domingo 05.04.2020

El TTIP de las maravillas

El escándalo tras filtrarse parte de los documentos de la negociación del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, el TTIP, ha sido calificada por la comisaria europea Cecilia Malmström de “tormenta en una taza de té”. No ha reparado en que, con los Estados Unidos y las viejas metrópolis compartiendo mesa, hablar de esa infusión es como mentar la cuerda en casa del ahorcado.

El motín en Boston contra los impuestos a la importación de té (otra tormenta alrededor una taza) desencadenó nada menos que la guerra de la Independencia americana. Tratos de favor a determinadas compañías, negociaciones secretas, dumping encubierto y ninguneo de la participación civil en el proceso son algunas de las semejanzas que acercan aquellos sucesos al opaco proceso de deliberación actual.

Afirman los negociadores europeos que los textos consolidados ( y puestos a disposición de todos por Greenpeace) son incompletos y es errónea su interpretación. E insisten en que la Unión Europea mantendrá sus posiciones en los puntos más controvertidos. Algo así como afirmar que los documentos dicen lo que dicen y también todo lo contrario. Como si Alicia, el Sombrerero Loco, el Lirón y la Liebre de Marzo se hubieran sumado a la hora del té, aportando surrealismo y disparate a la transcripción del encuentro.

Pese al intento por quitarle hierro, la lectura deja lugar a pocas dudas. De ella se deduce que Europa ve minada su posición ante un muy agresivo interlocutor que exige sin límite y sin contraprestaciones. Un diluido principio de precaución, que ponía en cuarentena el lanzamiento de productos potencialmente dañinos, la falta de reciprocidad en el acceso a las licitaciones públicas, el poder de los grandes lobbies o el desprecio a las recomendaciones frente al cambio climático son algunas de las fuentes de conflicto.

Y las demandas americanas, lejos de rechazarse, se aceptan de facto camufladas en una retórica administrativa de frases melifluas, ambiguas y vagas. Un enrevesado acuerdo de mínimos apto para ser ratificado a regañadientes por el Parlamento Europeo. Aunque sea disimulando el sonrojo.

El acuerdo, anhelado por la administración Obama y la Comisión Europea, intentó en su día sumar apoyos apelando a previsiones más que discutibles sobre crecimiento económico y empleo. Pero hay mayor tibieza al respecto entre las actuales candidaturas republicana y demócrata a la presidencia. Las persistentes protestas ciudadanas cayeron sobre el proyecto como jarros de agua fría y, ante las evidencias y el escándalo público, los socialdemócratas alemanes, franceses y españoles dejan en el aire su apoyo al proyecto. Da la sensación de que, sumando ahora la corriente de aire fresco desatada por las filtraciones, el té de Malmström se va a quedar helado.

El TTIP de las maravillas