jueves 09.04.2020

Integración democrática

Vivimos una lucha muy compleja entre las diversas posiciones políticas. Se complica más porque las instituciones no son capaces de mediar en la resolución de los conflictos y que las organizaciones económicas y sociales no salgan a defender un equilibrio entre los poderes desestabiliza el escenario social. Carecemos de instituciones independientes que sean un equilibrio y la crisis económica desestabiliza agrava todavía más este panorama, laminando la confianza. No hay mensajes orientadores y los que llegan con más fuerza son aquellos que más desestabilizan. Estamos jugando con fuego.

Lo que está pasando en nuestro entorno no es un problema específicamente nuestro, sino que en cada zona del mundo se presenta de diversas formas. En nuestra escena política ha sido el independentismo territorial el que ha tenido hipotecada la gobernabilidad del país. Pero esto podría ocurrir con otros motivos y otros actores en otros lugares del planeta, porque si cambiamos la partitura oímos lo que ocurre en otros lugares y se asemejan. Se está viviendo un dilema entre los que tienen una visión globalista del proyecto político y los que tienen una visión patriótica.

Nos estamos olvidando de que el debate crucial es nuestro sistema como tal: esa economía que no encuentra su equilibrio, esos cauces de redistribución que están bloqueados, y ese mercado que es cada día más plano y controlado

En esta situación no se puede permitir que la sensación de desastre rompa el equilibrio entre el Estado y la sociedad, porque estamos demasiado tiempo en el pasillo de espera de las posibilidades. Las oportunidades que los ciudadanos y ciudadanas han dado a los políticos, desde una respuesta electoral, debe ser interpretada en clave social, y la responsabilidad es que no pase demasiado tiempo para salir del pasillo de las posibilidades a la plaza común de la convivencia ciudadana.

El tiempo que viene configura grandes retos para España, dice Economistas Frente a la Crisis en su reciente declaración, y  las fuerzas de la reacción van a tratar -como ya lo están haciendo- que esta nueva fase del proceso de modernización de nuestro país descarrile. Hoy, como siempre, y en este momento de manera especial, un Gobierno progresista necesitará el apoyo e impulso de todas las fuerzas de progreso. La articulación del Estado de las Autonomías va a requerir, tras cuarenta años del desarrollo constitucional, nuevas lecturas que deben partir, igualmente, del respeto hacia la multiculturalidad y los lícitos deseos de cambios, siempre en el marco de la Constitución y con los instrumentos de la legalidad vigente.

No se entiende lo que pasa, lo cual es peligroso. La ciudadanía espera soluciones de más libertades para superar sin traumas el desgobierno actual. Desea que todas las fuerzas en juego, y cualquier otra que no haya podido entrar en el tablero, todas apoyen esa jugada final de dar un jaque mate que contrarreste el desconcierto. Las consecuencias son previsibles; se precisa una potente fuerza que empuje en dirección adecuada para que el movimiento de los derechos generales supere a los impulsos peligrosos de ruptura.

Hay que asumir las legitimidades internacionales, porque no están implicadas en las legitimidades domésticas, muy cocinadas y con sabores de los ingredientes que han servido para los menús resultantes. Por eso, la legitimidad internacional debe ser un entrante esencial para servir como optativo a lo que nos venía alimentando. Si vemos las cosas desde más distancia los disensos se irán diluyendo. Hay que conseguir un consenso en favor del Estado, frente a lo que ahora se observa, que es un pernicioso proceso de disolución que favorece al patriotismo más exacerbado. Y facilita que una ciudadanía cansada acepte un poder despótico como solución a una situación de ausentes con el compromiso ciudadano.  Se precisa un cambio psicológico, algo como una salvaguarda del peligro para que no se destruya el espíritu de una ciudadanía que votó para dar la solución al Estado. No se puede admitir que el ganador de esa partida no dirija los destinos de una sociedad libre que expresó con el voto el camino adecuado.

Ese cambio psicológico no es una dominación, sino una puerta abierta a un Estado más democrático. No hay peligro de que se diluya el poder si sabemos democratizarlo, porque el riesgo se produce cuando el Estado y la sociedad no encuentran caminos de equilibrio para una gestión equilibrada. El equilibrio no es debilidad; es controlar al Leviatán que se ha vuelto despótico con el desconcertarte resultado. No olvidemos que el progreso humano depende de la capacidad del Estado para que avancen los nuevos retos. Y al mismo tiempo la sociedad también se vuelve más poderosa y vigilante cuando corta de raíz los desmanes de los que la quieren oprimir de cualquier forma para impedir el progreso humano. Estamos en esos momentos de equilibrio en los que el peso de la crisis económica y social no puede ser confundido por otras crisis políticas de raíces históricas no solucionadas. Se cometería un doble error, y no solucionaríamos nada. Hundiríamos el papel del Estado, en su función redistribuidora, engendrando una más profunda crisis política, salvo que eso sea lo que se pretenda.

Nos estamos olvidando de que el debate crucial es nuestro sistema como tal: esa economía que no encuentra su equilibrio, esos cauces de redistribución que están bloqueados, y ese mercado que es cada día más plano y controlado. Por otro lado, para las políticas globales ya no sirven las de un solo Estado, sino que tienen que venir de la mano del consenso internacional; en lugar de ello, lo estamos desviando con tanto episodio nacional que hace de la prosperidad algo no compartido.

Por eso no podemos olvidar los retos que tenemos en este preciso momento con la visión puesta en los Objetivos de Sostenibilidad. El primero superar las desigualdades. El segundo es adaptar las nuevas tecnologías para que contribuyan a que la productividad generada lleve a la prosperidad social, impidiendo la excesiva concentración económica. Y el tercer reto tiene mucho que ver con la confianza en las instituciones. Ese equilibrio de poder que tenemos que conseguir entre el Estado y la sociedad. Sin confianza los ciudadanos no protegerán a sus instituciones, y no olvidemos que durante la crisis económica que hemos padecido las instituciones han resultado muy debilitadas.

La sociedad ha salido con sus ejercicios democráticos al rescate de sus instituciones; por eso los que pretenden desestabilizar deben ser neutralizados. Y la forma de neutralizarlos es que todos tengan voz en el proceso, y que exista la tolerancia, porque que en el plano político los retos son siempre formidables, siempre que terminen más allá de una coalición. Si configuran un nuevo periodo de un Estado moderno.

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