lunes. 15.04.2024
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“Hombre soy: Nada de lo humano me es ajeno”, así decía el viejo proverbio romano recogido por Terencio. Vivir con los ojos cerrados, dar la espalda al sufrimiento ajeno, negarse a oír el grito desgarrado de miles de inocentes que mueren por bombas que no ven y que cada una de ellas vale más de lo que gastarían los muertos a lo largo de toda su vida, enmudecer ante la barbarie, callar ante las tripas reventadas de niños y mayores, predicar el ascetismo, la quietud cuando de nuevo la guerra y la desigualdad enseñan sus irracionales y desoladoras garras a la Humanidad, no sólo nos hace cómplices, sino que también nos puede hacer felices: Una de las fórmulas más extendidas de felicidad es ignorar cuanto le pasa a los demás, vivir al día y que cada palo aguante su vela. Ser optimista hoy, como en otros tiempos turbulentos, es negarse a ver la realidad, vivir en un mundo artificial donde todos los días nacen flores que nunca se marchitan, sin embargo, algo está cambiando a velocidad de vértigo, algo que ni siquiera nos da tiempo a aquilatar, a pensar, a contestar. El egoísmo a que lleva el individualismo de mercado nos está llevando a un callejón sin salida del que sólo se podrán evadir quienes sepan situarse al lado de quienes nada tienen que perder, que ya no son los proletarios domesticados y serviles, sino los más ricos, aquellos que por mucho que pierdan, siempre tendrá muchísimo más por perder y, sobre todo, por ganar. Son una minoría, se mueven por las cloacas que han habilitado las redes sociales e internet. Todo es opaco, nadie les controla, su velocidad es la de la luz, mientras que la de los Estados es la del sonido. Ahora, al contrario de lo que afirmara Terencio, “Todo lo humano nos es cada vez más ajeno”.

Por primera vez en la historia, gracias a los instrumentos que ofrecen internet y esas nuevas tecnologías, los Estados, se ven incapaces de conformar un marco de convivencia en el que todos estén sometidos al Imperio de la Ley

Se ha vendido, imitando el modelo norteamericano en buena parte salido de las teorías de Oswald Spencer, aunque casi nadie lo haya leído, que la política es una actividad corrupta, que el Estado es un ente opresor que debe ser reducido a la mínima expresión y que la única forma de progreso posible es la que deviene de la acción individual, de la libre iniciativa de los individuos. El Estado, los políticos, las leyes sólo sirven para mantener a una casta ociosa que luego se dedica a poner trabas a la iniciativa privada y al natural anhelo humano de enriquecerse, de acumular productos, propiedades y bienes materiales sin mesura. No sólo eso, se ha deificado a quien tal cosa consigue, sea por el método que sea, lícito, ilícito, convirtiendo al verdaderos mentecatos como Elon Musk en santos del nuevo altar del capitalismo de la era digital pese a las consecuencias nefastas para el bienestar de seres humanos que devendrá de la proliferación de individuos tan desaprensivos como él. De nuevo, como si la historia no hubiese existido, grandes masas de ciudadanos vuelven a creer que el lobo es el mejor guardián del gallinero.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, las grandes potencias vencedoras se pusieron de acuerdo en un mínimo común para poner en marcha la Organización de las Naciones Unidas. Las conversaciones llevadas por Roosevelt, Stalin y Churchill desde 1943 en Teherán, Yalta y San Francisco pretendían un orden nuevo que, basado en la democracia, estableciese el respeto a los derechos humanos en todos los países del mundo. Se debatió sobre ello sin llegar a un acuerdo imposible. Murió Roosevelt, Churchill fue expulsado del poder por los electores británicos y Stalin volvió a recluirse en la URSS para librarse de cualquier enemigo interno. Poco después de la Conferencia de San Francisco, el sucesor de Roosevelt en la Casa Blanca, Truman, aconsejado por los “intelectuales” del Pentágono decidió inventar la Guerra Fría y declarar que el otrora aliado indispensable para derrotar a los nazis, ahora era el enemigo a batir. Durante décadas se vivió dentro de un equilibrio inestable entre las grandes potencias vencedoras y las guerras se hacían en el extrarradio. Decidían los gobiernos, unos alineados a una banda, otros en la del otro lado de la trinchera. Occidente prosperó en material y democráticamente, gracias entre otras cosas a la explotación de los países pobres de África, América y Asia, gracias al miedo a la URSS inducido por Estados Unidos que en Europa se plasmó en la puesta en marcha de amplios programas de bienestar social y de reconocimiento de derechos.

Hoy sería mucho más eficaz elegir al presidente de Meta, Microsoft o Tesla que al del gobierno

La llegada de Thatcher y Reagan al poder, fue la primera señal que avisaba de un cambio profundo de paradigmas, el hundimiento de la URSS dejando a una sola potencia hegemónica, la segunda. Se habló del fin de la historia y del advenimiento de un tiempo de prosperidad libre de totalitarismos y violencias. Se dio una fama inusitada a Francis Fukuyama por una predicción propia de lerdos o de propagandistas a sueldo que ignoraba una regla nunca rota a lo largo de los siglos: Cuando sólo una nación ejerce el poder en un espacio geográfico determinado fuera de sus fronteras, impone sus intereses, su cultura y su forma de vida, por la propaganda o por la guerra. La tercera y más contundente señal del cambio que se avecina, ha sido la revolución de las nuevas tecnologías de la comunicación y el control.

Por primera vez en la historia, gracias a los instrumentos que ofrecen internet y esas nuevas tecnologías, los Estados, incluso los más democráticos, se ven incapaces de conformar un marco de convivencia en el que todos estén sometidos al Imperio de la Ley y, por tanto, los nuevos descubrimientos tecnológicos se dediquen a mejorar las vidas de las personas. La mayoría de los gobiernos del mundo dedican más tiempo a combatir los bulos y los comentarios que circulan por billones en las redes sociales que a explicar su acción de gobierno, sus proyectos y los problemas para realizarlos. Las corporaciones que controlan las nuevas tecnologías influyen ya mucho más sobre la población, sobre su forma de ser, sobre su opinión, sobre su mentalidad que lo bueno o malo que pueda hacer un gobierno, que las esperanzas, que las ilusiones, que las ansias de de vivir en una sociedad cada vez más libre y justa. Actúan al margen del poder democrático, le obligan, le suplantan e imponen a los Estados obligaciones materiales cada vez más inasumibles económicamente, cada vez más nocivas para la convivencia y más innecesarias. Hoy sería mucho más eficaz elegir al presidente de Meta, Microsoft o Tesla que al del gobierno. Tal es la situación a que de momento, mañana podría ser de otra manera, nos han creado las redes sociales y, con ellas, la aceptación de la maldad del Estado Democrático y la bondad de tipos como Elon Musk, que los hay, aunque menos ricos, por todo el orbe. O el Estado Democrático somete a las grandes corporaciones tecnológicas al imperio de la ley y las pone al servicio de la ciudadanía, o nos encontraremos en plazo muy breve en un nuevo feudalismo donde el voto tendrá el mismo valor que una serpentina. Están sustituyendo a los poderes democráticos, con todos los defectos que se les quiera achacar, por una oligocracia sin escrúpulos que cimenta su poder en el control y domesticación de la opinión pública y el monopolio de los nuevos descubrimientos. Trump, Ayuso, Meloni, Orban, son solo una muestra de la catástrofe que está por venir si no somos capaces de recuperar nuestro pulso mortecino, nuestra capacidad de indignarnos. Tal es la gravedad del momento.

La democracia se muere