viernes. 01.03.2024
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Acabo de leer Un tal González y, cuando abro Twitter, como sin querer (lo típico de intervenir en ese lodazal al que llamamos red social), me da por escribir que me he quedado con las ganas de saber si me ha entusiasmado este libro disparado para la polémica. Cuando escriba sobre él saldré de dudas. Sergio del Molino no ha escrito cualquier cosa, eso desde luego. Pues bien, voy a escribir sobre Un tal González. Voy a tratar de exponer en qué consiste el libro y qué he entendido que pretende ser dicho libro. De paso, te cuento, claro, lo que creo que realmente es Un tal González. ¿Una esmerada hagiografía, un panfleto con ínfulas literarias, un biopic dicharachero, un blanqueamiento inteligente, una crítica avezada, un ensayo erudito sobre un tiempo y un ser humano?

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En 2022 se cumplen 40 años de la victoria socialista en las elecciones generales que marcó el final de la transición a la democracia y tuvo una significación mayúscula, y la tiene (la tendrá), en el devenir histórico de los españoles. Con ese motivo es de suponer que tiene lugar la escritura, la publicación de esta biografía política de Felipe González escrita por el novelista español, escritor de periódicos, escritor sin más, Sergio del Molino. Aunque en realidad cualquier motivo es bueno si se trata de escribir y publicar sobre una de las personalidades más recientes de la historia de España, uno de los protagonistas más polémicos de los últimos tiempos, también. ¿Quién no lo es en este país de países de enfrentamientos sin fin más o menos agresivos, más o menos violentos?

Dice Del Molino, nada más empezar, que su libro es una novela. Pero no lo es. Bueno, sí lo es, porque ya sabemos que una novela es lo que diga quien la ha escrito que es una novela. Y si para él es una novela… Sea una novela. Un tal González ha sido escrito “con propósitos narrativos, no historiográficos”. (En realidad, el propósito historiográfico de los historiadores, entre los que me incluyo, es absolutamente narrativo. Narrativo, pero no ficticio. Imagino que Del Molino quiere que su libro sea eso: narrativo, pero no ficticio. ¿No?)

“Aquí se novela una parte de la historia de España”

Lo que no es, sigo con la explicación inicial del autor, es un libro de historia, tampoco una biografía de Felipe González ni una crónica periodística ni un ensayo político. Eso dice Del Molino, que asegura haber escrito el libro “sin carnet ni ánimo proselitista”, si no, más bien, “con la convicción profunda de que, con otro presidente, la democracia española no sería tan fuerte ni nos habría concedido una vida tan libre y abierta como la que hemos vivido”. Para mí es precisamente todo eso, no siendo nada de ello por sí mismo: una biografía (política) de Felipe González, una crónica periodística y un ensayo político.

De lo que no cabe duda es de que de quien se va a hablar constantemente es de González, Felipe González, “el presidente que asentó la democracia y propició el cambio histórico más profundo y espectacular del país”.

Lo que no es el libro del autor de La España vacía es una novela histórica. Según él mismo sencillamente no lo es porque el protagonista está vivo y aquello en lo que se basa es algo que muchos lo tenemos fresco en la memoria.

Esa generación hija de la Transición, una generación que ya tiene “pasado, culpa y remordimientos propios”

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Es un volumen basado en una investigación exhaustiva, “un trabajo de estudio”.

“Soy un hijo del país que aquellos tipos empezaron a montar en Francia mientras en España se moría un dictador, como mis padres fueron hijos de un franquismo turístico, y mis abuelos, de una guerra”.

Pertenece Del Molino a esa generación hija de la Transición, una generación que ya tiene “pasado, culpa y remordimientos propios”, pero que sigue obsesionada “con el pasado, la culpa y el remordimiento de los que hicieron [aquella] transición”. Una generación, no lo olvidemos, también nacida “en un país superficial, frívolo, narcisista, apolítico y alegre porque podía permitirse ser así”

González, hablemos de González: dejemos que lo haga el autor del libro. Felipe González era “un sevillano de veintisiete años, moreno y de pelo yeyé, que sonreía con todos los dientes desparejos y discurseaba con soltura de tribuno”. Estamos en 1969. Era un tipo que, para los otros militantes del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), clandestino en aquella España dictatorial del general Franco, “usaba un lenguaje de otro planeta”. Un militante socialista dispuesto a limpiar el agua estancada del socialismo exiliado, un socialismo que perduraba a base de un “exceso de acumulación ideológica”, en sus propias palabras. Aquella generación que preservaba institucionalmente en su exilio apolillado lo que quedaba del socialismo español derrotado en la guerra era “una generación que ya no entendía nada”.

Un líder político, abogado de profesión, capaz de “enamorar a un país que parecía más áspero y violento que el de hoy, pero (que) también era mucho más ingenuo”

Algunos (“conspiranoicos de derechas y de izquierdas, cebados por el resentimiento”) mantienen, en su delirante manera de entender la realidad queFelipe fue la continuación del franquismo por otros medios”, y todo ello encaja muy bien entre la generación del propio autor, la nacida en la década de 1970 (hija de la Transición, como ya se dijo), tan apuntalada en el descrédito de aquel cambio. Pero la realidad que Del Molino trata de describir, de explicarnos es la de un líder político, abogado de profesión, capaz de “enamorar a un país que parecía más áspero y violento que el de hoy, pero (que) también era mucho más ingenuo”.

Suárez, “esa sucesión de pactos” a la que llamamos Transición y la Constitución de 1978:

“Suárez se entendía tan bien con la izquierda que parió con ella una constitución neutra. Por primera vez en la historia de España, la ley fundamental no tenía más principios ideológicos que garantizar los fundamentos democráticos elementales. El texto no es militante. Por tanto, nadie puede apropiárselo”.

Pero, el autor de La hora violeta mantiene que la Gran Transformación de España no se produjo en 1977, tampoco en 1978, tuvo lugar en 1982 con el acceso de González al poder, que es cuando el país dio “su mayor giro narrativo”, cuando tuvo lugar “la gran transformación jamás vivida por el país”. (Un matiz: “todo esto se conquistó en 1978, pero se asentó y se garantizó a partir de 1982”) Un cambio que no fue obra únicamente del dirigente socialista, evidentemente, sino que más bien “fue una obra colectiva” cuyo sujeto fue la sociedad española. Una sociedad española que afortunadamente acometió ese cambio cuando el poder estaba en unas determinadas manos. Las manos de Felipe González.

“Felipe González había recorrido España prometiendo un gran cambio a un pueblo que había confiado en él como nunca se había entregado a otro gobernante. Nadie había recibido un poder popular tan rotundo y extenso. Le habían entregado el país entero para que ejecutase ese cambio. Se lo habían dado a él. No votaron al PSOE, votaron a Felipe. Ningún otro candidato habría ganado como ganó él”.

El libro le dedica, no podía ser de otra forma, muchas páginas a Alfonso Guerra, el brazo derecho de González en sus gobiernos (no en todos, al final ya no), especialmente cuando se vio obligado a dimitir acosado por implicaciones de corruptelas relacionadas con su hermano Juan. “Con él —escribe Del Molino— se acaba algo más que una etapa de la historia socialista. Alfonso Guerra era el último político literato, el final de una raza de melancólicos y exaltados que entendían el juego democrático a veces como una tertulia, a veces como el tercer acto de una obra de teatro (comedia o tragedia, lo que tocase)”.

Alfonso Guerra era el último político literato, el final de una raza de melancólicos y exaltados que entendían el juego democrático a veces como una tertulia, a veces como el tercer acto de una obra de teatro

Acabado el largo ejercicio de poder de González, en medio eso sí de un asedio tremendo que aprovechaba todos los resquicios dejados por los pormenores de la corrupción política (galopante para muchos) y su implicación en la guerra sucia contra el terrorismo nacionalista vasco etarra, el autor del libro reflexiona así (no olvidemos, ya hay quien tacha a Un tal González de ser un blanqueamiento de la figura del político socialista, yo no, desde luego):

No se vivía mal en aquel rincón de Europa que ya había perdido todos los complejos de filósofo regeneracionista. Si enfermabas, te atendían unos médicos excelentes, y había que ser muy zopenco para no entrar en una de las muchísimas universidades, dotadas con un sistema de becas amplísimo”.

La España de los dos últimos años de gobierno felipista, la de 1995, la de 1996, “era un país aburrido y soleado que no estaba mal”.

Y ahora, te dejo finalmente lector con este párrafo para que tú mismo determines si lo que hace Del Molino en su ¿biografía política? de Felipe González es o no blanquearla:

“No hay que olvidar o hacer de menos la ordalía de los últimos años, ni negar que hubo corrupción ni guerra contraterrorista, pero el logro histórico es tan descomunal, inverosímil y milagroso que no se emborrona por lo que los malos cronistas llaman las sombras”.

¿Tú qué crees, que la figura política española más importante del siglo XX es Franco o es, como mantiene el autor del libro, González?

Dejemos, para finalizar, que sea el propio dirigente socialista quien despida este texto con alguna de las frases dichas al autor en una entrevista que ambos mantuvieron con motivo de la escritura de Un tal González. Sobre los pactos de la Transición: “la clave consistió en no vindicar el pasado, en concentrar los esfuerzos en reivindicar el futuro. Consistió en no quedar atrapados, una vez más, en el laberinto de una historia que no hicimos bien en el siglo XIX y una buena parte del XX”.

¿Me entusiasmó leer Un tal González? Ahora, tras escribir todo esto que acabas de leer, creo que no me entusiasmó, pero me dejó la sensación de haber leído un libro necesario y útil. Necesario y útil para la sociedad civil española. Aunque, en estos tiempos, no sé si puede haber ya nada necesario que haya sido escrito por nadie. Espero que sí.

Su nombre es González, Felipe González