domingo 25/10/20

Capítulo 25 Eupatoria (Crimea). Julio de 1938

Lola estaba sentada a los pies de la cama donde yacía el cadáver de José Camín, a quien había cuidado durante dos meses de convalecencia y que ya no llegaría a cumplir los once años.

Era auxiliar en el sanatorio de Eupatoria, donde la enviaron desde Leningrado, cuando llegó allí, junto con la expedición que salió de Gijón en septiembre de 1937. En el grupo enviado a esa población de Crimea iban los que habían sido declarados enfermos o más débiles, también algunos de los de menor edad. Ella fue incluida entre las cuidadoras. Los responsables del grupo expedicionario eran Victoria Amalia Flores, pedagoga, y un médico ruso; también iban otros dos maestros, Pedro José Rabanal y Ester Álvarez. Lola se hizo cargo de las cartillas sanitarias que se prepararon para cada cual.

Había casos de tuberculosis, insuficiencias respiratorias, afecciones de corazón, tisis, sarna. Muchas enfermedades eran consecuencia de la falta de alimentación e higiene durante la guerra.

Eupatoria es una ciudad de Crimea prestigiosa por sus balnearios. Además del mar, tiene un lago de agua salada famoso por sus dotes curativas. El “Sanatorio Proletario-Eupatoria” se habilitó en un edificio concebido originalmente como alojamiento para la toma de baños termales y tenía playa propia bañada por las aguas del Mar Negro. En uno de sus edificios se instaló también una de las “Casas” repartidas sobre todo por Rusia y Ucrania. Esta era la “número 6” y se ubicaba en la calle Soviestskaya número 2.

El proyecto se basaba en que, salvo los casos más graves que tuvieran que permanecer en cama, los enfermos no contagiosos se incorporasen a la vida cotidiana del resto de alumnos y siguieran el programa escolar, aunque algunos, por sus condiciones, pernoctaran en el sanatorio.

Al poco de llegar, con buena alimentación y tratamiento la mayoría se recuperó con la rapidez que solo es posible a esas edades tempranas.

Lola se había ganado una excelente fama entre el personal sanitario y el cariño de los niños. Nunca tenía prisa por acabar y se quedaba con los que sentía que más la necesitaban haciendo las veces, desde sus diecisiete años, de hermana mayor.

Tenía a gala que, complementando los tratamientos dictados por los doctores, los cuentos, las canciones, las charlas, contribuían a reponer a los pequeños pacientes y algunos que habían estado desahuciados salieron adelante.

Por eso la muerte de José Camín la había dejado paralizada; daba vueltas a la cartilla sanitaria del niño sin saber qué hacer con ella hasta que el doctor la cogió de sus manos para firmar la defunción. Recordaba cómo, la tarde anterior, entre las toses de una tuberculosis sin solución, le había estado contando, adaptado, uno de sus cuentos asturianos. Le decía:

Una pequeña princesa, que había sido raptada por unos malvados, tenía dos palomas mensajeras: Jícara y Pólvora. Envió a esta última a su castillo para que su hermano, el príncipe José Camín, fuese a su rescate.

Todas las atardecidas soltaba a Jícara; tras unas vueltas por los cielos oteando el horizonte, regresaba con la princesa que le preguntaba: –Jícara, ¿viene Pólvora?

-Ni viene ni asoma.

-¡Ay pobre de mí, en este castillo sola!

Pero una tarde volvió Jícara diciendo:

–¡Viene Pólvora! ¡Ya asoma!

Al poco la Princesa vio llegar volando a su querida Pólvora y, abajo, guiados por ella, los ejércitos de su hermano que llegaba a rescatarla.

–O sea que, ya sabes: reponte, tienes que rescatar a la princesa… –Pero la vida no quiso asomarse ya para él.

Lola no podía permitirse que la pérdida de quien fue su primer fallecido le atenazara; los otros convalecientes la necesitaban No sólo eso, sino que comenzó con el curso de enfermería que se impartía en la ciudad, con horarios especiales de fin de semana para trabajadores sanitarios en activo.

El sanatorio contaba, en su recinto, con un jardín botánico de renombre en la región por la variedad de las plantas provenientes de todos los continentes. Allí aprovechaban los maestros de ciencias naturales para dar clases de botánica y de zoología. Había una gran variedad de insectos y multitud de especies de pájaros.

La chavalería lo tenía a su disposición para jugar. Los árboles, arbustos, parterres, incluso un laberinto de arizónicas, eran lugares inmejorables para jugar al escondite o a “tula”. Pero también para hacer maldades en alguno de sus muchos escondrijos y recovecos.

Lola estaba sentada en uno de los bancos de forja estudiando un manual de enfermería cuando oyó un alboroto de pájaros piando con desesperación. Se levantó y vio como seis o siete aves permanecían adheridas a una de las ramas bajas de un fresno. Uno de los chicos mayores, de unos de catorce años y otros dos de once, permanecían medio escondidos a pocos metros. Lola se acercó a la rama, los pájaros no podían volar por más que agitaran sus alas al verla aproximarse. Tocó con una yema de su dedo índice comprobando lo que sospechaba: había untado la rama con “liga” y puesto, encima, migas de pan. Los pájaros que acudían se quedaban pegados en ella.

Indignada, se dirigió al mayor de ellos, un asturiano de Quirós.

–Amadeo, ven aquí ahora mismo y que vengan también esos dos que están contigo.

Los dos pequeños salieron algo cohibidos, pero Amadeo avanzó hacia ella contoneándose y separando los brazos del cuerpo, como había visto hacer a los pistoleros en las películas del “oeste”.

–¿Qué pasa? –dijo con aire arrogante a Lola–. Solo son pájaros.

–¿Solo pájaros? Esto es un jardín en el que tienen derecho a estar y disfrutar igual que tú. No es un cazadero.

–En mi pueblo los cazamos y nos los comemos.

–En tu pueblo, como en el mío, se pasa hambre y hay que hacer lo que se pueda para comer. Aquí tienes de todo y los apresáis solo por maldad. ¡Ya los estáis soltando!

–¿Quieres que los suelte? –chilló Amadeo descontrolado–. ¡Pues ahora los suelto! –A la vez sacó unas tijeras de podar y llevándolas hacia las patas del pájaro más cercano, se las cortó de un tajo y acometía al segundo.

Lola corrió hacia él dándole un manotazo en las tijeras para apartarlas del pájaro.

– ¡Ni se te ocurra! Deja eso ahora mismo.

Amadeo se volvió con iracundo hacia Lola haciendo ademán de levantar la herramienta contra ella.

Alertado por la trifulca apareció Serguei, un enfermero joven de fuerte envergadura y agradables rasgos caucásicos, aunque en ese momento con el gesto contrariado con motivo del espectáculo. Se limitó a dirigir su índice hacia las narices del quirosano sin llegar a rozarle. Le dijo una frase en ruso que ninguno de los presentes entendió literalmente. Con la otra mano señalaba las tijeras que permanecían en alto sujetas por Amadeo, que las fue bajando con lentitud. Serguei continuaba señalando tanto la nariz como las tijeras hasta que, entendiendo el mensaje, el protagonista las dejó caer al suelo.

La siguiente frase de Serguei, aunque en ruso, la entendieron perfectamente: ¡A la Casa! Vamos al despacho del director.

Lola intentó que el tema se zanjara ahí, pero Serguei se mostró inflexible.

-¡Esto no se puede consentir!

-Pero antes soltad a los otros pájaros con cuidado –ordenó Lola.

Supervisados por Serguei y por ella misma, los iban liberando. El de las patitas cortadas no tenía solución; a los otros, antes de dejarles volar, ella misma les limpió los restos de pegamento de sus plumas y patas en una de las fuentes cercanas.

El director, Semión Kalabalín*, había sido alumno de Makarenko, el famoso autor del Poema Pedagógico; es decir que había sido uno de los jóvenes ex delincuentes que conformaron la Colonia Gorki.

Esa tarde puso en práctica el sistema de autodisciplina colectiva, en el que son los propios educandos, y no el superior jerárquico, quienes la aplican. Los responsables del grupo, elegidos entre los propios chicos de la Casa, debatieron el problema tras dar opción a los protagonistas para que dieran su versión.

La sanción consistió en que Amadeo, durante el mes siguiente, tendría que utilizar las tijeras de podar durante dos horas, pero para trabajar las plantas tras la jornada de clases, en vez de ir al “círculo de deporte”. Los sábados y los domingos, cuatro horas a recoger los restos de la poda para llevarlos al secadero antes de echarlos a la estufa como leña. Los más pequeños tendrían que construir, en el círculo de manualidades, cinco pajareras y colocarlas en un buen lugar para facilitar la anidación.

La tarea de poda y colocación de nidos sería supervisada por Ángeles Prieto, una de las alumnas, responsable del círculo de jardinería. Si no trabajaba con esmero, Amadeo no tendría derecho a postre ni a chocolate y esa jornada no computaría como trabajada.

-¡Makarenko puro! –dijo Serguei mirando a Lola, que sonreía con satisfacción.

En la Casa se habían organizado varios equipos de fútbol. En cada curso se habían formado al menos dos, uno de vascos, que eran mayoría, y otro de asturianos, a los que se sumaban de otras regiones para completar “el once”. Todos los domingos había partido y entre semana algún entrenamiento. Ese domingo se enaltecía la fiesta de “La Primera Hoz”, una antiquísima celebración rusa y ucraniana en la que se exaltaba el inicio de la cosecha. En realidad la celebración oficial era el 5 de julio, pero como había caído en laborable solo se había hecho la ceremonia consistente en un baile en el que las chicas llevaban coronas de flores en forma de diadema y se vestían con sus mejores galas. Todos los componentes de la Casa, salvo los que estaban convalecientes en el cercano hospital, habían bailado al son de la banda del “círculo de música”; tanto los alumnos, como los maestros y personal auxiliar rusos y españoles, habían tocado canciones ucranianas y también “Desde Santurce a Bilbao” y una jota aragonesa. Lola estaba radiante con una diadema de clavelinas rojas contrastando en su cabello rubio oscuro.

La costumbre dictaba que, tras varios bailes, sacaran cada una a un chico, por lo que acababan bailando casi todos. Lola sacó a Serguei. Esther Álvarez insistió sin éxito en sacar a bailar al director, pero Semión, aunque caballerosamente le hizo una reverencia, se negó en redondo: no se veía él en esa tesitura. Y acabó sacando a Rufino Acebal, un apuesto enfermero jacetano.

El domingo día 10 de julio habían programado completar los festejos. Entre ellos se había organizado un partido de fútbol con la selección de la Casa y un equipo de uno de los colegios de la población: el Iskrá (estrella o chispa ) de Eupatoria. El equipo titular Ispansi estaba formado por seis vascos, tres asturianos, un granadino y un leridano.

El resultado fue uno a tres a favor de la selección de españoles.

–¡El mismo resultado que la selección vasca contra la georgiana del año pasado! –dijo Angulo, que era el pequeño masajista del equipo y que tenía fama de brujo por su habilidad para curar las lesiones*.

Angulo se refería a que el año anterior, a mediados de junio de 1937, la selección vasca, en la gira internacional para recaudar fondos para la República, había llegado a la URSS y disputado nueve partidos. En ella estaban Lángara, Regueiro, Gorostiza y otros insignes futbolistas cuyos nombres conocían al detalle los españolitos. Los nueve partidos fueron contra los mejores equipos soviéticos como el Dínamo de Leningrado y el de Kiev, el Spartak de Moscú y selecciones de varias repúblicas. Ganaron siete, empataron uno y perdieron otro. Entre los ganados estaba el del “uno a tres” que decía el pequeño masajista. La prensa soviética enfatizó, en primera plana de los deportes, la diferencia técnica entre unos y otros, y los entrenadores rusos, durante las décadas posteriores, reconocieron abiertamente que el salto adelante del fútbol ruso se produjo a partir de esa experiencia.

La selección vasca había desconcertado a los soviéticos. Pero no solo con el fútbol. El domingo día 20 de junio, antes de disputar el encuentro con el Spartak de Moscú fueron a la embajada de Finlandia a oír misa. Las autoridades estaban sorprendidas: mientras que la prensa internacional había difundido que en España los republicanos quemaban iglesias y asesinaban sacerdotes, el equipo representante de la Euskadi republicana se iba a misa: “¡No hay quien entienda a ese país!”.

***

La selección vasca, además de alguna iglesia, visitó también varias Casas de niños; el 15 de agosto del año 1937 habían ido a Moscú, a la de Obrinskaya, de donde venía el pequeño Alonso, que se lo contaba a todo el que le quería oír. Ese día los pequeños jugaron un partido que arbitró nada menos que Luis Regueiro. De ese partido salió la iniciativa de organizar otro entre los niños españoles que, en ese momento, aun eran mayoritariamente vascos y una selección de colegios de Tibilisi que se celebró el 11 de septiembre de 1937. Los españoles dejaron en buen lugar a sus mayores de élite y derrotaban a los de Tibilisi por dos a uno. En ese equipo jugaría Ruperto Sagasti, un navarro con trece años en aquel momento que llegaría a jugar en el Krylya Sovetov y en el Spartak en primera división y que ocupó la cátedra de fútbol soviético desde 1957, durante décadas.

–Tengo unas entradas para ir al ballet. Ponen la obra Don Quixote. Con ese nombre he pensando en ti, si quieres acompañarme –le dijo Serguei a Lola–. Baila nada menos que Marina Semiónova, viene en una gira del teatro Bolshoi.

–Serguei, me encanta la música, pero no he visto un ballet en mi vida. No sé si otra persona más culta lo aprovecharía mejor que yo.

–¿Cómo que una persona más culta? Tú lo eres. Para mí eso significa tener ganas de aprender y sensibilidad para hacerlo. Cada vez que has tenido oportunidad has sido una esponja absorbiéndolo todo. Además, ¿qué piensas?, yo soy un simple aficionado. Aquí el teatro, los conciertos, la danza, son asequibles para trabajadores normales como nosotros. No podría encontrar mejor compañía… Entonces, ¿qué me dices?

–Pues que encantada de ir. Te lo agradezco, de verdad.

La noche del espectáculo Serguei estaba más pendiente de su acompañante que del escenario. No paraba de mirarla por el rabillo del ojo. Lola se había recogido el pelo, después de trenzarlo en un moño, a la moda ucraniana procedente de algunas etnias cosacas.

Salió encantada de la obra.

–La bailarina parecía volar –describía Lola abriendo los brazos.

–Es alumna de la mejor profesora europea, de la legendaria Agrippina Kagánova y tiene fama de ser la más aventajada. Los entendidos dicen que es la sucesora de Anna Pavlova.

–Lo de la Pavlova sí me suena. Hasta en España se menciona ese nombre para decir que alguien baila bien.

El paseo tras el teatro les llevó hasta las orillas de la playa. Ese día de julio había sido especialmente caluroso y se agradecía la brisa del Mar Negro. Se sentaron a charlar en la arena sobre lo que había sido una nueva experiencia para ella.

Al poco, delicadamente, Serguei acarició la nuca de Lola, justo por debajo del moño en forma de tirabuzón. Con suavidad, Lola apoyó su mano en el antebrazo de Serguei apartándolo con una ligera presión.

–No, Serguei; no sigas, lo siento.

-¿Es que no te gusto? Pensé que sí –dijo sin andarse con circunloquios y de forma directa, al estilo ruso.

-La mayor parte de las auxiliares y enfermeras de nuestra edad se sien- ten atraídas por el más guapo del sanatorio que, desde luego, eres tú. Y yo no soy menos. Me enorgullece que te intereses por mí; pero mejor no seguir por ese camino, precisamente porque no debo aumentar mis vínculos aquí. Deseo volver a España en cuanto sea posible. No quiero que nada me retenga. Estoy de paso y no quiero echar raíces.

Le dio un beso en la mejilla a la vez que se ponía en pie invitándole a que la acompañara hasta la Casa.


Notas:

* Semión Kalabalin, tras su paso por una cárcel de jóvenes, fue alumno de Makarenko. Años después, ya titulado como pedagogo, fue director de una Casa de Niños Españoles, la de Solnechnogorst, cerca de Moscú, en la que estuvieron evacuados niños españoles durante la guerra, aunque aquí se le sitúa literariamente en la nº6 de Eupatoria, como homenaje a esa escuela de pedagogos.

* Angulo fue médico del Atlético de Madrid tiempo después de su vuelta a España.


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Pisaré sus calles nuevamente. Todos los capítulos publicados
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Capítulo 25 Eupatoria (Crimea). Julio de 1938