lunes 06.07.2020

La Guardia Civil

España es un país ciclotímico. En términos psicosociales e históricos. No otra cosa está en la base de la teoría de Ortega y Gasset de que la historia se desenvuelve con movimientos de péndulo. De un lado al otro, de la derecha a la izquierda o adelante y atrás, de la ansiedad a la euforia.

La derecha tiende a la euforia y todo lo ve bien. Acríticamente. El pasado, el presente y el futuro. Es autocomplaciente. Cuando la derecha ve algo en la historia que no le gusta o no va en la dirección “adecuada”, que ya le cuesta, lo niega y lo borra. Y a otra cosa. Por eso su visión de la historia más que lineal es achatarrada.

Autocomplaciente sí, salvo los escasos y cortos períodos en que la izquierda ha gobernado, gobierna o gobernará. En estos períodos se le desata la ansiedad y la depresión y vive la historia con desesperación. Supera la ciclotimia y entra de lleno en la sintomatología del trastorno bipolar

La izquierda, más inhabituada a tocar poder, por la misma razón tiende a la depresión. Y la cosa no es para menos. Analizada nuestra historia, la cosa no es como para el optimismo. Incluso se regodea en la depresión como fuente del pensamiento crítico y de elaboración de alternativas. Es pura teoría marxista. El pensamiento dialéctico. Todo tiene en sí su contrario, la contradicción. Ni siquiera lo bueno es todo bueno. Lo bueno no es mucho bueno y muy bueno, que diría Rajoy.

En estos días, y a propósito de las movidas en Interior, todas las derechas del país han saltado en defensa del benemérito Cuerpo, de sus mandos, de sus hombres, de su espíritu de servicio, de su lealtad, de su capacidad de trabajo. Y, hasta los más ilustrados, han invocado al Duque de Ahumada y sus citas más célebres.

Permítanme que, aceptando todo lo que se ha dicho y que, para completar ese relato, les traiga a colación algunos detalles frutos unos de mi memoria, otros de mis lecturas y estudios. Así vosotros podréis intuir por dónde se sitúa el centro del movimiento oscilatorio del péndulo. O podréis bailar la yenka (izquierda, derecha, delante, detrás, un, dos, tres).

La Guardia Civil se fundó como policía rural para defensa de los latifundistas y represión de los campesinos, que sigue siendo todavía hoy su principal cometido a pesar de que modernamente se han creado múltiples unidades especializadas. Es la original Guardia civil caminera. La de los gitanos. La de García Lorca. La del Tarajal. La de la represión con tintes clasistas y racistas. Y desde su fundación y hasta los años sesenta del pasado siglo su vocación ha sido esa precisamente. El mantenimiento del orden público en el ámbito rural y asimilados. Con generosidad porque, ya que estaban ahí, poco les costaba mantener también el orden laboral, el orden eclesial, el orden moral e incluso el orden personal y natural de las cosas, porque no podemos pretender que todos seamos iguales.

Efectivamente el Duque de Ahumada era un genio de la represión que aplicó los principios organizativos que aseguraban la dureza en la represión. Tres principios: carácter militar del cuerpo, extracción rural de sus miembros y separación absoluta de la población civil (destinos en poblaciones sin vinculación personal y convivencia aislada de grupo en Casa Cuartel).

Y así ha dedicado buena parte de su historia a aplastar levantamientos desesperados de campesinos hambrientos y sin tierras, jornaleros miserables sin empleo que vivían de actividades marginales como el furtivismo o el rebusco de la aceituna, con porcentajes de analfabetismo próximos al 100% y que vivían como alimañas en cuevas e infraviviendas, sin derecho ni acceso a la educación ni a la enseñanza... Y también los movimientos huelguísticos y sociales de los mineros y trabajadores de la industria y los servicios. Tristemente la Guardia Civil, siempre ha garantizado efectividad en su desempeño. Incluso cuando la II República la lanzó contra el movimiento colectivizador en Aragón. O antes con los sucesos de Casas Viejas de 1932.

La silueta de la pareja con tricornio, capote y naranjero es una imagen que no desataba respeto sino terror, incluso en quien nada debería temer. La represión en estado puro. La presencia más descarnada de la violencia del Estado.

Que es incuestionable, y así lo adveran los historiadores, que, mayoritariamente, la Guardia Civil permaneció fiel a la legalidad republicana. Pero no se puede desconocer tampoco que en muchas plazas militares promovieron y se sumaron al golpe. Se nos recuerda al Tte. Coronel Rodríguez-Medel en estos días. Y en esta triste historia no se puede desconocer que sólo él y dos oficiales más permanecieron fieles a la República en Pamplona. Y que los tres fueron asesinados por orden del General Mola. Rodríguez Medel fue asesinado al parecer por la espalda y por sus propios hombres, sin entrar en combate y sin oportunidad de defensa. Son los valores que la derecha atribuye a la milicia: la lealtad, la obediencia debida y la disciplina… siempre que se nos ordene lo que a nosotros nos apetece o conviene. Son principios inalterables pero reversibles. Defensa de la legalidad salvo que haya que cambiarla. Tampoco ocho años de apoyo a la legalidad republicana son gran cosa frente a treinta seis de apoyo a la ilegitimidad franquista.

La postguerra fue una orgía de violencia y represión política y social. Y de ella participó lujuriosamente el Cuerpo. De los asesinatos masivos de quienes habían mostrado opciones políticas republicanas y de quienes eran denunciados por los curas o por los terratenientes o por los chivatos de confianza. Y también de la persecución y asesinato de los “maquis”, extraña mezcolanza de restos del Ejército republicano, huidos de la represión y comunistas que esperaban la derrota del Eje en la Segunda Gran Guerra.

Pero no sólo, también ejercitaron otras funciones que el Estado totalitario consideraba incluidas en el concepto de “orden público”. Como permitir, escoltar y garantizar la impunidad de quienes cortaban el pelo a las “rojas” y las obligaban a ingerir aceite de ricino para exhibirlas públicamente desnudas y malolientes. O llevar a la Iglesia a punta de pistola a los jornaleros que no iban a misa los domingos. “Hostiar” (por lo civil, naturalmente) en el cuartelillo o en público a los campesinos que blasfemaban o trabajaban en fiesta sagrada. O devolver al dulce hogar marital a la mujer que lo había abandonado haciendo uso de la legislación de divorcio republicana, aunque hubieran contraído posteriormente matrimonio civil, porque el Régimen se apresuró a declarar la nulidad de todos los divorcios y matrimonios civiles. O hacerle comer al mozo los pájaros que había cazado en furtiveo. Crudos y con plumas.

Aunque duela a muchos, Bildu tiene razón sobre la implicación de la Guardia Civil en la lucha  sucia contra el terrorismo con técnicas execrables como la tortura o el asesinato. No me extenderé. Solo basta citar al Coronel Galindo, que llegó al generalato, el Cuartel de Intxaurrondo o El Caso de Almería y el Tte. Coronel Castillo (torturas y asesinato de tres jóvenes en Roquetas de Mar a los que la Guardia civil tomó equivocadamente por miembros de ETA). Se filmó una película. La constancia de esas “prácticas” y la implicación de Oficiales Jefes, ha sido ratificada tanto por los Tribunales nacionales e internacionales como por las Organizaciones de Defensa de los Derechos Humanos. Y no es justificación que ETA también matara. Incluso que matara mucho.

Da mucho que pensar que el Tte. Coronel Tejero en situación de disponibilidad y sin mando de tropas le costara tan poco reclutar medio centenar de hombres para tomar el Congreso el 23F. Que le bastara pasar por el Parque Móvil de la Guardia Civil para reclutar tanto voluntario para atentar contra el poder legalmente constituido.

En estos tiempos de malas prácticas policiales, de uso abusivo de la fuerza, de asesinatos  por la espalda, de disparar  primero y preguntar después, de rodillas en el cuello… no podemos ignorar que nuestra Guardia civil está doctorada cum laude en esas prácticas. A sabiendas de que toda generalización es injusta y que todo lo dicho no es predicable de la totalidad y ni siquiera de la mayoría de sus miembros.

Todo lo demás, lo bueno, lo han contado otros. La continuidad del Cuerpo en un sistema democrático exige que se asuma lo uno y lo otro. Y que se haga imposible la repetición de lo “otro”. En tiempos en que, con carácter general y en nuestro contexto, se están revisando las prácticas policiales.

La Guardia Civil