viernes 19.07.2019

La inmensa responsabilidad de la socialdemocracia

Foto: Web Moncloa | Borja Puig
Foto: Web Moncloa | Borja Puig

En Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, publicada en 1899, Eduard Bernstein criticaba algunos de los postulados expuestos por Marx y Engels desde la publicación del Manifiesto Comunista en 1848. Según Bernstein, los socialistas no podían seguir las doctrinas de Marx como si fuesen un catecismo porque a principios del siglo XX habían cambiado muchas variables: La burguesía se había dividido pariendo en su seno a un sector susceptible de abrazar las teorías socialistas; los trabajadores no eran tampoco un todo homogéneo sino que también se habían dividido y defendían intereses contrapuestos de acuerdo con sus ingresos, la comodidad o la penosidad de su trabajo, y la dictadura del proletariado no tenía sentido cuando por las vías sindical y parlamentaria se podía llegar a la revolución sin necesidad de un levantamiento violento. 

Bien argumentadas en muchos aspectos, las teorías de Bernstein, que con el tiempo serían aceptadas por todos los partidos socialistas de Europa, obviaban que el método analítico marxista llevaba en su seno un mecanismo antidogmático magnífico: El materialismo dialéctico, método inspirado en Hegel y surgido de las críticas de Marx y Engels a Feuerbach. Empero, el revisionismo de Bernstein, que fue rechazado en su tiempo ante la pujanza de las ideas de Kautsky, fue abriéndose paso en los distintos partidos socialistas del continente hasta convertirse en la corriente dominante tras la II Guerra Mundial. En el camino, el socialismo legal se había dejado buena parte de su equipaje, marcando un hito terrible cuando la socialdemocracia alemana en el poder participó en el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en 1919: Ambos habían denunciado la guerra mundial como un conflicto imperialista y pedían, al igual que Jean Jaurès, que los trabajadores no participasen en ella. Fue el principio de la socialdemocracia nacional que, pese a la Internacional, se preocupaba exclusivamente de lo que sucedía dentro de un Estado, importándole muy poco lo que pudiera sucederle al vecino.

Pedro Sánchez se ve incapaz de llegar a un acuerdo programático con Podemos que permita un gobierno de progreso en España. Da igual si está Pablo Iglesias o si está Pedro Sánchez, importan las ideas y las ideas se plasman en un programa

Tras la II Guerra Mundial, las ideas socialdemócratas fueron aceptadas por casi todos los países de Europa Occidental y sirvieron -para cortar la influencia soviética- como base para la construcción del Estado del Bienestar al que los españoles llegamos varias décadas después. A finales de los años setenta y principios de los ochenta, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, de acuerdo con las principales corporaciones mundiales y las instituciones económicas supranacionales, pusieron en marcha la dictadura del neoliberalismo que dura hasta nuestros días reforzada por la globalización del poder capitalista, capaz de acabar con todo tipo de vida en el planeta si con ello aumenta la cuenta de resultados de cuatro desgraciados que en el futuro dispondrán del Mundo entero, arrasado, para ellos y no tendrán a quien explotar. En plena ola de devastación y destrucción neoliberal, los partidos socialistas europeos han visto menguar su poder, siendo relegados en ocasiones a tercera o cuarta fuerza política. Y no es porque la gente se haya derechizado masivamente, que algo hay de eso cuando han calado tanto los mensajes xenófobos y se aplaude a un patán como Salvini por ayudar a convertir en el Mediterráneo en una inmensa fosa común, sino que la socialdemocracia lleva más de treinta años bailándole el agua a la derecha ultraliberal, a la que promueve las privatizaciones, las externalizaciones, la bajada de impuestos directos a los más ricos, la tolerancia con el fraude fiscal, las leyes represivas o la laminación de los sistemas públicos de pensiones hasta hacerlos inviables. La izquierda socialdemocrata no es que esté perdida, que no se encuentre, es que se ha acostumbrado a mentir, y es verdad que el hombre es capaz de tropezar mil veces en la misma piedra, pero llega una vez que dice no, en esa piedra ya no tropiezo más, doy una vuelta y tiro por aquel otro camino, o, simplemente, quito la piedra de enmedio y sigo mi camino.

Pedro Sánchez ha trabajado duro en Europa para conseguir un acuerdo que permitiese repartirse el poder en las instituciones europeas. Él y otros colegas han estado cuarenta y ocho horas sin dormir para llegar a un acuerdo. Han tenido que ceder, ya se sabe, para llegar a acuerdos no se puede ir con eso de que aquí se hace lo que yo digo o rompo la baraja. Pero claro, hay cosas que son invendibles, incomprensibles y, además, estúpidas. Para cualquiera que se considere de izquierdas es inadmisible que una persona procesada por corrupción, que ha acusado a nuestros mayores de vivir demasiado, que preconiza la privatización de los sistemas públicos de pensiones, que ha estrangulado desde el Fondo Monetario Internacional la recuperación de decenas de países en dificultades, hundiendo en la miseria a millones de personas, sea la encargada de dirigir el Banco Central Europeo, entidad encargada de lidiar con la próxima crisis que nos echen encima. La elección de Christine Lagarde para un puesto de esa responsabilidad es una declaración de intenciones de la Europa que siguen queriendo los más conservadores con la colaboración de la socialdemocracia, dando la impresión con ese reparto de puestos tan viejuno y malvado de que el futuro de la Unión Europea les importa un pimiento y mucho menos el de los europeos. Entre las distintas personas que podrían haber ocupado ese cargo, sólo se me ocurre peor a Henry Kissinger o a Rodrigo Rato, pero afortunadamente éste último deberá pasar unos años a la sombra, cosa que tal vez no impida que Lagarde tenga la misma suerte en un futuro próximo. Entonces, de verdad, ocuparía el lugar que merece.

Mientras en esas sesiones maratonianas los dirigentes socialistas europeos, incluido el español, tragaron con Lagarde al frente del Banco Central Europeo y con la muy conservadora Úrsula von der Leyen para dirigir la Comisión europea -ya sabemos lo que nos espera-, Pedro Sánchez se ve incapaz de llegar a un acuerdo programático con Podemos que permita un gobierno de progreso en España. Da igual si está Pablo Iglesias o si está Pedro Sánchez, importan las ideas y las ideas se plasman en un programa que ambos partidos se tienen que comprometer a desarrollar e implementar en los próximos cuatro años. Sí, es cierto, aún así faltarían once diputados para la mayoría, pero no creo que ese sea el problema, creo que encontrarían muy pocas dificultades para encontrarlos en el PNV, ERC, Compromís y el Partido de Revilla, y en todo caso se podría contar ocasionalmente con los votos de unos u otros en el devenir parlamentario. La cuestión es otra, por un lado la querencia del líder socialista, que hizo una campaña electoral apelando al voto de izquierdas, a pactar con la derecha como bien demostró cuando en las pasadas lo hizo con Ciudadanos en un abrir y cerrar de ojos; por otra, la creencia absurda de que unas nuevas elecciones darían más diputados al PSOE; por último, la seguridad que siguen teniendo muchos dirigentes socialistas de que pueden seguir mintiendo y gobernando contra las ideas que fueron causa de su existencia. Podemos, no queda exento de responsabilidad al exigir su presencia en el Gobierno como sin ello les fuera la vida, y no, no es eso, lo único importante es el programa a firmar. Tienen ambos veinte días para hacerlo. Suficiente. Si nos convocan irresponsablemente a nuevas elecciones poniéndonos en riesgo de ser gobernados de nuevo por los tres partidos de extrema derecha, sólo les deseo que en el futuro no encuentren una sola noche de sosiego.

La inmensa responsabilidad de la socialdemocracia