domingo. 26.05.2024

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Existen tres dinámicas interconectadas: la necesidad y el alcance de un movimiento regenerador de la vida pública y democratizador, en particular, del poder judicial y los aparatos mediáticos, puesto de manifiesto por el Presidente del Gobierno; el reajuste de las prioridades entre los ejes fundamentales de la legislatura, con el refuerzo de la reforma sociolaboral, distributiva y plurinacional, y el papel de la activación cívica y la polarización político-ideológica frente a la ofensiva derechista. Vayamos por partes. 

  1. Activación cívica y electoral
  2. Polarización y crispación
  3. Reforma sociolaboral y democratizadora

Como movimiento específico progresista el más masivo e impactante en España, en los últimos años, ha sido el movimiento feminista

Activación cívica y electoral

El movimiento de solidaridad con el pueblo palestino, ante el colonialismo y el genocidio del Gobierno israelí tiene una gran importancia política, simbólica y ética, y hay que reforzarlo. Ha habido masivas muestras de apoyo en las ciudades más importantes de Europa, incluido en España. No obstante, el grueso del poder establecido europeo y los principales gobiernos, junto con sus aparatos mediáticos, están muy dependientes de la estrategia estadounidense que ampara al Gobierno israelí y es una dificultad añadida para parar su agresión, aun con la oposición de muchos países del Sur global. La cultura pacifista y de solidaridad internacional es una característica fundamental ante la agudización de los conflictos geopolíticos y las dinámicas neocoloniales.

Como movimiento específico progresista el más masivo e impactante en España, en los últimos años, ha sido el movimiento feminista, con significativos cambios normativos y de mentalidades, en particular frente a la violencia machista y por la prioridad del consentimiento y la voluntariedad en las relaciones sexuales. Y ha sido evidente la reacción derechista y conservadora en su contra. Aun así, y a pesar de su relativa división interna, el grueso de esa movilización y concienciación feminista representa una buena orientación igualitaria-emancipadora y un modelo de participación feminista, incluido varones solidarios, en defensa de la igualdad de género y la emancipación de las mujeres. Además, ha tenido un gran impacto positivo en la sociedad, por ejemplo en el reciente caso del beso no consentido a Jenni Hermoso, campeona mundial, por parte del presidente de la Federación de futbol, Luis Rubiales, forzado a dimitir por la repulsa cívica.

Sin embargo, aquí habría que diferenciar, al menos dos niveles distintos sobre la dimensión, capacidad expresiva, profundidad y duración de procesos movilizadores o de una activación cívica prolongada que conforman cambios cualitativos en la experiencia popular y la actitud sociopolítica, cultural y representativa en el campo político-electoral. El movimiento antifranquista permitió la conformación de las izquierdas; en parte, el movimiento pacifista y el sindical en los años ochenta, favoreció la creación de Izquierda Unida. Y referido a la configuración de la izquierda transformadora en esta etapa histórica, su formación se inició con un amplio y heterogéneo movimiento popular progresista, simbolizado por el llamado movimiento 15-M que, en sentido amplio, se mantuvo durante un lustro (2010/2014). 

Su particularidad, aparte de su masividad y legitimidad social, fue que contribuyó a la oposición y la crítica de las políticas regresivas y prepotentes de austeridad, aplicadas por el bipartidismo gobernante y amparadas por las instituciones europeas, con lo que se conformó un campo sociopolítico diferenciado de la socialdemocracia y más exigente respecto de la justicia social y la democratización política. 

Como segundo paso y de forma complementaria es cuando surgió Podemos y el relanzamiento del conjunto de las fuerzas del cambio de progreso. Es decir, la representación política como izquierda alternativa, es deudora de un amplio proceso participativo democrático y popular que sentó las bases de un espacio sociopolítico y electoral a la izquierda de la socialdemocracia y que luego se tradujo en fuerza institucional, con la consolidación de su potencial transformador. 

Como se sabe, se ha ido produciendo un cierto declive gradual de ese espacio, aunque una parte votante desplazada hacia el PSOE (o la izquierda nacionalista) se puede considerar todavía una base social transformadora y reversible o dual en su expresión electoral. La opinión que mantengo es que, por una parte, todavía permanece algo de ese impulso transformador desde abajo, con esa experiencia sociopolítica y una cultura política más social y democrática, que explica la permanencia -debilitada- de un espacio sociopolítico y electoral más crítico y exigente que el Partido Socialista y diferenciado del nacionalismo. Por otra parte, además de evitar las insuficiencias y limitaciones de la dirigencia de los grupos alternativos, en particular de Sumar y Podemos, es necesaria la revitalización y la unidad de ese espacio.

No obstante, esa aproximación unitaria va a venir (si viene a corto o medio plazo), fundamentalmente, en la medida que haya una reactivación cívica de distintos movimientos sociales y su mayor o menor convergencia e impacto sociopolítico y cultural, y en particular la capacidad socialdemócrata para neutralizarlo o reorientarlo. Ello permitiría condicionar a las estructuras partidarias alternativas con un proceso democrático de cambio de progreso, más unitario, constructivo, plural y reformador

O sea, la solución, de venir vendrá de abajo y, en parte, de fuera de las élites partidistas actuales, y su liderazgo se fortalecerá en la medida que se impulse, regule y coordine esta combinación de la activación cívica y la acción democrática y plural de todo el conglomerado alternativo y su gestión institucional. Y ello supondría, en tensión con la dinámica de debilitamiento y división de esta izquierda transformadora, con sus pugnas corporativas y sus implicaciones para la gobernabilidad de progreso, una renovación y recomposición de las estructuras partidarias, en un nuevo proceso de refundación, camino de un amplio frente cívico, unitario, democrático y popular. 

Polarización y crispación

Hay una idea cuestionable sobre la conveniencia de la moderación política: la de que, ante el avance de las derechas extremas, es mejor bajar el tono y no confrontar con ellas porque eso lleva a la polarización de la sociedad y a la crispación política. 

Habría que diferenciar entre, por una parte, polarización político-ideológica, como proceso legítimo de defensa de la democracia y los derechos sociales, así como de confrontación con las dinámicas regresivas y autoritarias de las derechas -como el 15M y la protesta social del lustro 2019/2014-, y por otra parte, crispación política y mediática, como dinámica trumpista y antidemocrática del poder establecido y sus terminales derechistas de descalificación del adversario progresista o de izquierdas, con los correspondientes avances sociales, feministas y democráticos. 

Normalmente, esta última -la crispación- está organizada por las derechas ante su frustración por las derrotas político-electorales a manos del bloque progresista, plurinacional y democrático con el objetivo de conseguir su deslegitimación pública e invertir su victoria democrática. Esta reciente actitud reaccionaria y antipluralista de la derecha extrema tiene un largo historial que podemos situar desde su derrota en 2004, por su posición de apoyo a la guerra de Irak, o después, ante la moción de censura por el ’sanchismo’ y Podemos, en 2018, o su fiasco en los comicios del 23J del pasado año frente a un acuerdo democrático diverso para apoyar la investidura del presidente Sánchez. 

En todo caso, hay que diferenciar el centrismo consensual del bipartidismo (al mismo tiempo que pueden mantener una pugna limitada y aun crispada) o el populismo transversal, de evitar el conflicto social o político-ideológico (o la tradicional lucha de clases) respecto del poder establecido o los de arriba. Es decir, se trata de una moderación política como renuncia a procesos reformadores relevantes que eviten la reacción de los poderes fácticos y las derechas, con adecuación a su permisividad. Es una estrategia que denota una impotencia transformadora derivada de la adaptación a la hegemonía de los poderes fácticos (económicos, geoestratégicos y mediáticos). 

La cuestión es que las tendencias más extremas, autoritarias y regresivas en EEUU y Europa, son el peligro principal y hay que frenarlas con una estrategia de acumulación de fuerzas transformadoras con suficiente apoyo social, con defensa consistente de los derechos sociales y democráticos que tienen un componente de reafirmación en una democracia social y participativa. Y es una confrontación de fondo y duradera, no se puede mirar para otro lado. Otra cosa es seleccionar o priorizar los momentos y discursos más favorables en cada coyuntura. Lo que es insuficiente son los simples emplazamientos discursivos, sin una correspondencia en arraigo social y confrontación cívica y masiva con las estructuras de poder y dominación, en defensa de los intereses vitales de las mayorías sociales. 

Reforma sociolaboral y democratizadora

En ese sentido está por ver el alcance del movimiento por la regeneración democrática promovido por el Partido Socialista y las fuerzas progresistas, a raíz de la reflexión de Pedro Sánchez sobre el acoso judicial y mediático, en los dos planos, a corto y a medio plazo. Por un lado, más allá del interés inmediato socialista por incrementar su centralidad política respecto de sus socios gubernamentales y de investidura y mejorar sus expectativas electorales para los comicios europeos, para frenar a las derechas y asegurar mayor autonomía, legitimidad pública y capacidad de gobernabilidad. Por otro lado, a medio plazo, cómo se reajustan los ejes reformadores de la legislatura, bastante bloqueados, y frente a la contraofensiva derechista; parece que se prioriza la regeneración democrática y se relega una imprescindible reforma social, laboral, distributiva y fiscal, y una vez terminado, con la aprobación de la amnistía, el nuevo equilibrio -inestable- sobre la cuestión territorial. 

Lo que queda claro es que va a continuar la polarización político-ideológica, acompañada con la crispación deslegitimadora de las derechas. Y está por ver, por una parte, el grado de la cohesión de la alianza gubernamental, con la presión hacia la subordinación de Sumar. Y, por otra parte, y el nivel de la unidad del conjunto del bloque democrático y plurinacional. Todo ello bajo este plan continuista y hegemonista del Partido Socialista, con escasa reforma social y leve regeneración de los aparatos judicial y mediáticos, en un incierto contexto socioeconómico y geopolítico, así como por la previsible derechización institucional europea. Por tanto, permanece el desafío de una reforma social y democratizadora sustantiva que conecte con los intereses y demandas de la mayoría cívica.

Regeneración democrática y reforma social