lunes. 22.07.2024

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

Uno de los motivos que se suelen aducir, si no el principal, para justificar la desafección de la ciudadanía por la política es que esta última, en especial tras décadas de cultivo extensivo del bipartidismo, tiende, en la práctica, a abandonar su función primordial de proponer y materializar las transformaciones que mejoran la sociedad para, en su lugar, enroscarse sobre sí misma. La política deja así de ser un medio para transformarse en un fin, algo similar a lo que en literatura se conoce como metaliteratura o metaficción (ficción que versa sobre la ficción misma), solo que con resultados mucho menos interesantes. Este género, el de política ficción, ha alcanzado una cumbre tras la comparecencia ante los medios del presidente Sánchez y ha inaugurado, tal vez, un subgénero: el de la falsa dimisión, comparable a otros como la falsa autobiografía o el falso documental, ejemplos ambos de ficciones o narrativas en toda regla. Y es que Sánchez es un visionario que una vez más ha vuelto a demostrar que no duda en adentrarse en donde otros temerían pisar.

Esperemos que este “punto y aparte” se traduzca, tal y como le demandan sus socios, en la toma urgente de medidas concretas que no solo regulen la actividad de jueces y medios, sino que saquen adelante una verdadera agenda social

Lo de dejar tu posible dimisión en el aire sí que marcará un antes y un después, como ha declarado el presidente de Asturias, el socialista Adrián Barbón, pero en el terreno de la política ficción. Antes, si tenías dudas sobre tu continuidad en un cargo, lo meditabas en silencio o lo compartías con tu círculo íntimo, pero sin hacerlo nunca público hasta que lo desestimabas o lo anunciabas. Antes uno anunciaba que se retiraba (por mucho que dicha decisión sea una rareza en la historia de la política española reciente). Ahora, en una atrevida vuelta de tuerca, basta con anunciar que tal vez uno se retire y, ya lanzados, ¿por qué no?, que tal vez uno se presente a unas elecciones, que tal vez uno acepte entrar por esa puerta giratoria que lleva tiempo haciéndote ojitos. Amagar con irte para luego quedarte es una jugada destinada a dejar en ridículo al más pintado, pero estamos hablando de Pedro Sánchez, ese superviviente de la política.

Antes de anunciar su amago de dimisión, albergaba, como muchos españoles, supongo, numerosas dudas sobre la sinceridad del comunicado. No me refiero a que no me creyera su sufrimiento por el infame acoso mediático-judicial que le ha acabado por estallar en la cara. De esto no me cabe duda porque humano es y así se ha encargado de remarcárnoslo, pero, hombre, conociendo la trayectoria del personaje y lo insólito de su decisión (la gesta de un subgénero), ¿cómo no sospechar que había gato encerrado, que todo era obra y milagro de un tacticismo puro y duro? Tras leer íntegro su discurso de renuncia de dimisión y ver algunas partes de su comparecencia ante los medios, tras el disfraz de que nos presenta su lado humano, tras la máscara de que “conmigo se humaniza la política” (aspiración, por otra parte, totalmente legítima y que debería tomarse en serio), sigo viendo, qué quieren que les diga, al mismo animal político que Sánchez ha sido hasta ahora, con todas las cualidades “tradicionales” que se requieren para el puesto: pragmatismo, cálculo, sentido de la oportunidad…

Si con esta pirueta lo que se pretendía era, por una parte, concienciar a la parte “durmiente” de la sociedad española de la gravedad que supone el que poderes no democráticos estén acorralando a la democracia y, por otra, movilizar a una mayoría social, de acuerdo, ha tenido un éxito relativo (habrá que estar atento a la evolución de este sentimiento). Si uno de los objetivos “ocultos” era el de señalar (y aislar o acordonar) a las derechas como responsables del actual estado podrido de la cuestión, dudo enormemente de su eficacia en términos de rédito electoral ni de que vaya a introducir un cambio significativo de orientación por parte de aquéllas. Más devastador me parece el golpe que le ha encajado a su socio de coalición, Sumar (ya debilitado por los pésimos resultados de las dos últimas convocatorias electorales en Galicia y en País Vasco), que, tras ponerse inicialmente a sus pies, se apresura ahora a marcar diferencias recordándole la agenda social pactada.

Ya que se queda, Señor Sánchez, háganos el favor de dejar por un momento el teatro y saque la basura

En cualquier caso, el viejo cinismo de la vieja política se muestra muy vivo y muy coleante cuando dice el presidente que llevamos demasiado tiempo dejando que el fango colonice impunemente la vida política, la vida pública, de prácticas tóxicas inimaginables hace apenas unos años” (las cursivas son mías). ¿Demasiado tiempo o hace unos años? ¿En qué quedamos? Es comprensible que se haga uno la picha un lío tras tantos años de bipartidismo. Yo creo que Sánchez se refería a lo relativamente novedoso de la guerra judicial manejada por las derechas contra sus adversarios cuando no ganan las elecciones (recurso cada vez más desinhibido), porque lo de utilizar la mentira y la infamia desde las instituciones ya lo inauguró hace, por lo menos, veinte años, un señor que también gobernó España, que la llevó a una guerra lejana tras su amigo yanqui y al que le encanta la palabra “operación”. Está bien hacer a la ciudadanía partícipe mental de un estado (podrido) de cosas, pero para eso, para arreglar lo que está averiado, en otras palabras, para legislar (¡fíjate tú!), ha puesto ahí la ciudadanía a sus representantes. Lo que ocurre es que ni el Señor Sánchez ni el PSOE han movido un dedo ni abierto la boca hasta ahora para reformar la justicia, el acceso a la carrera judicial o impulsar una ley de medios que castigue la infamia simplemente porque no les había tocado a ellos. Es más, se han beneficiado, y atizado desde sus medios afines, algunos cada vez más claramente psoeizados, de la cacería mediático-judicial contra sus inmediatos rivales por la izquierda (caso sangrante y canallesco el de Podemos, del que se habría agradecido, al menos, una mención en su comunicado).

Dice el refrán que “nunca es tarde si la dicha es buena”. También ha dicho Sánchez que su decisión de quedarse “no supone un punto y seguido, es un punto y aparte, se lo garantizo”. Esperemos que este “punto y aparte” se traduzca, tal y como le demandan sus socios, en la toma urgente de medidas concretas que no solo regulen la actividad de jueces y medios, sino que saquen adelante una verdadera agenda social (vivienda, crisis climática-turística, fiscalidad progresiva, coto al desmán de la evasión fiscal escandalosa y ese largo etcétera por todos conocido). Ya que se queda, Señor Sánchez, háganos el favor de dejar por un momento el teatro y saque la basura.

¿Punto y aparte?