miércoles. 28.02.2024
Yanis Varoufakis
Yanis Varoufakis

Hace dos años, el economista francés Cédric Durand publicó su libro Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital. El libro, muy leído en círculos académicos, no alcanzó resonancia pública hasta que Varoufakis habló de él, asegurando que el capitalismo no está en crisis, sino que aprovechando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ha entrado en una nueva fase a la que Durand y él llaman Tecnofeudalismo, una nueva versión de la explotación del hombre por el hombre en la que el sistema productivo queda en segundo plano sometido a la hegemonía de las grandes plataformas y empresas digitales globales, que son las que de verdad ofrecen rentabilidades astronómicas, socavan el poder de los Estados democráticos hasta convertirlos en marionetas de las nuevas transnacionales y ofrecen un nuevo orden mundial basado en algo muy parecido al feudalismo, sistema que, como todo el mundo sabe, se basaba en la institución jurídica llamada vasallaje, es decir, la obediencia ciega o el pago de unos determinados tributos a un señor -en este caso una multinacional digital bajo el paraguas de Estados Unidos- a cambio de protegerle de los peligros que ese señor, esa multinacional o ese Estado estimen que lo son.

No es tan fácil escapar al nuevo sistema de vasallaje impuesto por la potencia hegemónica a través de las nuevas tecnologías 

Se puede argumentar que llamar feudalismo al orden establecido en la actualidad es una incongruencia, dado que en algunos estados existen derechos y libertades amparados por las constituciones, que Naciones Unidas elaboró una carta de derechos humanos suscrita por muchos países, que hoy cualquiera puede escapar del vasallaje mudándose de país, de trabajo o de familia o que en la Edad Media no existía ni el motor de explosión, ni instagram, ni las sondas espaciales que llegan a las estrellas. Sin embargo, no es tan fácil escapar al nuevo sistema de vasallaje impuesto por la potencia hegemónica a través de las nuevas tecnologías, porque no es algo que afecte a un solo país y porque no es tampoco algo tangible por la comunidad, sino que se dirige al individuo y es éste quien particularmente se somete a las nuevas reglas que le obligan, aunque no sea consciente de ello, a perder su derecho a la intimidad y a la libertad y le impele a venderse sin, en la mayor parte de los casos, obtener nada a cambio, ni siquiera la protección del nuevo señor digital que, como los antiguos, sólo actuará si el mal le afecta a él o siente menoscabo en sus deseos.

El individuo digital, alienado por la máquina, habitante de una realidad virtual, es un ser perdido para la humanidad, para la causa del progreso

El nuevo vasallaje, que como dijimos es la institución jurídica principal del feudalismos, el de antes y el de ahora, se muestra en dos vertientes. Una la individual, ajena al Estado democrático a las obligaciones colectivas, a la defensa de los derechos y deberes constitucionales, que se manifiesta mediante un proceso de alienación sin precedentes en la historia del hombre y que condiciona al ciento por ciento la actividad, el pensamiento y las esperanzas de los ciudadanos que han preferido dejar de serlo para convertirse en esclavos del espejismo y del espejo. Son millones y millones de individuos que no conciben su existencia, que la consideran en extremo desgraciada, si en algún momento se ven privados de eso que hoy llamamos terminal, celular o móvil. Es ahí, en ese aparato donde está su vida, donde habitan sus deseos, donde se modela su moral y donde nace su frustración al no ver colmadas jamás las expectativas depositadas: Algo así como lo que ocurre al desgraciado que comenzó a echar un duro a la máquina tragaperras y hoy busca dinero para seguir jugando tras haber llegado a la más absoluta de las ruinas y el más grande de los sufrimientos. El individuo digital, alienado por la máquina, habitante de una realidad virtual, es un ser perdido para la humanidad, para la causa del progreso de los hombres, preocupado como está únicamente por lo que sucede en torno a la pantalla y a las noticias, bulos y mensajes que recibe sin cesar, segundo a segundo, minuto a minuto, todos los días, todas las semanas, todos los meses, toda la vida. Es el caldo de cultivo, junto al empobrecimiento y a la emigración, en el que eclosiona el huevo de la serpiente del que sale Bolsonaro, Trump, Abascal, Feijóo, Lepen, Meloni, Orbán o Putin, pero también Netanyahu y el genocidio que apoyan muchos de sus compatriotas.

Pero si el vasallaje individual de la sociedad digital está en la raíz, junto a otros factores antes mencionados, del nuevo feudalismo que empobrece cada vez más a los vasallos y enriquece exponencialmente a los pocos caballeros dominantes que van quedando, no es menos terrible el vasallaje de los estados democráticos, incapaces de poner coto a los desmanes de las grandes empresas digitales -ni siquiera fiscalmente porque apenas tributan en los países en los que están presentes- que están al servicio de la potencia hegemónica, en este caso Estados Unidos. Se ha decidido que el futuro de la economía pasa por su digitalización, sin pararse a pensar si esa opción es buena o mala para los ciudadanos. En este punto la dependencia con el país del Silicon Valley es total aunque la mayoría de los componentes se fabriquen en el Sureste Asiático.

El tecnofeudalismo pop, lleno de influencer, tiktoker, youtuber y demás gilipollas cultivados gracias a la ignorancia creciente 

Estamos asistiendo a uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente del mundo, el genocidio de palestinos perpetrado por Israel, una matanza a sangre fría que recuerda lo peor de nuestro pasado y nos hace pensar que apenas hemos evolucionado humanamente desde aquellos hombres que se enfrentaban a garrotazos a la peste negra en el siglo XIV o que quemaban en las hogueras de la Inquisición a los disidentes entre aplausos de la multitud. Todos los países occidentales, sin excepción, muestran su apoyo al genocida, le dan parabienes y se abrazan con el ejecutor, dejando a veces una ligera recomendación respecto a los camiones que tendrían que entrar en el campo de concentración arrasado. Nadie se atreve a llamar a Netanyahu por su nombre, nadie a describir con toda la crudeza del momento lo que Israel está haciendo con un pueblo esclavizado y mísero que apenas dispone de un litro de agua por persona y día. Nadie se sube a las tribunas del mundo para clamar contra la barbarie que de nuevo viene a demostrar que la peor bestia que existe en el planeta es el hombre. Se pierden en narraciones, en elucubraciones absurdas, en justificaciones propias de dementes, aseguran que la gran invasión no se producirá hasta que Estados Unidos haya armado suficientemente a Israel y a las tropas que tiene destinadas en la zona. ¿No se dan cuenta de que están hablando de la solución final?

Europa es el fiel vasallo de Estados Unidos y, por lo mismo, de Israel, estado asiático al que admite en sus competiciones deportivas, musicales y gastronómicas, sin darse cuenta de que su vasallaje digital y militar, ambos estrechamente ligados, le hace renunciar a lo mejor de sus señas de identidad, la defensa de los derechos humanos y las libertades democráticas. Justificar, alentar, tergiversar o soslayar la masacre de palestinos nos hace cómplices de la misma y nos avisa de que estamos perdiendo, por nuestra sumisión, la razón en favor de la sinrazón que ha llevado a las naciones a cometer los mayores disparates imaginables. El tecnofeudalismo pop, lleno de influencer, tiktoker, youtuber y demás gilipollas cultivados gracias a la ignorancia creciente, mantiene al pueblo silente, mientras los gobiernos llaman democracia a quien comete un genocidio televisado. ¿Qué nos está pasando? ¿Estamos dispuestos a tragar con todo, a tropezar con las mismas piedras una y otra vez, a llenarlo todo de tripas y de sangre? En ese caso, que no nos asuste lo que está por venir.  

Tecnofeudalismo pop