martes 19.11.2019

La rebelión de las élites | II

En un par de fines de semana encerrados en un hotel de El Escorial, los dos notables del franquismo, Laureano López Rodó y Gonzalo Fernández de la Mora, redactaron de corrido la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento. Según sus autores se quiso componer un texto legal en el que “cristalizara el espíritu del ‘Alzamiento’ con perspectivas de futuro.

En un par de fines de semana encerrados en un hotel de El Escorial, los dos notables del franquismo, Laureano López Rodó y Gonzalo Fernández de la Mora, redactaron de corrido la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento. Según sus autores se quiso componer un texto legal en el que “cristalizara el espíritu del ‘Alzamiento’ con perspectivas de futuro.” Años más tarde, y muerto el dictador, López Rodó y Fernández de la Mora fueron dos de los fundadores, entre los que se encontraba también Fraga Iribarne,  de Alianza Popular, hoy Partido Popular. El primero representaba la tecnocracia y el segundo la desideologización y el apoliticismo, que plasmó en su libro “El crepúsculo de las ideologías”, y que fue sostén estratégico y totalitario del caudillaje franquista. Los artífices de la Transición afirmaron que era pasar de la legalidad a la legalidad, pero la licitud de la que se partía era la gran ilegalidad del 18 de julio. Los poderes fácticos económicos y sociales que habían propiciado, mantenido, amén de beneficiarse, del perverso paréntesis histórico del franquismo, siguieron siendo aquello que se debía propiciar, mantener y beneficiar. Una especie de bula de nuevo tipo que recuerda aquella que publicó el Papa Bonifacio VIII en la que afirmaba la superioridad del poder espiritual (léase el financiero) sobre el poder político.

La Transición postfranquista bebe de muchas de las inercias de la decimonónica restauración de Canovas del Castillo. Para las élites el poder es su dominium rerum. Los hombres son distintos, sus ideas, pero el poder siempre es el mismo y tiende insensiblemente a concentrarse, no a difundirse. La dictadura no compartió el poder, lo transformó en el contexto de un sistema que supusiera un abanico ideológico que no chocase con sus intereses económicos y sociológicos. Lo que en la época canovista se llamó “partidos dinásticos” ahora eran “partidos de gobierno” cuya condición adquirían admitiendo que los problemas no se relacionarían con debates básicos de filosofía e ideología, sino con medios y arbitrios.

Hoy, con la excusa de la crisis, los paradigmas de la derecha y las élites económicas y financieras nos conducen a la privatización del Estado y la feudalización de la sociedad regida no por los derechos de la ciudadanía sino por los privilegios de las minorías. El entramado ideológico de la derecha concibe un Estado mínimo, circunscrito al mantenimiento del orden público, de la defensa y poco más; no le ve sentido a las autonomías y le incomoda una democracia que haga hincapié en los principios de solidaridad, igualdad y justicia social.

El pragmatismo, impuesto como inmunodeficiencia ideológica, por el proceso político de la Transición, ha propiciado que la crisis económica esconda una profunda crisis social, política e institucional que deja al ciudadano en la indefensión y el desconcierto de a quien se le presenta la realidad a través de un espejo cóncavo de feria. La mayoría social necesita reconocerse en ideas y principios frente a un pragmatismo acomodaticio que carece de proyecto transformador. Una ciudadanía que vive el drama de “El príncipe idiota” de Dostoievski, en el sentido de que si la teoría no corrompe jamás, la praxis sí corrompe con sus frecuentes contradicciones, dejaciones y desviaciones.

En realidad las posiciones de los conservadores y la consagración del poder de las élites suponen un autoritarismo tout court ya que representa un determinado principio formal de deformación del antagonismo social. Se obvia que política y democracia son sinónimos: el objetivo de la política antidemocrática es y siempre ha sido, por definición, la despolitización, es decir, la exigencia innegociable de que “cada cual ocupe su lugar”, el que le designan los poderes fácticos, mientras que la verdadera lucha política, como explica Rancière, no consiste en una discusión entre intereses múltiples, sino que es la lucha paralela por conseguir oír la propia voz y que sea reconocida como la voz de un interlocutor legítimo. En palabras de Slavoj Zizek el populismo de derecha, dice hablar en nombre del pueblo cuando en realidad promueve los intereses del poder. 

La rebelión de las élites | I

La rebelión de las élites | II
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