Nuevatribuna

El gran fracaso de nuestra democracia: la incapacidad de formar elites con unos mínimos de dignidad

Creo que no han perdido vigencia las palabras de Azaña: ¿Vamos a consentir siempre que la púrpura cuelgue de hombros infames, que la inmensa manada de los vividores, de los advenedizos manchados de cieno usurpe la representación de un pueblo y lo destroce para saciar su codicia?

Me agradaría encontrar motivos para mirar el futuro del país con optimismo. Pero, tengo que ser profundamente pesimista. Mi estado de ánimo no es excepcional, coincide con la mayoría de mis conciudadanos. Razones no faltan para explicar la situación actual.

Me fijaré en el protagonismo de nuestras élites dirigentes políticas, económicas, sociales y culturales, ya que ellas nos han marcado la ruta desde hace décadas. Y lo han hecho porque han alcanzado la hegemonía según el concepto de Gramcsi. El término hegemonía deriva del griego eghesthai, que significa “conducir”, “ser guía”, “ser jefe”; o tal vez del verbo eghemoneno, que significa “guiar”, “preceder”, “conducir”, y del cual deriva “estar al frente”, “comandar”, “gobernar”. Por eghemonia el antiguo griego entendía la dirección suprema del ejército. Se trata pues de un término militar. Egemone era el conductor, el guía y también el comandante del ejército. A nivel sociológico, Gramsci define hegemonía como el conjunto de grupos de la sociedad, donde el dominante establece un liderazgo moral, político e intelectual sobre sectores subordinados, haciendo que sus intereses sean los de la sociedad. Ya expresó esta idea Carlos Marx en La Ideología alemana: “En efecto, cada nueva clase dominante se ve obligada, para poder sacar adelante los fines que persigue, a presentar su propio interés como el interés común de todos los miembros de la sociedad, es decir, a presentar estas ideas

Estas élites tienen nombres y caras: Rato, Blesa, Botín, Alierta, Fernández Ordóñez, Villar Mir, Florentino Pérez,  De Guindos, Aznar, González, Rodríguez Zapatero, Rajoy, Esperanza Aguirre, Juan Luis Cebrián, Pedro J. Ramírez, Ansón, Albert Boadella, Sánchez Dragó, Fernando Savater, Félix de Azúa, Arcadi Espada… Su lugar de operaciones es Madrid, donde reside el poder político desde hace siglos, ya que adquirió la condición de capital administrativa (desde 1561) y política (desde 1714). Aquí están: el Palacio de la Zarzuela, el Palacio de la Moncloa, el Congreso de los Diputados y el Senado, el Consejo del Poder Judicial, Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo, Ministerios de Sanidad, Economía y Hacienda, Agricultura, etc. Por ende, aquí se toman las grandes decisiones políticas que afectan a todo el territorio del Estado. Aquí se publica el BOE.  Desde hace unas pocas décadas también se ha convertido en la capital económica de España, en el 2009 tenían sus sedes operativas las grandes multinacionales españolas, siete de las diez primeras: Banco de Santander, Telefónica, BBVA, Iberdrola, Endesa, Repsol, Iberdrola Renovables. A su vez atrae una fuerte inversión exterior; se han desarrollado sectores de alto valor añadido como el audiovisual y las altas tecnologías y del conocimiento. Están presentes las grandes instituciones culturales como Museo del Prado, Museo de los Thyssen-Bornemisza, el Reina Sofía, Biblioteca Nacional de España, la Real Academia de la Historia, la Real Academia Española. Los más poderosos e influyentes medios de comunicación como TVE, las grandes cadenas de radio y televisión; los periódicos de mayor tirada nacional, como El País, El Mundo, ABC, Marca y el AS. Por todo lo expuesto, hoy es innegable que en Madrid se está consolidando una élite, un núcleo de poder, político-financiero-funcionarial-mediático-judicial que, esta vez sí, ha conseguido la hegemonía peninsular. Si hay un lugar paradigmático de esas élites es el palco del Santiago Bernabeu.

Esta élite madrileña se muestra perfectamente ensamblada e interconectada entre sí e inaccesible para otros sectores de la sociedad, comparte unos mismos intereses y trata no solo de mantenerlos, sino también de acrecentarlos. Políticos formando parte de los consejos de administración de las grandes empresas, de los grandes bancos, de las grandes inmobiliarias, en pago por los servicios prestados, conseguidos muchas veces a través de la corrupción. Y a la inversa del mundo de la gran empresa llegando muchos a la política. Es el llamado efecto de puertas giratorias. El exministro Ángel Acebes  en el consejo de administración de Iberdrola. José María Aznar asesor de Endesa. Isabel Tocino en el consejo del Banco de Santander.  El caso inverso, el del ministro Luis de Guindos, procedente del mundo financiero y que es nombrado vicepresidente del BCE. Esta elite se relaciona entre sí. Vive en los barrios más lujosos, lleva a sus hijos a los mismos colegios privados, mayoritariamente religiosos, Posteriormente prosiguen sus estudios superiores en universidades también privadas, donde entablan relaciones, que les facilitan el ocupar en el futuro puestos destacados en los ámbitos de la política, la justicia, la economía o la cultura. Es obvio que aquí abundan más que en el resto del Estado el poder político y el dinero. Hay muchos intereses económicos en juego, y si no se alcanzan por procedimientos legales, se recurren a los ilegales, de ahí la presencia constante de la corrupción. Estremecen los niveles de corrupción alcanzados en Madrid, rompeolas de las Españas. Los historiadores, politólogos y sociólogos tendrán en el futuro suficiente material de estudio.

Andrés Ortega en su libro Recomponer la democracia y en el capítulo Economía y Política: Los nuevos pocos, defiende la tesis de que la crisis económica ha puesto en evidencia el desinterés de la élites españolas por el resto de la ciudadanía. Incluso lo señala Ángela Merkel: “Es muy lamentable que parte de las élites económicas en los países más afectados por la crisis asuman tan poca responsabilidad por la lamentable situación actual”. El desinterés quizá sea porque las élites se han visto menos afectadas y al haber  mejorado con la crisis, se muestran más insolidarias y les preocupa menos la desigualdad, convencidas que su triunfo es por sus méritos y por su esfuerzo. Siempre ha habido clase dirigente, lo que conlleva asumir unas responsabilidades. En España han renunciado a sus responsabilidades, mostrando nulo interés por el resto de la sociedad, con el lógico grave divorcio entre las élites y la ciudadanía. Tal situación la explican Antonio Ariño y Juan Romero en su libro de 2016 La secesión de los ricos. La condición de ciudadano requiere un compromiso con el bien común, palabra hoy anacrónica. La secesión de los ricos es romper con ese compromiso. La manifestación más clara es el cambio de domicilio por razones fiscales. Abandono por puro egoísmo de responsabilidades por con tu  propio país. Son tiempos de secesiones. Ante la incomodad nos vamos. Los ricos han abierto la brecha, por la que pueden seguir otros.  Ya en 1996, Christopher Lasch en La rebelión de las elites y la traición a la democracia advirtió de la formación de una elite que tiende a separarse y a formar un mundo aparte: en hábitos, convicciones, recursos, aspiraciones y lealtades; una elite ávida, insegura, cosmopolita, extrañamente irresponsable.

El gran fracaso de nuestra democracia ha sido la  incapacidad de formar elites con  unos mínimos de dignidad, de decencia, responsabilidad, ejemplaridad ética, y mínimos de capacidad.  Escuchar las conversaciones del ínclito Villarejo-verlo día tras día en unas imágenes con gorra y tapándose el rostro con una carpeta, es todo un insulto a la ciudadanía- con altos dirigentes políticos y económicos provoca estupor, además de profundo desprecio. ¡En qué manos hemos estado¡ Y no hay indicio de que esto vaya a cambiar.  Es para huir despavoridos de esta España nuestra y que se la queden toda. Y estos nos instaban a colgar banderas en los balcones.  Son unos miserables.  

El indicador más simple, más contundente de tal miseria es la visión de nuestras élites sobre el salario mínimo interprofesional. Tal como es el costo de la vida, ¿Cómo  puede cuestionarse la subida del SMI a 900 euros? Sin embargo, el gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos está en contra de tal subida. El PP ha propuesto en el Congreso fijar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) en 773 euros en 2019. La subida solo se produciría, en cualquier caso, "siempre que la economía registre un crecimiento del PIB real del 2,5% o superior y un incremento de la afiliación media a la Seguridad Social superior a las 450.000 personas, todo ello en términos interanuales y según los últimos datos publicados en el momento de determinar el salario mínimo interprofesional de cada año", apunta la enmienda del PP. Además, y para evitar que los aumentos del salario mínimo "puedan producir distorsiones" en los convenios colectivos, el PP añade una cláusula exigiendo "los mecanismos necesarios que impidan su afectación a las referencias al salario mínimo interprofesional" contenidas en esos acuerdos sectoriales.  Argumentos para oponerse a la subida hasta los 900 euros de SMI no faltan: no es posible porque la economía no lo permite, repercutiría en la productividad,  en pérdida de puestos de trabajo en colectivos, como los jóvenes y los mayores con menor formación, sectores donde la tasa de paro es todavía muy elevada. Y se dice, con la formalidad que corresponde a las verdades técnicas, como si sirviera de disculpa. Lo que  es peor todavía, significa que han creado una economía que depende de la miseria, la pobreza, la exclusión, paro y precariedad, y no tienen imaginación, capacidad, energía, voluntad para otra cosa. Ni por supuesto dignidad.  Significa que se sienten cómodos todos siendo parásitos de la indigencia.

Fijémonos en la sangrante desigualdad. Nuestra economía contribuye a reproducirla. Las élites, sin embargo, tienen una sensación de seguridad, ya que saben que sus hijos no tendrán motivos para preocuparse, debido a que ya al nacer están en el otro lado. Ese sentir  insolidario resulta profundamente corrosivo, ya que supone que vivimos en mundos diferentes.  Así no se puede construir un ilusionante proyecto colectivo.

Termino con las palabras pronunciadas por Azaña en septiembre de 1911 en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares pertenecientes al discurso “El problema español”.  Creo que no han perdido vigencia: ¿Vamos a consentir siempre que la púrpura cuelgue de hombros infames, que la inmensa manada de los vividores, de los advenedizos manchados de cieno usurpe la representación de un pueblo y lo destroce para saciar su codicia?