miércoles. 29.05.2024
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Imagen: Parlamento Europeo.

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A un mes de las elecciones europeas, la campaña está dominada por una preocupación principal: frenar el auge presentido de la extrema derecha. No es novedad: ese ha sido el ánimo recurrente en las anteriores citas electorales. Con resultado desigual. Este año las perspectivas son peores.

Lo que la mayoría de los medios y los políticos del consenso centrista denominan “extrema derecha” se trata, en puridad, de formaciones nacionalistas de sesgo identitario, aglutinadas por un rechazo visceral e irracional de la inmigración, maceradas en un patriotismo artificial construido sobre símbolos más que sobre realidades y la resistencia feroz frente al avance de derechos y libertades relacionadas con la identidad de género, la igualdad racial o la flexibilidad de las relaciones sociales e individuales (1).

LA DIVISIÓN ULTRA

Pero no hay una extrema derecha, sino varias, rivales más que cooperantes, con estrategias diferentes e incluso opuestas. Esta división les ha impedido alcanzar posiciones de dominio en Europa. Durante años, algunos de sus líderes han tratado de acercar posiciones, de eliminar esas brechas de discordia. En ello están todavía.

Básicamente, hay dos grupos: los identitarios que desean subvertir el equilibrio político en sus respectivos países y lograr así un cambio de rumbo radical en todo el continente; y los ultraconservadores que pretenden encauzar las políticas liberales de los partidos dominantes autodenominados de centro-derecha para afianzar la orientación nacionalista. Los primeros son rompedores, por haber recorrido un largo camino desde la marginalidad; los segundos son escisiones o derivaciones de partidos que se ha ido templando, al menos en sus discursos.

El grupo de los identitarios está liderado por formaciones de los tres principales países de la Unión (en población y riqueza): en Francia, el Reagrupamiento (antes Frente) Nacional; en Alemania, Alternativa por Alemania, confluencia de distintas corrientes xenófobas; y en Italia, la Lega (en origen partido regional nordista con veleidades independistas, pero hoy con vocación estatal). Esta triada encabeza una legión de partidos, con especial ímpetu en el ámbito nórdico, donde el modelo socialdemócrata es ya casi irreconocible, y en la Centroeuropa excomunista.

El grupo ultraconservador tiene nuevo comandante, en la figura de la neofascista italiana Giorgia Meloni

El grupo ultraconservador tiene nuevo comandante, en la figura de la neofascista italiana Giorgia Meloni, líder de los Fratelli (Hermanos), que con una mano aparta la herencia mussoliniana y con la otra la retiene detrás de su espalda. Es la más exitosa de sus compañeros de viaje ultra, la única que ha alcanzado el poder, tras una larga y paciente carrera, en la que han ayudado la impericia de sus socios de la Lega, pero sobre la disfuncionalidad del sistema político italiano, que arrastra tres décadas de crisis.

Otro factor ha favorecido la elevación de Meloni: el Brexit. Con la presencia del Reino Unido en Europa, el Partido Conservador era el líder indiscutible de esta facción nacionalista, no tanto por identificación ideológica cuanto por rechazo del europeísmo del Partido Popular Europeo, su socio natural. Ciertamente, la derechización de los tories eliminaba cualquier incomodidad en su maridaje con la ultraderecha. En el pilotaje de este grupo de partidos ultraconservadores, los polacos de Ley y Justicia secundaban a los tories en un visión nacionalista rancia y virulentamente aversiva del proyecto unificador europeo.

EL FACTOR RUSIA

Pero quizás el factor que más ha obstaculizado la confluencia de las ultraderechas en estos años ha sido su posición divergente ante el mayor poder europeo extracomunitario: Rusia. Los identitarios no han dudado en cooperar e incluso en dejarse apoyar y financiar por el Kremlin; los ultraconservadores han mantenido su férrea posición antirrusa, otrora anticomunista, como su principal seña de identidad.

No obstante, la guerra de Ucrania ha alterado esta escisión. La dinámica antirrusa ha sacudido el grupo identitario. Mientras las huestes de Marie Le Pen hace tiempo que iniciaron un notable distanciamiento, los alemanes xenófobos se resisten a abandonar a sus patrocinadores del Este. La tensión entre el RN y la AfD es ya patente. No está claro que el grupo ID (Identidad y Democracia) se replique en el Parlamento que salga de las elecciones de junio.

Los ultraconservadores han aprovechado la toxicidad rusa para asaltar la posición hegemónica. En este empeño han sido muy estimulados por los sectores más conservadores del Partido Popular europeo, con la rama bávara de la CDU a la cabeza (2). Se trata, en realidad, de un movimiento que viene de lejos. El estrechamiento de las mayorías en muchos países ha obligado a acuerdos de colaboración cuando no de coalición entre derecha y ultraderecha. Se ha desdiabolizado a la extrema derecha cuando ha convenido. La división en ese campo ultra ha ayudado en la maniobra política: se intenta vender ahora que la ultraderecha realmente peligrosa es la prorrusa, o la que no es claramente antirrusa; la otra, se dice, es más razonable: no deja de ser cuña de la misma madera conservadora.

Lo que la derecha 'centrista' ha hecho es adoptar parte del programa y de las políticas ultras y blanquearlas

En realidad, todos estos discursos son propagandísticos y oportunistas. Lo que determina las alianzas, en el grado que sea, son las perspectivas de poder. Lo que la derecha autodenominada centrista ha hecho es adoptar parte del programa y de las políticas ultras y blanquearlas, convertirlas en herramientas eficaces de gobierno para aplacar los miedos y ansiedades de una población asustada y confundida.

En la ultraderecha conservadora de Meloni, el brillo del poder es lo que ha iluminado la oscuridad de sus planteamientos políticos, como ha saludado esa biblia mediática liberal que es THE ECONOMIST (3). ¿Moderación o simple conducta de adaptación aparente y oportunista? Es un juego simultáneo: la derecha que se autodenomina centrista se aprovecha de la representación parlamentaria de esta fracción, en otros tiempos levantisca y vocinglera, para asegurar mayorías, a cambio de una participación reducida en los gobiernos. La pareja emblemática la han formado Ursula von der Layen y Giorgia Meloni. El plan compartido de encauzamiento de la migración exhibido durante su viaje a Túnez del pasado año es sólo un ejemplo. El otro protagonista de esta ecuación es el líder de los populares europeos, el bávaro Weber, representante de la facción más derechista de los democristianos alemanes. La versión española es la conexión PP-VOX, ejemplo inmejorable de la metáfora del tronco y la rama.

En todo caso, el relato antirruso en Europa parece eficaz. La duda es si será suficiente. Marine Le Pen se desmarcó hace tiempo del Kremlin, con notable éxito. Su delfín, Jordan Bardela, encabeza la lista del RN en las europeas, con distancia que parece insalvable sobre la padrinada por Macron (4) El partido del Presidente (su cambio constante de nombre afianza el personalismo de su identidad política) se ha convertido en el “partido de la guerra”.

La propuesta principal de Renew Europe es la creación de un fondo de defensa europea dotado con 100.000 millones de euros para construir una “autonomía estratégica” frente a Rusia, libre de la dependencia americana (5). Antes de presentar el programa, Macron había preparado el terreno con otra de sus declaraciones dramáticas sobre la realidad continental e internacional; en esta ocasión, evocó la posibilidad cierta de la “desaparición” de la civilización europea, si no se actuaba rápida y decididamente. Recuérdese su diagnóstico previo sobre la “muerte cerebral de la OTAN”, antes de la guerra de Ucrania, o la incorporación de tropas europeas en el apoyo bélico a Kiev, ahora que Rusia afianza sus posiciones. La última asonada macroniana ha sido eludida con elegancia obligada por sus socios europeos.

Berlín sigue siendo evasivo ante las presiones de escalada bélica con Moscú

Alemania está tratando de reparar daños de su vinculación energética con Moscú y, aunque se apunta al discurso del refuerzo de las capacidades defensivas, remolonea a la hora de rascarse el bolsillo. El Zeitewende (cambio de época) del Canciller Scholz, proclamado pocas semanas después del inicio de la invasión de Ucrania, se ha ido atemperando. Berlín sigue siendo evasivo ante las presiones de escalada bélica con Moscú. Rusia ha anunciado maniobras militares con armas nucleares tácticas en la frontera sur con Ucrania en respuesta a las declaraciones de Macron y al permiso de Londres para que Kiev utilice el armamento británico recibido para castigar posiciones en territorio ruso. Estos ejercicios no son una novedad, pero Moscú se abstenía de hacerlos públicos (6). Alardes bélicos, todos ellos, que no gustan un pelo en Berlín.

La ultra Alternativ für Deutschland duda sobre si seguir los pasos de Marine Le Pen. No tiene tantos alicientes como la dirigente francesa. El cordón sanitario germano aun es tenso y fuerte. Aunque las encuestas predicen que AfD puede convertirse en el segundo partido nacional en las elecciones del año que viene, la dependencia rusa es aún notable, según la Inteligencia alemana y parecen corroborar algunas investigaciones periodísticas como la de DER SPIEGEL (7).

LA SOMBRA DE CHINA

Pero, atención, porque si la influencia rusa es superable, quizás no lo sea tanto la de China. En la AfD, la sombra de Pekín empieza a desplazar a la de Moscú. Es más poderosa, más paciente y más sibilina. No se trata ya una chequera sea más o menos generosa, sino de una fortaleza propia de una superpotencia económica.

Lo tiene en mente Macron, que ha aprovechado el 60º aniversario de las relaciones diplomáticas bilaterales para agasajar al Presidente Xi Jinping, con un doble objetivo: que el capitalismo de Estado chino deje respirar a la sofocada economía europea y que Pekín deje de alimentar indirectamente la maquinaria bélica del Kremlin. Macron ha invitado a Von der Leyen a la cumbre para afianzar su visión de líder europeo (pretendidamente indisputable). En el encuentro del Eliseo (y su apéndice más íntimo de los Pirineos) ha habido un tercer empeño menos visible: que el ejército de la sombras chino abandone el patrocinio de las formaciones ultras. Imposible saber, de momento, si ha habido algún tipo de acercamiento.

En este tiempo de zozobras económicas y desasosiegos sociales internos, de impotencia diplomática en Oriente Medio (división escandalosa ante el escarnio de Gaza), de humillación en África y de creciente irrelevancia estratégica global, el espacio de oscuridades europeas no deja de crecer. Y no está atizado solamente por la extrema derecha.


NOTAS

(1) “Les obsessions antimigrants, antiwoke, anti-écolo des partis d’extrême droite européens”. LE MONDE, 1 mayo.

(2) “Extrême droite. Au Parlament européen, les grandes manoeuvres ont comencé”. LE MONDE, 7 febrero.

(3) “Giorgia Meloni’s not- so-scary right wing government”. THE ECONOMIST, 24 enero.

(4) “European Parliament elections tracker. Who is leading the polls. THE ECONOMIST, 2 mayo.

(5) “Elections europeénnes; le camp Macron presente un programme de 48 propositions et une liste dominée par les sortants”. LE MONDE, 7 mayo.

(6) “Russia threatens UK military and orders nuclear drills after ‘provocation’”. THE GUARDIAN,  6 mayo; “Russia to hold drills on tactical nuclear weapons in new tensions with West”. THE NEW YORK TIMES, 6 mayo.

(7) “The Alternative against Germany. How the AfD became the long arm of Russia and China.” DER SPIEGEL, 1 mayo.

Oscuridades europeas