martes. 21.05.2024
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Imagen de archivo.

Miguel López |

¿Es el texto que sigue un alegato antibelicista? ¿Es una defensa de la insumisión ciudadana? ¿Es una pulsión “woke”? ¿O es una visión actualizada de nuestra sociedad? Usted, ilustre lector, elige.

En las últimas semanas se viene tratando en tertulias, digitales y redes sociales la ola de pesimismo creciente respecto al siniestro sonido de tambores de guerra procedentes de los confines de nuestra cómoda Europa.

Diferentes líderes europeos vienen promoviendo el aumento de la ayuda a Ucrania, en diferentes grados y ámbitos, para defender su territorio frente a la agresión expansionista rusa. Así, el presidente Macron llegó a pisar la raya continua el 26 de febrero al declarar que “no hay que excluir nada“ (rien ne doit être exclu), aceptando la hipótesis de tener que enviar tropas sobre el terreno, lo que provocó la reacción y el distanciamiento inmediato de esa posición por parte de otros líderes presentes en la Conferencia de la que él mismo era anfitrión en el palacio del Elíseo. Ante el revuelo provocado por esas declaraciones, la portavoz del gobierno francés quiso arreglar las palabras de su presidente con esta reveladora frase: “¿Qué debemos hacer, pedir educadamente a Putin que se siente a la mesa a negociar?”.

No hay más preguntas, señoría.

En las últimas semanas podemos encontrar declaraciones de otros dirigentes, en apariencia menos intervencionistas, pero igualmente predispuestas a echar leña al fuego, como la del canciller alemán Scholz abogando por un aumento significativo de ayuda militar a Zelensky, y otras más temperadas como la del presidente Sánchez, que se opone tajantemente al envío de tropas pero defiende la aceleración del envío de armas y municiones a Ucrania.

El alto representante de la UE, Josep Borrell, piensa también que “nada está excluído” respecto a las intenciones de Rusia, poniendo así en alerta a los países vecinos, los bálticos y Polonia especialmente, sobre la posibilidad de que a Putin le dé por organizar otra “operación militar especial” en el territorio ruso o bielorruso contiguo. Aunque la guerra no sea “inminente”, cree que “se avecina en el horizonte, y no es un asunto menor” (es decir, un asunto mayor, como diría el desconocido M.Rajoy).

Todos estos elementos “preparatorios” ante un hipotético conflicto bélico mayor me llevan a imaginar un posible día D, ese momento en que uno de los 32 países miembros de la OTAN o de los 27 de la UE vea atacadas sus ciudades, sus instalaciones vitales, contabilizando además víctimas civiles. La reacción sería obligada e inmediata, bien en virtud del art. 5 del Tratado Atlántico o del art. 42.7 del Tratado de Lisboa. Es decir, todos los miembros de una u otra organización supranacional (o de ambas en 23 casos) deberían utilizar todos los medios a su alcance para ayudar al país agredido.

Eso significaría poner a disposición de la OTAN, que es quien cuenta con estructuras permanentes de mando y reacción inmediata, las fuerzas terrestres, navales y aéreas necesarias, apoyadas por medios de inteligencia, para contener y repeler al potencial atacante o invasor. En toda Europa, tanto los medios aéreos como las unidades navales, carros de combate o artillería están operados por profesionales con buena formación en la que se ha invertido tiempo y dinero.

La suma de los actuales contingentes de los países aliados debería ser suficiente para defender al socio atacado, incluso sin la intervención de Estados Unidos, tal como ha amenazado el impulsivo Trump. Inverosímil hipótesis que el sector militar-industrial americano, con buen olfato para las oportunidades de negocio, se encargaría de echar por tierra, quien quiera que sea el inquilino de la Casa Blanca.

Pero, vistas las barbas del vecino ucraniano pelar, ciertos países están poniendo las suyas a remojar y comienzan a reimplantar el servicio militar obligatorio o a pensar en ello, como es el caso de Letonia o Lituania, que lo han hecho recientemente, el de Rumanía, que ya ha sacado el proyecto del cajón de la mesa, o Alemania, cuyo gobierno está pensando en reimplantarlo a partir de 2025.

En condiciones normales, es decir, en tiempos de paz, la mayoría de ciudadanos acude sin más cuando se les llama a cumplir su servicio obligatorio, familiarizándose con la disciplina militar y aprendiendo el manejo de las armas, a portar el uniforme con marcialidad y a desfilar en festejos y ceremonias. Todo muy bonito. O no.

Pero eso puede cambiar radicalmente si ese servicio implica ser enviado de inmediato o en pocas semanas al frente a jugarte la vida ante alguien al que no conoces de nada y que probablemente esté allí también obligado. En el mejor de los casos matas y no mueres. Matas o ayudas a matar a un semejante que pierde la vida por decisión de alguien que no verás enfrente.

Vale que para defender lo tuyo, tu país, tu ciudad o pueblo, tu casa y tu gente, en definitiva, tu vida, tomes las armas y hagas fuego si fuera necesario. Vale también que, siendo militar profesional porque así lo has elegido libremente, te desplieguen a miles de kilómetros para matar o morir porque esa es tu obligación si tu gobierno lo decide. Esos son “gajes del oficio”, de la misma manera que a veces se juega la vida un bombero, un policía o un camionero en el ejercicio de su profesión.

Porque tú, Pepito Pérez, ciudadano corriente llamado a filas, puedes legítimamente considerar que no es lo mismo luchar para defender lo tuyo y a los tuyos ante una invasión que luchar en otros países por una causa que consideras ajena y de la que seguramente no entiendes bien por qué se ha llegado al enfrentamiento armado. El servicio militar está limitado, en general, a jóvenes entre los 17 y los primeros años de la veintena y por algunos meses.

Últimamente pintan bastos en esta parte del mundo y, ante una conflagración importante, no es descabellado pensar en que algunos países podrían poner en marcha una movilización general de todos los varones, e incluso mujeres, en edad de combatir, pongamos entre 18 y 50 años. Son las levas forzosas que hoy estamos viendo en Ucrania y en Rusia, por circunscribirnos a la guerra del Este de Europa. También las hemos conocido en la historia reciente en Vietnam, en las dos guerras mundiales o en nuestra guerra en el norte de África a primeros del siglo XX.

¿Es concebible que a estas alturas del siglo XXI, con el acceso inmediato a la información, contrastable, pueda llevarse a cabo una movilización general como la de hace varias décadas?

¿Es concebible que a estas alturas del siglo XXI, con el acceso inmediato a la información, contrastable, pueda llevarse a cabo una movilización general como la de hace varias décadas? Recordemos que, en el caso de España, en los últimos años de la “mili” obligatoria, nos encontrábamos ya con un importante porcentaje de “objetores de conciencia” que desobedecían las órdenes de incorporarse a filas, enfrentándose a la imputación de un delito, incluso antes de que se aprobara la ley que regula la objeción de conciencia en 1998, donde se fijaban unas prestaciones sociales sustitutorias (mandato del art. 30 de la Constitución que aún estaba pendiente).

En una democracia como la nuestra y la del resto de países de Europa, los gobernantes deben procurarse no solo los votos suficientes para constituir gobierno, sino también el favor de una mayoría de ciudadanos para aceptar la implantación de un determinado programa y la aplicación de unas políticas públicas que mejoren la vida cotidiana de la gente y aseguren una estabilidad y un futuro.

No siempre es el caso. En numerosas ocasiones hemos vivido una brecha importante entre determinadas políticas del gobierno y el deseo mayoritario de la población. Recordemos aquel “no a la guerra” dirigido a Aznar en marzo de 2003, cuando la famosa foto de las Azores prácticamente anunciaba la invasión de Irak tras intentar vendernos que el maléfico Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Hubo multitudinarias manifestaciones en todas las grandes ciudades europeas y tuve la ocasión de participar en la de Bruselas, donde vivía entonces.

Si un pueblo carece del élan vital necesario, esa consciencia emocional, esa convicción íntima que le mueva a actuar en defensa de lo que considera justo, no habrá forma de obligarle a poner en peligro su futuro, su familia, su vida profesional y su misma vida. Y no olvidemos que la desafección con la(s) política(s) y sus protagonistas está creciendo en los últimos años por el distanciamiento de los gobernantes de la realidad social, aderezado con los constantes casos de corrupción entre sus filas.

Es poco probable que nuestra sociedad admita hoy episodios como el de “Salvar al soldado Ryan”, una historia visceral basada en hechos reales, pues ningún gobierno debe decidir cuál es el listón de sufrimiento de una familia, y menos uno que se reclame legítimo y democrático.

Los gobernantes deberían reflexionar mucho y respirar hondo antes de tomar la decisión de enviar al frente a sus compatriotas, conciudadanos contribuyentes, a una guerra que no es la nuestra y que a buen seguro obedece a estrategias e intereses que no son los nuestros. Las cárceles existentes no darían cobijo a las ingentes masas de objetores de todos los órdenes que aparecerían como hongos de un día para otro. ¿Cobardes, antipatriotas, insolidarios? No. Simplemente ciudadanos concienciados y responsables que reclamarían un derecho que les otorga la Constitución.

Un apunte last but not least: Si la tendencia al rearme y el horizonte bélico que se vislumbra llegara a materializarse en una guerra, aun sin movilización general, y nuestros militares profesionales fueran enviados al frente, recordemos que no son G.I. Joe ni cíborgs sino ciudadanos como nosotros, ciudadanos de uniforme, compatriotas, amigos, familiares y vecinos con sus respectivos proyectos de vida y sus seres queridos.

¿Quién iría a luchar a sus guerras?