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La historia del pensamiento occidental económico puede leerse como la crónica de una tensión irresoluble entre dos formas de autoridad: la de la Polis (la decisión común sobre los fines) y la del Mercado (la gestión técnica de los medios).
A menudo se nos presenta la narrativa de que la economía, dotada de leyes naturales inmutables como la gravedad, logró emanciparse de la tutela política y religiosa para alcanzar su autonomía moderna. Sin embargo, este texto se propone desmantelar esa presunción de autonomía.
La economía es el terreno de juego, pero la política dicta las reglas
A través de un recorrido genealógico que inicia en la ética aristotélica, se apoya en el desvelamiento que nos procura Hanna Arendt y culmina en la demostración matemática de Piero Sraffa y la fisiología macroeconómica de Keynes, sostendremos que la economía nunca ha dejado de ser una variable dependiente del poder político.
La pregunta no es si la política debe intervenir en la economía, sino por qué hemos aceptado la ficción de que no lo hace, precisamente cuando el gasto electoral del Capital demuestra que la política sigue siendo el único arquitecto capaz de definir la distribución de la riqueza.
- El fundamento cauteloso: Aristóteles y el peligro del infinito
- Virtud, necesidad y mando: La arquitectura del bien común
- El secuestro teológico: De la razón de la Polis al pecado
- La reinvención de la política: El poder como fin
- La gran inversión: El triunfo de la economía como ciencia
- La crítica marxista y la paradoja de la dictadura
- Arendt y la victoria del Animal Laborans
- Demos un paso atrás: Sraffa y la matematización del conflicto
- Keynes, Johannsen y la eutanasia del rentista
- La traición de la izquierda y el fetichismo del método
- Conclusión: la tesis final
Nota bene: Los viejos del lugar me entenderán si les digo que, a lo largo del presente ensayo, pero especialmente en el capítulo VII. Arendt y la victoria del Animal Laborans, tengan en la cabeza la sublime película de Andrzej Wajda El hombre de mármol. Y a los no tan viejos, me atrevo a proponerles que, si no la han visto, que la busquen y la vean. Es una vía rápida y deleitosa para entender la profunda crítica de Hanna Arendt a las buenas intenciones del marxismo (y del liberalismo, que realiza en su libro La condició humana, Editorial Empúries, 2014) [1].
I. El fundamento cauteloso: Aristóteles y el peligro del infinito
Para comprender la jerarquía original, debemos iniciar la andadura con cautela en el final de la Ética a Nicómaco, texto que anticipa la Política de Aristóteles. Aquí se establece la distinción fundacional: el individuo no puede alcanzar la virtud en soledad; necesita de la comunidad. Por ello, la Ética desemboca en la Política, a la que Aristóteles define como la ciencia arquitectónica, aquella que ordena y legisla sobre todas las demás actividades de la ciudad, incluida la económica.
La justificación de esta primacía radica en una distinción conceptual que Occidente ha olvidado: la diferencia que Aristóteles ve entre Economía (Oikonomía) y Crematística (Chrematistiké). La primera, basada en la fórmula Mercancía-Dinero-Mercancía (M-D-M), tiene como fin la utilidad y el valor de uso y posee un límite natural: la saciedad de las necesidades. La segunda, basada en la fórmula Dinero-Mercancía-Dinero aumentado (D-M-D'), tiene como fin el lucro y el valor de cambio. Su característica definitoria es la ausencia de límites.
Aristóteles exige el control político sobre la economía precisamente por el peligro de esta infinitud. La crematística desata la pleonexia (el deseo patológico de tener siempre más), una fuerza que, al no tener freno interno, amenaza con destruir la koinonía (comunidad). La política debe intervenir para imponer un hasta aquí racional a una fuerza ciega.
II. Virtud, necesidad y mando: La arquitectura del bien común
No obstante, Aristóteles no es un idealista ingenuo. En su definición de la virtud (areté) como un hábito selectivo consistente en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón, la de la persona prudente, reconoce una verdad material insoslayable: la virtud requiere "equipamiento" (choregia). Sin un mínimo de bienes materiales, el ciudadano no puede ejercer la generosidad ni disponer del ocio (skholé) necesario para la deliberación pública.
La economía es, por tanto, necesaria como pedestal de la vida buena, pero debe permanecer subordinada. Aquí se manifiesta la fuerza de la política para "domeñar" a la economía. Como ciencia arquitectónica, la política tiene la autoridad de:
- Jerarquizar los fines: Establecer que la riqueza es un medio para la vida, no el fin de la vida.
- Legislar: Prohibir prácticas como la usura (dinero engendrando dinero), que se consideran "contra natura" porque invierten la lógica de la herramienta.
- Educar e instruir: Formar al ciudadano para que ame lo noble más que lo útil.
III. El secuestro teológico: De la razón de la Polis al pecado
La transición a la Edad Media supuso un cambio de guardia que resultaría fatal. El Cristianismo recogió el testigo de la restricción aristotélica (condenando la usura), pero alteró la naturaleza de la prohibición. Al pasar de la Polis a la Teología, se expropió la razón política al ciudadano para entregársela al sacerdote.
La trampa residía en convertir un problema político (la usura destruye la ciudad) en un problema moral (la usura es pecado). Esto sujetó la economía, ciertamente, pero la enbridó a una hermenéutica de la palabra sagrada, una interpretación subjetiva en manos de la institución eclesiástica, negando la razón autónoma de la asamblea.
Aunque el fin (el bien común) parecía preservarse, los medios teológicos prepararon la debacle. Al basar el control en la interpretación bíblica y no en la razón política, la barrera se volvió frágil. Cuando la Reforma Protestante cambió la hermenéutica -especialmente con Calvino, donde el éxito económico pasó de ser sospechoso a ser signo de predestinación-, la barrera se derrumbó. La economía se liberó, no por una victoria política, sino por un cambio en la teología que bendijo el lucro.
IV. La reinvención de la política: El poder como fin
Frente al caos de las guerras de religión y la asfixia teológica, la política moderna tuvo que reinventarse para sobrevivir. Con Maquiavelo y Hobbes, la política se vio abocada a sacudirse el yugo de la Iglesia, y para ello tuvo que demostrar "músculo": debía probar que era capaz de generar poder y seguridad tanto como los mandamientos divinos.
Maquiavelo separó la ética de la política, buscando la verità effettuale. Hobbes erigió al Estado como un Leviatán, un "Dios letal" capaz de garantizar la seguridad física frente al miedo a la muerte violenta. Fue un camino necesario para recuperar la soberanía secular, pero tuvo un costo altísimo: la política se convirtió en una técnica de generación de poder y estabilidad. Se olvidó el "para qué" (la Virtud, el Bien Común aristotélico) para obsesionarse con el "cómo" (el Poder, la Seguridad). El medio se convirtió en fin.
V. La gran inversión: El triunfo de la economía como ciencia
En el vacío ético dejado por una política reducida a gendarme, y una religión retirada a la esfera privada, la economía reclamó el trono. Si la política solo garantizaba seguridad, ¿quién definía lo "bueno"? El Liberalismo respondió: lo bueno es la propiedad y el crecimiento.
John Locke blindó la propiedad privada declarándola un derecho pre-político, intocable para el Estado. Bernard Mandeville, en su Fábula de las Abejas, dio el golpe cínico final a la virtud clásica: "Vicios privados, beneficios públicos". Finalmente, Adam Smith y su "Mano Invisible" consumaron la ruptura: el mercado posee leyes naturales y automáticas que no requieren de un arquitecto político. La política, antigua soberana, quedó degradada a mera administradora de las condiciones necesarias para la acumulación.
VI. La crítica marxista y la paradoja de la dictadura
Ante este escenario de despojo, Karl Marx emerge como una figura titánica pero contradictoria. Como sociólogo, es indispensable: su análisis del salario, de las relaciones entre la infraestructura y la superestructura, del trabajo abstracto y de la mercantilización de la vida es insuperable. Sin embargo, filosóficamente se muestra pobre, atrapado en la dialéctica hegeliana que, al intentar hacerse "científica", dañaría profundamente el pensamiento marxiano posterior (incluida la ciencia soviética).
No obstante, hay una verdad oculta en la praxis marxista. Si bien Marx consideraba la democracia burguesa como una "dictadura de la burguesía", su solución -la Dictadura del Proletariado- encierra un reconocimiento implícito: para domeñar al poder económico, es necesario conquistar el poder político. Al exigir la toma del Estado para transformar la economía, Marx admite, a pesar de su determinismo económico, la primacía de la política. El problema fue que, en manos del marxismo-leninismo, esta autonomía política no liberó al hombre, sino que fusionó al Estado con la Economía, creando una maquinaria de gestión productiva totalitaria.
VII. Arendt [3] y la victoria del Animal Laborans
Hannah Arendt retoma en La condición humana la distinción clásica en la vita activa entre labor, trabajo y acción. Con estas categorías subraya que la Labor corresponde a las actividades cíclicas necesarias para la subsistencia (el ámbito del oikos o esfera privada), mientras que la Acción es la participación política libre en la polis, donde los individuos inauguran algo nuevo [4]. Como ella señala, estas tres actividades son “fundamentales porque cada una de ellas corresponde a una de las condiciones básicas bajo las cuales le ha sido dada al hombre la vida en la Tierra” [5]. En su análisis, Arendt observa que el liberalismo y el marxismo modernos comparten un error grave: han invertido esa jerarquía original. Ambos idearios conceden mayor importancia a la Labor (producción y consumo) que a la Acción política. Según Arendt, “La edad moderna ha supuesto una teórica glorificación del trabajo” [6] y en ambos enfoques el individuo se une, o mejor, sólo puede unirse a la comunidad mediante el trabajo [7].
En efecto, sostiene Arendt que Marx llega a pensar en el hombre como un mero ser de labor -producto del animal laborans [8]- y que Adam Smith no está muy lejos de esa concepción económica. Así, el ser humano queda definido esencialmente por su función de productor-consumidor, perdiendo de vista el sentido de la libertad y la iniciativa política que aporta la Acción.
La crítica de Arendt se enfoca en cómo estas corrientes presentan la actividad productiva como la meta de la vida humana. En el liberalismo, el ciudadano se considera motivado por intereses privados o egoístas en el mercado, mientras que en el marxismo la historia se explica a través de las fuerzas productivas y las luchas de clases. Sin embargo, para Arendt ambas visiones comparten la exaltación de la Labor sobre la Acción. Cita a Marx criticando la idea de que la liberación del trabajo resolvería todos los males: “el tiempo libre del animal laborans nunca se gasta en otra cosa que no sea consumo, y cuanto más tiempo se le deja, más ávidos y vehementes se hacen sus apetitos” [9]. Esta observación ilustra la falacia de creer que eliminar la escasez bastaría para el florecimiento humano: el individuo liberado de necesidades materiales tiende a cubrir su ocio con consumo ilimitado, no con acción política. En consecuencia, la producción y el consumo pasan a ser los fines últimos de la sociedad, mientras que la Acción -el diálogo, la deliberación y la iniciativa colectiva, es decir, la política- se relega a un segundo plano.
El triunfo del Animal Laborans produce profundas transformaciones en la vida pública. Arendt advierte que la frontera entre lo privado y lo político se diluye: lo social y lo económico invaden el espacio de la polis. Los parlamentos dejan de ser ágoras de debate libre y se convierten en consejos de administración que gestionan necesidades colectivas y demandas económicas. En sus palabras, la emancipación de la labor ha supuesto la invasión de la vida pública por el homo laborans, de modo que lo político se identifica erróneamente con el simple desplazamiento de actividades privadas (labor y consumo) al ámbito público. Este proceso desemboca en lo que Arendt llama “gobierno de la mano invisible, es decir, por nadie” [10]: el poder se ejerce de manera impersonal y anónima. En una burocracia generalizada, nadie asume la responsabilidad de las decisiones; las leyes “naturales” de la economía se aplican como hechos incuestionables. Como ella apunta, la burocracia se convierte en “el último estadio de gobierno en el estado nación” [11], un sistema mecánico donde el poder se mecaniza y deja de ser obra de un individuo concreto.
(Digresión: Sobre el impacto que esta mecanización, esta desconcreción del agente, este gobierno de nadie arendtiano tiene en el momento de rendir cuentas y asumir responsabilidades, me remito a mi artículo en Nuevatribuna.es: La arquitectura de la impunidad en la gestión sanitaria pública-privada, 07/12/2025)
En definitiva, el ciudadano moderno es reducido al rol de Animal Laborans: un ser cuya vida gira en torno a producir y consumir, atrapado en un ciclo biológico de necesidades. Arendt resume esta situación diciendo que, con el triunfo del animal laborans, “el pensamiento siempre ha sido considerado, quizá de forma errónea, cosa de una minoría. No sería presuntuoso creer que esa minoría no es aún más restringida en nuestro tiempo” [12]. La acción política auténtica –que requeriría pluralidad, discurso y comienzo imprevisible– desaparece gradualmente. La sociedad de masas fomenta el conformismo: “el comportamiento ha sustituido a la acción como el modo más destacado de las relaciones humanas” [13], escribe Arendt, añadiendo que el hombre moderno se comporta, pero no actúa. En este estado de cosas, la auténtica libertad cívica se ve sepultada bajo la omnipresencia de lo económico y la burocracia anónima. En suma, la crítica de Arendt muestra cómo tanto el liberalismo como el marxismo, al privilegiar la labor sobre la acción, han contribuido a la “victoria del Animal Laborans”: un mundo donde el valor supremo es producir y consumir, en desmedro de la vida política compartida.
VIII. Demos un paso atrás: Sraffa y la matematización del conflicto
Para romper el hechizo de estas supuestas "leyes naturales", debemos dar un paso atrás y recuperar a Piero Sraffa. Con su obra de 1960, Producción de mercancías por medio de mercancías, Sraffa asesta un golpe mortal a la economía neoclásica y marginalista.
En su sistema de ecuaciones, Sraffa demuestra que los precios no pueden determinarse sin conocer previamente la distribución del excedente. Su fórmula fundamental, r = R (1 - w) (donde r es la tasa de beneficio, R la rentabilidad máxima del sistema y w la parte del salario), revela que el sistema está "abierto". Matemáticamente, no hay solución técnica para determinar r y w simultáneamente.
Esto significa que la apropiación del excedente (r, beneficio del Capital, w, rentas del Salario [14]) está determinado por una variable exógena. Depende de la fuerza relativa de las partes: depende de los sindicatos, de la patronal, de la ley. Sraffa matematiza la lucha de clases y prueba que el precio de las cosas depende de quién tiene el poder político para mejor apropiarse del excedente. La economía no es autónoma; descansa sobre una decisión política de reparto.
IX. Keynes, Johannsen y la eutanasia del rentista
Si Sraffa nos da el álgebra, Keynes (leído junto a su contemporáneo Johannsen) nos da la fisiología del colapso del "libre mercado". Contrario a la idea de autorregulación, Keynes advierte que una economía activa requiere un ciclo cerrado donde el ahorro (S) se transforme en inversión (I) o gasto (Consumo).
Sin embargo, existe una patología inherente al dinero: la "prima de liquidez". El dinero prefiere quedarse quieto o irse a lo que Johannsen llamó la "inquietante forma del ahorro" (die störende Sparform): la especulación financiera [15] (D-D’-D”) [16] que interrumpe la circulación económica como un coágulo interrumpe el flujo sanguíneo.
La conclusión de Keynes es radicalmente política: el mercado por sí solo tiende a la depresión y al rentismo [17]. Para evitar el colapso del organismo social, la política debe intervenir para provocar la "eutanasia del rentista". Mediante tipos de interés bajos o "costes de mantenimiento artificiales" al dinero (ideas de Silvio Gesell que Keynes rescata [18]), el poder político debe forzar al capital a ser productivo. Es la política salvando a la economía de su propia tendencia suicida hacia la crematística, hoy conocida como financiarización de la sociedad.
X. La traición de la izquierda y el fetichismo del método
¿Por qué, entonces, ni Sraffa ni Keynes dominan el discurso de la izquierda actual? La respuesta yace en un error histórico y epistemológico. La izquierda marxista se aferró al fetichismo de la Teoría del Valor-Trabajo, incapaz de explicar los precios, y rechazó a Sraffa por "neo-ricardiano", despreciando el arma matemática que validaba la explotación sin necesidad de metafísica.
Por otro lado, la izquierda reformista aceptó la "Síntesis Neoclásica": compró la idea de que la microeconomía (oferta y demanda, utilidad marginal, rendimientos decrecientes [19]) era una ciencia natural exacta, limitándose a gestionar la macroeconomía.
Cegada por la "envidia de la física" y la elegancia formal del marginalismo, la izquierda (la marxista, por no abandonar el error marxiano, mostrado y corregido por Sraffa; la socialdemócrata, por aceptar sencillamente la escuela neoclásica) aceptó el marco del adversario: que el mercado es la naturaleza y la política es solo una corrección externa. Al hacerlo, olvidaron que conceptos como la asignación mecánica de precios (la ley de las curvas de oferta y demanda; los costes marginales), los rendimientos decrecientes o las utilidades marginales no son leyes físicas ineluctables, sino construcciones ideológicas para justificar la distribución existente.
Mientras no se abandonen, mientras creamos en estas mistificaciones (cuyo irrealismo está amplia y razonadamente demostrado por el economista Joaquim Vergés en su libro Economía del mundo real, ed. Pirámide, 2019), mientras se usen como herramienta de análisis, no habrá forma de elevar una alternativa teórica consistente al actual mainstream económico, necesaria para cualquier práctica política alternativa que supere la mera gestión de lo que hay.
Conclusión: la tesis final
Llegamos así a la síntesis ineludible. Hemos visto con Aristóteles que la infinitud del lucro exige un freno ético; con Sraffa que la distribución es matemáticamente arbitraria y política; con Keynes que el ciclo económico se infarta sin la intervención estatal contra el rentista; y con Arendt que la victoria del Animal Laborans disuelve la libertad política en el consumo y la administración burocrática.
La tesis final se resume parafraseando y corrigiendo el famoso eslogan de Clinton: "¡Es la política, estúpido!".
Aquellos politólogos, pensadores, políticos e intelectuales que de una manera u otra tengan capacidad de influir en la opinión pública, no deberían ni promover ni aceptar resignadamente que el poder económico manda sobre el poder político.
Mantener esa postura de sumisión intelectual no solo es errónea, como aquí hemos demostrado, sino que es un acto de irresponsabilidad cívica que desmotiva profundamente a la ciudadanía, convenciéndola de que su participación en la Polis es inútil frente a la supuesta omnipotencia de los mercados.
La falsedad de esa resignación es evidente: si la economía fuera verdaderamente autónoma, si el mercado siguiera leyes naturales independientes del poder humano, los grandes capitales no gastarían fortunas incalculables en financiar campañas electorales y hacer lobby. La existencia misma de ese gasto demuestra que las derechas, representantes del Capital, saben lo que la izquierda ha olvidado: que el beneficio (r) no cae del cielo, sino que se legisla en el parlamento en permanente lucha con las rentas salariales (w, que incluyen los servicios públicos como sanidad, educación, seguridad, dependencia, movilidad…). Saben que el poder político (su Acción, en el sentido que le dan Arendt y Aristóteles) es el único capaz de intervenir en el reparto y apropiación del excedente.
La economía es el terreno de juego, pero la política dicta las reglas. Y si la ciudadanía no recupera la primacía de la política arquitectónica para domar a la crematística, el mercado seguirá comprando al árbitro para asegurar que el resultado siempre sea el mismo.
[1] La Modernidad, nos dice la filósofa, supuso el ascenso de "lo Social": la economía doméstica invadió el espacio público. Los parlamentos dejaron de ser espacios de decisión política para convertirse en consejos de administración de la necesidad nacional. El ciudadano se redujo a Animal Laborans, un ser que solo produce y consume, gobernado por una burocracia anónima (el gobierno de nadie) que administra las leyes naturales de la economía. “Marx va predir correctament, tot i que amb una alegria injustificada, «el marciment» de l’àmbit públic sota les condicions facilitades pel desenvolupament de les «forces productives de la societat», i va estar igualment encertat, això és, consistent amb la seva concepció de l’home com a animal laborans, quan va preveure que «l’home socialitzat» dedicaria el seu alliberament del fet d’haver de treballar a aquelles activitats estrictament privades i essencialment no mundanes que ara anomenem «hobbies»” La condició humana, Hannah Arendt, Editorial Empúries, 2014 (La negrita es mía).
[2] Fuente de esta imagen: Wikimedia Commons. Disponible bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International license.
[3] Por la aguda crítica que hace a poner la economía por delante de la política, este capítulo VII del presente texto explorará en profundidad el libro La condició humana, Hannah Arendt, Editorial Empúries, 2014. Pocas veces me he encontrado con un texto cuya densidad, por mucho esfuerzo que requiera, se hace necesaria ante la complejidad de aflorar la trampa que tanto el liberalismo como el marxismo conllevan al sacralizar la economía.
Por otra parte, tal y como Cazorla recuerda, Arendt es plenamente -y tristemente- actual: “El legado de los académicos, sobre todo los humanistas, es efímero. La mayoría de nuestros escritos —a diferencia, por ejemplo, de los trabajos artísticos— tiene una fecha de caducidad muy corta. Casi todos los más o menos conocidos profesores de hoy serán más temprano que tarde olvidados; nadie los citará y aún menos leerá. Sin embargo, a veces hay pensadores cuyas obras trascienden su tiempo. Este es el caso de la filósofa y ensayista política germano-estadounidense Hannah Arendt (1906-1975), de cuyo fallecimiento se cumplen 50 años este 4 de diciembre.” Hannah Arendt y el futuro del totalitarismo, Antonio Cazorla, El País, 04/12/2025 (la negrita es mía).
[4] “De totes les activitats necessàries i presents en les comunitats humanes, només dues es consideraven polítiques i, per tant, només aquestes constituïen el bios politikos aristotèlic, a saber, l’acció (praxis) i la paraula (lexis), de les quals sorgeixen el regne dels afers humans (ta ton anthropon pragmata, com Plató solia anomenar-lo), del qual estan excloses totes les coses que siguin merament necessàries o útils.”, Arendt, ob.cit.
[5] “Amb el terme vita activa, em proposo designar tres activitats humanes fonamentals: el treball, l’obra i l’acció. Totes tres són fonamentals perquè cadascuna d’elles correspon a una de les condicions bàsiques sota les quals li ha estat donada a l’home la vida a la Terra.”, Arendt, ob.cit.
[6] “L’edat moderna ha comportat una teòrica glorificació del treball i n’ha resultat una transformació real del conjunt de la societat en una societat laboral.”, Arendt, ob.cit.
[7] “aquesta és la manera que té el treball de fer que els homes visquin junts, no hi ha quedat cap classe, cap aristocràcia ja sigui de naturalesa política o espiritual, des de la qual pugui començar de bell nou una restauració de les altres capacitats humanes. Fins i tot presidents, reis i primers ministres pensen en els seus càrrecs en termes d’una feina necessària per a la vida en societat, i entre els intel·lectuals, només els individus solitaris encara consideren allò que fan en termes d’una tasca i no en termes d’una manera de guanyar-se la vida.”, Arendt, ob.cit.
[8] “La veritable raó de l’elevació del treball en l’època moderna fou la seva «productivitat», i la noció eloqüentment blasfema de Marx segons la qual el treball (i no Déu) va crear l’home o que el treball (i no pas la raó) distingia l’home de la resta de les criatures no era altra cosa que la formulació més radical i consistent d’allò amb què tota l’edat moderna estava d’acord. [...] «La creació de l’home a través del treball» va ser una de les idees més persistents de Marx des de la seva joventut. Es pot trobar en moltes variacions en els Jugendschriften (en la «Kritik der Hegelschen Dialektik» l’atribueix a Hegel). (Vegeu Marx-Engels Gesamtsaufgabe, part I, vol. 5 [Berlín, 1932] p. 156 i 157). Que, de fet, Marx intentava reemplaçar la definció tradicional de l’home com a animal rationale tot definint-lo com a animal laborans es palesa en el context.”, Arendt, ob.cit. (la negrita es mía).
[9] “El model de guia d’aquesta esperança no hi ha dubte que fou l’Atenes de Pèricles, la qual, en el futur, amb l’ajuda de la vastament incrementada productivitat del treball humà, no necessitaria esclaus per sostenir-se sinó que esdevindria una realitat per a tots. I cent anys després de Marx ja coneixem la fal·làcia d’aquest raonament: el temps lliure de l’animal laborans mai no es gasta en res més que no sigui consum, i com més temps se li deixa, més àvids i vehements es fan els seus apetits. El fet que aquests apetits es tornin més sofisticats, de manera que el consum no estigui restringit únicament a les necessitats, sinó que, per contra, es concentri principalment en les superfluïtats de la vida, no canvia gens el caràcter d’aquesta societat, sinó que conté el greu perill que al cap i a la fi cap objecte del món no estarà a recer del consum i de l’aniquilació per mitjà del consum.”, Arendt, ob.cit.
[10] “Una victòria completa de la societat sempre produirà alguna índole de «ficció comunista», la característica política més destacable de la qual és que, de fet, està essent governada per una mà invisible, és a dir, per ningú. Allò que tradicionalment anomenem estat i govern va donar lloc a la pura administració, un estat de coses que Marx va predir reeixidament com «el marciment de l’estat», tot i que va errar en suposar que només una revolució podria dur-ho a terme, i encara va errar més quan va arribar a creure que aquesta victòria total de la societat implicaria una emergència final del «regne de la llibertat».”, Arendt, ob.cit.
[11] “Com hem après de la forma de govern més social, és a dir, de la burocràcia (l’últim estadi de govern en l’estat nació, de la mateixa manera que el poder d’un de sol en el despotisme benvolent i l’absolutisme fou el primer), el domini anònim no és necessàriament un des-govern; de fet, pot ser que es converteixi, en determinades circumstàncies, en una de les versions més cruels i tiràniques del poder de l’amo.”, Arendt, ob.cit.
[12] “Com a experiència viva, el pensament sempre ha estat considerat, potser d’una manera errònia, cosa d’una minoria. No seria presumptuós creure que aquesta minoria no és encara més restringida en el nostre temps. Això pot ser irrellevant, o d’una rellevància restringida, per al futur del món; en canvi, no és gens irrellevant per al futur de l’ésser humà. Ja que si a diverses de les activitats de la vita activa no se’ls exigís cap altra prova que el fet de ser actives, cap altra mesura que el grau de pura activitat, podria ser perfectament que el pensament les superés a totes. Qui té alguna experiència en aquest àmbit sabrà fins a quin punt l’encertava Cató quan deia: Numquam se plus agere quam nihil cum ageret, numquam minus solum esse quam cum solus esset —«Ningú no és mai tan actiu com quan no fa res; ningú no està menys sol com quan només està amb ell mateix».”, Arendt, ob.cit. (la negrita es mía).
[13] “Aquesta igualtat moderna, basada en el conformisme inherent a la societat i possible només perquè el comportament ha substituït l’acció com el mode més destacat de les relacions humanes, és diferent de la igualtat antiga en tots els aspectes, i de manera notable en les ciutats estat gregues. Pertànyer als pocs «iguals» (homoioi) significava tenir accés a una vida entre pars; però l’espai públic en si mateix, la polis, estava penetrada per un esperit feroçment agonal, on cadascú havia d’estar constantment distingint-se de la resta, havia de mostrar a través d’accions úniques o d’èxits de tota mena que ell era el millor de tots (aien aristeuein).[34] L’espai públic, en altres paraules, estava reservat a la individualitat; era l’únic lloc on els homes podien ensenyar qui eren realment i de manera imbescanviable.”, Arendt, ob.cit.
[14] La Clase Asalariada: Una Definición más amplia para el Siglo XXI de la mano de Sraffa. La Teoría Sraffiana de la Distribución (TSD), al conceptualizar el salario excedente ex-post como la apropiación del excedente por la clase no capitalista, permite una redefinición del concepto de "clase asalariada" para el mundo moderno. En lugar de limitarse a la "clase obrera o trabajadora", que apenas constituye el 40% de la sociedad, la TSD nos permite proponer una definición que abarca a más del 90% de la población. Esta nueva "clase asalariada" incluye a todos los ciudadanos que dependen directa o indirectamente de un salario (por cuenta ajena, autónomos, pequeños empresarios) o de las cotizaciones e impuestos asociados, incluyendo a estudiantes, parados, jubilados y a quienes se dedican a las tareas de cuidado. Esta redefinición no es un mero ejercicio académico; es la base para una nueva y alternativa estrategia política y organizativa. Al ampliar el concepto de "clase", la TSD proporciona la base teórica para una coalición social mucho más amplia en la lucha por el excedente. La identificación de que la fuente del ingreso de una vasta mayoría de la población depende de los salarios o de los servicios públicos basados en él crea un interés común en la apropiación del excedente. Por lo tanto, la TSD ofrece una base teórica para un movimiento social amplio y transversal que no se limita a la clásica "lucha de clases" industrial, sino que abarca a casi toda la sociedad, proporcionando un marco para que las organizaciones sociales, como y principalmente los sindicatos, aunque no sólo, puedan representarla.
[15] La Financiarización: El Resultado del exceso de Beneficios. Este punto está intrínsecamente ligado a la teoría econométrica de Sraffa (TSD). La financiarización la podemos ver como el destino lógico de un sistema en el que el Capital gana la batalla distributiva y acumula un excedente de beneficios que no puede ser gastado en lujo ni invertido productivamente en la economía real. Como ya lo expresó Warren Buffet, en esta "guerra de clases" el Capital ha ganado, y la victoria ha sido abrumadora. Ante esta acumulación de capital, el excedente se dirige hacia la especulación y la financiarización de la economía. La TSD muestra que la financiarización es el destino lógico del "ahorro inquietante" de Johannsen y de la conceptualización de excedente -y de su apropiación- de Sraffa. Es un síntoma de un problema fundamental de la demanda efectiva expuesta por Keynes. Cuando la distribución es tan desigual que el capitalista no puede invertir productivamente todo su beneficio, ni gastarlo en consumo de lujo, el dinero se mueve hacia activos financieros, creando burbujas. La financiarización surge como la respuesta del Capital a su propia victoria distributiva, creando un sistema que extrae rentas sin generar valor productivo real.
[16] Sobre las herramientas extractivas que la financiarización (D-D’-D”) crea creativamente, vale la pena leer el magnífico artículo de Nuevatribuna.es, Subcapitalización y despido económico, escrito por Eduardo Gutiérrez, economista, y Enrique Lillo, abogado, Gabinete Interfederal de CCOO: “Mediante el R.D.7/1996 de 7 de junio, en su artículo 20, se dieron legalidad a los Préstamos participativos, que como su nombre indica son “prestamos retribuidos” y costosos para la empresa que los recibe. La norma equiparó estos préstamos de los socios a las aportaciones del capital privado, al concederlos la calidad de “fondos propios”, esto es equivalente, societaria y mercantilmente a las aportaciones de capital social. Estos préstamos, implican una retribución garantizada, y una costosa forma de capitalizar las empresas, que desde entonces han procedido a sustituir aportaciones de capital, por préstamos en volumen que en algunas empresas, supone hasta en 5 y 10 veces el Capital Social. Una regulación que el PSOE, ha mantenido con la Ley 16/2007, de 4 de julio.DA3ª) añadiendo meras correcciones contables – ya no son recursos propios, y sí patrimonio neto a efectos concursales – que no corrigen el núcleo del problema: los socios se llevan en forma de intereses lo que no son sino “beneficios disfrazados” de costes financieros.” (Informe de errata: el original refiere la ley 16/2997, en lugar de 16/2007, aprobada durante la legislatura del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero)
[17] “3. Teoría: Una tasa de interés positiva como motor del crecimiento económico. 3.1. Crecimiento económico, Esfera de acumulación y Tasa de interés. Según Keynes (1936/2008) una economía activa requiere un ciclo económico cerrado. Un ciclo económico cerrado significa que el (ex ante) ahorro "S" es transferido a lo largo del ciclo a (ex ante) inversión "I" (en nuestro análisis, "I" comprende las inversiones netas y los reemplazos, mientras que "S" comprende el ahorro neto, así como la depreciación). Siguiendo con nuestra hipótesis de cambio cultural, podemos no considerar el crecimiento de la productividad. Los aumentos en la productividad del trabajo (ya sea por reemplazo o por inversión neta) se traducirán en una disminución de las horas de trabajo. Por lo tanto, las sustituciones no pueden causar el crecimiento económico;sí lo causarían las inversiones netas, ya que aumentan el stock de capital. De lo que se deriva que el crecimiento cero requiere como condición necesaria una inversión neta de cero. Sin embargo, como consecuencia (ex ante) "S" excede "I" por lo que la circulación económica se interrumpirá. Las consecuencias de tal interrupción podrán ser graves. Al igual que la interrupción de la circulación de la sangre, la interrupción de la circulación económica puede conducir a un colapso del organismo (económico). Debido a los efectos multiplicadores, la interrupción del ciclo económico puede extenderse a otros sectores de la economía.”, La eutanasia del rentista - ¿Un camino hacia una economía estacionaria?, Dirk Loehr (Octubre, 2011), Trier University of Applied Sciences, Environment Campus Birkenfeld, PO Box 1380, 55761 Birkenfeld, Germany) (Original en inglés, existe traducción al castellano).
[18] Keynes (1936/2008) señaló: "Que el mundo, después de varios milenios de constante ahorro individual, sea tan pobre como cuando existe acumulación de activos de capital, se explica, en mi opinión, no por las propensiones imprudentes de la humanidad, ni siquiera por la destrucción de la guerra, sino por las primas de liquidez antaño inherentes a la titularidad de la tierra y ahora inherentes al dinero" (citado en Loehr, 2011)
Johannsen define la die störende Sparform ("forma inquietante de ahorro") como la extracción de dinero del ciclo productivo para la especulación estéril, actualizando el temor aristotélico a la crematística (D-M-D′). Ante esta "prima de liquidez" que infarta la economía, la solución no es técnica sino política: la "eutanasia del rentista" (Keynes) mediante lo que Gesell denominó la "oxidación del dinero" (imposición de costes de mantenimiento al dinero). Este mecanismo se concreta políticamente como un impuesto al capital ocioso (costes de mantenimiento artificiales) que fuerza el retorno del ahorro a la inversión productiva o al consumo, confirmando que el interés positivo es una anomalía política corregible y no una ley natural. (Loehr, ob.cit.).
[19] En un artículo anterior en Nuevatribuna.es, que versaba sobre las mentiras vertidas con respecto a la inflación, ya pudimos demostrar “de la mano de los profesores Juan Torres (Econofakes, Deusto, 2021, pág. 24 y 31) y Joaquim Vergés (Economía del mundo real, Pirámide, 2019, pág 128-129), que sostener que la ley de la oferta y la demanda y la ley de formación de los precios sean leyes fatales de inexcusable cumplimiento son absolutas mistificaciones y un tremendo mito.”.
No será tiempo perdido leer el artículo de Joaquim Vergés, “El irrealismo en la Economía estándar: el supuesto de los rendimientos decrecientes de escala, como caso paradigmático”, en particular su capítulo 4 El irrealismo del supuesto de los rendimientos decrecientes de escala: “En definitiva, el supuesto teórico de rendimientos decrecientes (“coste medio a-largoplazo, creciente ‒en la producción de cualquier bien‒ a partir de un volumen de unidades/tamaño de la empresa comparativamente muy pequeño con relación al tamaño de la demanda de tal bien”) es clave para después postular el automatismo hacia mercados competitivos en general. […] En otros términos: que lo que nos muestra la realidad como más habitual es la situación de rendimientos constantes (o bien crecientes) para volúmenes de producción más y más grandes, no rendimientos decrecientes. Y, consecuentemente, una tendencia de las empresas productoras/suministradoras a crecer en tamaño y en cuota de mercado. No sorprenderá demasiado que este no-cumplimiento del supuesto tradicional de los rendimientos decrecientes haya sido reiteradamente ‘denunciado’ por relevantes economistas. Refiriéndose además a los frecuentes casos reales justamente en sentido contrario: empresas que producen un bien, con rendimientos crecientes (increasing returns), coste unitario cada vez menor. […] No fue el primero, pero ya Piero Sraffa destacó el irrealismo del supuesto deductivo de rendimientos decrecientes a partir de un determinado volumen de producción / tamaño de la empresa: “La experiencia cotidiana demuestra que un gran número de empresas —y la mayoría de las que producen bienes de consumo manufacturados— operan en condiciones de costos individuales decrecientes. Casi cualquier productor de dichos bienes, si pudiera confiar en que el mercado en el que vende sus productos está dispuesto a adquirir cualquier cantidad al precio vigente, sin ninguna dificultad por su parte salvo la de producirlos, expandiría enormemente su negocio.” (Sraffa, 1926: 543)” (La negrita es mía).









