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miércoles. 28.09.2022

Elecciones en Alemania (I). Merkel en cabeza

Faltan tres semanas y no todo está dicho o hecho en las elecciones federales que se celebrarán el próximo 22 de septiembre en Alemania...

La canciller alemana, Angela Merkel, y su rival socialdemócrata, Peer Steinbrueck, antes del debate televisivo celebrado este domingo cara a las elecciones del próximo 22 de septiembre.

Faltan tres semanas y no todo está dicho o hecho en las elecciones federales que se celebrarán el próximo 22 de septiembre en Alemania. Aún así, las encuestas electorales, todas ellas, señalan que Merkel va a ganar por tercera vez consecutiva. Existe todavía espacio para lo imprevisto, pero lo normal sería que Merkel fuese autorizada por el cuerpo electoral a formar la coalición de Gobierno que más le interese (los votos de los cristiano-demócratas del CDU/CSU no serían suficientes) y siga como canciller otros cuatro años. Así lo ponen de manifiesto también los sondeos de opinión que reflejan un amplio respaldo de la población alemana a lo hecho por Merkel; aunque, como se verá más adelante, no tanto a la labor de su Gobierno.

Dadas las debilidades, incoherencias y limitaciones mostradas por las instituciones europeas y el poder logrado en los últimos años por Alemania, ganar la cancillería también conllevaría la opción añadida de seguir definiendo las líneas maestras del futuro de la UE. Por eso son tan trascendentales estas elecciones. Si en el caso de las últimas elecciones presidenciales francesas que ganó Hollande lo que estaba en juego era la posibilidad, frustrada hasta la fecha, de alentar la resistencia a las medidas de austeridad y trabar la estrategia conservadora de salida de la crisis; ahora, lo que se dirime es la posibilidad, cierta aunque improbable, de cambiar sustancialmente esa estrategia y marcar un nuevo rumbo cooperativo en la UE para los próximos años.

El vaticinio de la nueva victoria electoral de Merkel también se sustenta en el saldo favorable de la gestión de la crisis llevada a cabo, tanto en lo que atañe a la fortaleza y saneada situación que ofrece la economía alemana como al peso económico y político conseguido por Alemania y perdido por buena parte de sus grandes competidores de la UE, especialmente por la debilitada economía francesa y por el evidente deshilachamiento de una estrategia progresista viable que sigue intentando urdir Hollande.

Desgraciadamente, los graves problemas ocasionados por las erradas e injustas políticas de extrema austeridad y devaluación interna impuestas a los países del sur de la eurozona, el aumento de la precariedad y de los sectores vulnerables en la propia Alemania y la mayor fragilidad del proyecto de unidad europea provocada por la estrategia de salida de la crisis que ha impuesto el bloque de poder conservador que lidera y representa Merkel no son percibidos o apreciados en su justa medida por buena parte de la ciudadanía alemana.

¿Qué apuntan los sondeos de opinión y las encuestas electorales?

El último Eurobarómetro Standard 79, Primavera 2013 realizado por TNS Opinion & Social a lo largo del pasado mes de mayo y publicado en julio por la Dirección General de Comunicación de la Comisión Europea da algunas pistas sobre el estado de la opinión pública alemana y su posible incidencia en los resultados de las próximas elecciones generales alemanas. Según dicha encuesta, el 71% de las 1.554 personas de más de 15 años entrevistadas consideraba que su situación económica personal era buena frente al 14% que la calificaba de mala. Y en su juicio acerca de la situación de la economía alemana, el porcentaje de los que hablaban de buena salud aumentaba al 77% frente al 21% que la juzgaba como mala. Y eso en un contexto económico exterior que era valorado de forma negativa por la mayoría, ya que tan sólo el 28% apreciaba que la situación de la economía europea era positiva, mientras una impresión algo más benévola merecía la situación de la economía mundial que era considerada como buena por el 38% de los entrevistados.

Compárese esa opinión con la que expresaban las personas entrevistadas en España (un total de 1.011 encuestados) en ese mismo mes de mayo. Una mayoría apabullante del 99% manifestaba que la situación de la economía española era mala, frente al 1% que la consideraba buena; ni un mínimo porcentaje buscó refugio en el burladero del no sabe. Respecto a la situación de las economías europea y mundial, tan sólo un 11% de los encuestados en España consideraba que eran buenas. La situación personal no era juzgada de forma tan negativa, pero sólo el 38% de los encuestados en España la consideraba buena mientras una mayoría del 44% la consideraba mala, siendo paradójicamente en esta pregunta sobre la valoración que cada entrevistado hacía sobre su propia situación personal la que agrupaba en el no sabe un mayor porcentaje (el 18%), quizás porque entre las posibles contestaciones no se contemplaba la amplia ristra de matices que se sitúan entre una buena y una mala situación.

Con mayor calado político, la serie periódica de encuestas (Deutschland TREND) que ofrece la red alemana de medios públicos de comunicación (el consorcio ARD) revelaba los progresos de las preferencias a favor de que Merkel continúe como canciller: en apenas cinco meses (de diciembre de 2012 a abril de 2013) había ganado 10 puntos y lograba una aprobación del 60% de los encuestados. En el mismo periodo, los apoyos del candidato socialdemócrata Steinbrück se despeñaban desde un prometedor 40% hasta el 25%. Las últimas encuestas de agosto mostraban una ligera tendencia a la disminución de las preferencias a favor de Merkel, que pasaba del 60% al 54%, mientras las que se inclinaban por Steinbrück no lograban pasar del 28%.

El Eurobarómetro Standard 79 reflejaba un panorama parcialmente diferente al que dibujaba Deutschland TREND, pero coincidentes ambos en el importante respaldo que presta la ciudadanía alemana a sus instituciones. Un amplio 44% de los encuestados mostraba bastante confianza en el Gobierno de Merkel frente a un superior 50% que manifestaba poca o ninguna confianza. Los niveles de confianza crecían al 47% cuando se referían al Parlamento y escalaban hasta el 65% en relación con las autoridades locales y regionales. A idénticas preguntas, en España tan solo el 8% de los encuestados decía tener bastante confianza en el Gobierno, que se reducía hasta el 7% en el caso del Parlamento y subía hasta un escaso 19% en relación a las autoridades locales y regionales.

Respecto a los partidos políticos, que tampoco en Alemania escapan a la tendencia general al descrédito, sólo inspiraban bastante confianza en el 25% de las personas encuestadas; reducido apoyo que en España se desplomaba hasta un insignificante 5%. La dureza con la que las personas entrevistadas juzgaban a los partidos políticos contrasta con el amplio apoyo que, en Alemania, recibe el funcionamiento de la democracia que es considerado como bastante satisfactorio por el 72%; por contra, en España ese grado de satisfacción respecto al funcionamiento de la democracia apenas alcanzaba el 23%.          

Pese a la popularidad y los apoyos que recibe Merkel, la base social que rechaza su continuidad es tan amplia como la que le sirve de apoyo. Sin embargo, más allá del simple recuento de las intenciones de voto, la aritmética política revela las enormes dificultades para alcanzar el imprescindible acuerdo que permitiría la formación de un nuevo Gobierno de coalición entre las fuerzas progresistas y de izquierdas que obtengan representación parlamentaria. Las tensiones y los obstáculos para que se materialice una opción de Gobierno progresista son de gran envergadura, mientras que los márgenes de maniobra con los que cuenta Merkel para liderar diferentes tipos de coalición son muy superiores.

Los más prestigiosos e influyentes sondeos de intención de voto (entre otros, el Deutschland Trend de la ARD, los informes diarios que ofrece el Pollytix German Election Polling Trend o, entre otros muchos, el Politbarometer que el grupo de investigación Mannheim hace para la segunda red pública de televisión, ZDF)  mantienen una extraordinaria estabilidad en sus resultados y una gran similitud en los datos que ofrecen desde hace meses: el partido cristiano-demócrata  que lidera Merkel (CDU) y su partido gemelo bávaro (CSU) obtendrían alrededor del 40% de los votos (superando ampliamente el 33,8% obtenido en 2009). Mientras sus actuales socios de Gobierno, los liberales del FDP, se derrumbarían hasta situarse alrededor del umbral mínimo del 5% exigido para obtener representación parlamentaria (nada que ver con los magníficos resultados del 14,6% de las anteriores elecciones). La prolongación de la actual alianza gubernamental no está, por tanto, asegurada.

La socialdemocracia (SDP) sería incapaz de levantar el vuelo y seguiría como principal partido de la oposición, estancado en cotas algo superiores a las del varapalo recibido  en las anteriores elecciones federales (23,0% de los votos) en las que perdió más de un tercio de los votos obtenidos en 2005. La repetición de tan mediocres resultados cerraría al SDP buena parte de las opciones de liderar un nuevo Gobierno. Los Verdes ganarían peso electoral al rondar el 12% (mejorando el 10,7% logrado en 2009), sin que su avance permita asegurar el respaldo parlamentario necesario para garantizar la alianza gubernamental limitada al SDP y Los Verdes que ambos partidos prefieren. Por último, La Izquierda (Die Linke) perdería muchos votos, pasando del esperanzador 11,9% logrado en 2009 a un poco útil porcentaje de algo más del 8%.

No obstante, a pesar del descalabro de La Izquierda y del estancamiento del SDP, aún habría alguna posibilidad de que el conjunto de la representación política del espacio electoral de izquierdas y progresista (SDP, Los Verdes y La Izquierda) logre mejores resultados que la derecha del CDU/CSU y el FDP, haciendo plausible un Gobierno progresista de amplio espectro. Sin embargo, tal posibilidad es muy escasa. La Izquierda se ha encastillado en una posición radical que dificulta cualquier acuerdo al centrar en demasía sus críticas en el candidato y la dirección del SDP. Y aunque la dirección de La Izquierda ha hecho valer en las últimas semanas su posición favorable a apoyar la formación de un Gobierno del SDP con Los Verdes, la oposición interna a esa decisión sigue siendo muy importante. Pero la responsabilidad de ese fiasco, en caso de que efectivamente la suma de los votos progresistas que rechaza la estrategia de salida de la crisis y la visión de Europa que sostiene Merkel sobrepasara finalmente a los de la derecha, no puede achacarse en exclusiva a La Izquierda; también la dirección del SDP y su candidato electoral han sido muy generosos en el levantamiento de obstáculos políticos prácticamente insalvables que dificultan extraordinariamente toda posible alianza gubernamental que incluya a La Izquierda o permita el imprescindible apoyo externo de sus parlamentarios.

Así, la nominación de Steinbrück como candidato del SDP a finales de septiembre de 2012 no fue la mejor señal respecto a las intenciones mostradas con posterioridad en su programa electoral de acentuar los rasgos de izquierdas. Steinbrück fue ministro de Hacienda en el primer Gobierno de gran coalición presidido por Merkel y no se había distinguido hasta la fecha por su identificación con buena parte de los objetivos y medidas que recoge el programa electoral socialdemócrata. Además, en varias declaraciones recientes (la última vez en el debate televisivo con Merkel celebrado el pasado domingo, 1 de septiembre), Steinbrück ha rechazado explícitamente un Gobierno progresista tripartito e, incluso, el apoyo externo de La Izquierda a una coalición entre el SDP y Los Verdes. A modo de contrapartida, el candidato socialdemócrata tampoco se muestra a favor de repetir la gran coalición con el CDU/CSU, pero esa puerta no parece tan cerrada como la otra.  

¿Cómo puede tan significado representante del ala social-liberal del SDP dar credibilidad al giro a la izquierda que pretende el programa electoral socialdemócrata y hacer factible la posibilidad de una alternativa progresista? No es extraño, por ello, que mientras la preferencia de los votantes del CDU/CSU a favor de Merkel como canciller es prácticamente unánime, ya que alcanza al 97% de los votantes del CDU/CSU (datos del Deutschland Trend del pasado 29 de agosto), las preferencias a favor de Steinbrück entre los votantes socialdemócratas era sustancialmente inferior y se situaba en un chirriante 65%.

Más problemáticos para las aspiraciones de los que respaldan una opción de Gobierno alternativa a la que representa Merkel serían los resultados que mostraba a principios de agosto el Politbarometer de la ZDF, ya que desvela que, de no conseguir una mayoría capaz de sostener un Gobierno de coalición entre el SDP y Los Verdes, un 60% de los votantes del SDP se inclinaría a favor de una gran coalición con el CDU/CSU; mientras que entre los verdes, el porcentaje a favor de una coalición de su partido con el CDU/CSU era significativamente menor, aunque lograba también un significativo apoyo del 47%. Una amplia coalición progresista entre el SDP, Los Verdes y La Izquierda sólo era respaldada por el 31% de los votantes socialdemócratas, mientras el electorado verde se mostraba más abierto a esta opción a la que apoyaba un 41%. Tampoco los electores de la derecha del CDU/CSU hacían ascos a ensayar una nueva coalición con el SDP o con Los Verdes en caso de no ser factible la alianza con el FDP: una mayoría del 58% de los partidarios del CDU/CSU apostaba por formar una gran coalición con el SDP mientras el 30% apoyaba una innovadora alianza con Los Verdes.  

Desde hace años, buena parte de la dirección socialdemócrata se plantea con ansiedad el problema de cómo mantener su posición central en el espacio político y la no menos importante tarea de no abandonar el determinante centro político en las manos exclusivas de la derecha. Preocupación razonable que no cabe menospreciar. Sin embargo, una cuestión esencial que no parece despertar ningún tipo de preocupación en esos mismos dirigentes es la de cómo afrontar los riesgos de quedar atrapados en un espacio social e ideológico previamente colonizado por la derecha. En efecto, Merkel y la derecha alemana han logrado, con un trabajo sistemático de propaganda y adoctrinamiento, convertir en ideología hegemónica los mantras ultraliberales y su superficial comprensión de unos mercados idealizados en los que reina una competencia entre iguales que premia a los buenos agentes económicos, castiga a los malos, asigna eficientemente los escasos recursos disponibles y maximiza la utilidad o el bienestar del conjunto. Al Estado, la derecha le reserva un poder regulador muy limitado y un papel de ayuda compasiva hacia los sectores (necesariamente escasos y con carácter temporal, según sus esquemas teóricos) que son arrojados por la competencia hacia los márgenes de la sociedad debido a su propia debilidad e incompetencia o que por voluntad propia desean vivir al margen.

Resulta difícil criticar la propensión de los dirigentes socialdemócratas a mirar y valorar el centro político y social, pero sí se puede criticar con razones de peso su desistimiento en la tarea de intentar atraer, y no sólo en los periodos electorales o cuando se está en la oposición, a esos sectores que se identifican con el centro político hacia los argumentos y objetivos que son seña de identidad de la izquierda: la igualdad de oportunidades y la justicia social; la solidaridad organizada para garantizar trabajos, rentas y viviendas decentes para todas las personas; una oferta de bienes públicos suficiente y de calidad y una sociedad y un Estado comprometidos realmente con la cohesión social, territorial y económica y en la protección efectiva de los sectores vulnerables o en riesgo de exclusión; y respecto a Europa, el impulso de mayores niveles de cooperación entre los Estados miembros que resulten beneficiosos para todos y cierren la etapa de competencia de todos contra todos impuesta a partir de mayo de 2010 por el bloque de poder conservador que representa y lidera Merkel.

El desistimiento socialdemócrata a confrontar sus ideas y propuestas con las de la derecha para transformar y ganarse a la mayoría social explica en gran parte (así se puede inferir de los datos que muestran las encuestas de Deutschland Trend) un fenómeno curioso: pese a que el conjunto de la ciudadanía alemana reconoce al SDP mayores competencias que al CDU/CSU en las tareas de promover una mayor justicia social (un 47% considera al SDP más competente en esa tarea frente al 20% que cree más capaz al CDU/CSU) o a la hora de instaurar un sistema fiscal más equitativo (un 40% frente al 22%), tal ventaja no se traduce en una aproximación en los porcentajes de intención de votos de los dos grandes partidos. Tan extraño fenómeno está relacionado, sin duda, con el liderazgo y la buena imagen de Merkel, pero tal explicación no parece suficiente; probablemente, también habría que apuntar entre sus causas otro importante elemento: las preocupaciones de mayor justicia social o de más equidad en el reparto de la carga fiscal no tienen suficiente peso en una opinión pública que no las incluye entre los principales problemas que deben afrontar las autoridades y la sociedad alemana.

Según el Eurobarómetro Standard 79, los entrevistados en Alemania consideran que los dos problemas más importantes que debe resolver su país son la cuantía de la deuda pública (un 29% de los encuestados) y la inflación (otro 24%). Sorprendentemente, tales preocupaciones contrastan vivamente con una realidad que muestra saldos equilibrados de las cuentas públicas, una deuda soberana que puede ser financiada a intereses reales nulos e incluso negativos (gracias a la aversión al riesgo que provoca en los inversores privados la penosa situación financiera y bancaria de los países del sur de la eurozona) y una inflación en mínimos históricos.

Por contra, el CDU/CSU (y no sólo Merkel) es percibido por la ciudadanía alemana como más competente en materia de gestión de la crisis financiera y del euro (un 47% frente al 23% que atribuye mayores competencias al SDP en este asunto) y tal percepción impulsa su mayoría electoral. Fenómeno que solo puede entenderse si se repara en la muy intensa labor desarrollada por la derecha alemana, con la ayuda entusiasta e interesada de una legión de economistas, para convencer a la ciudadanía de un diagnóstico de la crisis de la eurozona injusto y errado y un relato tan superficial como esquemático sobre el reparto de las causas que la provocaron. Y mientras ese relato calaba en la opinión pública y las políticas de austeridad recreaban y acentuaban la crisis en los países del sur de la eurozona y el SDP sesteaba o, lo que aún es peor, daba su apoyo a muchas de las iniciativas parlamentarias del actual Gobierno de Merkel que plasmaban en acción política las lógicas consecuencias del diagnóstico de la crisis que realiza la derecha.

Así las cosas, tanto la dirección de Los Verdes como sus votantes se muestran más abiertos a una solución que implique una alianza gubernamental que sume los apoyos parlamentarios de los tres partidos de izquierdas o progresistas. La dirección de La Izquierda, por su parte, ya ha asegurado el futuro apoyo de sus diputados a una coalición gubernamental progresista entre el SDP y Los Verdes. Llegado el poco probable caso de que la suma de los partidos progresistas consiguiera la mayoría de votos y escaños, la dirección del SDP tendría que valorar cuidadosamente su actual rechazo a involucrarse en una coalición gubernamental con Los Verdes que requiera del apoyo parlamentario de La Izquierda. En caso de no facilitar la posibilidad ofrecida por las urnas de cambiar a Merkel y a su política, el SDP tendría que dar muchas explicaciones a la ciudadanía alemana y europea que sufre los recortes, el paro y la pobreza crecientes que están ocasionando las políticas aplicadas por el bloque de poder conservador. Si se dan en las urnas los resultados propicios para promover un programa progresista de Gobierno que permita en la práctica cambiar el paso de las instituciones de la UE, desarrollar unas políticas que favorezcan a la mayoría de la sociedad alemana y romper con las fracasadas políticas de austeridad y devaluación interna impuestas a los países del sur de la eurozona con la aquiescencia de sus respectivos gobiernos, será muy difícil y costará mucho tiempo que los responsables de impedir ese acuerdo se recuperen del desprestigio y el descrédito ocasionados por su decisión.

Las encuestan cantan y dan cuenta de la muy buena opinión que la mayoría de la ciudadanía alemana tiene sobre la situación económica de su país y su propia situación personal, de la amplia confianza que inspiran Merkel y la labor que ha llevada a cabo y de las muy escasas posibilidades aritméticas, a las que se suman los enormes impedimentos políticos levantados por unos y otros, para construir una amplia alianza gubernamental capaz de sumar los votos y los parlamentarios del SDP, Los Verdes y La Izquierda.

De paso, los sondeos revelan también un problema de envergadura que entorpece la gestión de la crisis de la eurozona: el abismo que existe en multitud de asuntos entre las opiniones públicas alemana y española. Abismo que representa bien el desencuentro entre las opiniones públicas de los países del norte y del sur de la eurozona a propósito del diagnóstico de la crisis, los problemas prioritarios que deben ser resueltos y la discutible eficacia de las políticas de austeridad.

Problema que adquiere mayor gravedad aún cuando se percibe que esas diferencias de opinión se ajustan bastante a la fragmentación económica y productiva y financiera que padece la eurozona. Más allá y más acá de las muy diferentes percepciones que mantienen las opiniones públicas de Alemania y España, se está produciendo una grave y creciente diferenciación de las estructuras económicas, especializaciones y modelos de crecimiento de ambos países y en las políticas que aplican sus respectivos gobiernos nacionales.

Merkel parece tener en sus manos todas las cartas para formar un nuevo Gobierno basado en la coalición que más convenga a sus particulares intereses, a su interpretación de los intereses nacionales de Alemania y a los objetivos que pretenden las poderosas fuerzas económicas, políticas, sociales y culturales que respaldan su liderazgo. En definitiva, Merkel tiene muchas posibilidades de seguir marcando el paso y los límites de la UE. Ojalá me equivoque y la dinámica de las últimas semanas de contienda electoral aliente las posibilidades de las fuerzas progresistas y de izquierdas. Quizás en esta ocasión también ese verde árbol de la vida del que hablaba uno de los más importantes representantes de la cultura alemana de todos los tiempos sorprenda una vez más con un fruto inesperado.

En los próximos días, en un nuevo artículo, analizaré los programas electorales de los partidos que aspiran en Alemania a ser el eje en torno al que se construya la nueva coalición gubernamental.

PS.: El Pollyix German Election Polling Trend ofrece diariamente un informe sobre los resultados de todos los sondeos de intención de voto con un ámbito federal publicados en los 20 días anteriores. Los datos del último informe disponible a 1 de septiembre son muy similares a los ofrecidos a lo largo de todo el mes de agosto: los partidos de la derecha parlamentaria (o de centro-derecha, si se prefiere) recogerían un total del 45,9% de los votos, mientras las izquierdas (o, si se prefiere, las fuerzas de izquierdas y centro-izquierda progresista) con posibilidades de conseguir representación parlamentaria obtendrían un 44,9%.

En las derechas, el CDU/CSU alcanzaría un 40,3% y el FDP, un 5,6%. En las izquierdas, el SDP recibiría un 24,4%, Los Verdes, un 12,2% y La Izquierda, un 8,3%.

Los datos anteriores son una media ponderada de los resultados de un total de 15 sondeos de intención de voto publicados entre el 15 y el 1 de septiembre a muestras representativas del conjunto del electorado alemán que sumaban un total de 25.764 personas encuestadas. La amplitud del abanico de porcentajes que se atribuyen a cada partido autoriza a pensar que el resultado final sigue abierto.


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