#TEMP
miércoles. 29.06.2022
CRÓNICAS DE AMÉRICA LATINA | JAVIER M. GONZÁLEZ

La izquierda, ausente de las elecciones de Guatemala

La Premio Nobel de la Paz 1992, Rigoberta Menchú, candidata del izquierdista Frente Amplio es la única opción, pero tiene un insignificante porcentaje en las encuestas.

Otto Pérez Molina, líder del Partido Demócrata.

Las elecciones se desarrollan en medio de un clima dominado por la violencia extrema, principal preocupación de los ciudadanosLas elecciones en Guatemala de este domingo, 11 de septiembre, son posiblemente las más trascendentales de América Latina en mucho tiempo. El resultado está prácticamente cantado: Otto Pérez Molina, un ex general cuyo principal programa es la mano dura, será el próximo presidente. Y será el primer general que llegue a ocupar ese puesto sin golpe de Estado por medio.

Las elecciones se desarrollan en medio de un clima dominado por la violencia extrema, principal preocupación de los ciudadanos, según las encuestas, lo que explica el éxito de Pérez Molina y su Partido Patriota. Los cárteles de la droga se han infiltrado en todo el país y dentro de buena parte del aparato del Estado. Y las sospechas sobre financiación con dineros del crimen organizado de las campañas políticas alcanzan a prácticamente todos los candidatos. Pérez Molina dice que sabe quiénes aportaron dinero, pero que no lo hace público por razones de seguridad.

Según reveló WikiLeaks, el general habría revelado a la embajada norteamericana que el grueso de su financiación venía de las cuatro familias más poderosas del país: los Castillo, propietarios de una cervecería y embotelladora, los Novella, que tienen en el cemento su principal negocio, los Herrera, centrados en la agroindustria y Dionisio Gutiérrez, co-presidente del grupo Multiinversiones, el más importante del país. Negó, en cambio, tener nada que ver con los Mendoza, uno de los narcotraficantes más importantes del país, aunque admitió que sí hubo relación con uno de sus hermanos.

Incluso el actual presidente, Alvaro Colom, ha enfrentado acusaciones de haber recibido dinero de los Zetas mexicanos, sólidamente instalados en el país y que enrolaron a un importante contingente de ex kaibiles, temibles fuerzas represivas del ejército durante la guerra civil.

Veinticinco años después de la recuperación de la democracia, las consecuencias de la guerra civil (1960-1986) aún se sufren las consecuencias, gracias en parte al incumplimiento de los acuerdos de paz. Atrás quedaron promesas como la de levantar un Estado plurinacional: la inmensa mayoría de la población es indígena, pero sigue sumida en la pobreza y excluida del sistema. La abstención electoral del 60% en las elecciones anteriores es una buena prueba.

Y el sistema político se caracteriza por su debilidad. No hay partidos políticos tradicionales. Y ningún partido logró revalidar a su candidato en elecciones sucesivas. Como recuerda el sociólogo guatemalteco Edelberto Torres-Rivas, consultor del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), entre 1986, cuando se inicia el período democrático, y 2008, se inscribieron 58 partidos, de los cuales solo quedan ahora mismo los restos de 4. Y en la última elección, de 2007, participaron 21 partidos, la mitad surgidos después del 2000. Esto convierte a Guatemala “en el mayor cementerio mundial de partidos”, según Torres-Rivas.

Después de que la justicia dejara fuera de carrera a Sandra Torres, la ex esposa del actual presidente, al considerar que su divorcio había sido una maniobra de conveniencia para evitar la prohibición que pesa sobre los familiares directos del presidente en ejercicio, el partido gobernante se quedó sin candidato. Y los únicos adversarios del general Pérez Molina que tienen cierto calado en las encuestas, aunque sin ninguna posibilidad, son Eduardo Suger y Manuel Baldizón, ambos igualmente situados en la derecha del espectro político. La Premio Nobel de la Paz 1992, Rigoberta Menchú, candidata del izquierdista Frente Amplio, tiene en torno al 1% de intención de voto.

El futuro parece, pues, escrito. Y aumentan los temores a que el Ejército, que nunca fue derrotado en la guerra civil, pueda asumir un papel de mayor protagonismo con uno de los suyos en la presidencia. En cualquier caso cabe preguntarse sobre su papel, ya que hay fuertes indicios de que también está infiltrado por el narcotráfico.

El general Mauro Jacinto le contó a un conocido periodista José Rubén Zamora, hasta dónde había llegado el poder del narco: poco después este general apareció asesinado y el periodista que publicó su versión también sufrió un atentado, aunque sobrevivió. Según lo que publicó Zamora, que respalda su información en lo que le contó el general asesinado, desde que Guatemala recuperó la democracia, el “siniestro y sofisticado” general Ortega fue el que impuso los sucesivos ministros de Defensa.

En colaboración con el narco, habría digitado a los oficiales que, hasta 2020, irán ascendiendo y formando las sucesivas cúpulas militares. “Los oficiales escogidos como eslabones de esa enorme cadena son conocidos con el nombre de Durmientes, quienes van despertando a su debido tiempo”. Este fenómeno se habría gestado en tiempos del dictador Romeo Lucas García (1978-1982), pero maduró ya en democracia, con el presidente Alfonso Portillo (2000-2004), a punto de ser extraditado a los EE.UU. por lavado de dinero.

La izquierda, ausente de las elecciones de Guatemala
Comentarios