domingo. 14.07.2024

Año nuevo, ¿clima nuevo?

En España se celebró la Nocheveja, como en la mayor parte del mundo, por todo lo alto, desde el alcohol subido a la cabeza, a los fuegos artificiales por las nubes...

En España se celebró la Nocheveja, como en la mayor parte del mundo, por todo lo alto, desde el alcohol subido a la cabeza, a los fuegos artificiales por las nubes, sin contar otros precios de otros productos que como todos los años, a partir de la entrada del nuevo año, sin duda, subirán. Menos los salarios, que de subir, lo hacen muy por debajo del aumento del IPC. Y no digamos la miseria que se añade a la miseria de las pensiones y que el gobierno nos vende como una subida al Hilamalaya. Por todo lo alto, con gran algazara, la mayoría de la gente celebró de una u otra manera el fin de año, un día marcado en el mundo occidental como el final de una etapa. En el anterior artículo nos preguntábamos cuál es la razón de que la Nochevieja sea motivo de alegría y exploten la juerga y los petardos y se den por doquier muestras de jolgorio y felicidad como en ninguna otra. ¿No es una noche más? Comienza el año, y año nuevo, vida nueva. Por eso se desata la euforia, porque uno espera que así suceda. Es bueno y saludable celebrar que la vida siga en un mundo atribulado por las armas, agobiado por las desigualdades, huidizo por negocios de unos cuantos desalmados que no acarrean sino muerte y desgracias, humanas y naturales. También decíamos en el anterior artículo que tal algazara proviene del miedo, un miedo atávico que surgió en Europa hace algo más de mil años, con el final del primer milenio, fecha en que todos temían y creían que era el fin del mundo a tenor de los acontecimientos que en esos días del final de un milenio e inicio de otro se sucedían uno tras otro, augurando la mayor catástrofe prevista ya en el Apocalipsis.

Algo parecido, sin las fatales consecuencias como las del final del primer milenio, se temía se repitieran con el final del segundo milenio. La gran diferencia, apuntábamos, estribaba en que hace mil años afectaba a la propia especie humana y acarreaba la muerte, y hace ahora 16 años, a un servicio técnico: el conocido como “efecto 2000”, la temida locura de los ordenadores.

Los cambios, sean cuales sean, impresionan a los mortales, bien por ignorancia y superstición, bien porque actualmente los habitantes de la aldea global, donde todo se sabe y se propaga gracias a la técnica, el hombre se siente más aislado e indefenso que nunca y siente miedo a la amenaza tanto si viene de afuera como si está dentro de su persona, su casa,  su nación o su mundo, que en todo y a  todos nos afecta “la aldea global”. Los cambios asustan en mayor medida a quienes están establecidos en situación privilegiada; es lógico, temen que si hay un cambio, vaya su vida a peor y pierdan el privilegio estamental. Por eso hay gente sin escrúpulos que no quiere cambios y hace todo lo posible para que los cambios no se produzcan. Son una minoría, pero una minoría con mucha fuerza, la que les prestan aquellos que siendo mayoría están desunidos. Y están desunidos porque les hacen creer que es mejor dejar que todo siga igual, mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer, y que también el cambio, les dicen, les afectará, y si ya estaban mal antes, estarán peor después. Defienden el inmovilismo porque la movilidad, cuando quien se mueve al unísono es todo un sector o una parte importante de la sociedad, es el mejor arma para conseguir una mejor manera de vivir, al menos una vida digna y libre. Toda movilización es una lucha contra lo establecido por una minoría que no produce nada, y que no es aceptado por la mayoría que produce todo. Nunca la historia ha regalado nada a los productores; si éstos han conseguido seguir produciendo en mejores condiciones de vida social e individual, ha sido gracias a su unión, a su lucha, a sus ideas y a su talento. Siglos de lucha por la dignidad humana, que han sufrido un notable retroceso cuando los parásitos se han venido imponiendo con sus falsas teorías y sus falsos miedos. Por eso, hoy como hace cien años, es preciso un cambio. Un cambio que se viene fraguando desde hace una década, y que hasta ahora han tratado de amortiguar y enterrar las élites improductivas pero que buscando esa unión de los productores y nuevos inconformistas e indignados con falsas democracias, puede iniciarse efectivamente en este año que acaba de comenzar.      

Los resultados de unas teorías económicas montadas sobre la falacia de una macroeconomía que crea desigualdades entre quienes son la palanca que mueve el mundo, nos ha llevado a una situación insostenible por más tiempo, tanto en el mundo rico como en el pobre, en el norte como en el sur. El desastre económico, la desigualdad social, la pobreza y la contaminación del aire y del agua,  afectará al mundo y a cada uno de sus habitantes en una proporción sin precedentes de aumento desbocado como no se había dado hace 20 años. Forman parte del sistema y si el sistema sigue con sus errores, no perdonará ni a ricos ni a pobres. La lluvia ácida, la desertización, afectarán al mundo avanzado y al retrasado. ¡A todos! Tales efectos vienen causados por una política imperante equivocada y destructiva, apoyada por una sociedad cada vez más idiotizada y confiada en la técnica antes que en el sentido común, que parece retirado de la vida diaria y reservado a laboratorios inextricables y aislados, cuyos resultados se ocultan porque darían miedo si salieran a la luz.

La inquietud nacida de los cambios materiales, técnicos y espirituales provoca en los individuos toda clase de temores. Actualmente el mayor y peor cambio es el climático, pero nadie quiere verlo ni atajarlo porque el sistema está fundamentado en un error: la contaminación resultado de una falsa tecnología y de una idea equivocada como organizadora de este sistema imperante y destructivo. Si la sociedad del año mil se enfrentaba a un mundo que se desgarraba, como apunté en la anterior entrega, la del tercer milenio se enfrenta a un cambio que ha venido dándose lentamente, apenas perceptible por la mayoría de los pobladores del planeta, pero que desde hace 20 años se ha ido acelerando y va acelerándose cada vez más, como un coche sin frenos cuesta abajo. Llegará un momento que no se podrá detener.

También decíamos que en toda época histórica no faltan agoreros y falsos profetas que se dedican a predecir y predicar desgracias para meter el miedo en el cuerpo social y poder manejar a su antojo y según sus intereses el mundo. No dejan de ser eso, falsedades, cuando reina la ingenuidad y la ignorancia. Con el cambio climático sucede lo mismo, a sus divulgadores y estudiosos que predican sus causas y efectos, hoy como entonces se les toma por locos; no se reconoce que son ellos quienes tienen las pruebas y la razón, la ciencia que aparta supersticiones y aporta verdades, las mismas que tratan de tapar quienes precisamente, aprovechándose de la ignorancia, están interesados en seguir con su negocio a costa de la vida en la Tierra. Esos tienen también miedo, no tanto al cambio del clima que no quieren ver ni les interesa ver, sino al cambio del sistema. Todos tienen miedo, porque la catástrofe puede ser la misma que temían se avecinaba en el final del primer milenio: La destrucción de mundo. Las circunstancias y las ideas son muy dispares, marcadas ayer por la superstición y la ignorancia, y hoy por el conocimiento y la técnica, pero las consecuencias son semejantes. Actualmente, como antaño, los indicios son patentes, no tanto por el paso de cometas, y la aparición de fenómenos meteorológicos como los eclipses, cuanto por el aumento de la temperatura, el deshielo de los polos, los cambios bruscos de temperatura y clima, los huracanes... Hoy sabemos a qué se deben y estamos en la certeza de que no son, precisamente, producto de la ira divina, sino de las decisiones humanas. Hoy como ayer, a quienes saben no les hacemos caso, y los responsables de administrar esta sociedad global miran para otro lado, al dictado de entidades financieras, industriales, y multinacionales.

¿Dónde va abocado un mundo en el que en los medios de comunicación aparecen personajes que ejercen influencia social, hablando de estupideces y nunca aparecen intelectuales que digan verdades como puños, divulguen ideas científicas que sin duda generarán una vida mejor? ¿Por qué son menos conocidos los sabios que los imbéciles, y se hace más caso a los segundos que a los primeros? Será porque hay más; como decía un premio nobel, si los tontos volasen, taparían el sol. O sea, que la estupidez originaría un eclipse. Está originando un eclipse que empieza a hacerse notar en estos últimos años y que si no lo impide la sabiduría y la ciencia, llegará un momento en que volvamos a la era glaciar, pero eso ya no lo verá la humanidad; habrá desaparecido mucho antes. Ejemplo de tal estupidez de mentes al servicio de intereses ajenos a la Tierra y al ser humano, nos la acaban de dar los reunidos en “la cumbre de París”, que ni ha sido cumbre ni ha solucionado ni comprometido a casi nada a los diferentes gobiernos, interesados, decían, en el cambio climático.

Ni un científico en esos debates que han sido eminentemente políticos. Pero soslayemos esta crítica para momento más concreto y extenso, y vayamos al refrán de “año nuevo, vida nueva”, que  humildemente nos ocupa, con el deseo de que se cumpla. Cambiemos el refrán: “Año nuevo, clima nuevo”. Y detengámonos a analizar todo el sentido de un concepto como “clima”, con tantas connotaciones personales, psicológicas, sociales, políticas y globales. Buen “clima” y mejor vida.

Año nuevo, ¿clima nuevo?