martes. 21.05.2024
EEUU

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Para dar clases de democracia es preciso que exista en tu país. Desde su nacimiento como nación Estados Unidos ha estado en guerra permanente, primero con los nativos americanos, a los que llegaron casi a exterminar y que hoy apenas tienen relevancia alguna en los lugares donde reside el poder y la fama, luego entre ellos, después contra el mundo disidente. Hasta que Rosa Parks se atrevió en 1955 a sentarse en los asientos destinados para blancos en un autobús de Montgómery, en Alabama, siendo detenida y vejada, los negros de aquel país sólo eran mano de obra barata sin categoría de ciudadanos, carne de cañón, de guerra, de hambre, de comisaría, cosa que siguen siendo hoy pero que pueden evadir mediante el baloncesto, el beisbol, el atletismo, el fútbol o, en algunos casos, el cine y la literatura. Igual sucede con los hispanos, lo mismo con los procedentes asiáticos, árabes y africanos, salvo que tenga algo que aportar a la industria farmacéutica, militar o digital. No existe democracia cuando tienes ochocientas bases militares repartidas por todo el mundo, cuando intervienes en todas las guerras del planeta, cuando sólo puedes elegir entre dos partidos de derechas, cuando el Tribunal Supremo lo elige el Presidente, cuando la primera de las libertades y a la que supeditan todas las demás es la propiedad, cuando la caza de brujas que comenzó en los años treinta y llegó a su punto álgido con el senador McCarthy, no ha cesado todavía, cuando se mantienen recluidos en condiciones infrahumanas a cientos de enemigos en la colonia de Guantánamo, cuando se tienen más de dos millones y medio de presos y la tasa más alta del mundo de reclusos por cada cien mil habitantes, cuando no existe la Seguridad Social o cuando se apalea brutalmente a quienes protestan en las universidades contra la masacre perpetrada por Israel en Gaza ante el silencio de todo el mundo.

No existe democracia cuando tienes ochocientas bases militares repartidas por todo el mundo y cuando intervienes en todas las guerras del planeta

No sé si las palabras tienen o no sentido cuando la barbarie sustituye a la diplomacia, al diálogo, a la transacción, a la paz, cuando quienes odiamos la guerra como una de las expresiones más irracionales, primitivas y terroríficas del hombre, somos arrinconados y nos plegamos a los que la aman y piensan que es la continuación de la política con otros medios, creo que sí, que la palabra, que las palabras, cuantas más mejor, son imprescindibles contra la barbarie, pero no bastan, no son suficientes para detener los modos y los hábitos del hombre sin evolucionar, de aquellos que siguen demostrando con sus actos sangrientos que hay muy poca diferencia entre el hombre que preparaba un mazo en la puerta de su cueva para romperle la cabeza al vecino y el que ahora trabaja diseñando armas cada vez más mortíferas en un laboratorio o el que las usa para hacer desaparecer a millones de personas y borrar su paso y el de los suyos por la vida. La misma barbarie, la misma incapacidad para amar, la misma codicia, igual crueldad sólo que una capacidad mortífera multiplicada por un millón.

Estados Unidos está en el origen de la guerra de Ucrania. Basta ya de engañar y engañarnos. A estas alturas nadie va a defender a un tipo con Putin, pero nada de esto habría sucedido si la OTAN, dirigida y diseñada por Norteamerica, no hubiese cercado a Rusia de bases militares y misiles de todo tipo en las antiguas repúblicas soviéticas dentro de una estrategia dirigida a provocar nuevas secesiones y a evitar su alianza con China, ahora en el centro de la diana del Pentágono después de haber derivado allí miles de industrias para abaratar costes y pagar menos a los trabajadores de cada país. Del mismo modo, tampoco habrían tenido lugar las masacres de inocentes, los delitos contra la Humanidad, los asesinatos masivos que está llevando a cabo Israel poniendo como pretexto los salvajes atentados terroristas de Hamás, porque Hamás, entre otras cosas, contó con el apoyo israelita para debilitar a la Autoridad Palestina, porque Israel no hace nada sin la aprobación del Pentágono y la CIA, porque las armas con las que asesinan y destruyen hasta dejarlo todo reducido a montañas de escombro y hueso son made in USA. Estados Unidos ve peligrar su hegemonía y optado, de momento, por potenciar la guerra en los límites de los dos nuevos mundos que vienen, el Occidental y el Oriental.

En ese nuevo reparto mundial, en esa nueva guerra fría se nos intenta decir que una parte del mundo estará bajo el dominio de regímenes totalitarios, los de Oriente, y de regímenes de libertad, los de Occidente. Sin embargo, la realidad es otra, Estados Unidos podría estar gobernada dentro de unos meses por Donald Trump, representante paradigmático del nuevo fascismo, al que sus seguidores votarían aunque antes de las elecciones hubiese matado a cien personas con un fusil repetidor en la Quinta Avenida. El troglodita Milei ha sido votado mayoritariamente por los argentinos, habitantes de un país que saben de sobra como las gastan personajes de su calaña, en El Salvador, Nicaragua y Ecuador mandan tres liberticidas y los sueños de América se confunden con la pesadilla que amenaza Europa, la Europa de los Derechos Humanos que calla abrumadoramente ante las matanzas de palestinos. Un multimillonario extremista derechista inglés embarca a los emigrantes para deportarlos a Ruanda, Orban continúa recibiendo las ayudas europeas como si gobernase en una democracia, Meloni se afianza en Italia viendo como cada vez más desalmados pasean por las calles de sus ciudades brazo en alto entonando himnos fascistas, Holanda y los países nórdicos -otrora ejemplos democráticos- regresan al pasado y olvidan lo que fueron. En Francia, la ultraderecha está a un paso de llegar al Palacio del Eliseo y en España, la derecha se comporta como si Franco hubiese sido el primer demócrata.

Estamos vendiendo nuestra alma al diablo, pero todavía estamos a tiempo de rectificar, de impedir que la locura fascista se adueñe de nuevo del mundo

Hemos callado durante demasiado tiempo, hemos dejado gritar a los amantes del odio como si nada fuese con nosotros, hemos permitido que nuestro silencio acompañe a los mayores atentados contra nuestros derechos y libertades, hemos consentido que nos privaticen hasta el iris de los ojos, hemos aprendido a no sentir nada por el dolor de los demás, a ver al otro como enemigo salvo que sea de nuestra cuerda, estamos perdiendo la capacidad vital de la indignación, esa que de tenerla nos habría hecho salir a las calles para impedir que entregasen la Educación al clero, los hospitales a empresas multinacionales que solo buscan el beneficio, las viviendas a fondos buitre y a turistas, la paz a quienes adoran la guerra. Estamos vendiendo nuestra alma al diablo, pero todavía estamos a tiempo de rectificar, de impedir que la locura fascista se adueñe de nuevo del mundo. Nada es inevitable.                           

La democracia que exporta EEUU