martes. 21.05.2024
crisis

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El cuerpo social de la humanidad se encuentra gravemente enfermo. Eso nos enferma uno a uno y enferma al planeta con todas sus especies, así que es un asunto bien serio que exige una respuesta igual de seria. ¿La estamos dando?

Un cuerpo enfermo es un organismo desequilibrado por la acidez, lo que le exige alcalinizarse con sustancias adecuadas, pensamientos positivos, costumbres sanas y unas relaciones armoniosas con el medio natural y social. Un cuerpo social desequilibrado y enfermo por algún tipo de exceso -en nuestro mundo, por el exceso de ricos y el exceso de sus privilegios sin fin- necesita igualmente soluciones correctoras. Y mientras llegan, vivimos  soportando una fuerte tensión interna, digamos civilizatoria, que se manifiesta antes o después en diversos tipos de crisis ( económicas, políticas, energéticas, geopolíticas, y otras) que se encadenan entre sí multiplicando sus efectos y acabando finalmente en un complejo de situaciones sociales y globales imposibles de controlar o armonizar entre sí. Entonces hablamos de crisis sistémica.

Esta macrocrisis es la peor enfermedad social que padecemos hoy en todo el mundo, y que –como ocurre con cualquier enfermedad- afecta más intensamente a las sociedades o países más débiles, donde millones mueren de inanición, por enfermedades curables, o por guerras provocadas por el mundo rico, que tampoco está exento de sus propias guerras y sus propios hambrientos y enfermos que mueren por falta de ayuda médica. Todo esto revela la gravedad del momento.

La crisis global que tiene que enfrentar hoy el género humano es única; es la mayor, más extensa, más profunda y más difícil de controlar de toda  la historia

La crisis global que tiene que enfrentar hoy el género humano es única; es la mayor, más extensa, más profunda y más difícil de controlar de toda  la historia. Cambio climático irreversible y fatal, guerras insensatas como la de Ucrania, genocidios impunes como el de Gaza, colonialismo extractivista, exigencias absurdas de crecimiento incesante con recursos decrecientes, enfrentamientos geopolíticos por el predominio mundial, aumento continuo del gasto militar con vistas a nuevas guerras, corrientes migratorias incontrolables y criminalizadas, dificultad de acceder a una vivienda, aumento de los trabajadores pobres, los bajos salarios y el desempleo, la difícil incorporación laboral de las nuevas generaciones, la incertidumbre ante el futuro de las pensiones… Todo esto, y más en esta línea, se entrecruzan entre sí con el cambio climático y la dureza progresiva de las condiciones generales de vida en un planeta donde agua, aire y tierra se han contaminado sin remedio. Todo ello es de tal gravedad que exige una solución extrema. ¿La tenemos?

Quedaría pobre nuestro relato si no tuviéramos en cuenta que al lado de todo esto y con una profunda relación de causa y efecto con lo mencionado, se ha producido un derrumbe de las reglas del juego internacional. El orden legal mundial está siendo despreciado por las grandes potencias o sus países siervos. La ONU, el Tribunal Penal internacional, las leyes humanitarias de la guerra, los derechos humanos, las libertades básicas de expresión, manifestación o asociación son hoy restringidas, prohibidas, objeto de causa penal y cada vez más reprimidas por los gobiernos, mientras crece en su seno el fascismo que contamina a las fuerzas armadas y policiales.

¿Será el fascismo entonces alguna clase de solución?, pregunta el televidente de las cadenas conservadoras -con la COPE en cabeza-  en España y las semejantes en cada vez más países donde la pandemia fascista se extiende con su ayuda.

Cuando enfermamos, manifestamos síntomas, y la medicina alopática se enfoca a eliminar los síntomas, que son los testigos de que algo va mal en el interior de nuestro organismo. Ese modo de actuar no cura, pues como la causa permanece intacta, antes o después se reproduce el mismo síntoma u otros en otras partes del cuerpo. Y el médico alopático vuelve a actuar, y aunque el cuerpo sigue sin sanar, las industrias médicas se forran vendiendo remedios cuyos efectos secundarios aún pueden agravar más la enfermedad inicial. A esto se le llama -y es gracioso- “medicina científica”. (Si el doctor Eduardo Alfonso lo pudiera escuchar, qué carcajada le saldría de su tumba). Algo semejante ocurre con la democracia y con el fascismo. El fascismo, en este caso, es un síntoma tanto como un anticuerpo, una respuesta defensiva del cuerpo social mundial enfermo por exceso de ricos que se encuentra debilitado por sus excesos y tiene miedo del exceso de pobres. Entonces pone en marcha sus mecanismos de defensa, porque en toda crisis de salud ocurre lo mismo: los anticuerpos actúan. Y esto es justamente lo que ocurre en la enfermedad sistémica con el fascismo.

En una enfermedad cualquiera existe un enfrentamiento entre dos fuerzas: las que pretenden sanar y las que pretenden enfermar, que suelen ser virus o bacterias. Y así como el fascismo y todo pensamiento conservador de menor agresividad pretende mantener la enfermedad sistémica y profundizarla,- juego equivalente al de los virus o bacterias- existen anticuerpos defensivos de la salud social que entran en inevitable conflicto con los primeros.

Una parte de los anticuerpos colectivos de defensa de la salud social, como ciertos movimientos estudiantiles, pequeños partidos de izquierda, algunas  organizaciones vecinales, sindicatos independientes, intelectuales, periodistas y otros profesionales, se ponen en movimiento para detenerlo, y está bien intentar detenerlo. Pero si se actúa igual que los médicos alopáticos, el fascismo -que solo es síntoma- siempre vuelve, como estamos viendo en nuestros días, sencillamente porque no es la causa, sino una manifestación virulenta  de la enfermedad sistémica, que como venimos diciendo, es el desequilibrio mundial de la riqueza a favor de un irrisorio uno por ciento de las familias del mundo. Este es, y no otro, el virus que devora nuestras economías, nuestro bienestar y finalmente nuestra civilización. Y este virus tiene su sistema inmunológico propio, donde el fascismo forma parte de un organigrama de los elementos antisociales que el uno por ciento de los ricos necesita tener activos para defenderse del otro 99 por ciento, que somos el resto de la humanidad. En ese organigrama se hallan incluidos los falsos medios de comunicación creadores de bulos, los jueces y políticos corruptos, los sectores más reaccionarios de las religiones y organizaciones civiles y militares y personajes y personajillos de la vida pública o la académica. Todos contribuyen a  enfermar el mundo. 

El derrumbe del orden moral y ético

Y en esta cascada de anticuerpos del bienestar, la paz, la justicia y la libertad, es importante señalar el derrumbe del orden moral y la ética individual.

Si una pandemia vírica es grave, una pandemia de individualismo y egocentrismo ausente de valores éticos y morales  puede ser letal para los pueblos. Las religiones están muy desacreditadas y con razón, pero eso no impide a las gentes el poder asumir principios de validez universal como son para un creyente los contenidos de los Diez Mandamientos o del Sermón de la Montaña de Jesús, que se pueden resumir como amor a Dios -energía que sostiene todo cuanto es- y al prójimo, y que se manifiesta tanto en creyentes como en no creyentes, en el respeto y ayuda  mutua entre todos y con todo lo que existe. ¿Podría ser esta una solución, o esperamos alguna teoría racionalista que la supere? 

Si ninguna teoría filosófica, ninguna religión o ninguna ideología política han sido capaces de superar estos problemas, ¿no será, acaso, que lo que se precisa es una solución ética y moral de validez universal como la señalada? Por desgracia, la mayoría vive ajena a estos asuntos aunque no pueda evitar sus consecuencias, o con fe ciega en las mentiras de las Iglesias o sigue con la misma fe de lemingo a pensadores materialistas de siglos pasados cuyos frutos son igual a cero, excepto en las bibliotecas. En las bibliotecas, sí, pero no en las conciencias, que andan desarmadas. Por fortuna, la física cuántica  va desmontando sus caducos argumentos.

Y Gaza no puede estar ausente de este análisis

Lo que hace que el genocidio que se lleva a cabo ante nuestros ojos no produzca una repulsa global tan grande que lo haga imposible, es, en última instancia, la ausencia a gran escala de los valores propios de una conciencia despierta;  lo que permite que un Netanyahu, un Milei, un Biden, un Trump, una Meloni, un Abascal, una Von der Leyen, un Zelenski o un Putin formen junto a otros como Macron o Solchz, un ejército internacional de anticuerpos contra la paz, la bondad, la justicia , la libertad y la ética y moral, las  fuerzas regeneradoras  de la salud sistémica  mundial. Solo si estas fuerzas regeneradoras alimentan a los movimientos sociales, políticos y ecológicos, este Planeta puede encontrar algún alivio, y especies, como la nuestra, esperanza de supervivencia como género humano. 

La enfermedad sistémica