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sábado. 02.07.2022

Libia en el subconsciente

En el verano de 1936, después de la sedición de los militares africanistas, del clero y de toda la oligarquía retardataria española, Francia, ahogada por una crisis política sin precedentes, propuso al Reino Unido crear un comité para impedir que se suministrasen armas a los dos bandos contendientes.

En el verano de 1936, después de la sedición de los militares africanistas, del clero y de toda la oligarquía retardataria española, Francia, ahogada por una crisis política sin precedentes, propuso al Reino Unido crear un comité para impedir que se suministrasen armas a los dos bandos contendientes. Con su actitud cobarde, Francia y Gran Bretaña dieron carta de naturaleza a los felones al comparar al Gobierno legítimo, que tenía derecho a comprar armas para defender la legalidad constitucional, con un grupo de degenerados que sólo querían mantener privilegios que en ningún país de Europa Occidental seguían en pie. El Comité de No Intervención o Comité de Londres, contó con la adhesión formal de Alemania e Italia, pero sólo formal, los nazi-fascistas continuaron suministrando armas a los traidores sin el más mínimo obstáculo, mientras el Gobierno republicano español tenía que pagar a precio de oro las armas que le proporcionaba la URSS y que muchas veces se quedaron en la frontera francesa, como ocurrió en la Batalla del Ebro. La derrota de la República española a manos del nazifascismo, tal como advirtieron en la Sociedad de Naciones los republicanos españoles, llevó directamente a la Segunda Guerra Mundial.

Durante los últimos meses de la Guerra Mundial, Roosevelt y Stalin pensaron en cumplir con el deseo de miles de exiliados que pensaban que el final del conflicto bélico internacional, supondría también el de la tiranía fascista española y la instauración de un régimen democrático. Contra toda lógica, Churchill presionó a Roosevelt para que esos deseos no se cumpliesen haciéndole ver que Franco era un dictador fascista muy dócil con los aliados occidentales y España una plataforma estratégica para enfrentarse a la nueva amenaza que suponía la aparición de la URSS como gran potencia. Fueron Churchill y Truman –Roosevelt había muerto- quienes decidieron que Franco permaneciese en el poder y continuase matando a placer: Su única condición fue que obedeciese todo lo que ellos ordenasen. Gracias a esa estrategia urdida por el Foreign Office y apoyada por la Administración Truman, España pudo gozar durante cuarenta años de una de las dictaduras más criminales de las habidas en Europa, una dictadura capaz de matar, torturar, exiliar y desaparecer a cientos de miles de personas después de acabada la guerra, una tiranía capaz de montar un sistema insuperable para robar niños a sus progenitores, una dictadura tan terrorífica que hizo cambiar el modo de vida y de ser de los españoles convirtiéndolos en seres medrosos e indolentes. Un solo gesto, una sola orden verbal dada a Franco por las potencias vencedoras habría supuesto la salida inmediata de España del carnicero católico ferrolano que dormía junto al brazo incorrupto de Teresas de Ávila. No lo hicieron, pero sí todo lo contrario.

Después de la tristísima experiencia de Irak, dónde fueron asesinadas cientos de miles de personas para controlar la ruta del petróleo, cualquier intervención armada de un país fuera de sus fronteras parece deslegitimada, aunque vista nuestra experiencia histórica no lo estaría siempre que estuviésemos bien informados y supiésemos –perdonen la simplificación- quienes son aquí los buenos. En diciembre de 1980, asistí en la Facultad de Económicas de la Universidad Autónoma de Madrid a la presentación vía satélite del Libro Verde de Gadafi, pero no asistí yo sólo, sino acompañado de un montón de arabistas, politólogos y periodistas que pudieron preguntar en directo al líder libio sobre las teorías expuestas en su libro. Había una enorme expectación que en absoluto se vio defraudada cuando la imagen del coronel apareció en la gran pantalla del salón de actos. Seguro de sí mismo, resuelto y convincente, Gadafi fue respondiendo con una gran sonrisa a todas las preguntas que le formularon sabios venidos de todo el mundo. Al final, una ovación que duró varios minutos despidió al hombre providencial que hablaba de un mundo mejor. Treinta y un años después de aquella insólita aparición, Libia es hoy el país que tiene el más alto índice de desarrollo humano del Norte de África, lo que sin duda es un hecho a tener en cuenta porque ese índice, que elabora Naciones Unidas basándose en datos “objetivos” como la esperanza de vida, la educación y la renta por habitante, es igual que el de Arabia pero conseguido con mucho menos petróleo, es decir que “objetivamente” es un país mucho más justo y mucho más avanzado que el de nuestro gran amigo saudí o el de nuestro primo Mohamed V. Quizá eso pueda explicar por qué las revueltas en Libia, por mucho que mientan los grandes medios, no han llegado en ningún caso al nivel de las acaecidas en Túnez, Yemen, Bahréin o Egipto.

Sin embargo, no basta con eso, sin duda la represión de las protestas populares por parte del régimen de Gadafi terminan de completar esa explicación, como es esa la principal razón para entender por qué no hay revueltas o son pequeñas en Arabia, Marruecos y otras monarquías feudales de África y Asia, continentes que acogen las más feroces dictaduras del mundo y que mantienen a la mayoría de sus pueblos en la indigencia y la miseria más absoluta: Congo, Somalia, Sierra Leona, Costa de Marfil, Nigeria, Zimbabue, Emiratos Árabes, Bahréin, Pakistán o Afganistán, país donde las tropas de Naciones Unidas se están luciendo.

Dicho esto y suponiendo que en Occidente están los buenos, que la represión de Gadafi es tan horrible como nos cuentan y que la oposición al dictador que antes regalaba caballos y pagaba campañas electorales es un grupo bien articulado, con un proyecto político democrático y no un puñado de salvajes que están pasando a cuchillo a todo el que se les antoja, la decisión de Naciones Unidas de crear una zona de exclusión aérea para proteger a la población civil, es acertada, pero cabe preguntarse si esa intervención, que puede degenerar en algo peor a lo que quiere evitar porque las armas las carga el diablo aquí y en la Yamahiriya, se hace por interés humanitario o simplemente porque Libia tiene petróleo y es una piedra en el zapato en el nuevo orden que se quiere imponer en la zona. ¿Se habría tomado esa resolución si Libia no tuviese petróleo? Esa es la pregunta, porque tiranías tan duras o peores que la de Gadafi existen en muchos países del mundo y nadie habla de ellas, porque el África subsahariana de desangra día a día por haber cometido el pecado mortal de tener materias primas que Occidente y China necesitan y se llevan a sangre y fuego, porque ahora mismo el gobierno de Costa de Marfil –un ejemplo de tantos- está matando y desplazando a cientos de miles de personas sin que nadie haga nada, porque Guinea, la Guinea que fue provincia española, es una tiranía genocida de la que nadie se preocupa porque su jefe es nuestro amigo del alma.

Gadafi está loco y es un tirano, eso no escapa a nadie, todas las dictaduras del mundo sobran y deben ser condenadas, incluida la que aquí nos impusieron Gran Bretaña y Estados Unidos y tiene al Juez Baltasar Garzón sentado en el banquillo, pero hemos de ser conscientes de que las democracias occidentales cada día están más devaluadas por la mercantilización de la política y por esa brecha cada vez mayor que separa a los pueblos de quienes los dirigen. Sería bueno que hiciésemos introspección, que comenzásemos a regenerar la casa desde los cimientos de la libertad y la justicia social. Serviría para reconciliarnos con nuestro sistema político y, también, para saber si de verdad somos los buenos o simplemente unos mercaderes que tienen aviones que matan sin que las víctimas puedan ver las caras de sus asesinos. Gadafi debe ser expulsado del poder, como en su día debió ocurrir con Franco, como debiera ocurrir con Obiang Nguema, con Laurent Gbagbo o con el régimen de los paramilitares colombianos, del que casi nadie habla, pero la guerra no es nunca la mejor medicina, pese a lo que dijese en su tiempo el barón Von Clausewitz, sobre todo cuando hay tantos fantasmas en el subconsciente.



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