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sábado. 10.12.2022

Sostengo desde hace años, desde que el hombre comenzó a navegar de nuevo en el neoliberalismo -doctrina económica primitiva que defiende que el pez gordo se coma al chico y se sienta muy orgulloso y feliz por ello-, que en términos humanos apenas hemos avanzado nada desde la prehistoria, desde que el hombre comenzó a expresarse mediante pinturas en las paredes de las cuevas o a escribir para transmitir conocimientos o expresarse. 

Rotas las condiciones de vida comunales de que hablaba Engels en su libro La familia, la propiedad privada y el estado, el ser humano comenzó a moverse por la ambición, la codicia y las ansias de poder, importaba poco el bienestar de la comunidad, de la tribu, del grupo ante la posibilidad de dominarlo, imponer leyes que favorecieran al más fuerte y de ese modo acumular riquezas crecientes y poder. 

No bastaba con ser el más rico del lugar, el objetivo pasó a ser acaparar bienes, propiedades y mercancías por el hecho mismo de acaparar, sin que su posesión proporcionase mayor bienestar o disfrute, sólo el que se desprende de subir a la colina más alta y golpearse el pecho aullando, mientras el resto genuflexiona a sus pies. Fue el tiempo de la primera agricultura y la primera ganadería, de la fabricación de utensilios, del comercio primigenio, de la posibilidad de almacenar bienes de primera necesidad para poder especular con ellos privando a otros del acceso a lo básico. 

Desde que el hombre decidió buscar su enriquecimiento personal aun a costa de la miseria de sus congéneres, creo, sinceramente, que hemos avanzado muy poco

Desde entonces, desde que el hombre decidió buscar su enriquecimiento personal aun a costa de la miseria de sus congéneres, creo, sinceramente, que hemos avanzado muy poco y que, quizá, el único lugar del mundo donde se hizo algo para remediar esa situación secular fue la Europa de después de la II Guerra Mundial, eso sí, después de haber expoliado medio mundo.

Nada diferencia a Nabucodonosor II de Henry Ford, nada a Solimán el Magnífico de Amancio Ortega, nada a Francis Drake de Jeff Bezos o Warren Buffett. Bueno, algo sí, la tecnología, el avance tecnológico que ha posibilitado a lo largo de los siglos un dominio cada vez más intenso y extenso de un número menor de personas sobre el resto de la población, llegando al paroxismo en la era digital que acabamos de empezar sin que sepamos a ciencia cierta a qué clase de dictadura mundial terminará llevándonos si no somos capaces de ponerla al servicio de todos. 

La era digital que acabamos de empezar no sabemos a ciencia cierta a qué clase de dictadura mundial terminará llevándonos si no somos capaces de ponerla al servicio de todos

Si con una tecnología rudimentaria Nabucodonosor fue capaz de someter a los babilonios y expandir su poder sobre las regiones limítrofes, en tiempos posteriores, conforme los descubrimientos científicos y tecnológicos avanzaron, Roma llegó a dominar el Mediterráneo, los árabes el norte de África y buena parte de Asia, España y Portugal medio mundo, Inglaterra otro medio y Estados Unidos, al planeta. 

Ambición, codicia, desprecio hacia quienes no querían más riquezas que las que permiten llevar una vida digna, atropello a la razón, a la bondad, a la fraternidad, valores máximos de un ser humano que, aunque ha existido y existe en pequeñas dosis, individualmente, no ha llegado a prevalecer socialmente sobre el hombre primitivo todavía dominante, sencillamente porque todavía hoy el más cruel, el más desaprensivo, el más implacable tiene patente de corso legal, porque no existen leyes que limiten el poder económico personal, porque los paradigmas creados por el neoliberalismo siguen considerando fuerte al desaprensivo y débil al que siente dolor al ver sufrir a otros seres humanos que carecen de lo mínimo para sobrevivir o al contemplar como las pautas normalizadas del capitalismo están destrozando irremediablemente el maravilloso planeta en que nacimos.

Su última jugada [Elon Musk] ha sido la compra de la red social Twitter, que persigue no sólo el dominio económico sino el control de la información y, por tanto, el del pensamiento y las creencias de las masas

Elon Musk es uno de esos hombres que apenas ha evolucionado, imposible de distinguir de antecesores como Mansa Musa, Jacobo Fucar, la familia Welser, Mayer Rothschild, William Crapo o Mayer Lehman, emprendedores todos, probablemente inteligentes, sagaces, pero sobre todo astutos, desaprensivos y primitivos sin que el horizonte vital de unos y otros, pese al tiempo pasado, pese a los avances tecnológicos, haya variado un ápice. Nacido en el seno de una familia multimillonaria de Pretoria, su padre llegó a afirmar que tenían tanto dinero que a veces le era imposible cerrar la caja fuerte, Musk estudió varias carreras y se trasladó a Estados Unidos, la patria de promisión, donde cualquiera que se lo proponga puede llegar a ser Presidente del país o el más rico del mundo. No había otros móviles en su vida, otros afanes distintos a los que movieron a Gengis Kan. Tras embarcarse en diversas empresas tecnológicas en California, vendió Zip 2 y PayPal por una cantidad mucho mayor de lo que realmente valían, lo que le permitió poner en marcha sus dos grandes proyectos SpaceX y Tesla, empresas que lo convertirían en el hombre más rico del mundo. Su última jugada de momento ha sido la compra de la red social twitter por 44.000 millones de dólares, dentro de una estrategia que persigue no sólo el dominio económico sino el control de la información y, por tanto, el del pensamiento y las creencias de las masas.

Ya se sabe, “el Sr. Don Juan Robles hizo un hospital para pobres, pero primero hizo a los pobres”

En un mundo normal, en una sociedad con un mínimo de humanidad, sería imposible que un hombre amasase una fortuna de 240.000 millones de dólares, es decir, una quinta parte de toda la riqueza que produce España en un año. En este mundo no sólo es posible, sino que a esas personas que disponen de la riqueza que convierte en pobres a millones, se les ensalza y alaba, presentándolos al común como modelos a imitar, como criaturas ejemplares que descollan sobre los demás, apuntalando además sus rasgos filantrópicos con las obras de beneficencia que emergen de sus fundaciones, generalmente hechas para pagar menos impuestos. Exactamente igual que en la Edad Media, cuando reyes, nobles y obispos daban limosnas al pueblo que habían esquilmado previamente. Ya se sabe, “el Sr. Don Juan Robles hizo un hospital para pobres, pero primero hizo a los pobres”.

No entiendo, ni lo entenderé jamás, como un científico cualificado puede dedicarse a estudiar de que forma una bomba puede matar más y más rápido; tampoco que un hombre ambicione tener millones y millones mientras otros mueren de hambre y enfermedad. Son formas de comportamiento primitivas que demuestran que la tecnología ha avanzado muchísimo más que la condición humana, aunque tampoco tanto como creemos porque somos incapaces, incluido Elon Musk, de evitar el calentamiento global acelerado que hemos provocado nosotros mismos gracias a la voracidad insaciable de los primitivos. 

Ni Elon Musk, ni Jeff Bezos, ni Mark Zuckerberg son el futuro de la humanidad, sino reminiscencias del pasado que han contribuido a hacer el mundo menos habitable, menos justo y más propicio al control global y total por la minoría más voraz, cínica y desalmada. Es urgente y vital un cambio radical de paradigmas, que seamos capaces de poner en lo más bajo de la escala humana a quienes acaparan riquezas sin fin en un mundo de riquezas finitas, y en lo más alto a quienes hablan de solidaridad, fraternidad y justicia y predican con el ejemplo.

Elon Musk, un cromañón digital