domingo. 26.05.2024
Fotogramas de Las Hurdes, tierra sin pan
Fotograma de 'Las Hurdes, tierra sin pan', la película documental de Luis Buñuel

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Diariamente se nos bombardea con cremas antiedad y pócimas rejuvenecedoras. Oleadas de misiles publicitarios nublan el sol en los numerosos días D: Navidad, San Valentín, día de la Madre o ese Black Friday de raigambre tan española como su nombre indica.

Las Hurdes eran, al comienzo de los años 30 del siglo XX, una de las zonas más deprimidas de una España rural ya de por sí sumida en la indigencia

A precio de oro se venden elixires que nos devuelven a la adolescencia y gotas de la fuente de la eterna juventud. Pero para la mayoría de quienes viven o han vivido, la existencia cotidiana ha resultado ser un mágico tratamiento proedad. Veo la cara de una mujer que aparenta ser una venerable anciana. 

Fotograma de 'Las Hurdes, tierra sin pan', la película documental de Luis Buñuel
Fotograma de 'Las Hurdes, tierra sin pan', la película documental de Luis Buñuel

Sin embargo, no pasa de los treinta y dos. La desnutrición, las enfermedades recurrentes y el excesivo trabajo han acabado con ella, aunque sigue en pie. Estamos en Las Hurdes, tierra sin pan, la película documental de Luis Buñuel. Casuchas de una sola habitación, carentes de ventanas o chimeneas, donde se duerme en un lecho de hojas secas. El cretinismo o el bocio son endémicos. Una niña afectada de paludismo tiembla en la calle –eso sí, hay adornos de oro en la iglesia–. Los lugareños «son tan pobres que el pan es algo desconocido para ellos, su alimento consiste casi solamente en fresas salvajes que les producen disentería» (Durgnat: Luis Buñuel). 

Las Hurdes eran, al comienzo de los años 30 del siglo XX, una de las zonas más deprimidas de una España rural ya de por sí sumida en la indigencia. En otros lares las cosas no pintaban mucho mejor. En 1921-22 el etnógrafo Krüger recorrió el noroeste de la provincia de Zamora, informándose para su libro La cultura popular en Sanabria. Si se consulta la colección fotográfica que acompaña al texto, encontraremos viviendas, carros, utensilios y tipos humanos que poca envidia darían a los desafortunados seres filmados por Buñuel. En enero de 2019 se conmemoraba el 60 aniversario de la catástrofe de Ribadelago. Este pueblo sanabrés fue barrido del mapa en la riada causada por la rotura de la presa de Vega de Tera, que acabó con la vida de 144 de sus 500 aldeanos. Al hacerse públicos en periódicos, televisiones o Internet fotos, filmaciones y documentos de la época, jóvenes y no tan jóvenes apenas daban crédito. ¿Cómo una nación a punto de entrar en la década prodigiosa albergaba tal miseria, atraso y sufrimiento? Pero sí, así era. Yo alcancé aún a ver gentes mal vestidas, enfermas crónicas y envejecidas prematuramente que vivían en chozas apestosas, sin servicios higiénicos ni agua, y con la única luz de quinqués de carburo. 

Nos hemos acostumbrado tan deprisa al bienestar que hemos olvidado que se trata de una realidad muy reciente. La cuestión no es solo que comodidades que nos parecen rutinarias fueran un sueño para muchos, incluso en Occidente, y lo sigan siendo en lugares menos afortunados. Es que, además, son precarias y sumamente vulnerables. Asistimos a un progresivo deterioro de las condiciones habitacionales en las grandes ciudades y sus zonas de influencia. Precios y alquileres demasiado altos vuelven a poner a la orden del día las infraviviendas y los pisos patera. Jóvenes con trabajo y títulos tienen que elegir entre vivir en casa de sus padres y compartir piso con varios otros en su misma situación. La calidad de vida desciende, la intimidad sufre y los proyectos de futuro se evaporan.

El combate por una vida mejor se reanuda cada día, aquí o allá. Tres mil años después, más alta o más baja, la voz de los humildes sigue incansable demandando justicia

En 1912, obreras textiles norteamericanas, no pocas de ellas inmigrantes, se manifestaban con el lema «Queremos pan y rosas» en sus gritos y sus corazones. La mayoría quizás lograron pan, difícilmente rosas. Pasan los años y una generación tras otra ve frustradas sus aspiraciones, aunque a juzgar por las inmensas movilizaciones de los 8 de marzo, bien podrían haber añadido la frase «Volveré y seré millones». Pese a que el equipo de los Poderosos y sus seguidores creen que el tiempo ha concluido y el partido estádefinitivamente ganado, mientras el oval esté en juego, el encuentro sigue; aún se puede remontar y dar la vuelta al resultado. En la película de Díaz Yanes Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, la protagonista repite un mantra consolador: «los pobres son príncipes que tienen que reconquistar el reino». El relato, reflejo de la realidad, se encarga de demoler elsueño. Pero ni siquiera los bomberos del Tinglado, con toda la moderna tecnología a su disposición, podrán extinguir los rescoldos de la esperanza y la promesa de los sin nombre, de quienes no tienen guion ni De en sus apellidos.

Se cumplía el vigesimonoveno año del reinado de Ramsés III. Aunque no lo supieran, los habitantes del Alto y Bajo Egipto vivían en el 1152 a. C. Aquel 14 de noviembre, los artesanos que decoraban el monumento funerario del Faraón habían acudido al Valle de los Reyes, como cada mañana. Sin embargo, en lugar de retomar la faena donde la habían dejado la víspera, encaminaron sus pasos hacia el Rameseum, sede del organismo administrativo del que dependían. 

Eran una sesentena, bajo la dirección del escriba Patuere –esos intelectuales, siempre liándola– y de dos contramaestres. Sentados ante la puerta del templo, expusieron sus quejas: «No tenemos ropa, no tenemos aceite, no tenemos nada que comer». Desde hacía más de un mes, aguardaban el abono de su salario. Sabían que los silos rebosaban de grano, pues el Nilo y su crecida habían sido generosos esa primavera. Era fácil deducir que el problema radicaba en la rapacidad y corrupción de los funcionarios que gestionaban las obras. Estamos ante la primera huelga de la que existe constancia histórica. 

Tres jornadas se mantuvieron firmes en sus puestos y en sus trece. «Unidos venceremos / no nos moverán». Los burócratas tuvieron que dar su brazo a torcer y repartirles lo que se les adeudaba. «Los artesanos recibieron su ración mensual, compuesta aproximadamente de cuatro sacos de trigo y uno y medio de cebada» (Hagen: Egipto). Satisfechas sus reivindicaciones, abandonaron Tebas, volvieron al Valle y reanudaron su trabajo. A veces se gana, a veces se pierde. El combate por una vida mejor se reanuda cada día, aquí o allá. Tres mil años después, más alta o más baja, la voz de los humildes sigue incansable demandando justicia.


La promesa de los sin nombre