martes 20/10/20

El peronismo cumple 75 años

Cuarenta y seis años después de la muerte de su fundador, Argentina vuelve a ser gobernada por sus herederos políticos

@jgonzalezok / El 17 de octubre de 1945 entró en la historia argentina como el día en que miles de trabajadores -las cifras varían, pero una estimación sensata indicaría que fueron entre doscientas y trescientas mil personas- marcharon desde los suburbios industriales hacia el centro de Buenos Aires para exigir la liberación del entonces coronel Perón. Éste había sido vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión en el gobierno militar que en 1943 derrocó al gobierno del conservador Ramón Castillo. Pero, disensiones internas dentro del propio gobierno lo habían desplazado y estaba recluido en la isla Martín García, en el Río de la Plata.

Durante el tiempo que había ocupado la secretaría de Trabajo y Previsión, Perón recibió cotidianamente a dirigentes sindicales y alentó una política favorable a sus intereses, algo inédito hasta entonces. Eso le fue ganando el aprecio de importantes sectores, incluso de dirigentes que procedían de la izquierda. Su simpatía personal, su lenguaje directo y desacartonado, le ayudaron a construir una base política que crecería de forma imparable.

Cuando ese 17 de octubre se produjo la gran movilización popular, sus viejos compañeros de armas no tuvieron más remedio que liberarlo. Incluso le permitieron aparecer en el balcón de la Plaza de Mayo, en la Casa Rosada, que en adelante será escenario de sus más célebres discursos. Esa vez utilizó el término “trabajadores” para dirigirse a la multitud; en adelante usaría siempre el de “compañeros”.

Ese día nació el peronismo, con el lanzamiento de su candidatura presidencial. No existe un texto fidedigno de ese discurso. Una grabación que existía en Radio Nacional fue destruida después del golpe de Estado de 1955. Y tampoco hay imágenes, salvo un minuto y medio de la multitud. Según la información que publicaron los diarios al día siguiente, Perón dijo, entre otras cosas: “Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida, la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino (…) En la tarde de hoy, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejército. Con ello he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado, lucir las palmas y los laureles de general de la Nación. Lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón y ponerme, con este nombre, al servicio integral del auténtico pueblo argentino”.

El 24 de febrero del año siguiente, es decir, 4 meses después, se celebrarían las elecciones que lo consagraron como presidente. Sacó 1.499.282 votos, frente a 1.210.819 que cosechó la Unión Democrática, la alianza que reunió a la Unión Cívica Radical (UCR), el Partido Socialista, el Partido Comunista y el Partido Demócrata Progresista. La victoria de Perón arrastró también al resto de los candidatos oficialistas, ya que consiguió todo el Senado, menos dos escaños, así como dos tercios de la Cámara de Diputados y todas las provincias menos una, Corrientes.

Perón venció de manera clara, enfrentando acusaciones como las evidentes simpatías que tuvo frente al fascismo de Mussolini -había visitado Italia unos años antes- y la campaña desembozada del embajador norteamericano en Buenos Aires, Spruille Braden. De hecho, la consigna en el último tramo de la campaña fue “Braden o Perón”.

El historiador Félix Luna, que dedicó varios libros al peronismo, escribió en Golpes militares y salidas electorales sobre lo que representaba la alianza contra Perón: “¿Qué bandera levantaba el frente antiperonista? Fundamentalmente, la libertad y la democracia frente al nazi-fascismo encarnado, a juicio de la oposición, en la persona de Perón. Eran principios nobles, los de la Unión Democrática; pero en el curso de la campaña electoral una serie de azares hizo que el frente antiperonista apareciera como la expresión de la Argentina vieja, el intento de retornar a los años anteriores a 1943. Y los argentinos de 1945/46, que vivían la plena ocupación, con la prosperidad de las industrias improvisadas durante la guerra, con el orgullo de haber permanecido neutrales durante casi toda la contienda, con la seguridad de que la producción de nuestros campos era indispensable para los pueblos europeos, no estaban dispuestos a ese regreso. Preferían la aventura que proponía Perón: una aventura en mangas de camisa, expuesta en lenguaje populachero y sintetizada en consignas de fácil repercusión”.

La década siguiente fue la edad de oro del peronismo, con sus claros y sus sombras. Entre los primeros, las conquistas sociales de los trabajadores y su inclusión en la vida política del país. Pero los avances materiales se vieron oscurecidos por aspectos relativos a la calidad democrática. Hubo censura -los líderes opositores fueron silenciados en los medios-, y persecución política -se llegó a encarcelar varias veces al líder de la oposición, Ricardo Balbín, bajo la acusación de desacato. La Justicia estuvo sometida al gobierno. La propaganda fue abrumadora y el adoctrinamiento de la sociedad comenzó en las escuelas.Los funcionarios tenían que afiliarse compulsivamente al partido. Y los sindicatos se integraron al aparato del Estado a través de la CGT (Confederación General del Trabajo).

El culto a la personalidad de Perón y Evita fue abrumador: calles, plazas y hasta provincias fueron bautizadas con sus nombres. Inmediatamente comenzó a formarse una cadena de radios puestas al servicio del gobierno. Solo tres meses después de que Perón llegara a la Casa Rosada, se publica un Manual de Instrucciones para las Estaciones de Radiodifusión, que en su artículo 34 establecía: “A fin de evitar que las emisoras tomen partido o se compliquen en tendencias, campañas interesadas, ataques personales, etc., los noticiosos e informaciones se abstendrán de criticar, con parcialidad o apasionamiento, cualquier hecho, acto o propósito determinado”. Además, todas las radios debían conectar a la Radio del Estado a las 20.30 para transmitir en cadena el Boletín Oficial.

El endurecimiento de este primer peronismo empezó cuando acabaron las extraordinarias condiciones económicas con que asumió Perón, gracias a los favorables términos de intercambio provocados por la Segunda Guerra Mundial. Pero fueron esos primeros años los que perduraron durante décadas en el imaginario colectivo. El historiador Tulio Halperín Donghi acuñó la frase: “El peronismo fueron tres años que duraron cincuenta”. Y Juan José Sebreli escribió que “el populismo peronista es tirar la casa por la ventana”. Tiempo en el cual las clases bajas viven un esplendor pasajero: “Es una gran fiesta y un esplendor que siempre hay que pagar después”.

La legitimidad de origen no impidió que el poder fuera usado para consolidar la hegemonía del peronismo. Valga como ejemplo la reforma electoral que manipuló los distritos en los comicios de 1951. Ese año, en la capital federal el oficialismo tuvo 800.000 votos, que le dieron 14 legisladores; los 600.000 que tuvo la Unión Cívica Radical (UCR), se tradujeron en solo dos diputados.

Esta primera década peronista terminó con un golpe de Estado sangriento. Aviones militares bombardearon la Casa Rosada y murieron unas 300 personas que estaban en la Plaza de Mayo. Según el filósofo Oscar Terán, este episodio es “nuestro Guernika sin Picasso”.

El gobierno militar que sucedió a ese primer peronismo incumplió la primera de sus promesas, la de que no habría vencedores ni vencidos. Se llegó hasta prohibir nombrar a Perón en los medios, que tuvieron que utilizar expresiones como “el tirano prófugo” o “el gobierno depuesto”.

Perón tuvo que partir al exilio, peregrinando por varios países hasta recalar en la España de Franco. Antes fue huésped de varios dictadores de la época, como el paraguayo Alfredo Stroessner, el dominicano Leónidas Trujillo y el nicaragüense “Tacho” Somoza, su “viejo amigo de ideales”, según lo definió ante su biógrafo oficial, Enrique Pavón Pereira. En Madrid, sus amigos serían el director del diario Pueblo, Emilio Romero, y Pilar Franco, la hermana del dictador, de la que dijo: “Fue el rayo de luz que iluminó mi exilio”. 

Tras el derrocamiento de 1955, empezó lo que se llamó La Resistencia peronista, una época de gran idealismo. Perón pasó a ser un mito y los hijos de la clase media, que habían crecido en hogares de profundo antiperonismo, se hicieron peronistas. Un fenómeno especialmente intenso a fines de la década del 60. Coincidía el fenómeno con acontecimientos mundiales como la revolución cubana, las aventuras del Ché, el mayo francés, la teología de la liberación y el movimiento de curas del Tercer Mundo.

El abogado y escritor Álvaro Abós, explicaría muy bien esta transformaciónen su libro El posperonismo: “Si aquellos figurones hipócritas decían que Perón había sido un malvado, había que adherir a Perón. Si aquellos farsantes descalificaban al peronismo, había que abrazarlo. Si aquellos canallas aplastaban de esa manera al pueblo, había que sumarse a él y acompañarlo en su lucha.

Entre 1955 y 1973 el peronismo estuvo proscripto, por lo que en los intervalos en que los militares se retiraron y permitieron elecciones, la consigna fue el voto en blanco o el apoyo a algún candidato que ofreciera alguna garantía. El caso más notorio fue el de Arturo Frondizi, elegido presidente en 1958, con el apoyo de los peronistas. Pero fue una alianza que se rompió al poco tiempo.

En el exilio, Perón cumplió el papel de Padre Eterno, bendiciendo a unos y otros, a la derecha y a la izquierda, generalmente al mismo tiempo. A su regreso, en 1973, se encuentra un país totalmente distinto. Habiendo alentado en el exilio a la juventud revolucionaria que toma las armas, ve cómo estos mismos grupos le disputan el poder. Viejo y enfermo, en realidad ansiaba volver a su casa de Puerta de Hierro. “¡Qué bien estábamos en Madrid cuando estábamos mal!”, le escribe a su amigo Jorge Antonio, el 19 de octubre de 1973, cuando llevaba solo tres meses en el país. También se quejaba de que López Rega “enloquecido, me crea toda clase de problemas”. 

Pero no hay que confundirse, López Rega, su antiguo mayordomo en Madrid y ahora poderoso ministro de Bienestar Social, no estuvo solo a la hora de crear la Triple A, la banda de ultraderecha que asesinó miles de izquierdistas o sospechosos antes del golpe del 76. La decisión de aniquilar a los grupos juveniles armados fue del propio Perón.

Su muerte, el 1 de julio de 1974, marcó el final de una época. Dejó el país sumido en la violencia y en manos de su tercera esposa, Isabelita, dominada por López Rega y carente de la más mínima capacidad y cualidad para gobernar. Perón había dicho que su único heredero sería el pueblo, pero eligió a Isabelita como vicepresidenta, y lo que siguió a su muerte fue un período de casi dos años de caos y violencia, prólogo de otro período aún más horroroso, el de la dictadura (1976-1983).

La desaparición de Perón no significó el fin del peronismo, pero quedó seriamente tocado. Así se explica que perdiera la primera elección después de la dictadura. El siguiente gobierno peronista lo encabezó Carlos Menem (1989-1999), que llevó a cabo una política neoliberal que acabó con todo rastro de lo que se suponía sería un gobierno peronista. Volvería al poder con Néstor y Cristina Kirchner (2003-2015), donde se revivió el populismo primigenio. Y desde diciembre de 2019, otro gobierno formalmente peronista, encabezado por Alberto Fernández, intenta mantener la mística del movimiento, aunque el presidente sea esencialmente un conservador, y la ahora vicepresidente, Cristina Kirchner, desprecie al general.

El peronismo cumple 75 años