domingo 31.05.2020

Pedro Sánchez y el precipicio

Si hay una característica común a la mayoría de los políticos españoles es la falta absoluta de humildad. Parece como si al alcanzar un triunfo electoral, por menguado que este sea, la personalidad del vencedor se transforma y como dibuja Peridis desde hace tanto tiempo el presidenciable se sube a la esfinge y mira a los demás desde las alturas pretendidas. Sucede otro tanto a los perdedores, que nunca reconocen esa situación, sino que sea cual fuere el resultado obtenido siempre encuentran un motivo para transformarlo en triunfo indiscutible. Es una situación extraña que venimos padeciendo desde el principio de los tiempos, sin haber aquilatado su valía o su vocación de servicio al interés general, el candidato se toma la contienda electoral como algo personal, y jaleado por los suyos, va subiendo peldaños hasta subir hasta las más altas cimas de la nada. El endiosamiento que gastan nuestros políticos, excepción hecha quizás de Rodríguez Zapatero, es incompatible con el diálogo, también con el acuerdo sobre un programa de mínimos que asegure un gobierno fuerte capaz de llevarlos a cabo. Se tiene que hacer lo que yo digo, y si no se hace, después de mi el diluvio. Me es indiferente.

Oí con atención el discurso del candidato a Presidente del Gobierno, Sr. Pedro Sánchez, y al contrario que a la mayoría de tertulianos y opinadores, a mi me gustó. Fue un discurso de izquierdas en el que anunció una gran cantidad de proyectos e iniciativas tan necesarias como sabidas porque estaban todas expuestas en el programa electoral del Partido Socialista. Me parece que todas y cada una de las medidas anunciadas no sólo son necesarias, sino urgentes. Ocurre, sin embargo, que ese largo discurso del candidato tenía un pequeño defecto: Sánchez hablaba como si todos los cabos de las cuerdas del poder estuviesen atados, como si hubiese llegado a un acuerdo que le garantizase la posibilidad de presidir un gobierno de progreso capaz de navegar por esas procelosas aguas durante los próximos cuatro años. Sorprendentemente, y trascurridos tres meses desde la celebración de las elecciones generales, Sánchez no había pactado nada con nadie, ni con los socios preferentes de Unidas Podemos, ni con el PNV, ni con ERC, ni siquiera con Compromís. Nada de nada. Subido antes de tiempo a la esfinge, Sánchez hizo un discurso que perfectamente podía haber hecho Pablo Iglesias pero sin contar con él ni con su partido para nada, como si fuesen apestados, como si no le hiciesen falta, sobrado que va uno. Hoy, por si no se había dado cuenta, un parlamentario serio muy alejado ideológicamente del que esto suscribe, Aitor Esteban, le ha recordado que sólo tiene 123 diputados, que le faltan 53 para la mayoría absoluta y que en esas condiciones, en todas las partes del mundo, es menester negociar, y negociar es llevar adelante parte del programa propio y renunciar a otros puntos para adecuar las pretensiones del socio. Así de sencillo. La apelación de Sánchez al Partido Popular, situado hoy por hoy en la extrema derecha de la mano del titulado Casado, es lo mismo que escupir al cielo.

La responsabilidad del Presidente del Gobierno en estas horas cruciales es tan grave que de él, y casi exclusivamente después de la renuncia de Iglesias, depende que tengamos un gobierno democrático progresista u otro reaccionario que termine de hundirnos en las más altas cimas de la miseria

Es cierto que en el Estado español -hay territorios en que si existe esa cultura- no ha habido nunca gobiernos de coalición, que no se está acostumbrado a gobernar con ministros de otras formaciones políticas que en un momento dado puedan llevar la contraria al jefe o crear disensiones en el seno del Consejo de ministros, pero la verdad es que cuando no se tiene mayoría absoluta -y en Europa casi ningún partido goza de esa situación-, es necesario, vitalmente necesario, sacrificar los egos, los programas máximos y los cotos cerrados, dando paso a algo tan difícil y bello como el diálogo permanente para la ejecución del programa previamente acordado, sin que ello suponga en ningún momento admitir la deslealtad, punto este que siempre se recoge en las normas de funcionamiento de la coalición, normas que en todos los casos, tal como recoge nuestra legislación, reconocen al Presidente la capacidad máxima de decisión y la posibilidad de disolver el Gobierno cuando así lo crea conveniente.

Dicho esto, en este momento de incertidumbre, es necesario volver a recordar al Presidente en funciones que tiene la obligación moral e ideológica -lo digo por las siglas todavía vigentes en su partido- de formar un gobierno de progreso, un gobierno de izquierdas que repare y supere las burradas sociales, económicas y culturales desarrolladas por la derecha durante el reinado de Mariano Rajoy. Se puede exigir un compromiso firme y manifiesto de respetar las políticas de Estado, las directrices que respecto a ellas marque el futuro Presidente, lo que no se puede admitir en situación tan crítica como esta, es que se vete a los dirigentes de la formación con la que se pretende gobernar o de la que se solicita el apoyo imprescindible para gobernar. No queda otra que compartir el gobierno, no hay más opción que bajarse de la esfinge y ponerse el traje de faena, el de andar por casa, arrojar la soberbia al cubo de la basura y aceptar las razones del otros, en muchos casos tan próximas ideológicamente. Los vetos personales, las fobias, las manías, los miedos nos pueden abocar, casi con toda seguridad, a un gobierno estatal de la ultraderecha formada por el Partido Popular, Ciudadanos y Vox, hijos todos de la misma madre y del mismo padre, y con un programa político y económico tan brutal y destructor que nos puede llevar en breve a repetir episodios tan tristes de nuestra historia como evitables. 

La responsabilidad del Presidente del Gobierno en estas horas cruciales es tan grave que de él, y casi exclusivamente después de la renuncia de Iglesias, depende que tengamos un gobierno democrático progresista u otro reaccionario que termine de hundirnos en las más altas cimas de la miseria. Nadie piense que en las próximas elecciones de noviembre, si optan por hacerlo tan rematadamente mal, la izquierda va a sacar más votos, será todo lo contrario. Con todo lo que hay por hacer, por favor, no nos condenen a vivir en el infierno. Cuatro años más serán irrecuperables.

Pedro Sánchez y el precipicio