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viernes. 03.02.2023

La fortaleza de la Integridad, que incluye la honestidad y la autenticidad, es una de las 24 fortalezas de Martin Seligman, forma parte de las fortalezas que engloba la Virtud del Valor. Estas fortalezas reflejan el ejercicio consciente de la voluntad hacia objetivos encomiables que no se sabe con certeza si serán alcanzados. Para ser considerados valientes, tales actos deben ser realizados ante fuertes dificultades o adversidades. Esta virtud es universalmente admirada, y todas las culturas cuentan con héroes que la ejemplifican. 

La fortaleza de la integridad se manifiesta por decir la verdad y presentarse a sí mismo de una manera genuina. Las personas que tienen esta fortaleza no sólo se caracterizan por decir la verdad, sino por la forma en la que viven su vida, de una manera genuina y auténtica, son personas que tienen los pies en el suelo. No sólo son auténticos con los demás, sino también consigo mismos.

Estas fortalezas [Integridad, que honestidad y la autenticidad] reflejan el ejercicio consciente de la voluntad hacia objetivos encomiables que no se sabe con certeza si serán alcanzado

Una persona con integridad es abierta y honesta acerca de sus propios pensamientos, sentimientos y responsabilidades, teniendo cuidado de no inducir a error, ya sea a través de la acción u omisión.

Esta fortaleza permite que uno se sienta un sentido de propiedad sobre los propios estados internos, con independencia de que esos estados son populares o socialmente cómodos, y permite experimentar una sensación de plenitud auténtica.

Como se ha comentado, la fortaleza de la Integridad forma parte de las fortalezas que engloba la Virtud del Valor. Estas fortalezas reflejan el ejercicio consciente de la voluntad hacia objetivos encomiables que no se sabe con certeza si serán alcanzados. Para ser considerados valientes, tales actos deben ser realizados ante fuertes dificultades o adversidades. Esta virtud es universalmente admirada, y todas las culturas cuentan con héroes que la ejemplifican. 

Esta fortaleza permite que uno se sienta un sentido de propiedad sobre los propios estados internos, con independencia de que esos estados son populares o socialmente cómodos

Orval Hobart Mowrer (1907-1982) fue una autoridad en la psicología del aprendizaje de la primera mitad del siglo XX gracias a los experimentos sobre la ansiedad y a sus numerosas publicaciones. Pero en la primavera de 1945 su carrera experimentó un cambio radical después de conocer la teoría de las relaciones interpersonales de Harry Stack Sullivan. Convencido de que sus problemas emocionales eran debidos a fallos en las relaciones con sus allegados, le reveló a su esposa los secretos de su vida y comenzó a practicar la psicoterapia con los ojos puestos en la doctrina véterotestamentaria (Viejo Testamento) del castigo de los pecados. 

La ansiedad neurótica no era debida a la represión de los instintos como suponía el psicoanálisis, sino a la represión de la conciencia moral. De ahí que la noción del pecado fuese la mejor arma para luchar contra la concepción médica de la enfermedad mental heredada de Freud. Este moralismo, junto con sus críticas a la psicología y psiquiatría, le alejó de la profesión y acercó a Alcohólicos Anónimos, la Fundación Synanon y otras organizaciones para la rehabilitación de las drogadicciones. Finalmente, tras la emergencia de las terapias grupales en la década de 1960, Mowrer fundó los “Grupos de Integridad” con el propósito de que sus miembros viviesen una vida más plena en una verdadera comunidad. Dichos grupos iban a reemplazar a los grupos sociales primarios.

La honestidad, honradez o integridad era sinónimo de no mentir ni ocultar los errores cometidos y decir siempre la verdad

La honestidad, honradez o integridad era sinónimo de no mentir ni ocultar los errores cometidos y decir siempre la verdad. Mowrer, experimentó sus efectos benéficos cuando confesó a su esposa los secretos de su vida y se sintió liberado de la culpa. La práctica de la terapia individual le enseñó que sus propias automanifestaciones facilitaban enormemente la comunicación interpersonal con las personas que le pedían ayuda, de modo que éstas se sentían libres para revelarle sus fallos y pecados. Las pequeñas victorias emocionales operaban a modo de recompensa para proceder a la restitución. Y la terapia grupal le confirmó en la idea de que la honestidad debía extenderse a todas las personas importantes del entorno social. 

Mowrer coincidía con Alcohólicos Anónimos en que no bastaba con confesarse una sola vez con una sola persona en la psicoterapia individual o en la confesión religiosa, vistos los malos resultados de estas prácticas. La automanifestación debía ir acompañada de una progresiva apertura a todas las personas importantes. Ahora bien, lo que ya no tenía tan claro era el contenido de las automanifestaciones. Alcohólicos Anónimos insistía en que debían ceñirse al problema del alcohol, pero en los grupos de integridad los pecados específicos parecían menos relevantes que el hecho mismo de haber sido mentiroso o hipócrita. Lo que verdaderamente importaba era la actitud sincera con que se revelaban los fallos, sean los que fuesen, y la evitación de cuanto pudiera poner en peligro la relación, como, por ejemplo, las opiniones extemporáneas sobre las virtudes o defectos de los demás. 

El amor es peligroso porque nos vemos expuestos a las bombas del odio cuando dejamos que otros nos conozcan

En el último capítulo de La Nueva Terapia Grupal, Mowrer se hizo eco de las críticas contra las automanifestaciones a personas distintas del terapeuta o la terapeuta. Pero, en lugar de hacer un análisis detallado de las circunstancias, profundidad y extensión de dichas conductas, se limitó a repetir lo que respondió Sidney Jourard en un escrito que, en el cual afirmó que el amor es peligroso porque nos vemos expuestos a las bombas del odio cuando dejamos que otros nos conozcan. Esta posibilidad, añadió Mowrer, “ha de afrontarse como un riesgo calculado. Pero lo peor que puede ocurrir a lo largo de estas líneas es mucho menos grave que lo que ciertamente ocurrirá si continúa la ocultación”. 

Como podrá observarse, una respuesta tan general ignoraba o pasaba por alto las dificultades reales de la automanifestación interpersonal. Hablar de uno mismo ante una persona extraña puede interpretarse como signo de narcisismo o intento de manipulación, y en todo momento debe respetarse el derecho de las personas a su intimidad y privacidad. Pero Mowrer estaba convencido de que la honestidad era “la mejor política, tanto para los individuos como para la sociedad. En su opinión, la apertura al grupo, junto con el “feedback” procedente del mismo, era un instrumento eficaz para modificar los propios pensamientos, conductas y emociones. Y, por otra parte, las resoluciones que se tomaban después de haberlas consultado con el grupo eran mucho más fiables y duraderas que las guardadas dentro de uno mimo.

Por último, compartir esta reflexión de Benjamin Franklin: “Sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y de reconocer sus errores”.

La fortaleza de la integridad