martes 7/12/21

Paul Krugman pone una pica en Suecia

El 13 de octubre de 2008, la Real Academia Sueca de Ciencias otorgó el Premio Nobel de Economía a Paul Krugman.
El 13 de octubre de 2008, la Real Academia Sueca de Ciencias otorgó el Premio Nobel de Economía a Paul Krugman. Nacido el 28 de febrero de 1953, este profesor de Economía y Asuntos Internacionales de la Universidad de Princeton había recibido con anterioridad la prestigiosa Medalla John Bates Clark (1991), distinción que la American Economic Association concede cada dos años a un economista estadounidense de menos de cuarenta años que haya realizado una gran aportación al pensamiento económico y al conocimiento, y el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (2004). Doce de los treinta medallistas John Bates Clark, es decir, casi la mitad, han sido galardonados posteriormente con el Premio Nobel de Economía, con un retraso medio de veinte años.

Uno de los rasgos que diferencia a la Real Academia Sueca de Ciencias del complejo Vaticano es que aquélla de vez en cuando da una paletada de cal, entre muchas de arena, mientras que el segundo siempre se mueve en el sentido que marca el Espíritu Santo en forma de paloma, y eso cuando se mueve. Por eso ha sido una sorpresa relativa que este año se haya premiado con el Nobel de Economía a un economista, analista político, periodista y divulgador crítico sistemático, radical en el sentido europeo y liberal en la cultura norteamericana. Personalmente, la primera sorpresa agradable que me llevé con la concesión de esta variante del Nobel fue en 1974, cuando, en la sexta convocatoria de esta especialidad, entró en la prestigiosa lista el socialista G. Myrdal. Pero fue a costa de tener que compartir el premio con el eximio representante del ala ultraliberal del pensamiento económico von Hayek. De la Teoría económica y regiones subdesarrolladas (1957) de Myrdal aprendí mucho de lo poco que sé sobre las causas y mecanismos del desarrollo y subdesarrollo regional. Y recuerdo que fue a finales de abril de 1981, durante un vuelo Madrid-La Habana, de feliz recordación por varias razones, que compartí con él y con más personas, una de las cuales luego desempañaría relevantes carteras en el Gobierno de España, cuando supe apreciar las delicias del ron cubano, camino del II Congreso de Economistas del Tercer Mundo. También celebré el otorgamiento a Stiglitz, en 2001, otro economista crítico, que hubo de compartir su recompensa con otros dos. A Krugman se le ha dado en solitario. ¡Loado sea Dios!

La sorpresa de este año lo es hasta cierto punto. Algún atrevido ha opinado que el premio le llega a Krugman con treinta años de retraso. Cierto es que fue en 1979, a los 26 años de edad, cuando dio la campanada con su Economía Internacional: La teoría y la política. Pero, aun este año de gracia de 2008, tenía pocos boletos en esta rifa. Su nacionalidad norteamericana y la lengua original de sus publicaciones eran las únicas papeletas, de las varias que se manejan a la hora de decidir la adjudicación de esta distinción, que tenía aseguradas. Efectivamente, de los 61 Premios Nobel de Economía otorgados con anterioridad al de 2008, el 80% de los premiados han sido norteamericanos (65%) o británicos (15%). Por otro lado, Krugman es relativamente joven para estas alegrías reservadas a maduros: tiene 55 años, cuando la edad media de los galardonados se sitúa en los 67 años. Sólo Arrow (con 51 años, en 1972) y K. R. C. Merton ( con 53 años, en 1997) le han sacado ventaja en la edad. Se iguala con su tocayo P. Samuelson (55 años, en 1970). Por cierto, el de más edad ha sido L. Hurwicz (90 años, en 2007), a quien le llegó casi de milagro, y no pudo disfrutar mucho de la recompensa, pues, a mayores de tener que dividirla por tres, falleció a los pocos meses, este año, sin llegar a saber quién le sucedería en el podio de los laureados. Además, ya he dicho que los sabios que deciden hacia qué lado se inclina la balanza suelen ser cualquier cosa menos rojos. Es fama que, incluso por miembros de la familia Nobel, se considera que este premio está sesgado hacia la economía neoclásica, con particulares simpatías por la Escuela de Chicago. Sin embargo, a pesar de los pesares, le ha llegado la hora a un visionario crítico, que vaticinó con varios meses de antelación la actual crisis financiera internacional.

La Academia destaca las aportaciones de Krugman al análisis de los modelos de comercio y la localización de la actividad económica. Se reconocen los méritos de sus elaboraciones sobre la teoría de la economía internacional y la geografía económica. Por cierto, las consideraciones del comité de sabios que este año ha decidido a favor de Krugman pueden enlazar por partida doble -comercio internacional y territorio-, no sé si consciente o inconscientemente, con las deliberaciones de sus predecesores en 1977, año en que se premió, en compañía de otro, a B. Ohlin, autor de Comercio interregional e internacional (1931).

Sus investigaciones integran el espacio geográfico en la teoría económica desde una nueva óptica, incorporando conceptos derivados de las imperfecciones en el funcionamiento de los mercados, papel de las economías de escala, efectos de la aglomeración y función del progreso técnico. Considera que las integraciones económicas no derivan necesariamente en un aumento general del bienestar. Desarrolla una nueva visión de las relaciones centro-periferia. Para Krugman y otros colegas con los que ha colaborado intimamente, el análisis conjunto de la acción de los rendimientos crecientes, de los costes de transporte y de la movilidad de los factores productivos dan las claves para interpretar la estructura territorial. Los rendimientos crecientes y los costes de transporte inducen a los productores a localizarse cerca de sus proveedores y de sus clientes, actuando como fuerzas centrípetas y generando una dinámica de aglomeración y de concentración de actividades. Por el contrario, la inmovilidad de algunos factores productivos, absoluta en el caso de la tierra o suelo, y relativa en lo que atañe al trabajo, actúa como fuerza centrífuga, que se opone o limita la tendencia a la concentración. De la interacción de estas fuerzas resulta una estructura espacial concreta y determinada. Los ganadores principales del comercio internacional son las áreas industrializadas. Los países menos desarrollados pueden obtener algún beneficio de la liberalización del comercio internacional y de la globalización, pero, en comparación con los países desarrollados, quedarán como perdedores.

Viene a cuento recordar que, en la introducción de una de sus obras, confiesa que descartó titularla Localización y comercio, por temor a que los lectores potenciales creyeran equivocadamente que iba a escribir sobre los modelos geométricos de la teoría de la localización. Sin querer hacer de menos a nadie, defiende la idea de que el contenido de la geografía económica es importante en sí mismo, arroja una luz considerable sobre la economía internacional y es un valioso laboratorio para la comprensión de la economía en general. Por sus múltiples aportaciones, se le considera como uno de los fundadores de la nueva teoría del comercio internacional y de la Nueva Geografía Económica. En definitiva, se trata de desentrañar los problemas del desarrollo y subdesarrollo regional. Pero, dicho sea de paso y sin ánimo de ofender, es posible que esta nueva o no tan nueva escuela cuente con la adscripción de más parásitos de dudosos méritos que de concienzudos analistas. Nihil novum sub sole.

En su biografía hay un detalle que llama la atención. De 1982 a 1983, cuando contaba 29 años, formó parte del Consejo de Asesores Económicos del presidente Reagan. Bueno, nadie es perfecto. No se sabe cuándo y cómo este Paul, tocayo de Saulo de Tarso, hizo el camino de Jerusalén a Damasco. Ni siquiera hay certeza de que lo hiciera. Ahora bien, no hay duda de que entre asesorar a Reagan y ser el látigo ígneo que cruza de azotes las espaldas de Bush, así en el terreno de la economía como en el de la política, media un buen trecho, con o sin caída del caballo. Pudo ser que su paso por la sala de máquinas de operaciones de altos vuelos hiciera saltar no su inteligencia, que siempre la demostró, sino su corazón, de las tinieblas a la luz. Lo cierto es que este prestigioso profesional de la economía hace gala y ostentación de su convicción de que el análisis económico está impregnado hasta los tuétanos de adherencias ideológicas.

Quién sabe, a lo mejor la decisión de la Academia Sueca de Ciencias de premiar a Krugman es un profético signo de lo que sucederá en tiempos futuros, pero no lejanos, en que se ponga fin a una negra etapa de la no muy dilatada historia de Estados Unidos. Tan nefasta, que se ha llegado a decir de Bush que “es el peor presidente de la historia de Estados Unidos”. Decir esas cosas así de claro es un lujo que pocos se pueden permitir. Pero, siendo multimillonario, como es el caso de G. Soros...

Antes menté su Economía Internacional: La teoría y la política. Entre los profesionales españoles una de sus obras más citadas es Geografía y comercio (Antoni Bosch, Barcelona, 1992). No sé si en plan ostentoso, o pedante, o ignorante de las disponibilidades bibliográficas en castellano, suele darse la referencia de la edición de MIT Press, aparecida casi al mismo tiempo que la castellana, pero con el supuesto pedigrí de estar en inglés. Mucho menos se cita, supongo que porque se conoce menos, o porque es más del doble de voluminosa que la anterior, la obra escrita con sus colegas Fujita y Venables Economía espacial (Ariel, Barcelona, 2000). Y así se podría seguir hasta completar una veintena de libros.

Desde enero de 2000, Krugman colabora quincenalmente en el New York Times, como columnista político y económico, criticando no sólo la política económica neocon de Bush, sino también sus aventuras militaristas y afanes guerreros en el exterior. En 2003 recopiló en un libro una colección de sus artículos, bajo el título The Great Unraveling (El Gran Engaño, Crítica, Barcelona 2004), sobre la ineficacia y la deshonestidad de la administración Bush, colocando a Estados Unidos ante el espejo del siglo XXI.

Krugman es una de las plumas de lujo con que se adorna el diario EL País. Publicó por primera vez un artículo suyo el 1 de febrero de 1996, en el suplemento, compartido con otras publicaciones, Word Media. El último hasta su elevación a los altares por la Academia Sueca de Ciencias coincidió justamente, supongo que no por casualidad, con la publicación de la noticia de la concesión del Nobel. En medio, se cuentan hasta cinco docenas de colaboraciones. Sus artículos sirven a muchos lectores de este diario para reconciliarse con un medio otrora y casi siempre condescendiente con el presidente González y agora tan crítico con ZP como laudatorio con Ruiz-Gallardón, uno de los políticos españoles de derechas de toda la vida más inteligentes del conservadurismo patrio.

El Premio Nobel de Economía se creó en 1969. Desde esa fecha, los premiados han sido 62, incluido Krugman. No lo sufraga la Fundación Nobel, sino el Banco de Suecia. En 22 ocasiones se ha adjudicado a un solo científico. En la restantes 18 ediciones la recompensa (actualmente 10 millones de coronas suecas, alrededor de 1 millón de euros) se ha repartido entre dos o tres.

Laureano Lázaro Araujo
Economista

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