miércoles 21.08.2019

Los políticos dan el tono a la sociedad: “Que se joda... el desgraciado”

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¿Cuántas querellas se podrían presentar, si tenemos en cuenta las numerosas mentiras pronunciadas en estas interminables campañas electorales y en este proceso teatral de los pactos?

El pasado 5 de abril en este mismo periódico publiqué el artículo Criterios para evaluar una democracia de calidad. Y entre estos criterios me fijaba en el denominado Rendición de cuentas, el cual se refiere a los mecanismos sociales e institucionales que someten a los políticos a escrutinio en relación a sus actuaciones y a una posible sanción. Rafael Bustos, en relación a esta cuestión cita una propuesta muy interesante como es la prohibición de la mendacidad gubernamental, tal como se aprobó en el Parlamento del Reino Unido mediante una Resolución de 1997. No obstante, en este país el delito de mal comportamiento en el desempeño de un cargo público, lo que supone un abuso de la confianza depositada, es ya una figura legal que se remonta al siglo XIII, lo que podría tener hasta una pena máxima de cadena perpetua. Ignoro si es en base a esta Resolución de 1997, o a esa figura legal del Medievo, más lo cierto es que una jueza, Margot Coleman, de la Corte de Magistrados de Londres ha admitido a trámite una querella contra el exministro de Asuntos Exteriores y exalcalde Londres, Boris Jhonson, por haber mentido durante el desempeño de su cargo público, como ministro. La acusación se basa en que en repetidas ocasiones durante la campaña del referéndum de 2016, afirmó que la pertenencia a la UE al Reino Unido le suponía 400 millones de euros semanales y que ese dinero podría destinarse a la sanidad pública. Incluso se hizo fotos delante de un autobús electoral que llevaba tal mensaje. 

Boris_Johnson

Boris Jhonson

La querella la presentó el ciudadano Marcus Ball, que a través de crowfunding ha conseguido un cuarto de millón de euros para llevarla ante los tribunales. El ínclito Boris Jhonson es un auténtico bocazas, que no tuvo inconveniente en comparar en 2016 el proyecto europeo con el de Adolf Hitler. El objetivo de sus enemigos no es meterlo en la cárcel sino evitar que sea primer ministro en sustitución de Theresa May. Tampoco es el único que ha mentido. La jueza Margot ha señalado que hay suficientes indicios de que ha mentido y que la posición y el estatus llevan consigo influencia, y quienes la tienen han de actuar con sentido de responsabilidad. En la misma línea los representantes del querellante han afirmado que la democracia requiere responsabilidad y honestidad, y el exministro se comportó de una manera deshonesta e irresponsable, porque él sabía perfectamente que la contribución del Reino Unido a la Unión Europea de 400 millones de euros semanales era falsa.

¿Sería posible imaginar una querella de este tipo en esta España nuestra? ¿Cuántas querellas se podrían presentar, si tenemos en cuenta las numerosas mentiras pronunciadas en estas interminables campañas electorales y en este proceso teatral de los pactos? Solo quiero referirme a las mentiras del comunicado leído en la concentración de Plaza de Colón con presencia de PP, Ciudadanos y Vox, con sus respectivos líderes, Casado, Rivera y Abascal. Y podríamos poner otros muchos ejemplos de mendacidad en nuestra clase política, y lo auténticamente grave es que esta cuestión a gran parte de la ciudadanía le resulta algo irrelevante. Lo cual es una prueba incuestionable de que nuestra democracia es de baja calidad, por decirlo de una manera suave.

Me fijaré en otro caso ocurrido recientemente en otro país europeo con una democracia más asentada. Recientemente, el vicecanciller de Austria y líder de los ultranacionalistas, Heinz-Christian Strache, ha dimitido tras la difusión de un vídeo en el que se muestra dispuesto a aceptar ayudas financieras rusas a cambio de contratos públicos estatales lo que ha provocado una crisis de Gobierno. "Hoy he tenido una reunión con el canciller federal (Sebastian Kurz) y le he ofrecido mi dimisión, que él ha aceptado", ha dicho Strache en rueda de prensa en Viena. El jefe del ultraderechista Partido Liberal (FPÖ) ha admitido haber cometido un "error" y ha dicho que abandonaba el cargo para evitar la caída del Gobierno formado por su formación y el Partido Popular (ÖVP) de Kurz. Posteriormente este fue destituido al no superar una moción de censura, votada por la oposición socialdemócrata (SPÖ), además del pequeño partido ecologista Jetzt, y también sus antiguos aliados del ultras del FPÖ. La oposición le reprochó haber pactado con la ultraderecha para gobernar, y por tanto ser responsable de la crisis política desencadenada. El FPÖ, por su parte, devolvió así a Kurz el golpe por haber forzado la marcha de todos los ministros ultras del Gabinete. 

Creo que a los políticos españoles y también a los españoles de a pie, estos casos del Reino Unido y de Austria nos deberían servir de motivo de reflexión. Y tras ella podemos valorar el estado de salud de nuestra democracia, del que somos responsables todos, ciudadanos, y especialmente nuestra clase política, a la que dedicó unas reflexiones extraídas del libro, Ejemplaridad pública del filósofo Javier Gomá. Libro que deberían leer los Casado, Rivera, Abascal, Sánchez, Garzón e Iglesias, por citar las figuras más relevantes. Y por supuesto, la ciudadanía.  Ahí van.

"Toda vida humana es un ejemplo y, por ello, sobre ella recae un imperativo de ejemplaridad: obra de tal manera que tu comportamiento sea imitable y generalizable en tu ámbito de influencia, generando en él un impacto civilizatorio. Este imperativo es muy importante en la familia, en la escuela, y sobre todo, en la actividad políticaya que el ejemplo de sus dirigentes sirve, si es positivo, para cohesionar la sociedad, y si es negativo, para fragmentarla y atomizarla. El espacio público está cimentado en la ejemplaridad. Podría decirse que la política es el arte de ejemplificar. Las instituciones públicas han sido conscientes o deberían serlo del efecto multiplicador para potenciar la convivencia de determinados modelos públicos.

Los políticos, sus mismas personas y sus vidas, son, lo quieran o no, ejemplos de una gran influencia social. Como autores de las fuentes escritas de Derecho -a través de las leyes- ejercen un dominio muy amplio sobre nuestras libertades, derechos y patrimonio. Y como son muy importantes para nuestras vidas, atraen sobre ellos la atención de los gobernados y se convierten en personajes públicos. Por ello, sus actos no quedan reducidos al ámbito de su vida privada. Merced a los medios de comunicación de masas se propicia el conocimiento de sus modos de vida y, por ende, la trascendencia de su ejemplo, que puede servir de paradigma moral para los ciudadanos. Los políticos dan el tono a la sociedad, crean pautas de comportamiento y suscitan hábitos colectivos. Por ello, pesa sobre ellos un plus de responsabilidad. A diferencia de los demás ciudadanos, que pueden hacer lícitamente todo aquello que no esté prohibido por las leyes, a ellos se les exige que observen, respeten y que no contradigan un conjunto de valores estimados por la sociedad a la que dicen servir. No es suficiente con que cumplan las leyes, han de ser ejemplares. Si los políticos lo fueran, serían necesarias muy pocas leyes, porque las mores cívicas que dimanarían de su ejemplo, haría innecesaria la imposición por la fuerza de aquello que la mayoría de ciudadanos estarían haciendo ya con agrado. Saint-Just ante la Convención revolucionaria denunció “Se promulgan demasiadas leyes, se dan pocos ejemplos”, circunstancia que no ha cambiado sustancialmente en la actualidad.

Con la democracia liberal, se acrecienta todavía más la necesidad de la ejemplaridad del profesional de la política. Además de responder ante la ley, es responsable ante quien le eligió. Frecuentemente, observamos que un político sin haber cometido nada ilícito se hace reprochable ante la ciudadanía, por lo que debe dimitir y se hace inelegible, al haber perdido la confianza de sus electores. Mas, la confianza no se compra, no se impone: la confianza se inspira. Mas, ¿qué es una persona fiable? La confianza surge de una ejemplaridad personal, o lo que es lo mismo, la excelencia moral, el concepto de honestum. Cicerón en su tratado Sobre los deberes, nos lo define, como un conjunto de cuatro virtudes: sabiduría, magnanimidad, justicia y decorum (esta última es la uniformidad de toda la vida y de cada uno de sus actos). Es evidente hoy que esta ciceroniana uniformidad de vida, incluyendo la rectitud en la vida privada, es determinante en la generación de confianza ciudadana hacia los políticos".

Frente a ese político ideal que genera la confianza de la ciudadanía, existen otros comportamientos políticos que producen en buena lógica el sentimiento contrario. Como el de aquel (Rafael Hernando) que cuando en el Senado Romeva acataba por imperativo legal la Constitución, leyó el siguiente nombre de la lista, interrumpiendo al senador electo y al dirigirse este a su asiento entre aplausos se pudo escuchar en el micrófono abierto “que se joda... el desgraciado”.

Los políticos dan el tono a la sociedad: “Que se joda... el desgraciado”