimas dos décadas ha aumentado la polarización, aunque de forma más acusada si usamos la medida de probabilidad de voto. En este último caso, la polarización ha ascendido de 5,3 a 7,8. Es decir, las distancias en la probabilidad de voto entre el partido que se vota y el resto de los partidos (ponderándolos por su tamaño) ha crecido 2,5 puntos. Se trata, sin duda, de un aumento muy considerable

Todo indica que los sentimientos de afecto y rechazo en la política española se estructuran cada vez menos en términos de trincheras partidistas y más en términos de trincheras ideológicas. Las afinidades con los partidos del mismo bando parecen aumentar a la par que crece la animadversión hacia los partidos de la otra orilla ideológica.

Por último, compartir esta reflexión del humorista Sofocleo: ”en política siempre se corre el riesgo de pertenecer a las mayorías”.


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Polarización afectiva en la política española