jueves 09.04.2020

Felipe VI, el peor enemigo del Rey

La apertura de la XIV legislatura en el Congreso bajo la presidencia de Felipe VI, constituyó un daguerrotipo fiel de la crisis institucional que padece el régimen político y la fase bufa que atraviesa como podía deducirse de la frívola teoría de los aplausos y la verdad elemental subyacente que representa. Aunque dijera Manuel Azaña que la política no era para gente fútil y frívola, lo cierto es que en lo que se refiere a esta España política de la Transición y el posmodernismo carpetovetónico, los graves problemas de la nación siempre se intentan atajar por la anécdota a falta de meninges, o el acomodo a un regalado bon vivant que produce a cierto nivel la política, para que la categoría adquiera bulto en la vida pública. Asistimos en el acto solemne de la apertura de las Cortes, como digo, al análisis, por políticos y sesudos comentarista de los mass media, de quienes aplaudían y con qué intensidad el discurso del rey, sacando de dicha observación científica conclusiones políticas de muy alto nivel y trascendencia. No es una práctica nueva, en muchos momentos históricos el aplauso ha sustituido en cierta medida a la voluntad popular mediante la figura de la “adhesión entusiasta” en la que se ha concluido que representaba el aplauso. Tanta consistencia política se le ha dado a este acto, que era un rumor extendido que después de sus alocuciones, Stalin solía castigar al primero que dejaba de aplaudir.

Incluso para que la XIV legislatura diera comienzo con cierta estameña de palurda nostalgia se recuperaron los gritos de rigor, cosa extravagante en un parlamento con democracia estable, con el sonoro ¡viva el rey! Por parte de la presidenta del Congreso y que, esta vez institucionalizados, eran un plagio de los que Vox había vociferado en el hemiciclo sin la solemnidad de lo oficial. El acto se convirtió en unos representantes políticos en busca de autor, como en la obra de Pirandello, que compusiera una ceremonia de ademanes en los que demostraran su fe monárquica, su adhesión inquebrantable al jefe del Estado, sin mácula de reserva mental alguna, que hubiera  dicho el bueno de Carrero Blanco, y que no estaban dispuestos a causarle ningún disgusto al rey mejor preparado de la historia.

El incendiario discurso real del 3-O colocó al poder arbitral del Estado al nivel de un beligerante órgano partidario, irreconciliable con un sector mayoritario de los catalanes de los cuales el monarca debió pensar, y no lo hizo, que también es rey

De esta forma, los comentaristas políticos, los creadores de las subjetividades sociológicas, observaron como los miembros del Gobierno de Podemos aplaudían, pero no los del grupo parlamentario del mismo partido. ¿Esto significa que compartiendo una misma ideología y una siglas políticas si estas en el gobierno eres una cosa y en la oposición o fuera del gobierno otra? Pues sí, por muy extravagante que parezca. Y siendo esto así, ¿hemos de reconocer que nuestra ideología y nuestros valores pueden ser tolerados en la oposición pero no podemos gobernar implementándolos? Es algo que podemos deducir de la dual actitud de Podemos en la apertura de la XIV legislatura. El PSOE superó esta actitud esquizoide en Suresnes, pero quizá no sepan sus dirigentes que Suresnes es un cadáver y en política, como en la vida misma, son muy pocos los resucitados.

El incendiario discurso real del 3-O colocó al poder arbitral del Estado al nivel de un beligerante órgano partidario, irreconciliable con un sector mayoritario de los catalanes de los cuales el monarca debió pensar, y no lo hizo, que también es rey. Si el Estado se rebaja a una guerra ideológica y territorial, como si parte del espacio físico que gobierna, fuera algo extraño e incómodo, pierde su capacidad de constituirse en lo que debe ser: un ente superior capaz de armonizar las expresiones políticas y culturales que constituyen la realidad de lo que llamamos España. Por muchos aplausos, panegíricos y gritos de rigor que como súbditos le dediquemos rendidamente, no dejará de ser el peor enemigo del rey, el mismo rey.

Felipe VI, el peor enemigo del Rey