domingo 20.10.2019

El poder de las palabras

En 1945 terminó la segunda guerra mundial; el nazismo alemán y el fascismo italiano fueron derrotados, pero quedó España y Portugal con dichos regímenes hasta los años 70. En Portugal, la Revolución de los Claveles de 1974 marcó una nueva etapa. En 1975, en España muere el dictador Franco en la cama; él muere, pero quedan sus huellas. Algunas de ellas son fáciles de reconocer y se muestran sin reparos en los discursos, opiniones y formas de proceder de algunos políticos, en parte de la judicatura y en otros ámbitos sociales. Pero hay otras huellas más sutiles que suelen esconderse en el inconsciente colectivo; esa cámara oscura que mantiene latente el chip adormecido que puede aflorar en ciertos momentos. Es necesario recordar que en España perdura la Fundación Francisco Franco, que ha seguido subvencionada por todos los gobiernos. 

Postfascismos, el lado oscuro de la democracia, es un libro del profesor José Manuel Querol que muestras las entrañas del lenguaje engañoso que nos invade. Las palabras se estructuran de forma engañosa tergiversando el lenguaje; fórmula generalizada a nivel mundial, utilizada por la mayoría de políticos y la totalidad de publicitarios. ¿De dónde nos vienes?

Joseph Goebbels decía que todos los mensajes debían ser lo suficientemente claros y rápidos de asimilar para que todas las personas pudieran entenderlo, incluso las más incultas. La ambigüedad de las palabras era otra de las señas de identidad

A principios del siglo XX nace la comunicación de masas. Las grandes rotativas, la radio y la televisión permitieron que el público consumidor de noticias aumentara considerablemente. Y ahí estaba Joseph Goebbels, gran colaborador de Hitler, él se dio cuenta del potencial de los instrumentos tecnológicos, de la rapidez con la que circulaban las noticias y la incidencia que podían tener en las masas. Descubrió el impacto que producía los mensajes cortos y el nazismo comenzó a utilizarlo; y qué decir de la exaltación del líder a través de la fotografía. Las herramientas descritas sentaron las bases de la comunicación política y comercial del resto del siglo XX y continua en el XXI. Para el profesor Querol, en el “Yes, We Can” de Obama hay mucho de lo que ya hiciera el jefe de propaganda nazi, para fascinar a las masas. 

Joseph Goebbels fue uno de los mayores expertos en dibujar con palabras mundos ficticios. “El genio maléfico que corrompió la retórica se llamó Joseph Goebbels: el mayor demagogo de Occidente y probablemente el personaje con menos escrúpulos de la historia, pero también el maestro de facto de cualquier político de nuestras democracias occidentales y de los regímenes menos democráticos”, afirma el profesor Querol. El Ministro de propaganda del nazismo puso las bases para generar un modelo que luego se ha filtrado en todos los aparatos de propaganda política (democráticos o no) y en las divisiones de marketing de todas las empresas. Goebbels era un tipo delgado que padecía una ligera cojera; una osteomielitis en la infancia le había dejado una pierna más corta que otra, aunque él nunca lo explicó así. A pesar de no haber pisado jamás un campo de batalla, decía que su cojera era el resultado de haber combatido en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Había estudiado Historia y Literatura, con resultados brillantes. 

Empezó a trabajar como periodista y acabó dirigiendo el Ministerio de la Propaganda y la Ilustración Pública del nazismo. Desde allí creó una red de informadores que salían a la calle para palpar la realidad social y la opinión de las masas; él construía sus discursos con la información que le proporcionaba la gente. Pretendía que los discursos del régimen llegaran al último rincón de Alemania, y para lograrlo redujo el precio de los aparatos de radio con el fin de que la población con bajos recursos económicos pudiese adquirirlos. Goebbels compró periódicos y periodistas. Fue el precursor de las notas de prensa; aprovechaba que muchos medios no podían enviar a sus periodistas a buscar noticias y el Ministerio de Propaganda suministraba comunicados que acababan llenando las páginas de las publicaciones. El formato resultó muy eficaz y hoy las notas de prensa de organismos oficiales y empresas privadas inundan los buzones y demás sistemas tecnológicos. Goebbels supo reconocer la efectividad de los eslóganes y los mensajes cortos. Dicha herramienta se ha consolidado con el capitalismo tecnológico y se asume como rasgos básicos del mundo actual, sin pensar que proceden de la Alemania nazi, explica el profesor Querol. Ese legado asoma en las campañas políticas, en los anuncios, en los discursos… 

Joseph Goebbels decía que todos los mensajes debían ser lo suficientemente claros y rápidos de asimilar para que todas las personas pudieran entenderlo, incluso las más incultas. La ambigüedad de las palabras era otra de las señas de identidad; esta fórmula podía valer para multitud de personas a la vez. Observamos que dichas propuestas se mantienen hoy en plena vigencia. No son pocos los políticos que hablan del “cambio”, pero nadie especifica qué va a cambiar. O “progreso”, sin especificar qué tipo de progreso; son palabras genéricas que no pretenden dar demasiados detalles. En definitiva, son construcciones banales, muy alejada de profundizar en aspectos que incumben a la humanidad y que requieren mayor concreción. 

El profesor Querol afirma que la palabra es el poder absoluto en Occidente; todo nuestro mundo gira en torno a ella. “La palabra es la que en Europa y en Estados Unidos nos lleva a la guerra o a la paz, hunde economías o las levanta, y otorga el poder a una facción política o a otra”. “Solo hace falta saber usar las palabras y construir un fin para ellas, en vez de servirse de su fin natural”. De esa forma, más que entender el mundo, “se alteran las relaciones entre significante y significado, entre referente y signo lingüístico, para confundir, para conmover, para seducir y conservar el poder”. 

Llegado a este punto, es necesario recordar que Carolina Bescansa, política integrante de Podemos y actualmente en Más país, mencionó los, “significantes vacios”, en varias ocasiones, palabras utilizadas por el pensador argentino Ernesto Laclaus para definir la inconcreción. Y viene al caso recordarlo porque un “significante vacio” puede llenarse con el mensaje que más interese en el momento concreto. El uso de neologismos, o de utilizar palabras para dulcificar o demonizar conceptos, según convenga, están a la orden del día para no llamar a las cosas por su nombre y es habitual en las sociedades occidentales. 

El profesor Querol pone algunos ejemplos: “El gobierno de Rajoy nunca dijo que iba a reducir los presupuestos; lo llamaba “reformas estructurales necesarias”. “Fuga de cerebros” se convirtió en “movilidad exterior”, cuando científicos, profesionales y jóvenes con una buena formación académica tuvieron que emigrar para buscar trabajo. La “recesión económica” se convirtió en “crecimiento negativo”. Incluso utilizamos expresiones tan contradictorias como “monarquía representativa” o “monarquía democrática”. “¿Puede realmente una monarquía ser democrática si la monarquía es una imposición y la democracia es un gobierno elegido por el pueblo?” pregunta el profesor Querol. A los ejemplos expuestos por el profesor pueden añadirse otros: “Factor de sostenibilidad” se viene llamando a los recortes de pensiones y a prolongar la edad de jubilación. Se llaman “reformas laborales”, cuando en realidad son recortes de derechos adquiridos, argumentando que dichas reformas facilitan la creación de empleos. 

Juan Antonio Querol afirma que para sostener el modelo actual utilizamos términos con significados distintos al suyo, pero considera que aún podemos hacer algo frente al uso perverso que los poderes fácticos hacen del lenguaje: “Debemos recuperar el significado de las palabras. Si no llamamos al hambre “hambre”, a la guerra “guerra” y a la injusticia “injusticia”, estaremos creando un mundo virtual y no podemos actuar en un mundo que no es real. 

Efectivamente, el poder de las palabras es tal que a través de ellas se pueden pervertir los conceptos, y con ello la confusión está servida. Es evidente que para poder intervenir en política y en nuestra sociedad lo primero que necesitamos es conocer la verdad, y para ello hay que desentrañar los intereses que existen en la tergiversación y simplificación del lenguaje para ocultar la realidad. Visto lo visto, la palabra puede convertirse en algo diabólico, capaz de inventan situaciones que pueden llevarnos al desastre. 

Por mentira entendemos contar hechos que sabiéndose falsos se dicen deliberadamente con afán de engañar, pero quedan otros aspectos, aquí indicados, además del ocultamiento interesado para mostrar una falsa realidad. La ambigüedad en el lenguaje se ha convertido en la norma, desechando las palabras que más se ajustan a la realidad. El neologismo “posverdad” goza de buena salud. La ambigüedad entronizada se ha convertido en la norma, desechando las palabras que más se ajustan a las realidades concretas. 

El poder de las palabras