Aznar, un “diosecillo” sin altar ni aureola

“De todas las ilusiones, la más peligrosa consiste en pensar
que no existe sino una sola realidad: la propia”.

Paul Watzlawick


La ignorancia o desmemoria de algunos políticos es a veces asombrosa. Se imponen un “alzheimer voluntario” para librarse u olvidarse de demasiadas palabras y hechos de su incómodo pasado.

Hay personas de las que se puede afirmar sin posibilidad de equivocarse de que “genio y figura, hasta la sepultura”: son aquellas cuyas características psicológicas perduran inamovibles, incluso se acentúan, con el paso del tiempo. Este refrán se puede utilizar con un matiz positivo -quien mantiene una personalidad coherente y firme-, aunque, generalmente, la interpretación suele ser la contraria. Rufián y Aznar en su comparecencia en la comisión parlamentaria son casos paradigmáticos de esto último. Al analizar al “personaje”, dependiendo de quien lo haga, no es difícil caer o en halago inmerecido o en la descalificación. De Rufián y su histrionismo parlamentario ya escribí algunas reflexiones. Hoy lo hago sobre José María Aznar, cuyo partido, como ha dicho en la comparecencia, “le quiere mucho”, especialmente su “sosias” Pablo Casado.

Para describir a una persona hay que tener en cuenta una serie de diversas categorías, centrada cada una en un aspecto descriptivo diferente. Si la “prosopografía”, derivada del griego, significa descripción de una persona por su aspecto y rasgos apreciables a la vista, “etopeya” es la descripción de los rasgos psicológicos y morales del personaje, englobando todo lo que es como individuo: describe la apariencia interna del personaje: comportamiento, personalidad, carácter… Ambas, “prosopografía y etopeya”, son necesarias. Erich Fromm, a la pregunta “¿qué es el hombre?”, frente a las interpretaciones de los conductistas, introduce un concepto dinámico del carácter; señala que para precisar el sentido de “lo humano” es necesario entender el universo social en el que vive y actúa como persona; no como ser abstracto y robotizado, sino como ser vivo tocado “por lo social”, que es lo que configura la formación del carácter.

Con la aportación objetiva de las pruebas, los buenos historiadores no dudan en describir al personaje desde diversas facetas, de modo que el análisis de su personalidad se lleva a cabo con un enfoque complejo de contextos y características personales, partiendo de su formación profesional y cómo sus experiencias pasadas han influido en lo que ha hecho y dicho: su aspecto físico, que explica y revela a la vez su apariencia y sirve de secuencia interesante de su comportamiento social, su conducta, sus ideas y creencias, sus ambiciones y metas, sus emociones y motivaciones, las responsabilidades asumidas, sus amistades y enemistades, sus decisiones, la coherencia en sus acciones, sus conflictos, sus aciertos y errores como resultados de su gestión en la historia; en suma, un análisis serio para ofrecer una perspectiva de su personalidad y que permita definir la sinceridad del personaje. Desde este entramado de ideas, con mi subjetividad, quiero proyectar mi visión y juicio sobre Aznar.

La ignorancia o desmemoria de algunos políticos es a veces asombrosa. Se imponen un “alzheimer voluntario” para librarse u olvidarse de demasiadas palabras y hechos de su incómodo pasado. Con ocasión de la comparecencia en la comisión parlamentaria del expresidente del gobierno y expresidente del Partido Popular (el presuntamente citado “J.M.” de los papeles de Bárcenas, que él niega reiteradamente), los comentarios y juicios sobre su intervención han sido innumerables. Recuerdo esa jugosa crónica escrita por el ínclito Manuel Vázquez Montalbán titulada “La aznaridad: por el imperio hacia dios o por dios hacia el imperio”; es un relato mordaz de la transformación sufrida por un joven inspector de Hacienda, que se vanagloriaba de no tener carisma, hasta situarse en la primera fila de la derecha europea, en la presidencia del gobierno español y en la cúpula imperial de George W. Bush y protagonista del trío de las Azores. A lo largo de diez capítulos Vázquez Montalbán cita algunos de los hitos del presidente: el decretazo, su afán privatizador, la “real boda” en El Escorial, su compleja relación con el rey Juan Carlos, la reconquista de Perejil, su control del chapapote a una prudente distancia, su foto en las Azores y el consiguiente apoyo y participación en la guerra de Irak, su transformación en cultivador de imperios al encontrarse con ese estadista mundial que le invita a comer “tamales mexicanos” y fumarse un puro, su pertinaz mentira sobre el atentado y ETA en el 11M… La “aznaridad”, ¡qué buen libro, fundamental para llegar a conocer al personaje “Ansar”.

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Ver a Aznar haciendo gala de su altanera soberbia y su perfil de “perdona vidas” durante su comparecencia por la financiación irregular del PP nos retrotrae a oscuros años de su gestión como presidente del gobierno en democracia

Se gusta mucho Aznar a sí mismo, tanto que se recrea en su onanismo intelectual y narcisista al exponer sus exitosos recuerdos en sus memorias y atribuirse el mérito de haber sido el timonel del bienestar de los españoles. Ver a Aznar haciendo gala de su altanera soberbia y su perfil de “perdona vidas” durante su comparecencia por la financiación irregular del PP, en la que ha negado la caja b del partido, acreditada por el tribunal de Gürtel, nos retrotrae a oscuros años de su gestión como presidente del gobierno en democracia. El psiquiatra y psicoanalista austríaco-estadounidense Otto F. Kernberg analiza un tipo de trastorno narcisista de la personalidad acuñado por él: “el narcisismo maligno”. Esta variante de narcicismo indica la presencia de una personalidad marcada por tendencias antipáticas, poco sociables y sociales, rasgos y comportamiento altamente autoritarios y ausencia de sentimiento de culpa y de conciencia autocrítica. Esto nos suena de alguien.

La credibilidad de un político es percibida de forma muy diferente por unos u otros: confían en él las personas que apoyan con pasión a su persona y su partido no sin cierto “hooliganismo fanático”; desconfían razonablemente, en cambio, aquellos que, sabedores de su dudosa credibilidad, mantienen una actitud independiente y crítica, no sin cierta subjetividad. La curiosidad de verle responder a las incisivas preguntas de los representantes de la soberanía popular tenía, pues, en su comparecencia un aliciente morboso: Él, el timonel salvador y hacedor del bienestar de los españoles, ante las cámaras, sometido a contestar a los plebeyos. Muchos ciudadanos, sin ser augures, pero conociendo al personaje, ante las obvias y diversas preguntas que los grupos políticos le harían, adivinábamos de antemano las respuestas diseñadas por él con antelación; lo ha hecho reiteradas veces repitiendo siempre la misma cantinela; sabíamos que, en tono insultante, mantendría lo que ya dijo Juan Luis Cebrián en un artículo en El País en marzo de 2004, días posteriores al atentado del 11M en Atocha: sostener y ratificar “su honor perdido”, pues lo único que le interesa a este prócer es su calderoniano honor, por encima de la verdad; por el que, desde la egolatría que le caracteriza, “lucha a brazo partido, sin importarle rectificación alguna hasta el punto en el que no repara, incluso, en mancillar el honor y el prestigio de los demás, con acusaciones y amenazas, veladas o menos veladas, a quienes no piensan como él”. Su nivel de desmemoria selectiva es directamente proporcional a su arrogancia. Al verse interrogado en sede parlamentaria, sin pronunciarla, recordó atribuyéndosela, aquella frase de Churchill, evocando la soledad de su comparecencia: “Todas las grandes naciones son ingratas con sus héroes”. Él, “el héroe”, sometido a responder a “la plebe”. Así lo demostró, sacando pecho, al responder a Simancas, Rufián, Matute, Iglesias, Cantó…: negar la existencia de la caja B, reescribiendo a conveniencia y faltando a la verdad la sentencia que expulsó al PP del Gobierno; limitando la corrupción de su partido a dos casos (Pozuelo y Majadahonda): “sus responsabilidades políticas -sostuvo- le alejaban completamente del conocimiento de las cuestiones económicas”; rechazó pagos en negro y aseguró no conocer a Correa, el cabecilla de la Gürtel ni conocer apenas a Ramón Blanco Balín, su amigo y compañero de trabajo durante 7 años. Como en intervenciones anteriores, Aznar reivindicó su legado, recordando de forma épica su llegada al poder: “España, con la herencia socialista recibida, era un país condenado a un atraso permanente; necesitaba mejor gobierno y un programa renovado, sólido y fiel a nuestras ideas. Se lo ofrecimos a los españoles, ellos lo aceptaron y lo cumplimos”.

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De todos los que se hicieron aquella siniestra foto de las Azores, es el único, desde su patológica soberbia, que no ha pedido perdón

¿Responsabilidades por le guerra de Irak? Ninguna. Su calderoniana obsesión por el honor habla mucho de este personaje que, para vergüenza de muchos españoles, nos ha gobernado durante ocho años. Ha llegado a declarar, triunfalista y embriagado de sí mismo (¿quién me dice las copas que debo beber?; ¡déjame que beba tranquilo!) esa frase épica: “Nunca he tenido una mejor foto que la de las Azores”. Olvida que de todos los que se hicieron aquella siniestra foto, es el único, desde su patológica soberbia, que no ha pedido perdón; en su comparecencia no ha modificado “ni una letra ni una coma” de lo que defendió sobre el 11-M y asegurando que no va a “pedir disculpas por defender el interés nacional de España” en el caso de Irak. No ha sido capaz de pedir perdón, ni piensa hacerlo, he repetido en su comparecencia. Muchos de los que aún recordamos aquellas imágenes y las consecuencias de las mismas: la ilegal guerra de Irak y la muerte de miles de inocentes; mientras nos manifestábamos y repetíamos ese universal grito de “NO A LA GUERRA”, el presidente de todos los españoles se abrazaba servilmente al lado del genocida Georges Bush. Consecuencias posteriores, aunque él, su gobierno y el ministro Ángel Acebes, poco hábil para la política, pero sí para “las puertas giratorias”, mintiesen reiteradas veces durante el 11 M: fueron asesinados 192 y heridos miles de españoles en los atentados de Atocha. ¡Cuánto le ha incomodado a Aznar estos recuerdos!

Olvida Aznar, y miente en el olvido, que el ‘informe Chilcot’, elaborado tras siete años de investigación con más de 150 testigos, evidencia el engaño de la Coalición de la Cumbre de las Azores, liderada por EEUU, Reino Unido, España y Portugal. Frente a las negaciones de Aznar, el informe revela la estrategia de Aznar y Blair para lavarse las manos en Irak. Así como Blair, ex primer ministro de Reino Unido asumió su “plena responsabilidad” por los errores asociados a la invasión de Irak en 2003, pidiendo que todas las críticas recayeran sobre él, descargando por tanto a las Fuerzas Armadas y los servicios de Inteligencia británicos, su homólogo español, José María Aznar (“Ansar” para su amigo Bush) ha repetido, inmisericorde y cínicamente, una y mil veces, ahora en sede parlamentaria, intentando humillar a los diputados que le interrogaban, y en ellos, a todos los españoles: “No me arrepiento de nada ni voy a pedir perdón por nada. Yo no tengo que probar mi inocencia”. En su “negativismo”, la actitud de Aznar me ha recordado a la tal María Teresa Sáez, en el juicio del “tamayazo”: “NO a TODO”. Es oportuno recordarle lo que decía en 2003 en referencia a lo de Irak: “La Historia me juzgará”. Es tan narciso que cree que los historiadores en el futuro le dedicarán grandes elogios por su gestión y escribirán sesudas biografías que marcarán su impronta en la historia. ¡Patético!

Hay que recordarle que en una carta de respuesta al entonces ministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo, que reproduce en su libro Todos los cielos conducen a España, acerca de las consecuencias de la guerra, afirmaba que “España, con la guerra de Irak, había salido ganando”, porque, según él, aumentó nuestra presencia internacional. Lo cierto es que el auténtico beneficiario de semejante canallada bélica fue el propio Aznar, pues su apoyo a Bush le permitió recibir en esos años apoyos de los sectores más conservadores del Partido Republicano de EE.UU. y ciertas fundaciones y lobbies conservadores de USA e Israel se lo agradecieron con contratos, conferencias, consejos generosamente retibuidos y ayudas a FAES y a algunos de sus colaboradores y amigos y varios inmerecidos “doctor honoris causa”.

Julien Green, al analizar la obra de Erick Fromm “La soledad del hombre”, escribe: “Sabía que nosotros significábamos poco en comparación con el universo, sabía que no éramos nada; pero el hecho de ser nada de una manera tan inconmensurable me parece abrumador…” Ese es el principio de la futura soledad de Aznar. En 1997 manifestó a la pregunta de un periodista: “¿cómo se ha conseguido sin hacer nada espectacular?, sobre la recuperación económica de España, al Diario The Wall Street Journal; Aznar se inclinó hacia adelante en el sofá en el que estaba sentado en el Palacio de La Moncloa, y replicó riendo: “Yo soy el milagro”. Esta soberbia narcisista, cual otro “rey sol”, es la que representa su abismal y fatua poquedad; es el diferencial que evidencia el insalvable foso que separa el alto concepto que uno tiene de sí mismo con el que los demás tienen de uno. Utilizando una vez más una reflexión de Erick Fromm en su libro “The heart of the man” (El corazón del hombre), Aznar “es de esos mediocres que habla con el aire de quien, diciendo obviedades, cree que sus palabras merecen ser esculpidas en piedra. Se hincha como un pavo cuando se le alaba y reacciona con ira ante la crítica”.

Lo pudimos ver y escuchar el pasado día 20 en el encuentro moderado por la directora de EL PAÍS, Soledad Gallego-Díaz entre Felipe González y Aznar en el Colegio de Arquitectos de Madrid sobre el pasado, presente y futuro de la Constitución, con motivo de celebrar sus 40 años. Ambos declaraban su orgullo por el llamado “régimen del 78”, reivindicado la Ley Fundamental como el garante del mayor periodo de progreso y estabilidad en la historia de España. El matiz destacable de la mayor parte de las coincidencias de ambos fue el seguidismo de Aznar repitiendo, sin ideas nuevas y sin mejorarlo, cuanto decía González. Con sus actuales elogios y defensa de la Constitución del 78, olvida Aznar sus artículos de juventud y sus escritos en su etapa como inspector de Hacienda en Logroño; su lectura no deja dudas sobre la ideología que tenía entonces. En febrero de 1979, en “La nueva Rioja”, además de criticar el proceso de aprobación de la Constitución que “ha provocado un efecto fulminante cual es el de la desconfianza de una enorme masa de españoles en el buen funcionamiento del sistema democrático”, critica explícitamente el texto legal, poniendo numerosas pegas a una gran parte del articulado: “Tal como está redactada -escribía- los españoles no sabemos si nuestra economía va a ser de libre mercado o, por el contrario, va a deslizarse por peligrosas pendientes estatificadoras y socializantes” En la entrevista en la SER, en cambio, la defiende, con patente ambigüedad, contra el separatismo, como si fuera un texto intocable.

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Su liderazgo político, que consideraba imprescindible, lo ha utilizado para movilizar a los suyos y lograr el objetivo de que, sin él, la política de su partido y la de España iría a la deriva, insuflando el sentimiento de descontento, encarnando en su persona la seguridad: “soy el salvador: o yo, o el caos”. De hecho, y lo ha repetido con frecuencia, sin él las políticas de Rajoy han traído una crisis profunda para el partido popular. El abrazo de Casado, “su actual presidente y vasallo” y la imagen acompañándole a la comisión en el Congreso con su cohorte de cortesanos, expresan de nuevo que quien manda de nuevo en el PP, es Aznar: su sombra es alargada y sólo hay un líder si nace como tal; y ése es él. Aunque en la actualidad no ejerza el poder, “el poder en el partido es él; él simboliza el partido y la seguridad de las esencias de la nación y del Estado; su poder personal sobrevive a la pérdida de poder institucional. Cospedal decía que Aznar era “un simple afiliado”; Maíllo, “hace mucho que ya no le escuchamos”; y García-Margallo: “es militante, pero no simpatizante”. En cambio, desde “el advenimiento” de Pablo Casado, Aznar encarna de nuevo la ideología política del partido, él posee la resolución de sus problemas. Más, él es “el líder de la nación”. Y no pocos de aquellos diputados del PP molestos con el desprecio crítico de Aznar a la gestión política de Rajoy, entre otros, Martínez-Maíllo, Mª Jesús Moro, Teófila Martínez, Celia Villalobos, Sánchez Camacho, Cospedal, hoy mantienen un prudente silencio. No así el portavoz del PP en el Parlamento Vasco, Borja Sémper, que, en declaraciones en La Sexta, visiblemente molesto, manifestó: “Aznar hace 15 años que dejó la política y son 15 años en los que ha utilizado cada una de sus intervenciones para atizar al Partido Popular y, en concreto, a Mariano Rajoy. Creo que, en la vida, como en la política, es importante ser humilde. Aznar no se siente representado por nadie porque posiblemente, la única persona que representa a Aznar es él mismo. Aznar soló quieren que hablen de él. La única persona que representa a Aznar es él mismo”. 

Cuántos españoles, en cambio, tenemos un juicio descriptivo muy distinto de este “personaje”. Los suyos (¿¡cuántos quedan!?), le perciben y ven como un “dios” (los seguidores de los dioses suelen ser “emotivos fanáticos” y le construyen estatuas con peanas y aureolas); otros, le vemos como es: “un hombre demasiado humano"; analizando con objetividad su biografía personal y su pasado, vemos la realidad de su nivel intelectual y cultural mediocre, su apariencia física acartonada, su probada insinceridad para analizar y reconocer lo que no le conviene, su incapacidad para la autocrítica muy proclive a la autocomplacencia y autoestima, su tosquedad displicente, su escasa objetividad durante su gobierno para reconocer las cambiantes situaciones políticas, su deficiente capacidad de negociación y visión de futuro, su trasnochada ideología liberal, su escasa habilidad comunicativa, su engolada oratoria, su torpe capacidad de argumentación y hierática gesticulación y expresión, esa engolada comunicación no verbal del “jersey anudado sobre los hombros”, su atiplado timbre de voz…; en síntesis: vemos un Aznar político “sin carisma”; si algo de luz tiene, es porque otros se la proyectan: ¡cuánto ego le aumentó la foto del trío de las Azores, el abrazo de Bush y los pies sobre la mesa en una reunión del G8!

Bertrand Russell aseguraba que cuando la necesaria humildad no está presente en una persona imbuida de poder, ésta se encamina hacia un cierto tipo de locura: “la embriaguez del poder”; para Russell, la soberbia, la desmesura y la huida de la realidad, son los males que suelen invadir a los políticos iluminados en el ejercicio del poder. David Owen, ministro de Exteriores y experimentado político británico en su libro “En la enfermedad y en el poder”, al estudiar la conducta de los líderes de la clase dirigente, llega a la conclusión de que muchos de ellos están tocados por “el síndrome Hybris”; con él describe a aquellas personas que, por tener excesiva soberbia, arrogancia y autoconfianza, desprecian sin piedad los “límites fijados por la acción humana”. El término proviene de la antigua Grecia; un acto de “hybris” era aquel en el que un personaje poderoso, hinchado de desmesurado orgullo y confianza en sí mismo trata a los demás con insolencia y desprecio.

Algunos ciudadanos vemos a Aznar de forma parecida a como describe Emilio La Parra en su excelente y definitiva biografía a Fernando VII, uno de los monarcas más controvertidos de la historia de España, considerado uno de los reyes más nefastos de nuestra historia, tanto por su carácter, doblez y desconfianza hacia todo y hacia todos, como por sus actuaciones. Autoritario y déspota, ejerció un acusado poder personal y reprimió toda disidencia. Mientras gozaba de un tranquilo y bien pagado retiro en Valençay, adulando a Napoleón, los españoles luchaban y morían en la guerra de la Independencia por la vuelta de su “felón monarca”.  Entre otras consecuencias, ello supuso la pérdida de casi la totalidad de las colonias americanas y el declive de España como potencia internacional. El autor traza la biografía de este contradictorio “borbón”, mitificado por algunos de sus contemporáneos, los llamados “realistas”, “la camarilla”, la Iglesia y sus clérigos y un sinfín de cortesanos que lo convirtieron necia y falsamente en un pretendido rey virtuoso e inocente; en cambio, al conocer su conducta casi todos lo detestaron, entre ellos los liberales y los constitucionalistas. Fue deseado por unos y al mismo tiempo detestado por casi todos. El final de su reinado, como con Aznar, marcó el final de una época y el inicio de la política moderna en España.

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Al contrario que en “El retrato de Dorian Grey”, se explica cada vez con más evidencia el siniestro acartonamiento que está experimentando la cara de Aznar, no en un cuadro, sino en la realidad

A juicio de millones de españoles, Aznar, un hombre de apariencia gris y porte acartonado y antipático, se ha ido creando una imagen en la que combina autoritarismo, cinismo, soberbia y prepotencia. Analizado el excesivo poder patológico acumulado, es el paradigma de ese tipo de político que ha llegado al poder a través de unas variables que nada tienen que ver con el atractivo o la capacidad innata del “áristos” de Platón: transparencia; interés y compromiso sociales; consistencia y coherencia humanas; credibilidad; inteligencia en la reflexión y la acción; capacidad autocrítica (saber cuándo se comete un error y cuándo disculparse); liderazgo empático. Hago mía la pregunta del capítulo 18 del Libro del Génesis, al contemplar a algunos de nuestros políticos actuales: ¿Dónde encontraré ese justo, ese “áristos”? Y me respondo: “desde luego, no en Aznar”. Al contrario que en la novela de Oscar Wilde, “El retrato de Dorian Grey”, se explica cada vez con más evidencia el siniestro acartonamiento que está experimentando la cara de Aznar, no en un cuadro, sino en la realidad, es el resultado de sus mentiras. De ahí la frase del propio Dorian en la novela: “Cualquier cosa se convierte en placer si se hace con suficiente frecuencia”.

No por sabido, resulta despreciable observar el alto aprecio y autoestima de sí mismo de este narcisista confeso: construye una teoría y un relato sobre su papel político, adaptando la historia a su interés y conveniencia. Es lo que ha hecho Aznar en la comparecencia parlamentaria; según las respuestas dadas a sus señorías, ha identificado la verdad de los hechos con su opinión, con su verdad; porque la realidad es la que está equivocada. Como “dios que se considera”, su opinión es el dogma que hay que creer. Este ejercicio de vanidad personal ha sido, según él, el mejor servicio que ha ofrecido en la comparecencia.

Después de los abrazos palmaditas y aplausos dados por los líderes del PP, entre ellos, Casado, Teodoro García y Dolors Monserrat a la entrada de la sala y en especial a la salida, finalizada la comparecencia, algún comentarista sentenciaba: “Aznar ha vuelto; no sólo él y, con él, esa sonrisa que parece una mueca”. Y no es de extrañar pues ¿quién es Pablo Casado sino el ‘sosias’, la copia de Aznar?  De entrar de nuevo en política, orientando desde FAES directa o indirectamente a Pablo Casado, puede que de nuevo su “ego” se sienta más gratificado. Otros, mantendremos alerta la memoria sobre los riesgos de involución que ello significaría. Aznar es un personaje totalmente prescindible. Decía sonriente al finalizar: “Me lo he pasado muy bien”. En cambio, los que le hemos aguantado: ¡Cuánta soberbia, cuánto cinismo y cuánta mentira!