lunes. 04.03.2024
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Si tú no vas, ellos vuelven

Tinc la sensació que, tot sovint, des de l'esquerra semblem a ‘Saturno devorando a su hijo’.   [1] Ja que parlem de contes infantils, per quan un article parlant de "¡Que viene el coco!". I entenc per ‘coco’ al PP i Vox.” (De nuestro amigo, alguna vez citado, Jaume M.O.)

Es de suponer que a la inmensa mayoría de los que podían votar en las generales del 1996, la suma de la imagen de cabecera y el título de este capítulo los llevará ineludiblemente a pensarPSOE. Fue lo que se nos vino a la cabeza al leer el mensaje de nuestro amigo Jaume: si no hacemos nada, ellos, el coco, los doberman de la política, volverán.

Que se cumplan tus deseos” dicen que es una maldición china, y Jaume bien sabe que, si bien se va a cumplir su deseo, será con apego a “usted pregunte lo que quiera, que yo contestaré lo que me dé la gana”. Así que vamos a escribir lo que nos dé la gana sobre el muy real, legítimo y fundado temor a que, si no hacemos nada, ellos, los doberman de la política, volverán.

Nota bene

Tal y como ya habíamos argumentado el pasado 23 de junio, en nuestro artículo de Nuevatribuna.es “Hemos perdido, y la culpa no es de los votantes”, si perdemos, habremos

perdido sin ambages, sin peros y sin paliativo alguno. Y la culpa no es de los votantes, pues en la acción de votar, y fuera de demostrar pucherazo, es imposible que haya dolo. Y la responsabilidad, tampoco.

¿Cómo que no hay responsabilidad individual, inquirirá frunciendo el ceño más de uno y más de dos? No nos olvidemos que la responsabilidad va de suyo pareja, y más que proporcionalmente, con el poder, y entre, por un lado, un ciudadano con su papeleta y, por otro, los partidos, coaliciones, agrupaciones, mareas, líderes, movimientos y demás, con su organización, acceso a los medios, financiación… espero que nadie dude dónde está el poder, y por ello, dónde está la mayor, mayorcísima, total cuota de responsabilidad en los resultados.” (artículo citado)

El miedo

Albert Sáez comentaba el pasado septiembre, en su newsletter como director de El Periódico, que “Los populismos aciertan a determinar los temas que preocupan a la gente. Los partidos convencionales tienden a querer obviar asuntos que les parecen espinosos […] La forma de resolver la crisis financiera del 2008 tiene mucho que ver con el auge de la extrema derecha.” Así que, seguía, “La pregunta es, ¿por qué los electores no tienen miedo a estas formaciones?” ¿Debe ser ésta la cuestión?

Esta pregunta está en la mismísima línea del mencionado “¡que viene el coco!”, y trae a cuento el miedo, sentimiento que Biden ha querido -e incluso en buena parte sabido- explotar en las intermedias realizadas este noviembre en curso [2], y también está detrás de la muy severa admonición (¡otra vez el miedo!) de que, si tú, elector, no vas (a votarnos ¡claro!), ellos vienen.

En todo caso, tener o no tener miedo a esas formaciones es algo muy subjetivo, lo que no quita que sea real, legítimo e incluso fundado. Queremos decir que es el sujeto, y no el objeto, quien tendrá o no tendrá miedo en un sentido u otro, pero si el elector a pesar de todo se muestra temerario en su voto, entonces -según se infiere de la pregunta de Sáez- será suya la responsabilidad por las consecuencias que se deriven de ese voto.

¡Vaya! Lo que parecía una pregunta sin doblez, ahora resulta, a poco que la hemos exprimido, que también conlleva cargar con la responsabilidad al votante: “¡Eh! ¡Tú! ¿Qué no ves que por ser temerario y votar al que no debes, a los doberman de la política, vas -y vamos- a pasarlo muy, pero que muy mal?”... sólo falta decirle “¡Hay que ser tonto para votar contra tus intereses!” Y nos consta que, en petit comité, muchos, demasiados que votan a los nuestros -y algunos que los lideran- lo afirman sin sonrojo. Con la boca pequeña, con disimulo, pero sin sonrojo.

Pues se equivoca Sáez y se equivocan los nuestros. Esa no es la pregunta, pues ni la culpa ni la responsabilidad es de los votantes.

La razón

Ningún argumento racional tendrá un efecto racional en un hombre que no quiere adoptar una actitud racional.
(Karl Popper, La sociedad y sus enemigos)

Según el Eurobarómetro del 2021, “el 75% de los españoles recela del Gobierno y del Congreso, mientras que el 90% desconfía de los partidos políticos.” (fuente El País). Semejantes datos nos pueden llevar a pensar que, no es que vengan los tártaros, es que nosotros somos lo tártaros, y ya estamos dentro.

Que nosotros nos hayamos convertido en los tártaros, por los que con tanto denuedo el centinela en la muralla miraba el horizonte para advertirnos de su llegada, lo plasma perfectamente José Andrés Rojo en El País (30/09/2022): “Y ese [el clamor de los seguidores de Matteo Salvini, Silvio Berlusconi y Giorgia Meloni] es seguramente uno de los problemas que tiene Europa en estos momentos. Porque ese clamor es el resultado de un largo y paciente trabajo en el que se han implicado determinadas fuerzas para borrar la pluralidad de las sociedades del Viejo Continente y sostener que no hay nada más que amigos y enemigos.”

Pero ese “largo y paciente trabajo” no se ha podido hacer en el vacío, y que se precisa sustrato para que germine Alberto Sáez nos lo recuerda con mucha sensatez: “Los populismos aciertan a determinar los temas que preocupan a la gente”. La derecha sabe usar la irracionalidad y aprovecharse de lo simbólico en su beneficio porque acierta con -y hace patente- el poso de realidad que sostiene ese miedo y esa rabia. La izquierda debería saber -pero al parecer no sabe- gestionar esos miedos, pero no usarlos ¡no caigamos en su trampa!, que usar y gestionar no es lo mismo ni tampoco es igual.

No es fácil gestionar el miedo y la rabia con la sola razón, y hay que estar a la altura moral e intelectual de un Camus para saber dar con la respuesta adecuada, aunque por ello los revolucionarios de salón nos llamen de todo menos bonito: “En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel. Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre” (respuesta a un estudiante en el coloquio tras la conferencia "El artista y su tiempo", pronunciada en el anfiteatro de la Universidad de Upsala el 14 de diciembre de 1957). Camus no fue temerario al exponerse, ni incurrió en la cobardía de esconderse tras los eslóganes anticolonialistas de rigor. Fue inteligente al entender su miedo y valiente al no usarlo como arma arrojadiza. Así debe comportarse la izquierda: inteligente entendiendo los miedos de la ciudadanía, valiente para no usarlos demagógicamente. Y audaz para gestionarlos.

Otra vez el miedo

...la ultraderecha sabe decir: "Vendrá el moro y se follará a tu mujer, vendrá el moro y te quitará tu trabajo, vendrá el moro y será un delincuente". No se complican, es un mensaje terrible, pero que entiende todo el mundo. Yo siempre he dicho que no hay mayor tonto que un obrero de derechas, pero ahora entiendo que voten a Vox. Si yo soy un potencial votante y no entiendo al tío que me está hablando, estamos jodidos. La izquierda debería bajar la intelectualidad de su propuesta, hablar más claro” (Karra Elejalde, El Mundo, 03/11/2022)

Obviamente Karra Elejalde no es Albert Camus, ni lo intenta ni lo pretende. No es preciso estar cien por ciento de acuerdo con Karra para entenderle. Y aunque sepamos, y podamos demostrar, que el moro ni quiere ni le apetece hacer nada de eso, algo hay en la mente de la ciudadanía que permite que ese mensaje, y otros del mismo palo no por más sutiles menos perniciosos, cale.

Dos observaciones. La primera, recordemos a Popper y la poca eficacia de la razón ante lo irracional. La segunda: la crítica debe ir más allá de lo que plantea Karra, pues no se trata sólo de hablar más claro, que también, y de ser menos intelectual -entendido en su versión peyorativa: oscuro, pedante, condescendiente-, se trata de saber de qué hablar y, claro, de cómo expresarlo.

Ya podemos empezar a apuntar por dónde debería andar la pregunta ¿A qué tiene miedo la ciudadanía?

Y también ¿A qué tienen miedo los partidos convencionales? Convendrá entender qué es lo que les paraliza ante la derecha y la extrema derecha, pues tal parece que sólo sepan reaccionar a sus ocurrencias, a veces casi perfomances, sometiéndose así a la agenda contraria, o, en el extremo contrario, sobreactuar allí donde se sienten cómodos, cayendo en esa burbuja intelectual que Karra lúcidamente menciona.

Otra vez la razón

La razón ilustrada sabe que el ser humano es un leño torcido, del cual sólo a duras penas se saca algo recto.

Conviene mirar la realidad de ese ser humano, su sobrevivir en una sociedad postheroica y posmaterialista [3], donde el sacrificio se vuelve inconcebible y el aumento general de seguridad económica y social se considera un derecho de nacimiento. Y decimos sobrevivir porque, tal y como analizaron Giddens y Beck, el mero tener algo, un cierto -por bajo que sea- bienestar social y económico, conlleva necesariamente el riesgo de perderlo, y vivir en esa sociedad del riesgo implica necesariamente vivir en la ansiedad de ver cómo quien pierde tiene demasiados números de caer en un infierno. Pero la economía no lo explica todo. José Luis Martín Palacín, en su artículo de Nuevatribuna.es “Tiempos de miedos e insolidaridad” (19/09/2022), muestra lo importante que es reconocer la irracionalidad del hombre y lo fácil que es usarla. Tan fácil como difícil es gestionarla. 

Enfrentar esa realidad del ser humano, ser conscientes de esa esencia de leño torcido, encararse compasivamente a lo sombrío del ciudadano que, como acertadamente ve Sáez (“Los partidos convencionales tienden a querer obviar asuntos que les parecen espinosos”), no queremos ver ni mirar, asumir esas debilidades, y no para usarlas, como tan bien saben hacer los tahúres de la derecha, sino para gestionarlas y darles salida, es la difícil misión de los intelectuales orgánicos de los partidos de izquierdas.

No hacerlo, o peor aún, ni siquiera reflexionar sobre ello, sobre qué vuelve miedoso al ciudadano y sobre qué trasfondo sombrío hace del ser humano presa fácil de salvadores, impide a esos intelectuales orgánicos entender por qué la juventud en sitios tan dispares como Israel, Hungría, Italia o Suecia apoya expresiones políticas de derecha y ultraderecha, encumbrándolas o manteniéndolas en el poder.

Es menester reconocer que, a pesar de haber dado alguna puntada en anteriores artículos de índole más teórica y sobre materia económica, no tenemos una respuesta clara, ni somos capaces de hilvanar una somera hoja de ruta para remediar los problemas expuestos, por lo que quien habiendo llegado hasta aquí espere del presente texto algún tipo de bálsamo de Fierabrás, mucho nos tememos que aborrecerá el tiempo gastado en su lectura.

Finalmente, la pregunta

El fulminante del presente artículo fue Brasil. Nos dio que pensar que, después de una presidencia entera de Bolsonaro, después de que los ciudadanos brasileños asistieran en primera persona durante cuatro años a sus desmanes, las circunstancias para que saliera elegido cualquier otro con cara y ojos fueran dificilísimas. Nos asustó no entender el porqué de que, tras tanto Bolsonaro como tuvieron, y en lugar de salir despavoridos, aún le votara el 49,1% de la ciudadanía. Igualmente vimos pertinente reflexionar sobre por qué una coalición de diez partidos (que abarcan desde la izquierda al centro derecha y conservadores) sólo consiguió ganar por un escuálido 1,8% de votos.

La pregunta, pues, no es por qué la mitad vota a los otros, la pregunta es por qué esa mitad no vota a los nuestros.

O más claramente, la cuestión no es por qué la mitad “no tienen miedo a estas formaciones”. La pregunta que debemos saber expresar y responder es ¿Por qué esa mitad tiene miedo a votar a los nuestros?

PD: No nos hagamos trampas al intentar responder la pregunta, actuando como si fuera igual que la primera, pero al revés. Al contestar, no miremos a -no busquemos la razón en- los votantes, mirémonos a nosotros mismos, porque somos nosotros -y en nosotros está- la razón del porqué de ese miedo. Y no digamos que todo eso ocurre porque fallamos en el explicarnos, en el trasladar nuestro mensaje a la ciudadanía, pues además de falsa, es una respuesta mediocre y condescendiente para con nosotros mismos.


[1] En referencia al artículo “Yolanda Díaz, Pinocho o Pepito Grillo”, publicado en Nuevatribuna.es el 04/09/22
[2] De alguna manera Biden ha usado el sentimiento del miedo como acicate para contrarrestar ese mismo sentimiento existente en la facción contraria: “Si los republicanos ganan [argumenta Michael Kazin, historiador y referente intelectual de la izquierda estadounidense, fuente El País], lo habrán hecho impulsados por el miedo y la rabia. Miedo por la situación económica. Y rabia por asuntos como la gestión de la pandemia, la educación o la teoría crítica de la raza”.
[3] Ante la complejidad de motivar estos conceptos, que se fundan en los trabajos de Inglehart y Welzel para la elaboración del Mapa Cultural de Valores, rogamos se nos disculpe no profundizar en su argumentación.

 

¡Que vienen los tártaros!