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domingo. 26.06.2022

Inflación. Mistificación, mito y realidad

¿Qué es la inflación? ¿Cómo aparece la inflación? ¿A quién, cómo y por qué beneficia la inflación?

Dice nuestro amigo Munné que tenemos la obligación de escribir pensando en el “ciutadà de a peu, del carrer, del poble”. Bueno, nuestro amigo, cuyo hablar es sosegado y agradable, no dice obligación, pero nosotros sí. No nos cabe duda que ser un buen divulgador -y aún más si es contra el mainstream- acarrea un trabajo sólo al alcance de las buenas plumas, que no es el caso, pero con todo intentaremos seguir el consejo de nuestro amigo.

¿Qué es la inflación? ¿Cómo aparece la inflación? ¿A quién, cómo y por qué beneficia la inflación? No cabe duda que creemos saber a quién beneficia y a quién perjudica, y también cómo se dan esos beneficios y perjuicios y su porqué. Pero…

Proponemos al lector que escoja si es verdad o mentira (todas son afirmaciones de economistas del mainstream) que la inflación se da tras:

- Un aumento del consumo: «Los datos de los últimos meses han mostrado un aumento importante del precio de diversos productos, especialmente en aquellos ramos donde la demanda ha crecido con fuerza…

- Un aumento de la liquidez de los hogares: «El abaratamiento de los créditos y las transferencias fiscales han aumentado significativamente la liquidez de los hogares…

- Un riesgo contrastable: “el recrudecimiento de las tensiones geopolíticas que, a pesar de mantener niveles parecidos de producción y consumo, podría reavivar las presiones sobre los precios del gas en Europa…

- Un hipotético “círculo vicioso de mayores salarios que conduzcan a una inflación mayor, produciendo esos efectos de segunda ronda, que llevarían a una inflación persistente…

Si el lector ha escogido que todas son verdaderas, ha acertado. La trampa no está en las respuestas, sino en la pregunta, pues es cierto que la inflación se da tras, pero es falso que eso sea el porqué.

¿Qué es la inflación? Respuesta canónica del mainstream: “Un proceso continuo de aumento del nivel general de precios. Luego, existe inflación cuando aumenta el nivel general de precios”.  

Esta respuesta describe la inflación económica, pero no explica qué es en realidad, tan sólo deriva la pregunta a la siguiente ¿cómo se fijan los precios? Es obvio que, si la inflación económica se corresponde con un “aumento del nivel general de precios”, o bien se nos explica cómo se fijan los precios o bien se nos está escamoteando el quid de la cuestión, y con ello se nos quiere engañar como a críos ante un trampantojo.

Esa respuesta es lo que llamamos una mistificación, o sea, un engaño, un embaucamiento: nos falsean una realidad por el método de colar una descripción -cierta- como una explicación -falsa- y una justificación -aún más falsa-, y así dejarnos inermes ante la realidad.

El ciudadano de a pie, al que hace referencia nuestro amigo, repite lo que oye (como, por otra parte, todos hacemos: a la postre casi todos somos ciudadanos de a pie), y si lo que oye una y otra vez es una mistificación, acabará creyéndola. Y repitiéndola. Pido al lector que nos disculpe, pero hay una cita muy necesaria que debemos compartir:

"Las ideas de los economistas son mucho más poderosas de lo que generalmente se piensa. De hecho, el mundo no está gobernado por otra cosa. La vida de las personas, que muchas veces creen que son independientes de lo que piensa esta disciplina, suele estar determinada por la teoría de algún fallecido economista". John Maynard Keynes.

Es muy cierto, y lo hemos podido observar en los noticiarios de la televisión. La ciudadanía asume casi imperturbable una inflación que bordea el 10% anual, y no es que sea insensible a ella, pues reconoce que se tendrá que apretar el cinturón -bien sabe que con la inflación el dinero pierde valor, es decir, pierde poder adquisitivo-, sino que con un padecer casi estoico, producto del constante martilleo de las ideas de “algún fallecido economista”, asume la inflación como algo ineludible e implacable, como si ese aumento generalizado de precios fuera una ley natural incontrovertible, interpretación resultante de aceptar como verdadero lo que afirma la escuela de economía hoy hegemónica: que las afirmaciones antes expuestas muestran  por qué ocurre, y no que son un mero ocurre tras.

Y si la mistificación era esconder tras la inflación los precios, el mito es aceptar que la fijación de los precios es una ley, y como ley, ineludible y objetiva.

¿Cuáles son las leyes, según el mainstream económico: naturales, objetivas e inexorables, que rigen la determinación de los precios?

Son, a saber: la ley de la oferta y la demanda, (basada en el utilitarismo de Bentham: a mayor utilidad -precio-mayor interés en producir, en el marginalismo de Quesnay y Walras y en la teoría monetaria clásica de Ricardo y Mill), la ley de formación de los precios (basada en la teoría de la competencia del mercado del "Modelo económico estándar" y en la ley de "rendimientos decrecientes", basada asimismo en una interpretación interesada del marginalismo de Quesnay y Walras) y la ley de distribución de rentas, o más conocida como ley de asignación de rentas a factores (que así queda más objetivo y aséptico).

¿Son ciertas estas leyes, o por el contrario las debemos tildar como carentes de toda fiabilidad?

De la mano de los profesores Juan Torres (Econofakes, Deusto, 2021) y Joaquim Vergés (Economía del mundo real, Pirámide, 2019), podemos decir sin lugar a dudas que son absolutas mistificaciones[1] y que es un tremendo mito[2] sostener que la ley de la oferta y la demanda y la ley de formación de los precios sean leyes fatales de inexcusable cumplimiento.

Atendiendo la recomendación de nuestro amigo, vamos a procurar ir de la mano del ciudadano de a pie, y le vamos a preguntar a la economía académica imperante a qué responde la inflación y le vamos a pedir que nos conteste lisa y llanamente, y esta nos dirá que la inflación no es sino la respuesta automática a una de dos razones: o bien es culpa de terceros, que suben el precio y no podemos hacer nada, o bien es culpa de que se gana tanto salario o los bancos dan tanto crédito que, obviamente, hay exceso de dinero en el mercado, lo que empuja la demanda y ésta, a su vez, los precios.

La segunda causa parece clara, y a la primera causa cabe preguntar ¿y, entonces, por qué esos terceros suben el precio? Su contestación será: porque sube la demanda de lo que esos terceros ofertan ¿Y por que sube la demanda? No hay otra, sostendrán, sube porque hay exceso de dinero, de rentas, de préstamos… Resumiendo, sólo hay una causa: porque hay exceso de dinero (sobre préstamos, o sea, deuda y su necesidad para que la economía no colapse, ya hablaremos en otra ocasión).

Pero hasta el más corriente y moliente de los ciudadanos comunes de a pie verá que, cuando dejamos de oscurecer la economía con sofisticadas e impenetrables leyes, la respuesta se deshace como un azucarillo ante la realidad tangible, experimentable y soportada por la experiencia propia: que sólo hay exceso de dinero en el 1% más rico de la sociedad, y que en el resto la participación de sus rentas en el pastel del PIB no para de bajar desde los años 80, y este decremento lo afirman el FMI, el INE, la OCDE y el propio Warren Buffet.[3] ¿Entonces?

Antes de proseguir con el acoso y derribo de tanto mito y tanta mistificación, conviene repasar una de las afirmaciones, la única que muestra un por qué real a pesar de todo: “el recrudecimiento de las tensiones geopolíticas que, a pesar de mantener niveles parecidos de producción y consumo, podría reavivar las presiones sobre los precios del gas en Europa…”.

Y es cierto, pero lo curioso del caso es que sin haber menguado la oferta y sin haberse incrementado la demanda, el precio se ha disparado ¿Conclusión? Pura y dura especulación con causas de política geoestratégica: manipulación de precios sin base económica alguna. Como con el petróleo[4].

La guinda la pone el mainstream económico cuando nos amenaza con que, si reclamamos subidas de sueldos para compensar la pérdida adquisitiva (ojo, sólo para compensar, y a posteriori, la pérdida de poder de compra, no para ganar más), entonces aparecerá primero la inflación de “segunda ronda” (o espiral inflacionista, Antonio Garamendi dixit) y después la temida estanflación (inflación con estancamiento económico).

O sea, que, si suben los precios, la industria reducirá su producción, efecto que contradice la famosa, por reiterada hasta la saciedad, ley de la oferta y la demanda, que enuncia que, a mayor precio, mayor interés en producir. Y parece ser que no. Una contradicción de este calibre es imposible de solventar, pues se mire como se mire se está sosteniendo que según una ley un hecho produce un resultado y su contrario, y esto debería ser suficiente para derribar cualquier hipótesis en cualquier ciencia.

Menos la de la escuela económica hoy hegemónica. Tal vez porque no es ciencia, y ni lo intenta.

Lo curioso es que esas personas que hemos denominado ciudadanos de a pie, aunque no tengan una licenciatura en economía, aunque de tanto oírlas asuman acríticamente las falsas leyes del mainstream académico, saben que su intuición no se equivoca al responder la triple pregunta de ¿A quién, cómo y por qué beneficia la inflación? ¿A quién beneficia? A los grandes tenedores y empresarios de la industria y las finanzas, le responde perspicazmente, a las grandes empresas de distribución y comercialización, en resumen, a ese 1% al que no es erróneo llamar El Capital (no beneficia particularmente, en cambio, a los tenderos, a los autónomos, ni a los pequeños o micro empresarios, todos estos “juegan” más bien en nuestra liga[5])

¿Cómo beneficia? No hay que ser muy sagaz, le dice la intuición: extrayendo rentas de la mayor parte de la sociedad, a través del aumento de precios, lo que conlleva la inflación y, como resultado, la pérdida de capacidad de compra, y dirigiéndolas hacia sus propias arcas financieras. Falta el ¿Por qué se benefician?, al que volveremos más tarde

Volvamos a la primera pregunta ¿Qué es, en realidad, la inflación? Una vez desarboladas las dos primeras leyes, -tanto académicamente, de mano de los profesores Torres y Vergès, como llanamente, gracias a la intuición del ciudadano de a pie-, las de la oferta y demanda y de fijación de precios, analicemos la tercera, que es, precisamente, el quid de la cuestión:  ley de asignación de rentas a factores.

Para la escuela económica hoy hegemónica, la fuerza del trabajo es tan solo un factor, que opera en el mercado en igualdad de condiciones con otros factores (materias primas, suministros, servicios o maquinaria), y al que las inmutables leyes “asignan renta” en función de hechos tan objetivos como la utilidad que pueda tener un empleado para el empresario o la cantidad disponible que se dé de ese factor (humano) en el mercado. Según esta ley, los salarios (coste del factor humano) tenderán a la baja siempre y cuando haya mucho factor disponible y su utilidad se mantenga o decaiga.

La intuición del ciudadano de a pie también se revuelve contra esa igualación con el resto de factores a que se ve impelido por la ciencia económica. Porque, a ver, sin la participación de la persona, nada en absoluto puede funcionar. Todo lo existente remite en última instancia a que una persona lo diseñó, creó las condiciones para su elaboración y, finalmente, auxiliado por mecanismos y automatismos más o menos complejos, lo produjo.

Así que, sigue susurrándole la intuición, no son ni las máquinas ni la informática, sino el ser humano el que añade valor al proceso. Esta comprensión humanista del sistema económico es la que nos lleva a decir que es impropio hablar de una ley de asignación de rentas a factores, pues reducir la persona a un factor más e indistinto oculta la realidad bajo un falso manto de objetividad, y que sobre lo que deberíamos trabajar es en una ley de distribución de rentas.

O sea, de lo que se trata es que la sociedad en su conjunto participe de las rentas que genera, y que, habida cuenta que vivimos en esta y no en otra sociedad, esa distribución se debe resolver en base a una redistribución de las rentas realizada a través de una arquitectura progresiva de impuestos. No es de extrañar que todas las derechas, desde las más reformistas hasta las más extremistas, nieguen la bondad de los impuestos: quieren que seamos -y lo más importante: que nos veamos- como simples factores de producción en lucha por un bien escaso: el salario, y no como ciudadanos.

¿Qué es la inflación? Como resumen de todo lo anterior ya podemos responder sin ambages que la inflación, es decir la fijación de precios al alza, es la herramienta que tiene el Capital para, a través de la pérdida del poder adquisitivo de los haberes salariales, extraer rentas de la sociedad en su propio beneficio.

¿Por qué les beneficia? Sencillamente porque, aunque la intuición de la gente corriente es acertada, es tan sólo intuición, y por ello no solo puede ser falible, que a veces lo es, sino que se trata necesariamente de un razonamiento débil ante la catarata de argumentos con que nos embisten desde el mainstream económico, y al no poder el ciudadano oponerse mental y racionalmente, se da una especie de aceptación de la inevitabilidad de esas falsas leyes, y de su corolario: la inflación, que afecta desde la ciudadanía hasta sindicatos y políticos, pues aunque todos claman por la pérdida de poder adquisitivo, se ven totalmente faltos de potentes argumentos económicos alternativos para contrarrestar el alud de objeciones que académicos de la derecha económica y política levantan ante cualquier conato de crítica.

Faltan líderes políticos, sociales y del mundo académico que alienten aquellas herramientas teóricas que ayuden a desplazar de la mente de la ciudadanía, de los sindicatos y de los políticos todos los mitos i mistificaciones del mainstream económico y ofrezcan leyes reales que expliquen por qué su intuitiva respuesta de a quién, cómo y por qué beneficia la inflación es correcta.

Y para ello tenemos a Piero Sraffa (1898-1983) y su crítica al marginalismo, de alguna manera en la línea de los profesores Torres y Vergès, desarrollada en su libro “Producción de mercancías por medio de mercancías” (Oikos Tau, 1966). Un desarrollo de su teoría de distribución de rentas se puede encontrar en un anterior artículo nuestro de Nueva Tribuna, especialmente en las dos primeras páginas y en las notas 1 a 9 del mismo.

La teoría de distribución de rentas de Sraffa queda reflejada en una ley con formulación matemática:

r = R (1 - w)     (Sraffa, ob.cit., página 42)

Donde R es la productividad total de un sistema [(Producto – Insumos) / (Insumos)], r es la rentabilidad sobre los costes que obtiene el Capital [(Beneficios después de impuestos) / (Insumos)] y w es la parte de la renta excedente, expresada en “tanto por uno”, que representa la participación del resto de la sociedad (de forma directa, salarios, o de forma indirecta, impuestos que generan servicios públicos, pecuniarios o no) en la renta generada por el sistema económico.

Si los precios suben entonces, según la ley expuesta por Sraffa, r (beneficios netos) sube y w (salarios más impuestos progresivos) baja. Si w (o bien los salarios o bien los impuestos progresivos o bien los dos) sube, los precios (relativos) bajan y r baja.

La teoría de distribución de rentas de Sraffa pone de manifiesto que, si hay inflación, r sube y w baja, los beneficios del Capital suben y el poder adquisitivo del resto de la sociedad baja. Justo lo que la intuición del ciudadano de a pie no para de decirle, y acierta, aunque no sea -o precisamente por que no es- un licenciado en económicas.

No somos novedosos en este pedir a políticos, sindicalistas y académicos que doten de argumentos a la ciudadanía. Ya lo expresó Kant en una de sus más conocidas citas, incluida en su libro Crítica de la razón pura: “Las intuiciones sin conceptos son ciegas, los conceptos sin las intuiciones están vacíos”, que podríamos traducir como “los conceptos en su torre de marfil sin ciudadanos que los usen están vacíos, los ciudadanos en la calle sin conceptos que los defiendan están ciegos”.


[1] El profesor Torres (ob cit, página 24) advierte contra la idea de una ley de oferta y demanda: “[Sostienen que] el precio de los bienes y servicios lo determinan las leyes de la oferta y la demanda. Los economistas han hablado tantas veces de «la ley de la oferta» y «la ley de la demanda» que los políticos, periodistas y hasta la gente corriente han hecho suya la expresión y creen que esas «leyes» son las que efectivamente hacen que funcionen los mercados y las que fijan automáticamente los precios de los bienes y servicios que compramos diariamente.”.

Para indicar, finalmente, que la inflación es una falacia con la “que se distrae la atención de la gente para que no contemple lo que realmente hay que tomar en consideración para descubrir cómo se fijan realmente los precios de los bienes y servicios y qué consecuencias tiene eso, el poder muy desigual de negociación y decisión, dentro y fuera de los mercados, de los sujetos, las organizaciones y las instituciones sociales” (ob cit, página 31).

[2] “[…] el MEe [Modelo de Economía estándar o dominante] no explica la realidad de cómo funciona un sistema económico de mercado capitalista -la dinámica y pautas de comportamiento de las empresas, la producción, los precios, los mercados…- sino que habla de una economía irreal, supuesta. Y esto tiene una consecuencia decisiva en el ámbito académico-profesional. Afecta a cómo se viene explicado la economía, el funcionamiento de las economías de mercado, en los libros y manuales y en las aulas. Transmite a lectores y estudiantes una descripción teórica -que pivota alrededor del «constructo» competencia perfecta- caracterizada por sobresimplificaciones y por supuestos deductivos que no se corresponden con la realidad económica de nuestras sociedades, y en aspectos clave.

Y si la economía que se enseña y lee no es realista, las conclusiones que se saquen para situaciones concretas y los diagnósticos de tal o cual situación económica que desde gobiernos o instituciones económicas elaboren los profesionales de la economía con esos esquemas conceptuales corren el riego de ser diagnósticos equivocados o desenfocados. Y como consecuencia las medidas de política económica que se basen en ellos pueden ser poco útiles, si no contraproducentes. Lamentablemente la crisis económica global que explosiona en 2008 nos ha mostrado ejemplos al respecto.

Pero es que además el problema señalado tiene trascendencia fuera de la disciplina económica. En la arena política el neoliberalismo se apoya en ese postulado básico de los manuales de economía para defender sus principios de no -o mínima- intervención de los gobiernos en la economía, de no -o mínima- regulación de los mercados («los mercados, "libres", se autorregulan automáticamente»).

Y, en definitiva, para defender lo que está detrás de la conocida expresión de cuanto menos Estado, mejor»: mínimo gasto público, mínimos impuestos, «porque distorsionan el equilibrio general, que es lo que garantiza un óptimo social». Unas tesis que apuntan a una determinada organización política-económica de la sociedad (libre mercado, nula o mínima regulación, etc.), pero una tesis que no puede realmente sostenerse como conclusión científica de la disciplina «economía»” (Vergès, ob cit, páginas 128 y 129) (la negrita es nuestra).

[3] Warren Buffet sostiene que existe “una guerra de clases, mi clase ha ganado… ¡Y ha sido una derrota!” (“My Class Has Won' And 'It's Been A Rout”, HuffPost, US edition, 15/11/2011)

[4] “Hoy, los especuladores dominan el comercio de futuros de petróleo. Según el testimonio ante el Congreso del especialista en materias primas Michael W. Masters en 2009, los mercados de futuros de petróleo comercializan habitualmente más de mil millones de barriles de petróleo por día.

Dado que el mundo entero produce solo alrededor de 85 millones de barriles "húmedos" reales por día, esto significa que más del 90 por ciento de las transacciones involucran a los especuladores intercambiando barriles "de papel" entre sí. Debido a la especulación, los precios actuales del petróleo de alrededor de $100 por barril se han desconectado de los costos de extracción, que promedian $11 por barril en todo el mundo. Los especuladores puros representan hasta el 40 por ciento de ese alto precio, según el testimonio que Rex Tillerson, director ejecutivo de ExxonMobil, dio al Congreso el año pasado” artículo de Joseph P. Kennedy II, New York Times, 10 de abril de 2012.

Entre 2004 y 2012, los hedge founds pasaron de negociar 13.000 millones de dólares a 200.000 millones en los mercados de futuros del petróleo: los precios sufrieron presiones generadas por la pura especulación. Como ahora. (http://www.foreignaffairs.com/).

[5] Queremos proponer como alternativa a “clase obrera o trabajadora”, que a duras penas alcanza el 40% de la sociedad, un nuevo espacio de convergencia de intereses, que denominaremos “clase asalariada”, que seguramente da cobertura a más del 90% de la ciudadanía: Conjunto de los ciudadanos que dependen directa o indirectamente de un salario -por cuenta ajena, autónomo, cuenta propia, micro y pequeño empresario- o de las cotizaciones e impuestos a él asociadas, y dedican sus rentas -salario, ganancia, pensión, subsidio o similar- principalmente al consumo y a pagar impuestos para hacer funcionar la parte pública de la producción de bienes y servicios básicos; se debe incluir a los que no trabajan, ya sea por ser estudiantes, estar en paro, en autoproducción/autoconsumo, en tareas de cuidado y hogar, jubilados o similares, ya que también son, ni que sea indirectamente, salario-dependientes.

Inflación. Mistificación, mito y realidad