domingo 05.04.2020

Bárcenas: de gallo cantor a chivo expiatorio

Con esto de la posmodernidad, la posverdad, el selfie, y otras zarandajas por el estilo, hemos suplantado en España la estulticia por la estupidez, y hemos pasado de la autenticidad a la apariencia. Ambas características en el ambiente político fluyen en la hipocresía y en frases farragosas para ocultar la verdad. Como dijo el gran cantor y poeta Atahualpa Yupanqui: “no aclarare, que oscurece”. En su afán de disfrazar la verdad, o hacer comulgar con ruedas de molino al ciudadano, el político y sus secuaces, recurren al lenguaje críptico para ocultar el delito, y en un juego típico de trilero procuran no solamente evadir su responsabilidad sino aparentar que respetan la ley y ésta les protege.

Esto le sucede al ex tesorero del PP, Bárcenas, con B, de caja y de dinero. También le sucede a sus antiguos colegas, cuyo objetivo común no se deslinda bien si es para hacer negocios con la política o para hacer política con los negocios. El pueblo lo sabe, incluso quienes les votan, aunque vaya uno a saber por qué les votan, si es que les votan, que de todo puede darse ante una pandilla de delincuentes. También es cierto que si algo caracteriza al buen delincuente, como al trilero, es, por una  parte, su silencio, cuando debe guardarlo; y por otra, su labia, cuando debe usarla como arma de engaño. El señor Bárcenas, sentado en el banquillo del tribunal que lo juzga, como sus colegas de la Gürtel y de las “tarjetas negras” (entre otros negros y negreros), tienen bien aprendida la lección. En sus declaraciones y respuestas a preguntas del fiscal, elude el lenguaje claro y evita pronunciar palabras, de la misma manera como hasta hace poco, pasando de la solidaridad a la aversión, evitaban pronunciar su nombre sus queridos colegas. Juego trilero de ocultar la verdad evitando pronunciarla. Imposible, pues como dijo el filósofo, las palabras son de cera, se derriten, y los hechos de acero, perduran. No hay que confundir las palabras con los hechos, ni dar por hechos, lo que no son más que palabras, aunque para algunos sean coincidentes y traten en su propio beneficio de confundir palabras con hechos, o disfrazar la realidad transformándola, en el interés de dar por legal y limpio el dinero que se esconde y huye de los cauces legales. Hay gato encerrado en esas operaciones de las que hace gala el imputado, piensa hasta el más ingenuo; con mayor razón, si tras ellas se contabilizan ingentes cantidaddes de manera “extra contable”, como Bárcenas define el dinero negro, la caja B, o la doble contabilidad, evitando nombrarlas. Y con mucha mayor razón, si en esa extra contabilidad se amontonan, en corto espacio de tiempo, millonadas de euros, algo que la sabiduría popular define muy bien con el axioma: “mucho dinero y rápidamente,  no puede ser santamente”.

Bien sabido es que los dineros de cualquier sociedad o asociación, aunque sea simplemente de amigos para un viaje en común, suelen ser confiados a la persona de mayor y unánime confianza del grupo. Y en el PP, cuyo fin sistémico es acumular el mayor capital posible para financiarse, nadie duda que ese señor cuyo nombre nadie quiere pronunciar ahora, cuando las papas queman, gozaba de la plena confianza de sus máximos dirigentes. Como si negando pronunciar su nombre, borraran su existencia o su vinculación con el grupo, que anteriormente lo defendiera y le diera ánimos. Tratan de mantener el tipo del mismo modo que el acusado trata de justificar 48 millones de euros en cuentas bancarias de Suiza, en locales que ni su mujer sabía que eran bancos porque les invitaban a un café con esas pastas ricas que se producen en ese paraíso fiscal.

Declara el ex tesorero andaluz su habilidad y sagacidad en los negocios para dar a entender que esa millonada ha sido ganada legalmente. Insulta a la inteligencia y al bolsillo de los españoles que producen. Y a la categoría del tribunal que lo juzga, con el mismo trato y los mismos derechos que a cualquier otro ciudadano, cuando él no merece ese trato, por ser célula cancerígena que hay que apartar, cuando no eliminar, de la sociedad. Se muestra como ciudadano ejemplar, a veces con prepotencia, a sabiendas quizá de que tiene detrás toda una maquinaria poderosa y mafiosa, que, según resulte su cante, puede convertirlo en gallo inocente o en chivo expiatorio.

Para ello, del mismo modo que unos no lo nombran para borrar ese vínculo, él echa mano de las metáforas características de nuestro lenguaje para ocultar la verdad y desviar el delito, en lugar de hablar de “dinero negro” o “caja B”, lo nombra como “contabilidad extra contable”. Imita a su antiguos jefes retorciendo el idioma para, con esa farragosidad de quien no acepta la realidad, tratar de tergiversar la verdad. Su objetivo: que el delito sea menor o no lo sea... Un verdadero insulto propio de alguien sin escrúpulos, descarado, sinvergüenza y prepotente.

Tal malabarismo político con las palabras, lo denunció hace dos siglos el gran Larra, y por lo que se ve es vicio antiguo. Con ser mala tal confusión, peor es enredar la verdad y usar las palabras para ocultar ideas. En este caso delitos.

Escribió Marco Aurelio que los dioses concedieron el habla a los mortales para que éstos pudieran ocultar sus pensamientos… No siempre decimos lo que pensamos. Y no siempre pensamos lo que decimos, aunque este segundo aforismo suele quedar fuera de la actividad verbal de quien se precie de jugar a hacer política, de quienes pretendan nadar y guardar la ropa. El lenguaje debe expresar la verdad de manera total y unitaria. Porque la verdad es una y no tiene partes, y hasta el mismo pueblo sabe de siempre que la media verdad constituye una mentira.

Santiago García-Díez: DESCANSE EN PAZ

Acabo de escribir este comentario cuando me llega la noticia del fallecimiento de un antiguo y excelente profesor mío de Lengua y Literatura durante varios cursos. Su nombre: Santiago García Díez. A él le debo mi apego a una lengua clara y perfecta, mi gusto por la literatura y la poesía. Don Santiago nos enseñó a valorar nuestro idioma y a los poetas prohibidos, Lorca, Otero, Alberti, Miguel Hernández... los primeros que nos mostró, jugándose el tipo en unos tiempos duros para la enseñanza y las ideas “en mayo del 68”. Un profesor comprometido con los alumnos en una época de revueltas estudiantiles. A través de los textos nos enseñó a pensar y a llamar a las cosas por su nombre. Su obra perdura en el tiempo. Aunque se haya ido, sigue entre quienes le conocimos. Gracias por enseñarnos a leer (también entre líneas), y nos indujo a pensar por nuestra cuenta.

Hay personas que no deberían morir. Descansa en paz, querido profe. Hasta siempre.

Bárcenas: de gallo cantor a chivo expiatorio