jueves 26/11/20

Ni la política siempre llega tarde ni los demás tienen toda la razón

(La otra pandemia de la antipolítica)

«La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados»
Groucho Marx:


La política siempre llega tarde y los demás tienen toda la razón, sean estos la oposición, los periodísticas, los científicos, los sectores afectados o los ciudadanos. Esa parece ser la única conclusión en todas las fases de esta pandemia. Algo que resulta desalentador, porque viene a reiterar, como ya se dijo en un manifiesto reciente, que los que lo saben no deciden y los que deciden lo hacen sin saber. Una muestra más de que el populismo va más allá de la política.

Ahora, en el contexto de la segunda ola, y cuando se han aprobado, después de un largo tira y afloja con las CCAA y los grupos parlamentarios el cuadro de mandos y el estado de alarma, resulta que una vez más llegamos tarde y mal. Con ello, los españoles nos perdemos siempre la valoración equilibrada de lo que en definitiva hacemos, sea mejor o peor, en aras de lo que deberíamos haber hecho. La melancolía.

Los que siempre tienen razón dicen que las medidas tenían que haberse aprobado ya hace semanas, cuando se incrementaban los brotes y en algunos casos se manifestaba la transmisión comunitaria, de manera que nos hubiéramos evitado llegar a la crítica situación actual.

Sin embargo, es mucho decir en medio de una potente segunda ola de la pandemia que compartimos con buena parte de Europa y del hemisferio occidental, cuando son conocidas la anticipación y el acierto indudable de las medidas de algunos países, que sin embargo hoy tienen tasas de incidencia altas y han perdido el control de los contactos -a decir de sus propios gobernantes- y que se ven obligados a tomar medidas de toque de queda, confinamientos y restricciones de aforos y horarios, simultáneas y muy similares a las muestras.

Lo que no se dice es que el cuadro de mandos ya existía desde el mes de julio en España en los anexos del plan de respuesta temprana en la fase de control de la pandemia, y que las CCAA lo estaban poniendo en práctica desde entonces con mayor o menor intensidad y fortuna, aunque es verdad que una desescalada precipitada y desordenada, junto al incumplimiento de los compromisos en rastreo y atención primaria, han mantenido la incidencia del virus por encima de las de nuestro entorno.

Tampoco se dice que progresivamente se han ido adoptando actuaciones coordinadas en el marco del consejo interterritorial del SNS, ante diferentes situaciones y decisiones u omisiones de las CCAA. Actuaciones respaldadas en su inmensa mayoría por la autoridad judicial, aunque con alguna sonora excepción, como en el caso de Madrid.

En concreto, algunas de ellas, para garantizar el inicio de curso escolar y universitario en condiciones de seguridad, que a pesar de la normal inquietud inicial en las familias y en la comunidad escolar, se ha iniciado y se mantiene hoy con relativa normalidad.

No se quiere recordar que hace semanas la situación era muy distinta. Todavía no era evidente la segunda ola que hoy azota a toda Europa y entonces la situación epidemiológica, en general, parecía contenida salvo en algunas ciudades y comunidades autónomas concretas, donde las medidas de cierre perimetral en unas o de vuelta atrás a las fases de desescalada en otras, parecían ir dando buenos resultados. Entonces en nuestro país no había una situación homogénea y mucho menos de transmisión comunitaria generalizada.

Por eso, obviar todo este proceso y la adopción progresiva de medidas, algunas correctas y otras fallidas, puede trasmitir la falsa impresión de que las CCAA y el gobierno se han dejado llevar sin intervenir de tal modo que sus lógicas consecuencias son el descontrol actual y la adopción de medidas demasiado tarde, cuando lo cierto es que las decisiones políticas y las medidas se corresponden a la evolución de la pandemia en un contexto político concreto, como también social y económico, y que es ahí donde se deben situar y juzgar la oportunidad y la adecuación de las decisiones.

Con ello, también nos ahorramos análisis más profundos sobre el carácter de la pandemia así como de las distintas estrategias adoptadas por los gobiernos. Porque, aunque no se explicite, hay entre nosotros quien sigue considerando viable la opción por la economía frente a la salud pública. También hay otros que defendemos que más que una pandemia se trata de una sinergia entre la pandemia infecciosa, la pandemia de los riesgos y patologías crónicas junto a los determinantes sociales como la exploración del territorio, el hiperconsumo, la desigualdad y la precariedad. Y por tanto una sindemia ante la que caben estrategias, prioridades y medidas muy diferentes.

Y lo peor es que los que tienen toda la razón se repiten: Lo mismo se dijo al inicio de la pandemia: primero que las medidas de contención y luego que el confinamiento llegaban tarde, aunque luego también se acusó de tardía a la desescalada. Para unos primero fue la necesidad ideológica de permitir las movilizaciones del 8 de Marzo y al final se debió al sectarismo político con el color de alguna comunidad autónoma.

Hay que recordar que al inicio de la pandemia la decisión de mantener el certamen de arte ARCO en Madrid o el partido de fútbol internacional con el Atalanta-Valencia en San Siro se consideraron parte de la normalidad y por el contrario la decisión de cancelar el Congreso del Mobile World Congress en Barcelona provocó el malestar y rechazo de la inmensa mayoría de sectores económicos, políticos y mediáticos catalanes y españoles.

También es verdad que durante el confinamiento fueron escasas las voces contrarias, hasta que en mes de mayo se produce la desafección primero y luego la desbandada ante la expectativa de salvar la temporada turística veraniega. Más adelante, haciendo de la necesidad virtud, se confunde la nueva normalidad con la vuelta a los usos y costumbres de la normalidad. 

Otra parte del reproche es que las medidas son insuficientes y que será necesario ampliarlas. Es cierto que de la batería de medidas posibles siempre se quedará alguna en el tintero, a no ser que como proponía irónicamente un virólogo, prohibamos toda relación y todas las actividades que puedan favorecer la transmisión. También el virus, en su evolución, va cambiando y obligando a científicos y políticos a nuevas medidas y nuevas estrategias, hoy por hoy imprevisibles. 

El corolario de toda esta crítica sin matices, es el viejo recurso del método. Porque el fin nunca justifica los medios. Se sostiene que en estos meses se podía haber legislado en salud pública y tampoco se hizo, dejándonos en manos de distintas opiniones jurídicas y que con el estado de alarma se corre un claro riesgo autoritario. Sin embargo, niego la mayor, porque ni nuestra legislación de salud pública es obsoleta, bastaría con aplicarla, ni cualquier otra ley podría sustituir al estado de alarma para limitar los derechos fundamentales de millones de españoles.

En resumen, la ventaja de acusar a la política de tardía y a las medidas de insuficientes es que nunca te equivocas, porque en una pandemia siempre se llega tarde desde el mismo momento en que la zoonosis se convirtió en una epidemia. Porque, aunque se diga que hay que adelantarse al virus, se sabe que el virus ha ido e irá siempre por delante. Y porque a posteriori toda decisión adoptada es tardía.

Supone también dar una respuesta simple a un problema complejo y además pone en el punto de mira a quienes llevan siendo objeto de la desafección y la indignación ciudadanas, por lo menos desde la crisis económica de 2008. La suma de malestar social y desafección política nunca se equivoca.

Por eso también me preocupa la antipolítica: la otra pandemia.

Ni la política siempre llega tarde ni los demás tienen toda la razón