domingo. 26.05.2024

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Acabo de leer el libro de Ben Ansell, ¿Por qué fracasa la política? Las cinco fallas de nuestro sistema político y cómo evitarlas. Ansell es profesor de Democracia Institucional Comparada en el Nuffield College de la Universidad de Oxford. Tras doctorarse en Harvard, enseñó durante varios años en la Universidad de Minnesota, y en 2013 fue nombrado catedrático de la Universidad de Oxford. En 2018 fue elegido miembro de la Academia Británic. 

El título del libro es extraordinariamente sugerente. La palabra política está erizada de espinas y más en los momentos actuales, que está muy desacreditada. Para algunos, hace referencia a las intrigas y la venalidad de los políticos. Para otros, remite a la posibilidad de lograr colectivamente lo que no podemos hacer solos. O quizá ambas cosas. La política, en su origen, alude al hecho de tomar decisiones colectivas. Trata de las promesas que nos hacemos entre nosotros en un mundo pleno de incertidumbre. Mas, resulta esencial para resolver nuestros problemas comunes.

Los poderosos no la necesitan, tienen otros medios para defender sus intereses. En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos, pero perderíamos nuestra representación los que no tenemos otro medio de hacernos valer

Sin embargo, la política es un arma de doble filo: promete resolver nuestros problemas, pero también crea otros nuevos. La necesitamos, pero frecuentemente la aborrecemos. Buscamos alternativas: mercados eficaces, tecnologías avanzadas, líderes fuertes e íntegros capaces de cumplir sus promesas, pero sin la política son ídolos falsos. Cualquier solución tecnológica, cualquier mercado perfectamente diseñado, cualquier líder virtuoso que hable “en nombre del pueblo” acabará chocando con la tendencia humana a discrepar, disentir y desertar.

La política es la manera que tenemos de dirimir los inevitables desacuerdos, No podemos rehuirla ni deberíamos desear su desaparición. En las elecciones unos ganan y otros pierden. A la hora de administrar el dinero en un mundo desigual obliga a que unos paguen más que otros. Que la policía y el ejército nos protejan, suscita la cuestión de quién o quiénes nos protegerán de ellos. Queramos o no, nos guste o no, si queremos alcanzar cosas que no podemos alcanzar solos, que trasciendan nuestro entorno más inmediato, estamos inexorablemente condenados a la política. Es nuestra compañera de viaje.

¿Hay algo que deseamos todos, a pesar de nuestras diferencias aparentes? La mayoría, por muy polarizados que estemos, coincidimos en algunas cosas. Concretamente, en cinco. Democracia. Igualdad. Solidaridad. Seguridad y Prosperidad. La política fracasa en un país cuando no hay democracia, ni igualdad, ni solidaridad, seguridad ni prosperidad. Hablemos de cada una de ellas.

La democracia es un ideal muy extendido, pero sometida a una presión cada vez mayor

Democracia es un concepto extraordinariamente controvertido. Podría decirse que el derecho y la capacidad de los ciudadanos para elegir y reemplazar a los dirigentes. Alrededor de la mitad de la población mundial vive en países, que pueden calificarse de “democráticos”. La idea resulta atractiva para otras muchas personas., incluidas las que viven en regímenes autoritarios. En la Encuesta Mundial de Valores, el 86% piensa que la democracia es una forma de gobierno muy o bastante buena De hecho, más del 90% de los habitantes de China, Etiopía, Irán y Tayikistán están de acuerdo con alguna de las dos afirmaciones anteriores. La democracia parece gozar de mayor predicamento en estos cuatro países que en Estados Unidos. Sea como fuere, el gobierno del pueblo y por el pueblo, quizá incluso para el pueblo, sigue siendo atractivo. Dicho lo cual, la última década no ha sido fácil para la democracia. La tercera ola de transiciones democráticas, que se inició a mitad de la década de los 1970 y que se llevó por delante la mayoría de los regímenes comunistas a principios de los noventa, se agotó, y acaso se invirtió en los primeros años del siglo XXI. Las potencias autoritarias, como China y Rusia exhiben cada vez más su poderío militar. Grecia, cuna de la democracia, Reino Unido y Estados Unidos se han visto agitados por unos polémicos referéndums, el auge de partidos populistas, ataques a los medios de comunicación. 

En definitiva, la democracia es un ideal muy extendido, pero sometida a una presión cada vez mayor. Me parece muy interesante la reflexión de Pedro Vallín en su libro Verdades penúltimas, cuyo autor es también Javier Gomá. La democracia es un ideal, una propuesta de perfección, pero la democracia perfecta no existe. Es un diseño político para el camino, para el mientras tanto, donde quiera que vaya y sin prejuzgar el rumbo, no es un proyecto para un eventual destino que no sea el constante ensanchamiento del bienestar moral y material de los humanos. La democracia liberal dignifica el presente, no idealiza el futuro. Es un manual para usar en todos los “ahora” posibles, no una hoja de ruta para alcanzar un “después”. La democracia no es un proyecto acabado, ni siquiera sobre el núcleo de derechos inalienables, que pueden ampliarse, definiendo nuevas dignidades. Un fracaso manifiesto de la política es que cada vez haya mas desencanto hacia la democracia, probablemente porque la ciudadanía considera que su voto no repercute en las decisiones políticas de los gobiernos.

Igualdad es un concepto que significa cosas distintas en función de cada persona, pero en origen se halla la idea de que todo el mundo debe ser tratado del mismo modo, sin favoritismo, por igual. La ‘igualdad’ es otra de esas grandes palabras que aparece también con frecuencia en las obras de filósofos, pensadores y políticos, aunque es un término que ofrece muchas dificultades a la hora de su conceptualización. Es muy importante una igualdad política, pero una cierta igualdad material mínima sería una condición para el ejercicio efectivo de la libertad y para la consolidación de un régimen democrático. Y lamentablemente estamos observando un incremento continuo e irreversible de la desigualdad, lo cual supone un gran fracaso de la política. Jeffrey Winters ha estudiado en el libro Oligarquía (2011) la historia de los más ricos, desde las oligarquías de la Antigua Grecia hasta los multimillonarios que hoy lideran el ranking de Forbes. Examina las estrategias de las grandes fortunas para defender sus bienes y los problemas que su éxito está causando al mundo moderno. Han pasado ya doce años de su publicación, pero sigue vigente. Hoy 62 personas tienen la misma riqueza que la mitad de los habitantes del planeta (unos 3.600 millones). En los EEUU los 20 más ricos tienen una fortuna equivalente a la de la mitad de los norteamericanos (unos 160 millones). Algo sin parangón en la historia de la humanidad. Un senador del imperio romano en la cima de la escala social, era 10 mil veces más rico que una persona promedio. En EEUU, los 500 más ricos tienen cada uno 16 mil veces más que un americano promedio. Ni siquiera en las épocas con esclavos, la riqueza estaba tan concentrada como hoy.

Solidaridad. Nadie es inmune a los caprichos de la fortuna. Podemos caer enfermos, en paro o cualquier otra adversidad, y ahí entra la solidaridad, que hoy mayoritariamente nos la proporciona el Estado con los impuestos. La solidaridad es un término que proviene de Émile Durkhein, el cual trató de explicar cómo las comunidades establecían vínculos de unión, tanto en el pasado, como en su Francia del siglo XIX. La solidaridad es un sentimiento común, una sensación de fortuna compartida entre los miembros de una comunidad. Se manifiesta cuando los afortunados ayudan a los desafortunados, los pobres, los enfermos y los ancianos. Podemos debatir quien debe proporcionar la solidaridad y en qué medida, pero lo cierto que ha sido un impulso humano que la mayoría compartimos. En las democracias occidentales desarrolladas, es el Estado de bienestar, quien dispensa esa solidaridad: sanidad, educación, ayudas al desempleo, pensiones…No obstante, observamos que cada vez hay más insolidaridad, producto del modelo neoliberal, cuyos valores son el individualismo y el de sálvese quien pueda, es decir menos solidaridad. En España y en la mayoría de los países determinadas élites han renunciado a sus responsabilidades, mostrando nulo interés por el resto de la sociedad, con el lógico grave divorcio entre las élites y la ciudadanía. Tal situación la explican Antonio Ariño y Juan Romero en su libro de 2016 La secesión de los ricos. La condición de ciudadano requiere un compromiso con el bien común, palabra hoy anacrónica. La secesión de los ricos es romper con ese compromiso solidario La manifestación más clara es el cambio de domicilio por razones fiscales. Abandono por puro egoísmo de responsabilidades con tu propio país. Son tiempos de secesiones. Ante la incomodad nos vamos. Los ricos han abierto la brecha, por la que pueden seguir otros. Ya en 1996, Christopher Lasch en La rebelión de las elites y la traición a la democraciaadvirtió de la formación de una elite que tiende a separarse y a formar un mundo aparte: en hábitos, convicciones, recursos, aspiraciones y lealtades; una elite ávida, insegura, cosmopolita, extrañamente irresponsable. El incremento de la insolidaridad es otro fracaso incuestionable de la política.

La política fracasa cuando creemos que podemos arreglárnoslas sin ella, cuando no nos la tomamos en serio y cuando intentamos reprimirla, sofocarla o prohibirla

Seguridad. Como seres humanos, nuestro deseo primordial es llevar una existencia segura. Todos deseamos vivir libres de peligro. Según las encuestas, el 70% de las personas prefieren la seguridad a la libertad, porcentaje aún mayor en los países que han sufrido alguna guerra reciente. En el mundo occidental, salvo la guerra de Ucrania, hemos vivido un periodo largo sin la lacra de la guerra. También, comparadas con otras épocas anteriores en nuestras calles y ciudades tenemos más seguridad gracias a la policía. Pero, cuando hablamos de seguridad no solo es a nivel de los Estados, sino que también a nivel global. Los datos que proporcionaré a continuación son una muestra incuestionable del fracaso de la política al no garantizar la seguridad. Luigi Ferrajoli en su libro Por una Constitución de la Tierra. La humanidad en la encrucijada(2023) nos advierte de 5 emergencias: la climática, la violación de los derechos humanos por regímenes despóticos, la degradación del factor trabajo, el racismo y la xenofobia frente a los inmigrantes, y la guerra. Hoy, en el mundo, hay 13.440 cabezas nucleares (eran 69.940 antes del tratado sobre el desarme de 1987, en poder de nueve países: 6.375 en Rusia, 5.800 en Estados Unidos, 320 en China, 290 en Francia, 215 en Reino Unido, 160 en Pakistán, 150 en la India, 90 en Israel y 40 en Corea del Norte). Es un milagro que alguna de estas cabezas no haya caído en manos de un grupo terrorista, o que, en alguno de los estados que las poseen, no llegue al poder de un loco.

Prosperidad. Todos queremos suficiente dinero para vivir. A la mayoría nos gustaría tener, por lo menos, lo mismo que tenemos hoy. La prosperidad, dicho en breve, es la buena vida. El hecho de tener suficiente para darse por satisfecho. Quizá también el poder asegurarles una vida mejor a los hijos y los nietos. Los habitantes de los países ricos nos hemos acostumbrado a un elevado nivel de bienestar material y a una economía en constante crecimiento, pero no todo el mundo tiene acceso a esas comodidades. El crecimiento económico tampoco está garantizado por diferentes razones, sobre todo porque los recursos de la Tierra no son ilimitados. No podemos extraer energía sin consecuencias. Estamos calentando el planeta por encima de nuestras capacidades. Y debemos actuar con rapidez. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático calcula que el aumento de las temperaturas del planeta superará el nivel tolerable de 2º C hacia el año 2040. Las consecuencias de esto son sequías, inundaciones, y simples golpes de calor difíciles de imaginar, aunque la creciente frecuencia de los corrimientos de tierras, los aluviones y demás catástrofes naturales de esas que antes ocurrían cada cien años auguran un futuro inquietante. En muchos países ricos, como Australia, Alemania e Italia, la población valora la protección del medio ambiente por encima del crecimiento económico en una proporción de dos a uno. Quizá todos deseemos la prosperidad global, pero mantenerla depende de que detengamos o cuando menos reduzcamos considerablemente la destrucción de nuestro planeta. Y este problema, en aras a mantener el crecimiento económico y la prosperidad, la política en general no lo está abordando adecuadamente.

Termino con un alegato por la política. En manos de la política está la posible solución de nuestros problemas. La política fracasa cuando creemos que podemos arreglárnoslas sin ella, cuando no nos la tomamos en serio y cuando intentamos reprimirla, sofocarla o prohibirla. Por mucho que lo intentemos, nuestras inevitables y necesarias diferencias no van a desaparecer por sí solas. Cualquier pretensión de sustituirlas por la pureza y la claridad de una solución única o un líder carismático está condenada irremisiblemente al fracaso, porque seguiremos discrepando, pero lo más grave es que habremos eliminado la posibilidad de expresarnos o de actuar en función de esa discrepancia.

No escasean los libros pontificando que nuestros problemas globales –la crisis climática, la desigualdad, la guerra...– pueden solucionarse al margen de la política: viviríamos mejor gracias a la tecnología o los mercados, entregando nuestra confianza en un liderazgo fuerte. Deberíamos ser conscientes de la trascendencia de la política con vistas a conseguir nuestras metas colectivas, como también que una política equivocada, por exceso o defecto, puede alejarnos todavía más de nuestros sueños de futuro.

Las alternativas de la política únicamente pueden generar grandes frustraciones. Una rama del tecnoliberalismo considera que los políticos, los burócratas e incluso los votantes son un obstáculo para el progreso. Si los políticos no se empecinaran en regular las empresas tecnológicas, estas podrían innovar para solucionar nuestros problemas. La violencia global podría reprimirse mediante la vigilancia omnisciente desde un satélite. El cambio climático podría solucionarse recurriendo a la geoingeniería. Lo que hay que hacer es dejar en paz a la gente inteligente para que encuentre las soluciones.

Las soluciones tecnológicas funcionan cuando actúan sobre un objeto que no puede responder. De momento, las personas somos más inteligentes que los ordenadores. Los algoritmos muchas veces fracasan, ya que podemos manipularlos o esquivarlos. Y muchos algoritmos son incapaces de comprender la sociedad, con lo que incrementan la discriminación racial o de género, ya suficientemente existente. Además las soluciones tecnológicas suelen ser antidemocráticas: pueden diseñar deseos y decisiones independientes. A su vez, si los seres humanos siguen teniendo el control, no podemos ignorar su voluntad. La política puede volver a imponer limitaciones rígidas a la tecnología, si lo quieren los votantes y los políticos. Es una utopía la pretensión de acabar con la política a golpe de innovación.

Otra solución populista consiste en acusar a los políticos de entorpecer e inmiscuirse en el funcionamiento del mercado. Nos preocupa el precio de la vivienda. Dejemos que lo solucione el mercado. Nos preocupa el cambio climático. Pongamos precio al carbono y comerciemos con él. Mas los mercados no son perfectos, tenemos muchas pruebas de ello, y no solo por culpa de la intromisión de los gobiernos.

Últimamente se ha reavivado otra tendencia: el deseo de un líder fuerte que esté por encima de la bronca política. Quienes critican la política tradicional la acusan de ser un complot elitista para perjudicar al ciudadano de a pie. Las promesas políticas están para ser incumplidas por un líder que no tiene que respetar las reglas del juego. Esta pretensión pervierte los fundamentos más básicos de la política democrática: niega que haya distintas preferencias entre la población, y propugna el desmantelamiento y el rechazo de las propias instituciones y normas políticas, que mantienen unidas a las democracias estables. Un ejemplo. Trump instó a encerrar a sus oponentes políticos, a denunciar un falso fraude electoral y a invadir el Capitolio. Las instituciones son frágiles, pues están respaldadas por un Estado que en cualquier momento puede volverse contra ellas. Y las normas son todavía más frágiles. En España en los últimos años tanto las instituciones como las normas políticas han sido fuertemente dañadas. Mas el cuidado exquisito de ambas es quizá lo único que impide que la política fracase.

Las falsas certezas de los tecnólogos, los fundamentalistas del mercado y los profetas de izquierda o de derecha no pueden poner fin a nuestra necesidad de intercambiar promesas y proyectos comunes en relación a un futuro incierto. Y para eso la gran mayoría necesitamos la política. Los poderosos no la necesitan, tienen otros medios para defender sus intereses. En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos, pero perderíamos nuestra representación los que no tenemos otro medio de hacernos valer. Tales prejuicios sobre la política son una reminiscencia del franquismo y conducen a que una actividad se considera execrable, porque se ha politizado.

¿Por qué fracasa la política?