miércoles 11.12.2019

La campaña política de las emociones

Nuestras sociedades hoy se caracterizan por una alta desconfianza y polarización política y social. Si bien los candidatos siguen siendo centrales para generar adhesión o rechazo, el programa queda relegado casi a la marginalidad y los mensajes se centran en elementos altamente emocionales

En pocos días España se subirá a la vorágine de las campañas electorales en un momento especialmente complejo y de alto voltaje emocional. Calentamos motores para afrontar unas elecciones generales el 28 de abril para construir una nueva mayoría política y un nuevo presidente del gobierno con la que afrontar los desafíos a los que se enfrenta el país. Apenas sin descanso, partidos, medios de comunicación y ciudadanos nos veremos inmersos en una nueva campaña para las elecciones municipales, autonómicas y europeas para votar de nuevo el domingo 26 de mayo. Durante los próximos meses, el márketing político, la propaganda, el ruido y la confrontación política vendrán a ocupar el centro de atención de la opinión pública y publicada relegando a un segundo plano otros acontecimientos de relevancia económica y social.

Esta campaña electoral será diferente a cualquier otra del pasado. Tradicionalmente suelen girar en torno a tres elementos fundamentalmente: el candidato, el programa y la estrategia. El primer paso es contar con candidatos y candidatas sólidos, carismáticos, fiables y confiables. El segundo es el programa electoral, que pretende convertirse en la guía de la acción de gobierno y constituye la promesa de valor de un candidato o candidata y su partido para conseguir llegar al poder. El tercero es el de la estrategia, en el que el mensaje o los mensajes constituyen el eje central y que, según los cánones de la comunicación política, deben ser claros, fáciles de entender y hay que repetirlos machaconamente por todos los canales disponibles sin descanso.

Sin embargo, las diferentes elecciones de 2019 van a regir por otras claves como demostraron las elecciones andaluzas de diciembre de 2018. Nuestras sociedades hoy se caracterizan por una alta desconfianza y polarización política y social. Si bien los candidatos siguen siendo centrales para generar adhesión o rechazo, el programa queda relegado casi a la marginalidad y los mensajes se centran en elementos altamente emocionales que en algunos casos nada tienen que ver con las competencias a gestionar. El caso de Andalucía demostró que el conflicto en Cataluña, ajeno a las competencias de la Junta de Andalucía, fue determinante para la pérdida del poder del PSOE y la emergencia de la extrema derecha de Vox. La campaña fue muy emocional y polarizada en el que los argumentos racionales y los programas electorales fueron irrelevantes frente a los mensajes emocionales de confrontación con el adversario.

En los últimos años se ha acusado a la política de falta generalizada de referentes y liderazgos. Hoy parece que eso se ha corregido con la llegada de una nueva generación de jóvenes políticos al frente de los principales partidos políticos. Sin embargo, la duda reside en si éstos serán capaces de ejercer un liderazgo que permita reconstruir el vínculo emocional y de credibilidad con los ciudadanos. Hay dudas al respecto, ya que asistimos con preocupación a un revival y fascinación por los liderazgos caudillistas que se apoyan en algunos casos en valores excluyentes y de rechazo al otro, incluso cuestionando el principio de representación. La emergencia de Vox y su discurso xenófobo y excluyente, y la legitimización como actor relevante que le han otorgado PP y Ciudadanos dándoles tribuna a su mismo nivel en la manifestación de la Plaza de Colón del pasado mes de febrero, supone un cambio importante en el lenguaje y las estrategias de campaña.

Vivimos momentos de incertidumbre, de cambio de paradigma y de nueva era en la que viejo mundo no acaba de morir, pero el nuevo mundo no acaba de imponerse. La incertidumbre, y sobre todo el miedo, constituyen probablemente el más temible de los demonios de nuestras sociedades de hoy, y algunos saben sacar rédito de él. Las campañas electorales van a estar marcadas por los discursos altamente emocionales de confrontación en una nueva versión política del “matar o morir”, esto es, un discurso basado en la aniquilación del contrario. La crisis de la política tiene mucho que ver con la crisis del lenguaje de la política, como bien describe el CEO de The New York Times Mark Thomson en su libro “Sin palabras: ¿qué ha pasado con el lenguaje de la política?”. Thomson describe bien que asistimos a un preocupante aumento del uso de un lenguaje agresivo incluso violento para descalificar al adversario que polariza crispa todavía más el debate político convirtiendo la arena política en un lodazal del que nadie sale bien parado. 

La política siempre ha estado vinculada a la emoción, pero se está utilizando hoy más para la división y la polarización que para construir un proyecto político inclusivo. Liderar y gobernar hoy en sociedades posmodernas se fundamenta en crear nuevas coaliciones mediante liderazgos inclusivos y colectivos que permitan articular mayorías plurales y complejas en vez de buscar nuevos profetas. El liderazgo tiene mucho que ver con liderar el terreno de las ideas y de los relatos, y una buena idea mal contada o mal transmitida, se convierte en una idea de poco recorrido. La nueva política de los partidos tiene que volver a construir relatos con los recursos de la emoción para construir nuevas pequeñas grandes historias que movilicen a los ciudadanos. Esto es, elaborar nuevos relatos para la construcción de nuevas coherencias que genere un círculo virtuoso de aceptación y movilización. 

Las democracias liberales modernas tal y como las hemos conocido en el último siglo, se basaban en una gran conversación entre los dirigentes políticos y los ciudadanos. Los ciudadanos somos cada vez más post-demográficos, esto es, nos identificamos en poli-pertenencias identitarias, territoriales, políticas, sociales y culturales, por lo que los discursos simplistas y reduccionistas son poco útiles, aunque alimenta nuevos movimientos populistas o xenófobos ante la incapacidad de las instituciones y partidos tradicionales de encontrar respuestas a la enorme complejidad de nuestras sociedades. En este contexto, necesitamos nuevos liderazgos con habilidades de seducción y convicción para gestionar una época compleja no exenta de riesgos y contradicciones. Es precisamente en situaciones como éstas donde la política necesita de la emoción para contrarrestar momentos como estos "donde nacen los monstruos de la historia" como proclamó el pensador italiano Antonio Gramsci. Emociones y pasiones pueden convertirse en el revulsivo para construir nuevas mayorías inclusivas, o pueden condenarnos a más división y crispación. 

La campaña política de las emociones