martes 19.11.2019

Encerrados con un solo juguete

La gobernabilidad tiene un reto principal: desinflamar la hinchazón catalana y acometer las demás cuestiones pendientes, pero sin lo primero, no habrá nada más.
Sánchez e Iglesias en La Moncloa. Imagen de archivo
Sánchez e Iglesias en La Moncloa. Imagen de archivo

La suerte está echada. El debate celebrado el pasado lunes 4 de octubre en televisión, entre los candidatos a la presidencia del gobierno, acabó de poner encima de la mesa todas las cartas que quedaban por conocer.

Puede que este artículo quede obsoleto cuando se conozcan los datos definitivos del escrutinio electoral, pero hoy queda claro qué es lo que se juega en estas elecciones de la frustración. Nos guste o no, estamos encerrados con un solo juguete, que es Cataluña y por extensión la estructura territorial del estado.

No es que lo demás no sea importante: el empleo, la educación, las pensiones, la desaceleración económica, las leyes restrictivas en materia de derechos laborales y libertades cívicas, la aportación a la Unión Europea; pero todo ha sido oscurecido por la división del pueblo catalán en dos bandos cada vez más enfrentados. Esa fue también la causa de fondo de la imposibilidad de formar un gobierno en el que estuvieran juntos el PSOE y UP.

Si el resultado electoral del domingo lo permite, la izquierda está obligada a entenderse y a permitir la formación de un gobierno posible, aunque no sea el óptimo para cada uno de sus componentes

Hoy, en España, no es posible hacer nada en política sin una salida, aunque sea temporal y momentánea para frenar el enfrentamiento en Cataluña. Y para la izquierda en su conjunto, esto es letal. Y no solo para la izquierda. La derecha democrática, entendiendo por tal al PP y Ciudadanos, no tiene una hoja de ruta más allá de invocar unas normas constitucionales, que, como el artículo 155, tienen un alcance limitado, claramente marcado por el Tribunal Constitucional y que, evidentemente no resuelven el problema de fondo. Esa es la razón del resurgir de la extrema derecha. Frente al nacionalismo periférico independentista, nada más fácil que sacar del baúl los mitos del nacionalismo centralista español, que tan bien sirvieron antes, durante y después de la Guerra Civil a los movimientos fascistas. Por eso volvemos a escuchar atónitos las viejas consignas de Primo de Rivera o Ledesma Ramos que les suenan nuevas a los que nunca las escucharon e increíbles a los que teníamos que aprenderlas obligatoriamente en aquella nefasta Formación del Espíritu Nacional.

Por ello, si el resultado electoral lo permite, la izquierda está obligada a entenderse y a permitir la formación de un gobierno posible, aunque no sea el óptimo para cada uno de sus componentes.

El PSOE tendrá que comerse el sapo de la aceptación de un díscolo y contradictorio Iglesias como integrante del gobierno y este, quizás también, la de Errejón. Ambos deberán aparcar cualquier genialidad de esas que se le ocurren de vez en cuando a Ada Colau, en su afán por surfear sobre la ola independentista y, con Pedro Sánchez como presidente, dejar claro a ERC que en su agenda no puede estar la continuación de la escalada hacia la imposible separación de Cataluña.

Creo que solamente desde la firmeza razonable de la izquierda, se puede desactivar la bomba de relojería que es una sociedad catalana en la que fácilmente se puede pasar de la confrontación de baja intensidad al conflicto abierto, si se sigue en esta deriva.

Nadie debería plantear la ilegalización de cualquier opción política respetuosa con la ley, aunque no la comparta. Pero nadie tampoco debería impulsar a la ciudadanía al enfrentamiento.

Los estériles llamamientos al diálogo o a aceptar consultas ilegales sobre cuestiones no recogidas en la Constitución, llevarían, una vez más, al bloqueo y a la frustración. Hay que pulsar pausa en el endiablado juego catalán. Si conseguimos normalizar la vida en Euskadi, ¿cómo no vamos a ser capaces de hacerlo en Cataluña antes de que se produzcan daños mayores?

Si da para ello, no harían falta otras salidas provisionales en las que Pedro Sánchez se vería obligado a acordar la abstención con la derecha, que crearían una desafección muy fuerte en el electorado progresista.

La gobernabilidad tiene un reto principal: desinflamar la hinchazón catalana y acometer las demás cuestiones pendientes, pero sin lo primero, no habrá nada más.

Encerrados con un solo juguete