domingo. 14.07.2024
Composición sobre el número 6291 de El Socialista (09/04/1929)
Composición sobre el número 6291 de El Socialista (09/04/1929)

@Montagut | El trabajo a domicilio fue una práctica muy habitual a partir de la Revolución Industrial, pero con un carácter distinto al que había tenido en la época preindustrial donde el nivel de explotación fue menor, y constituía, más bien, un complemento a las labores agrícolas, fundamentalmente (“domestic system” y “puting out system” ). A partir de la industrialización el trabajo a domicilio tuvo mucho que ver con el trabajo a destajo desarrollado en jornadas interminables y con bajas remuneraciones, así como, con unas condiciones nada favorables porque se compartía el lugar de trabajo con la vivienda obrera, que no reunía condiciones ni para el trabajo ni para vivir. Pero además, dada su dispersión no era fácil que se generasen lazos de solidaridad con otros trabajadores y trabajadoras, y que pudiera desarrollarse el movimiento obrero que terminó por ser consciente de que había que trabajar en este campo. Por fin, una parte muy importante, especialmente del ámbito textil, del trabajo a domicilio era ejercido por mujeres. Queremos ofrecer algunas claves sobre esta cuestión en este reportaje histórico, comenzando realmente, antes de la Revolución Industrial para ver las diferencias que se produjeron posteriormente.

  1. Domestic Out System y Putting Out System
  2. El trabajo a domicilio en Argentina hacia 1913
  3. Sobre el trabajo a domicilio y el movimiento obrero a propósito del caso alemán en 1900
  4. La legislación británica y el trabajo a domicilio 
  5. El Instituto de Reformas Sociales y el trabajo femenino a domicilio en 1918
  6. El mitin de las obreras de la aguja de abril de 1929
  7. El segundo mitin de las obreras de la aguja en abril de 1929

Domestic Out System y Putting Out System

En el siglo XVIII, además de los gremios y las manufacturas reales, existía una tercera vía para la elaboración de productos textiles, vinculada al mundo rural. Estamos hablando de la protoindustrialización, que nació en Inglaterra y en Flandes.

Muchas familias campesinas hilaban y tejían con instrumentos sencillos –ruecas y telares manuales-, consiguiendo unos ingresos complementarios a los obtenidos por sus actividades agropecuarias. Este hecho fue un factor clave en la mejora de las condiciones de vida en el campo en las zonas donde se produjo, incidiendo en el crecimiento demográfico que tuvo lugar en el siglo XVIII.

Muchas familias campesinas hilaban y tejían con instrumentos sencillos, consiguiendo unos ingresos complementarios a sus actividades agropecuarias

La industria rural comenzó por abastecer parte de las necesidades locales, pero el fenómeno terminó por generar excedentes que podían ser vendidos en mercados mayores. El éxito de la protoindustrialización hizo que se extendiese por otras áreas europeas que luego, en general, coincidieron con las que protagonizaron los procesos de industrialización. Estaríamos hablando de Holanda, algunos estados alemanes, el norte de Italia y Cataluña.

La industria rural o protoindustrialización tuvo dos fases. En una primera etapa, conocida como domestic system, hablaríamos de un proceso autónomo, protagonizado por los campesinos, y por ello reducido, ya que solamente tenía lugar en las épocas en las que no había tareas agrícolas absorbentes, como eran la siembra y la recolección. Los campesinos, dueños de las herramientas, hilaban y tejían. Terminados los productos, acudían al mercado local para venderlos a los comerciantes, negociando un precio.

La segunda fase es conocida con la expresión putting out system y supuso una variante importante del sistema doméstico primigenio. El campesino perdió su autonomía, que le permitía decidir cómo y cuánto producir. Ahora sería el comerciante, antes un mero comprador, quien dirigiría todo el proceso productivo. En primer lugar, suministraba las materias primas. Es en esta fase cuando comenzó a introducirse el algodón en Inglaterra, y que solamente podían suministrarlo los comerciantes por sus contactos exteriores, y por las razones que vimos en el artículo aludido. En segundo lugar, el comerciante distribuía entre las familias campesinas las herramientas e instrumentos de hilar y tejer. Y, en último lugar, fijaba los precios de los productos elaborados. Así pues, cambió el carácter de la remuneración de los campesinos. Del dinero que recibían por el precio pasaron a percibir una especie de salario, que era fijado por la parte fuerte del sistema, es decir, por el comerciante.

Los problemas y contradicciones del putting out system tenían que ver con la dispersión, tanto a la hora de suministrar las materias primas y herramientas, como para controlar la producción de las familias. El sistema fabril terminaría con este problema.

En la fase del ‘putting out system’, el campesino perdió su autonomía que le permitía decidir cómo y cuánto producir

El trabajo a domicilio en Argentina hacia 1913

El senador socialista argentino de origen español Enrique del Valle Iberlucea realizó en 1913 un exhaustivo análisis sobre la situación del trabajo a domicilio en Argentina, que el diario español El Socialista publicó en sus páginas en su número 1579, en el mes de septiembre de ese año, habida cuenta de la preocupación que el movimiento obrero de signo socialista siempre tuvo hacia este tipo de trabajo, menos regulado, peor pagado, con peores condiciones de higiene, donde era difícil llegar, habida cuenta de su dispersión, y donde la explotación, especialmente de las mujeres, era evidente.

El Socialista 1579 (19/09/1913)
El Socialista 1579 (19/09/1913)

El propio senador señaló que este tipo de trabajo era un problema que preocupaba. El trabajo a domicilio se realizaría generalmente en pésimas condiciones higiénicas, pero, sobre todo, con jornadas laborales muy largas y con una remuneración muy escasa. Solamente salían beneficiados los empresarios y los “subempresarios” de los pequeños talleres, que como intermediarios procuraban esquilmar cuanto les era posible a quienes trabajaban bajos sus órdenes o por su cuenta.

Ya Marx, en El Capital, nos seguía informando el político socialista, había explicado las condiciones y efectos de este tipo de trabajo. La moderna industria del trabajo a domicilio no tenía nada que ver con la antigua, basada en el oficio urbano independiente, o con la pequeña agricultura independiente, y ante todo una casa de la familia obrera. Se había convertido en una especie de departamento exterior de la fábrica, de la manufactura o del taller. Además de los obreros que se concentraban en una fábrica el capitalista movilizaba otro ejército de obreros a domicilio desparramados en las grandes ciudades y en los campos. La explotación de las fuerzas del trabajo era mayor en la industria a domicilio porque en la fábrica se estaba reemplazando la fuerza muscular por máquinas y mejoras en el trabajo, mientras que en el taller privado eso no existía, poniendo en peligro a mujeres y niños que en ella trabajaban. Por otro lado, Marx explicaba que la capacidad de resistencia de los obreros disminuía al estar diseminados, entre los obreros y los empresarios se introducía una serie de “rapaces parásitos”, porque el trabajo a domicilio luchaba en todas partes con la producción fabril de la misma rama de producción, porque la pobreza privaba al obrero de las más necesarias condiciones de trabajo, espacio, luz, ventilación, etc., porque aumentaba la irregularidad de la ocupación, y, finalmente, porque en estos últimos especie de refugios de trabajadores la competencia entre los obreros llegaba a máximos.

En conclusión, el régimen de trabajo a domicilio constituía la peor forma del asalariado.

Pues bien, todas las nefastas consecuencias de este sistema, y que se podían observar en distintas partes del mundo, también se daban en Buenos Aires y en otras ciudades de la República.

Del Valle Iberlucea citaba un informe del Departamento Nacional del Trabajo donde se enumeraban los inconvenientes del trabajo a domicilio: mayor duración de la jornada, malas condiciones de higiene y comodidad y menor salario. Por otro lado, la industria a domicilio adquiría un desarrollo mayor cada día producto del aumento de la población, del aumento de la propia industria en general, de los efectos que en el presupuesto familiar había producido la carestía de la vida y de la calidad profesional de cierta inmigración.

Algunos habían afirmado que la legislación laboral sobre el trabajo de mujeres y menores y su forma de aplicación había originado el cierre de talleres, cuyas labores habían pasado a efectuarse a domicilio, pero Del Valle consideraba que esto era una excusa para pagar menores salarios.

También aludía a que se habían realizado ya algunas investigaciones, especialmente para Buenos Aires. En el Boletín del Departamento Nacional del Trabajo había aparecido un trabajo sobre el trabajo de la mujer a domicilio, que reflejaba la “triste y miserable condición de la infeliz obrera de la aguja”.

La explotación de las fuerzas del trabajo era mayor en la industria a domicilio porque en la fábrica se estaba reemplazando la fuerza muscular por máquinas

El estudio llegaba a la conclusión de que el trabajo a domicilio de la mujer lejos de mejorar sus condiciones, tendía a que empeorasen a medida que se hacía más diestra porque se empleaban sus habilidades para elaborar productos baratos, no pudiendo regir en ella el principio aplicado al trabajo industrial de fábrica, esto es, que a mayor habilidad un mejor salario. Por eso, se imponía con urgencia la adopción de medidas de protección. De esa opinión era nuestro político.

La industria a domicilio preponderante en Argentina era, como ocurría en España, por lo que sabemos, la textil, la de “vestido y tocador”. En Buenos Aires en ese momento habría casi tres mil casas pertenecientes a esta industria, con 39.160 trabajadores, de los cuales, 22.081 trabajaban a domicilio. Según el censo industrial había 1.417 camiseras, 3.872 trabajadores del calzado, 2.954 en artículos de ropería, 2.443 en confecciones, 5.516 en artículos de sastrería, y 4250 en ropa militar. Pero el senador consideraba que estos datos eran incompletos. Según el censo municipal del centenario, habría 90.256 personas mayores de catorce años trabajando en la industria del “vestido y tocador”. Habría, 1.955 bordadoras, 16.316 costureras, 16.086 modistas, 11.460 planchadoras, 692 chalequeras, 1.049 corseteras, 801 pantaloneras, 189 corbateras, 15.621 zapateros, 10.358 sastres, 1.189 sastres cortadores, 4301 lavanderas, 749 colchoneros, 166 gorristas, y 148 pasamaneros.

Así pues, en conclusión, opinaba que no parecía exagerado afirmar que en Buenos Aires había unos sesenta mil trabajadores a domicilio.

En cuanto a las jornadas y salarios de estos obreros el Departamento Nacional del Trabajo en otra investigación comprobó que las aparadoras por una jornada de diez a trece horas diarias de trabajo recibían entre 3 y 3’5 pesos por día como retribución en bruto y con gastos de trabajo diarios entre 0’5 y 1 peso, viviendo en una sola pieza o habitación con sus familias. Además, durante varios meses al año carecían de trabajo. Por su parte, las bordadoras trabajaban de doce a trece horas ganando 1’4 pesos. Las camiseras por jornadas de nueve a doce horas ganaban 1’2 a 2 pesos de salario, al que debían restar por gastos entre 10 y 20 centavos, y faltándoles también trabajo durante parte del año. Las costureras trabajan entre cinco y siete horas diarias, aunque había quien prolongaba su jornada laboral hasta doce o diecisiete horas. Unas ganaban 0’35 pesos por día, aunque había una minoría que podía llegar a los 5 o 6 pesos. La mayoría de ellas vivían en una habitación por la que pagaban 30 pesos de alquiler. Las corbateras trabajaban entre nueve y quince horas, ganando entre 1 y 6 pesos, excluidos los gastos. Las modistas tenían una jornada parecida, percibiendo entre 1’50 a 3 pesos. Las pantaloneras laboraban entre ocho y diecisiete horas con salario diario de entre 0’5 y 5 pesos, siendo su trabajo muy discontinuo. Por su parte, las sastras trabajaban de nueve a doce horas, ganando entre 2’4 y 4’8 pesos, poniendo el material ellas por su cuenta, como el hilo, la aguja, el carbón, etc.. Las sombrereras tenían jornadas de entre doce y trece horas diarias con un salario entre 2 y 2’5 pesos. Las paragüeras trabajaban entre diez a once horas por un jornal de entre 1’5 y 5’2 pesos. Por fin, las corseteras tenían una jornada de unas nueve horas, con un salario de 2’1 pesos.

Eran datos revelaban para Del Valle la absoluta necesidad de legislar sobre el trabajo a domicilio. Había que tener en cuenta que este trabajo se hacía en el hogar privado, que la Constitución hacía inviolable, pero, además, estaba el problema de la dispersión, que imposibilitaba una eficaz inspección, garantía para que una legislación laboral tuviera éxito.

En Buenos Aires había unos sesenta mil trabajadores a domicilio

Sobre el trabajo a domicilio y el movimiento obrero a propósito del caso alemán en 1900

En distintos artículos hemos estudiado los problemas que se presentaban en relación con el trabajo a domicilio textil donde eran indiscutibles protagonistas las trabajadoras en la España de los años veinte y treinta, generando una creciente preocupación por parte del sindicalismo de signo socialista. Pero, en realidad, el trabajo a domicilio fue un asunto que desde mucho tiempo atrás había preocupado al movimiento obrero dentro y fuera de España. Acercarnos a la huelga de los obreros sastres alemanes en 1900 nos puede ofrecer algunas de las claves de este sector laboral, sus problemas y las reivindicaciones sindicales.

Los socialistas españoles siguieron este conflicto porque reafirmaba las ideas que tenían sobre el trabajo a domicilio, sobre sus abusos e inconvenientes. La gran reivindicación siempre giraba en torno a que la reglamentación existente para el trabajo en las fábricas se extendiese a la producción en el “domicilio obrero”, que los niños no tomasen parte en este trabajo sino a partir de una determinada edad, y que los adolescentes y mujeres no pudieran trabajar al día más que un número limitado de horas, ya que la jornada laboral en casa era siempre mucho mayor que en talleres y fábricas.

El Socialista 766 (09/11/1900)
El Socialista 766 (09/11/1900)

Al parecer, los sastres alemanes iban más allá de estas reivindicaciones, que podríamos calificar de clásicas del movimiento obrero. Pedían que el trabajo de sastrería dejara de hacerse en casa, y que mediante una ley se obligase a que se realizase en fábricas, para evitar los inconvenientes y abusos que se practicaban. Los socialistas españoles veían muy interesante esta propuesta porque debía extenderse a otro tipo de producciones que se realizaban en el domicilio obrero.

La industria dentro de casa no solamente era perniciosa por la larga jornada que debían soportar los niños y adolescentes, como hemos expresado, sino por otras razones tan importantes como ésta. La primera de ellas tenía que ver con las condiciones higiénicas, ya que la vivienda obrera se transformaba en taller. Y no olvidemos que la mayor parte de dichas viviendas eran muy pequeñas, con una sola habitación.

Pedían que el trabajo de sastrería dejara de hacerse en casa, y por ley se obligase a que se realizase en fábricas, para evitar los inconvenientes y abusos

En relación con la legislación había que tener en cuenta otro problema, que se había visto en Alemania. La extensión de esa legislación al trabajo domiciliario era muy urgente porque las regulaciones fabriles sobre el trabajo infantil, que habían provocado que el número de niños y niñas trabajando en fábricas fuera decreciendo de forma evidente, había traído una consecuencia no deseada, ya que había subido, en contrapartida y de forma muy significativa, el número de niños y adolescentes trabajando en casa, donde al no haber normas se podían trabajar más horas y con menos retribuciones.

Hemos consultado el número 766 de El Socialista, de 9 de noviembre de 1900.

La legislación británica y el trabajo a domicilio 

Los británicos pusieron fin al denominado “sweating system”, o “sistema del sudar a tanto la pieza”, o trabajo a destajo, propio del trabajo a domicilio, para cuatro corporaciones u oficios unos años antes de la Primera Guerra Mundial.

En 1908 el diputado Mr. Foulmins presentó en este sentido un proyecto de ley en los Comunes, pasando sin oposición su primera y segunda lectura. En 1909 se convirtió en ley, y el primero de enero de 1910 entró en vigor.

El Socialista 1585 (25/09/1913)
El Socialista 1585 (25/09/1913)

Los oficios en los que se terminó esta práctica laboral fueron los que más lo padecían, esto es, la confección, en general, para hombres, el cartonaje, el tul y bordados y las cadenas de acero.

El espíritu era ampliar la prohibición a otros oficios y grupos de oficio. Al parecer, hacia 1913 los fumistas y latoneros lo estaban solicitando.

Los británicos pusieron fin al denominado “sweating system”, o “sistema del sudar a tanto la pieza”, o trabajo a destajo, propio del trabajo a domicilio

La ley no fijaba un salario mínimo, limitándose a establecer unos Consejos de oficio o arte, compuestos a partes iguales de obreros y patronos, con funcionarios del Ministerio de Trabajo.

En los oficios “femeninos” las mujeres estaban representadas obligatoriamente.

Los Consejos fijaban el salario mínimo, así para el trabajo por piezas como para el trabajo por horas. Vigilaban todo lo relacionado con los salarios. Los fabricantes tenían que comunicar la lista exacta, por categorías, de todos sus salarios.

Los inspectores nombrados por los Consejos podían exigir las informaciones que necesitasen a los manufactureros y fabricantes.

En todo caso, los salarios mínimos fijados por los Consejos no podían ser inferiores a la tasa mínima.

Se estableció, por lo demás, un baremo de multas.

Al parecer, la ley se había aplicado mejor en algunos sectores, como el de las obreras y obreros de cadenetas de acero, y después en los otros. La última industria donde se había aplicado había sido la de la confección de ropa de hombre, a partir de febrero de 1913.

Al parecer, la ley había sido un éxito con aumentos de salarios en todos los sectores.

Esta información se publicó en L’Humanité en un artículo firmado por Marcelo Mauss, para poner como ejemplo el caso británico frente a la situación de explotación que se padecía en Francia en vísperas de la Gran Guerra. El Socialista español se hizo eco de este trabajo en el número 1585, es decir, del 25 de septiembre de 1913.

El Instituto de Reformas Sociales y el trabajo femenino a domicilio en 1918

La regulación del trabajo a domicilio, mayoritariamente desempeñado por mujeres, no se reguló hasta la Dictadura de Primo de Rivera con un Real Decreto de 26 de julio de 1926. Antes hubo intentos de hacerlo, en 1918, 1919 y 1921-22. Este asunto movilizó al sindicalismo socialista en distintas ocasiones, al considerar que las trabajadoras sufrían una dura explotación salarial y unas terribles condiciones laborales de jornadas interminables al no aplicarse la legislación laboral general. Pues bien, en este artículo nos acercamos al primer intento de regular este sector, que ocupaba, en las ciudades españoles a un considerable número de trabajadoras desde el siglo anterior. El sindicalismo femenino socialista intentó movilizar a estas trabajadoras, un asunto muy complejo porque era un trabajo que se realizaba en los domicilios y no en centro fabriles ni talleres, lo que dificultaba la acción sindical, pero, además, porque ocupaba a amplios sectores de mujeres de clase media baja, las cuales no se consideraban obreras, a pesar de su clara proletarización.

El Socialista 3276 (18/07/1918)
El Socialista 3276 (18/07/1918)

Estudiamos, por tanto, el proyecto de ley que preparó el Instituto de Reformas Sociales en el verano de 1918, y que fue aprobado por unanimidad, es decir, por los representantes del Estado, la patronal y los vocales obreros socialistas.

El 5 de julio de 1918 en el Pleno del Instituto de Reformas Sociales se aprobó el Proyecto de Ley del trabajo a domicilio, pero también otro relativo a la jornada y salario en el trabajo femenino de la aguja en talleres y fábricas, es decir, dos iniciativas complementarias, ya que se referían al trabajo de aguja de las mujeres, en su domicilio y en centro específicos de trabajo.

Ambos proyectos culminaban un intenso trabajo realizado por los inspectores de trabajo y los delegados de estadística del Instituto, así como de algunas organizaciones que trabajaban por la regularización de este tipo de trabajo. Fueron ampliamente discutidos, pero, al final, se habían aprobado por unanimidad, demostrando la valía de esta organización, a pesar de que no se la tuviera en cuenta en todas sus recomendaciones, informes y proyectos de ley por parte de los gobiernos del reinado de Alfonso XIII.

El trabajo a domicilio estaba considerado por los socialistas como el más antihigiénico, penoso y peor remunerado, ofreciendo jornales de miseria y jornadas de duración interminable, como apuntábamos más arriba. Los abusos de la patronal eran evidentes, ya que las trabajadoras estaban aisladas unas de otras. La investigación realizada había permitido saber qué tipo de remuneraciones recibían estas trabajadoras. Así pues, se sabía que en Barcelona por coser o pegar botones de nácar en cartulina, entregando a granel los botones, resultaba un jornal entre 25 y 30 céntimos diarios. Por coser abalorios de vidrio o flecos de adorno se pagaba a dos pesetas los 25 metros de fleco, cuya composición exigía unos tres días de trabajo. Por el orillo de ganchillo en camisetas de género se pagaba a 80 céntimos la docena, exigiendo un trabajo de doce horas de duración. Por la confección de una docena de camisas de hombre se pagaba 1’25 pesetas, y por la misma cantidad de mujer, menos, una peseta, mientras que para las de niños, 50 céntimos. La elaboración de camisas ocupaba entre doce y diecisiete horas de labor, aproximadamente.

Por su parte, en Valencia, al comenzar la guerra mundial, y con motivo de una contrata de un millón de camisas de hombre se pagó a las trabajadoras 1’20 la docena, pero ellas tenían que poner el hilo, los botones, la luz y la máquina, y confeccionar una como muestra. Para coser las doce camisas se tardaban dos días en jornadas de 14 horas.

El trabajo a domicilio estaba considerado por los socialistas como el más antihigiénico, penoso y peor remunerado

En Madrid, por bordar tres docenas de pañuelos de caballero se pagaban 2’50 pesetas, ocupando tres días de labor. Por elaborar una docena de blusas, con cortado, preparado, cosido a máquina, pegado de automáticos, se abonaban dos pesetas, pero la obrera tenía que poner los automáticos por valor de 30 céntimos, cintas por 20, y otros tantos por el hilo, además de poner la máquina. Este trabajo ocupaba 15 horas de trabajo. En el caso de la denominada “camisería de batalla”, la docena de camisas se pagaba a 2’25 pesetas, empleando la obrera dos días de trabajo, debiendo costear por su cuenta el hilo, botones y la máquina, lo que suponía un gasto de 60 céntimos por cada docena de camisas, por lo que, realmente, se ganaba nada más que 82 céntimos.

Los socialistas defendían que el mejor procedimiento para terminar con la explotación de estas trabajadoras consistía en establecer un salario mínimo. A esto tendía el proyecto de ley.

El texto comenzaba definiendo qué era el trabajo a domicilio, y a qué obreros comprendía. Pero la ley se iba a aplicar, a modo de ensayo al denominado “trabajo de aguja”, pudiendo el gobierno aplicarla a otras variedades o industrias después de escuchar al Instituto de Reformas Sociales.

Dicho Instituto estaría encargado del patronato del trabajo a domicilio, teniendo como uno de sus objetivos fomentar el asociacionismo obrero entre las trabajadoras.

La fijación de los salarios mínimos se realizaría por comités mixtos de patronos y obreros de localidad o región, mientras que en Instituto se organizaría un comité central de fijación de salarios, que actuaría en las apelaciones que se formularan con ocasión de la determinación de los salarios en cada comité local. Había que fijar salarios mínimos específicos para cada tarea, operación o trabajo de este ramo industrial que, como hemos comprobado, era bastante variado. El proyecto especificaba cómo se debía calcular el salario mínimo en función de lo que se cobraba, por trabajadores medios, en fábricas y talleres, de lo que se cobraba en cada zona, del valor de la jornada de trabajo y de las horas necesarias para la fabricación del producto. Las remuneraciones serían siempre en metálico sin descuento posible, y el pago sería semanal. No se podría contratar ningún trabajo al margen de lo dispuesto en materia salarial. El proyecto de ley también estipulaba todo tipo de condiciones para garantizar el correcto funcionamiento de este tipo de trabajo, y el procedimiento para corregir irregularidades, así como las sanciones y multas.

La ley se iba a aplicar, a modo de ensayo al denominado “trabajo de aguja”, pudiendo el gobierno aplicarla a otras variedades o industrias

Los sindicalistas socialistas esperaban mucho de este proyecto, y deseaban que se convirtiera en ley porque podía terminar con una situación muy dura para las trabajadoras. También se propusieron fomentar la organización de este tipo de trabajadoras.

Hemos trabajado con el número 3276 de El Socialista. El libro de Marta Del Moral Vargas, Acción colectiva femenina en Madrid. (1909-1931), 2012, es una tesis muy interesante sobre la lucha de las mujeres en el Madrid de los primeros decenios del siglo XX. Sobre el trabajo a domicilio es recomendable acudir a la monografía de Álvaro Soto Carmona, El trabajo industrial en la España contemporánea (1874-1936), con prólogo de Miguel Artola, (1989), págs. 332 y ss.

El mitin de las obreras de la aguja de abril de 1929

En varios trabajos estamos estudiando el empuje del sindicalismo socialista femenino en el ámbito de la confección textil a finales de los años veinte y principios de los treinta. En esa época se multiplicaron las denuncias de explotación tanto en empresas como en el trabajo a domicilio, además de los actos para que las trabajadoras de la aguja se afiliasen a las Sociedades Obreras de la UGT.

El Socialista 6285 (02/04/1929)
El Socialista 6285 (02/04/1929)

Pero también se propuso, especialmente desde el PSOE, insistir en la formación socialista de las trabajadoras. En este contexto, la Agrupación Socialista Madrileña y las Sociedades del Ramo de la Aguja celebraron el primero de abril de 1929 un mitin en la Casa del Pueblo de la capital para propagar el ideal socialista entre las trabajadoras, planteándose, de nuevo, el problema de cómo atraer a la causa a las mujeres.

El acto fue presidido por Luis Fernández, en nombre de la Agrupación Socialista, explicando, como era habitual en este tipo de actos, el objetivo del mismo, y que no era otro que el de contribuir a que la mujer se fuera interesando por las cuestiones que el socialismo planteaba.

El primer orador fue el fundamental sindicalista y socialista Wenceslao Carrillo, que se interrogó sobre si el tema de la noche era el de la mujer y el socialismo o el de los trabajadores respecto al tema de la mujer y el socialismo. Carrillo volvía plantear una pregunta: “¿cómo pretender que la mujer venga a nuestras ideas si tenemos que comenzar por convencer a los hombres para que se percaten de su verdadera misión si son realmente socialistas?” Si los padres y hermanos de las mujeres se preocupasen de esas cuestiones, la mujer vendría al socialismo sin tardanza. Carrillo insistió mucho en que no bastaba con llamarse socialista, sino demostrar un espíritu de sacrificio, necesario en la lucha de las ideas.

Además, Carrillo elogió a las trabajadoras presentes porque haber hecho inclinar la cabeza a más de una que se consideraba dueña de las operarias. El lazo más fuerte era siempre el de la solidaridad.

Luego planteó una cuestión que incidía ya de forma más concreta en cómo las mujeres podían acercarse al socialismo. Tradicionalmente, se consideraba que era fundamental el papel del marido en el hogar para convencer a la mujer con el fin de que acudiese a la Agrupación Socialista correspondiente, pero Carrillo lo veía difícil. El problema partía, siempre según el orador, en la educación que había recibido la mujer. El camino pasaba por el ejemplo de la conducta personal del hombre en la organización y el hogar.

Se consideraba que era fundamental el papel del marido en el hogar para convencer a la mujer con el fin de que acudiese a la Agrupación Socialista

Juan Sánchez-Rivera, abogado, periodista y miembro de la Agrupación Socialista Madrileña, planteó su discurso sobre la importancia en ese momento del deber que tenía la mujer en lo que concernía al socialismo. Para ello, comenzó citando a Gambetta, quien, al parecer, en 1882 declaró que el siglo XIX había elevado al hombre a la condición de ciudadano, y que el XX haría lo mismo con la mujer. La profecía comenzaría a cumplirse, ya que, siempre según el orador, muchas Constituciones de la posguerra consagraban el derecho al sufragio femenino, y ya había mujeres en la política. Sánchez-Rivera insistía en el valor del voto, como el medio para que la ciudadanía se manifestase, pero no cómo existía en algunos países, como sería el caso español, que podría considerarse como una caricatura, sino por uno sin coacciones. Pues bien, el orador consideraba que la mujer española no se había preocupado de estas cuestiones, una afirmación un tanto peculiar porque no tenía en cuenta los intentos de las primeras feministas españolas en esta materia que, aunque sin la fuerza de otros países europeos, ya llevaban un tiempo luchando por el reconocimiento del derecho al voto.

En todo caso, Sánchez-Rivera era un defensor de este reconocimiento. Creía que si la mujer hubiera podido votar no se habría producido la Guerra de Marruecos. Por otro lado, aunque se estaba viviendo una situación “anticonstitucional” llegaría un momento en el que se recupere el sufragio, y si las mujeres no sabían utilizarle permanecerían en la situación en la que estaban. Esta afirmación del escritor y periodista presuponía, en primer lugar, que la situación en la que se vivía era transitoria, algo que ya en la primavera de 1929 podría adivinarse, aunque con cautela; pero, por otro lado, presuponía que llegaría, como en realidad ocurrió, un momento en el que se reconociese el sufragio femenino, lo que, además de lo anterior, demuestra una capacidad de clarividencia evidente. Por fin, es interesante apreciar como nuestro protagonista demostraba parte de los temores o prevenciones de una parte de las izquierdas españolas sobre el voto, porque, aunque no lo dice explícitamente, presuponemos que se refiere al supuesto influjo de la Iglesia en la mujer española.

Creía que si la mujer hubiera podido votar no se habría producido la Guerra de Marruecos

Después entró en una serie de consideraciones sobre la inteligencia de la mujer y del hombre, defendiendo que no había diferencias, además de que si se defendía que había pocas mujeres “excelsas” tampoco abundaban los hombres, por lo que había que cultivar la inteligencia general. Además, defendió que la libertad era para todos.

Concluyó expresando que el deber de la mujer era luchar por el socialismo, que era quien redimiría a hombres y mujeres de toda clase de “yugos y tiranías”.

Hemos consultado el número del 2 de abril de 1929 de El Socialista.

El segundo mitin de las obreras de la aguja en abril de 1929

En un anterior apartado nos hacíamos eco de la campaña socialista en favor de la sindicación de las trabajadoras y de su acercamiento a la causa a finales de los años veinte y principios de los treinta, en relación al mitin del primero de abril de 1929 en la Casa del Pueblo. Pues bien, aquel mes fue intenso porque el 8 tuvo lugar un mitin más importante en el salón grande de la Casa del Pueblo, organizado por la Sociedad de Obreras de la Aguja, con la intervención de las hermanas sindicalistas Claudina y Luz GarcíaHildegart Rodríguez, y Clara Campoamor.

Luz García, Hildegart Rodríguez, y Clara Campoamor
Luz García, Hildegart Rodríguez, y Clara Campoamor

Presidió y presentó el acto Claudina García, planteando el objetivo del mismo. No se trataba solamente de luchar por una elevación salarial de las trabajadoras, sino también de contribuir a su formación, “atraer a la mujer al campo de la espiritualidad”, en palabras de la sindicalista. Esa debió ser la causa para contar con las dos grandes oradoras del acto, Rodríguez y Campoamor, personajes, por otro lado, harto distintos. García elogió mucho a la primera por ser un ejemplo de voluntad y de estudio, cualidades que ponía al servicio de las reivindicaciones femeninas. También aludió a la labor social que hacia Clara Campoamor en la Asociación Universitaria Femenina. En este sentido, recordemos su acercamiento al socialismo en aquel momento, aunque nunca militase en ninguna de las dos organizaciones, y que hemos comentado en otro trabajo anterior en esta misma publicación.

Otro problema para que se fomentase el sindicalismo venía derivado de la existencia de talleres vinculados a conventos que combatían el sindicalismo

Luz García fue la primera oradora, insistiendo en la fuerza de la organización. Por eso, las Sociedades de Gorreras, de Sastras de lo Militar, de Modistas y Obreras en Ropa blanca habían montado esta campaña. Luz García insistió mucho en su intervención en el aspecto sindical, repasando las condiciones laborales de todos los ramos textiles donde trabajaban mujeres, ofreciéndonos una información muy interesante para ahondar en el conocimiento del mundo laboral femenino en esa época, ya que la oradora -bordadora de profesión- era una experta conocedora del mismo. La sindicación de las gorreras era difícil, al parecer, porque eran trabajadoras a domicilio. En principio, las sastras de lo militar parecían disfrutar de mejores condiciones laborales porque eran trabajadoras dependientes del Estado, pero no era así porque sus retribuciones eran, curiosamente, muy bajas. La sindicación de las modistas se presentaba más fácil, por lo que había que trabajar para crear una Sociedad potente. En cuanto a las bordadoras habría un problema basado en la consideración que se tenían ellas mismas, de “señoras” y no de trabajadoras, algo que dificultaba que se afiliasen al sindicalismo socialista por prejuicio. Otro problema para que se fomentase el sindicalismo venía derivado de la existencia de talleres vinculados a conventos que, lógicamente, combatían el sindicalismo.

Luz García insistió mucho en la necesidad de la organización sindical de las mujeres, en la consolidación de las Sociedades Obreras de resistencia existentes, y en organizarse en Cooperativas para el consumo. En este último asunto se explayaría, al final de su intervención, sobre un ejemplo inglés.

El Socialista 6291 (09/04/1929)
El Socialista 6291 (09/04/1929)

Hildegart Rodríguez pretendió tratar el tema de la mujer ante el socialismo, un poco más en la temática del primer mitin de abril que hemos estudiado, aunque desde otra perspectiva, porque pretendió abordar lo que representaba en el socialismo la mujer obrera y la mujer intelectual, aunque hizo una larga introducción sobre el carácter de la violencia -imaginamos en relación con la revolución- además de plantear que el principal enemigo del proletariado no era el capitalismo sino la burguesía, ya que el primero estaría muriendo. Lo que había que hacer, siempre según la oradora, era establecer el trabajo obligatorio para todos, eliminando la renta. El verdadero carácter del socialismo era la socialización de la tierra, además de leer un texto sacado deEl Socialista sobre la forma de gobierno. Por fin, llegaría al objetivo del acto, defendiendo la unidad de las trabajadoras, disertando sobre la pesadilla que suponía para la mujer la escasa remuneración que recibía, pero, por otro lado, consideraba lamentable que por unos pocos céntimos no se agrupasen las mujeres. También trató del alejamiento de la mujer intelectual del socialismo hasta ese momento, debido a que las mujeres que habían podido estudiar no eran de condición obrera, pero las que habían estudiado habían comenzado a desarrollar una conciencia social en relación con su saber. Para Hildegart Rodríguez la mujer intelectual debía apoyar al socialismo por su vocación educadora.

Clara Campoamor cerró el acto aludiendo a la importancia de la obrera de la aguja, recordando a Mariana Pineda. Pero la parte más interesante, a nuestro entender, de su intervención, tuvo que ver con la necesidad de la toma de conciencia de la mujer trabajadora en relación con su papel histórico, poniendo algunos ejemplos. Animó a las trabajadoras para que defendiesen su salario, afrontasen las situaciones de paro, y para que se preparasen para la organización corporativa (seguramente, aludiendo a los Comités Paritarios). También trató sobre el seguro de maternidad, en debate en esos momentos, y sobre lo que había disertado unos días antes para un auditorio parecido. Luego trató sobre la importancia de la educación, de la formación, por lo que había que luchar por la implantación de la escuela primaria única: “La cultura no debe ser negada a nadie”. Por fin, otra lucha tenía que ver con la igualdad jurídica, con los cambios en el Código Civil.

Hemos consultado el número del 9 de abril de 1929 de El Socialista. Por otro lado, conviene consultar el Diccionario Biográfico del Socialismo Español para ahondar en la figura de las hermanas García Pérez. Por fin, el libro de Marta Del Moral Vargas, Acción colectiva femenina en Madrid. (1909-1931), 2012, es una tesis muy interesante sobre la lucha de las mujeres en el Madrid de los primeros decenios del siglo XX. 

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