lunes. 04.03.2024
Matteo Salvini, Silvio Berlusconi y Giorgia Meloni

Los medios de comunicación de toda Europa han colaborado de forma interesada o altruista al resurgir del fascismo europeo. A los movimientos de esa ideología se les ha intentado camuflar bajo denominaciones como derecha extrema, conservadores, ultraliberales cuando su programa, que alude evidentemente a la historia y a la identidad patriótica como señuelos, se basa en la supresión de las políticas sociales implantadas en los últimos años, en la xenofobia y en el clasismo más decimonónico. No hay nada generoso en sus propuestas, hay odio, hay incultura, hay veneno, hay rencor, hay lo que hubo en la década de los veinte pero con bot y redes sociales.

Es un hecho que en la actualidad el partido más poderoso de Europa es el fascista, camuflado con mil nombres, con diversos epicentros ideológicos según el país, pero con unos lugares comunes a cualquier movimiento reaccionario anterior. En Suecia, Dinamarca, Francia, Holanda, Austria,  Bélgica, Polonia, España, Hungría y la mayoría de los países del Este de Europa, incluida Ucrania y Rusia, la ultraderecha o está en el poder o a pocas horas de hacerse con él. Televisiones, radios, periódicos y redes han guardado silencio ante la amenaza de destrucción que se cierne sobre Europa y, por supuesto, Estados Unidos.

Se dice que es una reacción a la globalización y a la inmigración, al empobrecimiento progresivo de una parte sustancial de la población que ve como no tiene acceso a los bienes a los que accedían sus padres, se habla de que los fundamentos judeo-cristianos de la civilización occidental están en peligro, que la Europa envejecida corre el riesgo de perder su identidad devorada por la juventud islámica, de convertirse en una sucursal de La Meca, que los de fuera quieren matar a Dios.

Además de la crisis auspiciada por la invasión rusa de Ucrania, Europa sufre una dolencia anterior provocada por la deslocalización industrial y la falta de respuestas de los gobiernos

Además de la crisis auspiciada por la invasión rusa de Ucrania, Europa sufre una dolencia anterior provocada por la deslocalización industrial y la falta de respuestas de los gobiernos a los problemas reales de la gente. Es cierto que en países como España o Italia los jóvenes encuentran muchas dificultades para independizarse por el precio de las viviendas movido por la especulación salvaje y por los salarios cada vez más menguados, es verdad que la globalización ha causado tales estragos que para muchas personas resulta casi imposible comprender porqué se ha consentido el cierre de miles de industrias cuyos propietarios después se convirtieron en importadores para traer de Oriente lo que antes fabricaban aquí, porqué nadie ha puesto coto a los productos fabricados por esclavos sin derechos sociales, laborales ni políticos, porqué se ha sido tan tolerante con la corrupción y con la falta de transparencia de los organismos públicos y privados.

Pero no es menos cierto que la mayor agresión a la economía y a la identidad europea no viene de los países musulmanes y orientales, sino que procede de Estados Unidos: En la Unión Europea se habla inglés cuando ni el Reino Unido ni Estados Unidos pertenecen a ella; igual sucede en los consejos de administración de las grandes empresas, en las tertulias donde cada vez es más frecuente introducir vocablos anglosajones sin ton ni son, en la producción audiovisual, en el cine, en las plataformas de series y películas, en las redes, en los valores y la forma de vestir de nuestros jóvenes.

Europa está siendo sometida a un proceso de centrifugado mediático y económico que amenaza de verdad con transformarla en un mal apéndice de Texas con monumentos y ciudades centenarias. Ningún partido fascista, ni de otro corte, ha denunciado esa invasión avasalladora, esa destrucción sistemática de nuestras raíces, nuestras señas de identidad y de nuestro propio idioma, no sólo de los minoritarios como el catalán, el gallego o el euskera, sino del español, el francés o el alemán.

Como en los años veinte del siglo pasado, el nuevo fascismo no es más que el último ariete del capitalismo, el partido que defiende un orden basado en la desigualdad estructural

 Para el nuevo fascismo europeo, Estados Unidos es el paraíso, el paradigma, el modelo a imitar. Un país en el que los más poderosos no pagan impuestos ni responden ante la ley, un país donde no existen prestaciones por desempleo, ni vacaciones, ni seguridad social, ni subsidios a la dependencia ni ninguna de las prestaciones de que hoy gozan los países de nuestro entorno, aunque sí la pena de muerte o el derecho a matar a un negro pobre con pistola reglamentaria. Como en los años veinte del siglo pasado, el nuevo fascismo no es más que el último ariete del capitalismo, el partido que defiende un orden basado en la desigualdad estructural, en la eliminación de la disidencia mediante el palo y en la desaparición de todas aquellas leyes y medidas que hacen la vida un poco más llevadera a quienes menos suerte han tenido en la vida.

Se puede diferenciar del movimiento dirigido por Mussolini en los rituales, en las vestimentas, en los desfiles marciales, pero el objetivo es exactamente el mismo: Acabar con la democracia y con la posibilidad de que exista un mundo más justo, libre y racional. Cuando hablan de libertad no lo hacen aludiendo a la grandeza que contiene una de las palabras más bellas, sino en el estilo que lo hizo Aznar cuando aseguraba que a él nadie le iba a decir lo que tenía que beber o no beber, en el sentido de Isabel Díaz Ayuso al asegurar que la libertad consistía en tomarse una caña en plena pandemia mientras miles de viejos morían sin asistencia sanitaria.

Es la libertad del rico la que claman, pero también la del estúpido, la del mentecato, la del ciudadano que despotrica de la política pero se cree todos los infundios y bulos expandidos por millones cada día, a cada hora. Es la libertad de quienes se dicen apolíticos pero se enfurecen si alguien critica a Abascal, Meloni o Feijoo. Es la libertad de quienes aplauden la supresión del impuesto sobre el patrimonio que apenas pagan unos miles de multimillonarios, pero exigen que se construyan carreteras, trenes, hospitales, que se ayude al comercio, a los transportistas, a los autónomos.

Desprecian al inmigrante con toda su alma, tanto como siglos atrás se despreciaba a los judíos a los que los curas culpaban desde sus púlpitos de envenenar las fuentes y violar a las niñas, pero son los inmigrantes quienes cultivan la tierra, recogen las cosechas, cuidan de nuestros viejos o limpian nuestras casas. Es un sentimiento irracional propio de periodos de crisis, pero exacerbado por el exceso de información falsa y por el fracaso de los sistemas educativos -cada vez más privatizados- que han sido incapaces de educar ciudadanos críticos capaces de distinguir una verdad de una mentira, una persona honrada de un sinvergüenza, un sentimiento noble de otro despreciable.

Italia, el país del Renacimiento, de los más bellos palacios, de la pintura más excelsa, de la ópera, el creador de la teoría política moderna, se encamina a repetir la experiencia de los años veinte

Bajo esas premisas, Italia, el país del Renacimiento, de los más bellos palacios, de la pintura más excelsa, de la ópera, el creador de la teoría política moderna, se encamina a repetir la experiencia de los años veinte porque ya casi nadie habla de lo que entonces sucedió, de los miles de muertos, de los campos de concentración, de los asesinatos en mitad de la calle o en las comisarías, del desastre de la guerra mundial. Porque la historia, la que escriben los especialistas con muchos años de dedicación y sacrificio, ni la lee ni se la cree nadie. Además, tampoco les interesa. Italia, ojalá me equivoque, va a votar fascismo, como ya hicieron Polonia y Hungría, precisamente cuando la Unión Europa ha puesto en marcha el primer programa de ayuda a los ciudadanos y las empresas de todos sus miembros.

Entre tanto, los fascistas suecos, holandeses, españoles, franceses, austriacos esperan su oportunidad para construir una Europa intolerante que suprima de verdad la identidad y las libertades europeas encarnadas por los principios revolucionarios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. No podemos quedarnos impasibles, pendientes de las estupideces que salen en el móvil, esperando a ver qué pasa en Netflix o en Instagram. Estamos todos en peligro y hay que volver a las barricadas.

Italia, a un paso del fascismo