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viernes. 09.12.2022
LECTURAS SUMERGIDAS | REVISTA LITERARIA

“Madame Bovary”, espléndidamente viva

Por Emma Rodríguez | Gustave Flaubert quiso retratar a Emma Bovary como una mujer “de naturaleza un poco perversa”.

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Fotograma con la actriz Isabelle Hupert en la versión cinematográfica de “Madame Bovary” dirigida por Claude Chabrol en 1991.

Hay obras, personajes, pasajes y paisajes de la literatura capaces de pegarse a la piel de tal modo que es imposible desprenderse de todas las emociones que provocaron en el momento de la lectura. Hay nombres de la ficción que tienen el poder de avivar comportamientos, anhelos y contradicciones que permanecen inalterables y cuya simple evocación consigue despertar los sentidos aletargados. Se trata de nombres enigmáticos, cargados de leyenda, nombres como el de Emma Bovary, a quien Gustave Flaubert quiso retratar como una mujer “de naturaleza un poco perversa”, “de falsa poesía y sentimientos”, sin llegar a ser consciente de que su protagonista iba a alzar el vuelo por sí misma, despertando antipatías y pasiones a partes iguales, convirtiéndose con el paso del tiempo en símbolo de la rebeldía y de los deseos de emancipación femenina.

En La orgía perpetua, un ensayo ya inseparable de la célebre novela, lleno de complicidades y de hallazgos, alude Mario Vargas Llosa a la herida que en el espíritu puede causar una obra determinada y se pregunta por qué Madame Bovary removió estratos tan hondos de su ser. Teniendo en cuenta que toda lectura es una experiencia subjetiva, siendo conscientes, además, de que cada tiempo, cada edad, dota al recorrido de matices diferentes, aquí y ahora nos hemos propuesto acercarnos a la novela, merodear por sus alrededores, de ocho maneras diferentes, a través de la mirada de ocho lectores, flaubertianos en mayor o menor medida, que intentan descifrar el alcance y los efectos de una obra que ha superado los tránsitos del tiempo y los vaivenes generacionales.

Antonio Muñoz Molina, José María Guelbenzu, Soledad Puértolas, Juana Salabert, Blanca Riestra y Carlos Castán se han prestado gustosos a  recordar y recobrar, sus particulares y secretas sensaciones. Y a su lado, los dos últimos traductores de la obra al castellano: Mauro Armiño, cuya versión para Siruela, recién llegada a las librerías, cuenta con el aliciente de la inclusión de tres fragmentos eliminados en su día y recientemente descubiertos en los manuscritos originales, y María Teresa Gallego Urrutia, que hace apenas dos años realizó para Alba una traslación del clásico en la que Emma no es “Madame” sino “La señora Bovary”.

Es difícil ponerse de acuerdo sobre un personaje tan poliédrico, tan lleno de contradicciones, como el de Madame Bovary. Precisamente si resulta eterna, si no podemos permanecer impasibles ante su embrujo, es porque a medida que la conocemos nos damos cuenta de que no es posible encasillarla en el lado del blanco o del negro. Amamos a Emma Bovary y llegamos a despreciarla por momentos, como nos sucede con tanta gente a la que queremos. “Ella, como el Quijote o Hamlet, resume en su personalidad atormentada y su mediocre peripecia, cierta postura vital permanente, capaz de aparecer bajo los ropajes más diversos en distintas épocas y lugares…”, volvemos a Mario Vargas Llosa, quien en otro momento de La orgía perpetua argumenta que es imposible no admirar la aptitud de Emma para el placer y se enfrenta a cierta crítica e incluso al propio Flaubert en su apreciación de la protagonista como “una desdichada, digna de conmiseración”.

“A Flaubert”, interviene María Teresa Gallego, “no le gustaba nada Emma. Para él era el paradigma de todo lo que no hay que ser, de lo que no hay que sentir ni pensar. Lo suyo son los tópicos, la superficialidad, el sentimentalismo barato, la pobreza de espíritu; dicho con cierta crudeza: la «paletería»… Por no mencionar el egoísmo. Y tampoco le gustaban a Flaubert los demás personajes de su novela: pedantes, rufianes, presumidos, señoritos de pueblo, personas de pocas luces… El único a quien trata con cariño es al jovencito que vive con la familia Homais y ayuda en la botica: Justin. Los demás salen todos muy malparados”.

Juana Salabert se sitúa en el otro lado y defiende a la protagonista con pasión: “Yo la veo como una mujer imaginativa a su pequeña escala social, que osa pedirle a la vida otros horizontes vitales, sensuales, personales, que los delimitados de antemano por el provincianismo mojigato y las cobardías del ideario inmovilista… Ciertas voces críticas la han tildado absurdamente, a mi juicio, de egoísta, de mala “madre” y hasta de cursi. Pero esa visión simplista y en el fondo reaccionaria proviene de quienes desconfían de las ficciones, de la novela, de la imaginación. Hay algo totalitario en ese constante querer vituperar y minusvalorar las ansias de soñar y de vivir de esta jovencita mal casada de provincias, de esta heroína compulsiva en pos de grandezas íntimas cual una pequeña y magnífica Napoleón de tocador”, señala...

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“Madame Bovary”, espléndidamente viva