viernes 13.12.2019

Bangladés está muy cerca

Bangladés es un estado joven –apenas tiene cuarenta años- pero muy viejo por su estructura social, su demografía y su disparatado nivel de pobreza...

Bangladés es un estado joven –apenas tiene cuarenta años- pero muy viejo por su estructura social, su demografía y su disparatado nivel de pobreza. Con una extensión similar a la mitad de España está habitada por ciento setenta millones de personas, la mayoría de las cuales viven con menos de un euro al día mientras los comisionados de las grandes multinacionales europeas y norteamericanas, ajenos a la miseria del pueblo, amasan desde hace veinte años fortunas difícilmente explicables. Bangladés, por mucho que gustase a los hippies de antaño, es la pobreza y por eso, por ser pobre hasta lo indecible, fue elegida por muchos grandes emprendedores de Occidente para instalar allí las fábricas que cerraban en sus respectivos países. No es nada nuevo, es lo mismo que desde hace tiempo está ocurriendo en China, India, Vietnam y otros países de Extremo Oriente donde viven la mitad de los seres humanos que habitan el planeta.

Durante mucho tiempo se pensó que Europa no podía ser una isla de desarrollo rodeada de continentes de pobreza. En numerosos foros internacionales se planteó la necesidad de que los europeos tendrían que abandonar su alocada afición consumista por insostenible y para permitir que los países menos desarrollados pudiesen abandonar poco a poco la miseria secular que les habíamos impuesto. Eso podría haberse hecho con voluntad política, promoviendo intercambios, ayudas al desarrollo y comercio justo, todo ello condicionado a un cambio social, político y económico que impidiese el dumpin social, es decir, que los trabajadores de los países de la parte más poblada del mundo no trabajasen como esclavos sino con los mismos derechos –teniendo en cuenta su economía- que los de Occidente, lo que sin duda habría deparado una mejoría paulatina y real de sus condiciones laborales y su calidad de vida sin ir en detrimento de las de los trabajadores Occidentales. Se tardó mucho y apenas se hizo nada, intencionadamente, porque Estados Unidos tenía otros planes: Asfixiar económicamente a la URSS para acabar con el “coco” soviético y la hegemonía bipolar, estableciendo después una sola potencia hegemónica, ellos, y un solo modelo económico: El capitalismo salvaje. No es que la URSS fuese un sistema exportable que tentase a los occidentales embriagados en el consumismo más feroz, depredador y alienante, pero era un sistema diferente y su potencial militar hacía que se mantuviese un status quo en todos los ámbitos que nadie estaba dispuesto a romper por los riesgos que para supervivencia de la especie y, sobre todo, del negocio, conllevaba.

Desaparecida la URSS, aburguesado y narcotizado el movimiento obrero europeo, Estados Unidos –siempre con el Reino Unido a su vera- impuso su modelo económico, su modo de vida y su moral: Desregulación de la vida económica, desmantelamiento del Estado protector, libre circulación de capitales y potenciación de la economía financiera, virtual y especulativa. Europa calló creyendo que la cosa no iba con ella, pero al poco comenzó a contemplar cómo se cerraban minas, fábricas y servicios, como sus más emblemáticas zonas industriales se convertían en inmensas montañas de chatarra y óxido. Pensaron que se podría vivir de la intermediación, del sector servicios, de las rentas que produciría el incremento de las transacciones comerciales y financieras, pero no fue así y Europa comenzó a caer, primero por la periferia, después, por todo su cuerpo hasta llegar a la cabeza, fase en la que estamos actualmente. Durante los últimos años se insiste una y otra vez en que la única salida de Europa está en la inversión en I+D+i, y no digo que no sea así, pero tampoco que lo sea, porque esa inversión genera más paro al calor de la nueva revolución tecnológica –la más grande de las habidas hasta ahora- y, sobre todo, porque para vender tiene que haber quien compre y ni los países emergentes tienen capacidad –ni la van a tener- para comprar los productos europeos ni en Europa van quedando ya trabajadores con un nivel de ingresos que les permita un consumo racional, en muchos casos ni esencial.

Lo sabíamos todo, pero todos cerrábamos y cerramos los ojos, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Sin embargo, al ver televisada la tragedia la fábrica textil de Bangladés que trabajaba para conocidísimas firmas europeas –han ocurrido y ocurren miles como esa pero en silencio- ha quedado al descubierto el tremendo drama que viven los habitantes de Extremo Oriente por la extensión del capitalismo salvaje: fábricas en edificios ruinosos dónde los obreros trabajan hacinados por un euro al día y sin ningún tipo de protección social, de sol a sol, de luna a luna, comisionados e intermediarios europeos e indígenas que ganan dinero a espuertas sin control fiscal alguno, plusvalías salvajes de las multinacionales europeas, japonesas y yanquis, esclavitud, inmoralidad, corrupción generalizada, explotación y miseria crónica. Porque ya no caben engaños, los empresarios occidentales, más grandes y más chicos, no se fueron a Oriente para acabar con las desigualdades, promover el desarrollo y el progreso, se fueron para exprimir la naranja hasta no dejarle ni la piel, para maximizar beneficios, para acabar con el lastre que suponía el estado protector europeo, los derechos laborales, sociales y económicos de los trabajadores occidentales.

Con una visión cortoplacista que estremece por su simplicidad estulta y suicida, las grandes corporaciones mundiales –imitadas hasta por los empresarios de la alpargata de mi pueblo- decidieron que era mucho mejor fabricar unas zapatillas famosas en Vietnam con un coste de un par de euros y venderlas en Occidente a setenta, que era fabuloso hacer los iphones en China en las mismas condiciones, que era genial llevarse toda la industria textil y producir millones de prendas a peseta la tonelada. La falta de control sobre los movimientos financieros por parte de los Estados, el sometimiento del poder político a los designios de los consejos de Administración de la banca y las grandes multinacionales y una ciudadanía abúlica que volverá a poner velas a los santos para que mitiguen sus desgracias, hicieron el resto. Empero, se olvidaron de lo principal, al optar por la globalización de la pobreza y no del bienestar, han cavado su propia fosa, que también es la nuestra, porque el mundo, por primera vez desde la última guerra mundial, está tan caóticamente desorganizado que corre el riesgo de caer en una parálisis comercial sin precedentes, una parálisis que, si no nos ponemos serios de una vez como ciudadanos que todavía somos, nos llevará irremisiblemente a una situación de miseria generalizada y a la supresión de todo lo que hoy conocemos como Derecho. Bangladés no está tan lejos, a la vuelta de la esquina.


Bangladés está muy cerca