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viernes 27/5/22

¿Y si participamos y si nos dejan…?

Recientemente, he leído en la prensa local que un Consejo de una Zona Básica de Salud de Navarra no se reunía desde hace la friolera de veinte años. Estos Consejos son órganos de participación ciudadana sobre Atención Primaria. El caso no es una excepción.

Recientemente, he leído en la prensa local que un Consejo de una Zona Básica de Salud de Navarra no se reunía desde hace la friolera de veinte años. Estos Consejos son órganos de participación ciudadana sobre Atención Primaria. El caso no es una excepción. Son numerosos los órganos de participación ciudadana creados en diferentes ámbitos (sanidad, educación, ordenación territorio…) que no funcionan por inanición. Llevan décadas creados y nadie los evalúa ni certifica su mortandad. Los órganos de participación ciudadana obedecieron a un impulso en los años ochenta por dar cauce a la ciudadanía y a las asociaciones civiles en la programación y planificación pública. En la actualidad, salvo excepciones, no existe actividad en ellos. Pocos han reparado en su no existencia vital. En fin, una muestra más de la formalidad de nuestra democracia, a la vez que el vaciamiento de su contenido.

Después de un intenso compromiso político durante la Transición española, la ciudadanía española fue delegando sus poderes en sus representantes políticos. Delegando, delegando, hasta que casi se convirtió en un secuestro de lo político; prácticamente ejercían ciudadanamente cada cuatro años. Entre otras razones, porque cómo las cosas funcionaban no era preciso interesarse por las mismas. Dejemos a los profesionales de la política que ejerzan su labor. Y en éstas estábamos cuando llegó la crisis. Ahora, una parte importante de la ciudadanía, con toda legitimidad, reclama que su poder le sea devuelto, quiere empoderarse. En principio, por indignación, porque desconfían de sus representantes. Es más, les consideran parte del problema. Pero en cualquier caso, más allá de sus motivaciones no sólo están en su derecho, también en su obligación. La ciudadanía es un derecho y una obligación de Comunidad. Sin ciudadanos responsables dentro y fuera de la clase política la sociedad democrática no es viable.

En esta profunda disociación entre Sociedad Civil y Estado, es preciso tomar medidas de regeneración democrática, de republicanismo cívico, en ambas direcciones. Por un lago, los llamados políticos tienen que incorporar una Agenda Ciudadana. Deben abrir cauces de transparencia, participación, y decisión directa a la ciudadanía. Las iniciativas legislativas populares, los presupuestos participativos, las consultas populares, los Open Data son instrumentos para ese cauce de civismo. Medidas que deben aplicarse al ámbito institucional y al organizativo. Por otro lado, la ciudadanía debe asumir su responsabilidad. Tal como afirma Salvador Giner, es preciso fomentar la virtud cívica; participar, entrar en movimientos cívicos altruistas, en un partido o sindicato. Tomar la elección racional de responsabilidad. Un camino que no necesita especialistas políticos ni militancias profesionalizadas. Por lo tanto, encaucemos y participemos de nuestro poder soberano, para decidir.

En los momentos actuales, la tarea de comunicación y participación ciudadana es tecnológicamente sencilla y accesible. Sin embargo, o quizás por ello, es cuando más reducido se encuentra lo político. Cuando el poder ciudadano está más al alcance de la mano es cuando más alejado se encuentra. Por lo tanto, exploremos y explotemos sus potencialidades para una mayor calidad democrática.

¿Y si participamos y si nos dejan…?
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