domingo 23.02.2020

Carta abierta al Sr. Ministro de Educación

Estimado ministro Wert: Le escribo preocupado por mis estudiantes de la asignatura Argumentación y Negociación del grado de Derecho de la Universidad de Castilla-LaMancha. Todo se debe a unas declaraciones suyas en las que sostenía que con los rectores iba a dialogar y no a negociar.

Estimado ministro Wert: Le escribo preocupado por mis estudiantes de la asignatura Argumentación y Negociación del grado de Derecho de la Universidad de Castilla-LaMancha. Todo se debe a unas declaraciones suyas en las que sostenía que con los rectores iba a dialogar y no a negociar. No distinguir con claridad estos dos importantes conceptos ha dado lugar a múltiples confusiones, algunos muy recientes en la historia del terrorismo en España, y me preocupa que una persona tan inteligente como usted se vea sumido en la misma confusión que la mayor parte de los ministros del Interior de los sucesivos gobiernos hasta la fecha. Y se lo digo como si se lo dijera su jefe de gabinete, claro está, si hubiera hecho este señor o señora un buen curso de argumentación y hubiera aprobado la materia. Como esto me es imposible comprobarlo, me lanzo al ruedo y le brindo a usted una pequeña ayuda desinteresada para que no caiga en una trampa estratégica en la que me parece que, si no rectifica (no importa, rectifique usted, mire a su presidente cómo se afana por hacerlo todos los días) puede ser mortal para el sosiego de su mandato.

Dice usted que va a dialogar con los rectores y no a negociar. ¿Sabe usted en el infierno político que se está metiendo? Si dijera sólo que iba a negociar….Esto me recuerda a un famoso presidente de un club de fútbol que después de una de sus numerosas comparecencias en una vista oral, a la salida del juzgado y ante la mirada horrorizada de su abogado espetó a la prensa con esta declaración: “Estoy muy contento, el juez ha dicho que sólo ha habido dolo y no culpa en mi conducta”. Pues bien sr. Ministro, algo parecido le ha pasado a usted, eso sí, líbreme el santísimo de equipararle a usted con aquel bizarro personaje.

Cuando alguien acepta el diálogo con otro sujeto reconoce su capacidad de argumentar y la posibilidad de verse atrapado por sus razonamientos y convertirse a su causa. El diálogo implica asumir la condición del otro como un sujeto que actúa conforme a razones, aceptar el compromiso de escucharlo y reconocer que es posible que tenga razón en sus apreciaciones. Si queremos dialogar con el diablo es necesario asumir que puede haber racionalidad en el averno. Vade retro! Imagínese usted que llegan los rectores – no se fíe de ellos, son astutos y saben de estrategia, y además dogmáticos, no quieren que la enseñanza pública disminuya en la calidad de su oferta y están empecinados en aumentar las partidas de investigación, creen que la educación no es un coste sino una inversión que brinda sus beneficios al bienestar general y cosas así- y empiezan a esgrimir razones objetivas a favor de la no reducción drástica de los presupuestos destinados a la educación superior. No sólo tendrá usted que escucharlos, sino tendrá que contestarles, por ejemplo, esgrimiendo la prioridad de la amnistía fiscal sobre la estabilidad de la política de becas, o los rescates con dinero público de las entidades financieras privadas sobre el mantenimiento de los presupuestos de investigación, y cosas por el estilo. Tendrá usted que fajarse ante cincuenta fieras (al menos, las fieras públicas, las privadas están de momento al acecho) que luchan desesperadamente porque sus universidades no se conviertan en academias docentes con slogans parecidos a “Academia La Mancha: El saber no ocupa lugar, clases de 9 a 9”.

Pero si yo fuera su asesor le diría que negociara. Negociar, como saben mis alumnos, es un proceso entre las partes de un conflicto que tiene como objetivo la resolución de éste mediante la conformación de un acuerdo que se constituye a partir de la interacción entre las propuestas de solución que cada una de ellas presenta en la mesa. Los fundamentos del acuerdo son la voluntad de las partes y su nivel de satisfacción con respecto a las expectativas que tenga los negociadores. Es una estrategia voluntaria de adaptación y equilibrio, un método inteligente para asignar o repartir recursos, integrar eficientemente intereses y preferencias relativamente divergentes entre sí y dirimir el conflicto de una forma cooperativa. La negociación implica legitimar al otro como actor del conflicto pero no como titular de legitimación moral. Por ello, si usted no está de acuerdo con lo que le presentan las partes –los taimados rectores- pues se levanta y ¡hála!, a otro asunto de su negociado, sin tener que dar argumentos que justifiquen su actitud, a lo sumo alguna explicación, con su valor de reserva intacto que no es otra cosa que la mayoría parlamentaria indeleble que tiene su grupo parlamentario. Pero ay! si entra en el diálogo, menudo infierno deliberativo le espera. En lugar de acordar convenciones, como hacen los negociadores, tendrá que jugársela con las convicciones, como hacen quienes dialogan. Con el diablo es mejor negociar, no dialogar.

Los ministros del Interior decían que iban a dialogar con ETA, pero no a negociar. ¿Por qué tendrá tan mala fama la estrategia de la negociación si compromete mucho menos que el diálogo? ¿Es que acaso los políticos que fueron a negociar con la banda terrorista no querían negociar sino sólo reconocer la titularidad moral de las pretensiones defendidas por los terroristas y estar abiertos a la conversión de sus ideas, como por ejemplo, el rechazo de la violencia armada si fuera menester? Sr. Ministro, yo creo que los ciudadanos españoles quieren políticos negociadores que construyan acuerdos inteligentes y estables, que desplieguen toda su sabiduría estratégica para lograr soluciones a los conflictos planteados, y por el contrario no quieren falsos dialogantes que pervierten esa hermosa palabra que es la deliberación en una retórica vacía cuya único objetivo estratégico es perder el tiempo. 

Carta abierta al Sr. Ministro de Educación
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