lunes. 04.03.2024

Soy consciente de que no se lleva, de que no es políticamente correcto hablar mal de la Metrópoli, de que eso es cosa de “progres trasnochados” de los que en tiempos ridículos gritaban Yanke go home para que abandonasen las bases de ocupación que tenían en España desde que decidieron mantener la dictadura franquista. Lo sé, y aún así, insistiré de nuevo en que la mayor amenaza para la democracia ahora mismo no es Rusia, ni siquiera China, aupada a potencia mundial por el capitalismo norteamericano y europeo que buscaba mano de obra barata libre de gastos sociales.

Rusia es un país enorme y pobre con muchas riquezas naturales y un ejército anticuado que sólo  sirve para amedrentar a los rusos, matar y destruir en Ucrania sin llegar nunca a conseguir sus objetivos políticos, que no son otros que plantear a Estados Unidos que la OTAN no puede seguir expandiéndose hacia el Este ni poner al país bajo un cerco militar insoportable e intolerable. Bien es cierto que posee un enorme arsenal atómico, pero eso ya no es una amenaza real porque la primera bomba atómica probablemente sea también la última para todos. No existe una amenaza rusa como nos quieren hacer entender Borrell y sus amigos bélicos, aquí el único país amenazado y machacado es Ucrania, fruto de una guerra fría iniciada por Estados Unidos dentro de su estrategia para ahogar a Rusia y debilitar el potencial chino. Estoy seguro, y así lo han dicho prestigiosos analistas norteamericanos, que la irracional y salvaje invasión rusa habría cesado en una semana si Estados Unidos se hubiese comprometido a respetar las promesas que le hicieron a Gorbachov de no ampliar la OTAN hacia la frontera rusa. Entre tanto, pagan los inocentes, mueren los inocentes, mientras que los jefes políticos y militares creen que están jugando una partida de ajedrez.

La mayor amenaza para la democracia ahora mismo no es Rusia, ni siquiera China, aupada a potencia mundial por el capitalismo norteamericano y europeo que buscaba mano de obra barata

En cuanto a China, su potencial económico es grandísimo porque la mayoría de las industrias occidentales dependen de los componentes que allí se fabrican para seguir adelante. No fue eso un proyecto chino, sino del gran capital euro-yanqui, empeñado en desmontar el estado del bienestar mediante el recurso a mano de obra barata y prestaciones sociales decimonónicas. No había otra intención, ni la de sacar a China del subdesarrollo, ni repartir la riqueza mundial, China y el Sureste Asiático emergieron gracias a las decisiones tomadas en la Metrópoli. Téngase en cuenta, por ejemplo, que en la muy mimada por Occidente Corea del Sur, la jornada laboral es de sesenta horas semanales y que su gobierno pretendía ampliarla varias horas más. No, China no va a invadir ningún país, ni siquiera Taiwán, que le pertenece, porque su política es otra, más lenta, más reposada, consistente en penetrar en países africanos e iberoamericanos, expoliados por europeos y americanos, con programas de ayuda que concluyan en acuerdos comerciables favorables.

El Imperio Español alcanzó su máxima extensión en 1640, cuando los muros de la patria, en un tiempo fuertes, ya estaban desmoronándose, aunque tardarían más de un siglo todavía en derrumbarse del todo. El Imperio yanqui está en decadencia, pero también en su fase de máximo apogeo territorial y político. El idioma inglés se ha impuesto como idioma mundial, llegando al extremo de que no hay tonto en tertulia que no meta en su conversación vocablos ingleses que tienen perfecto equivalente en cualquier idioma peninsular; la inmensa mayoría de las redes sociales que condicionan la vida y la opinión mundial, que tanto están socavando las esencias de la democracia y embruteciendo a nuestros conciudadanos, tienen patente yanqui y están por encima de la ley de los Estados, contribuyendo a crear un poder supranacional al servicio exclusivo de su economía y de formulaciones políticas contrarias a las normas democráticas más básicas. Más de la mitad del dinero que hay en el mundo está en Estados Unidos, país que al mismo tiempo carece de seguridad social y tiene uno de los índices de desigualdad más pronunciados del planeta. Al mismo tiempo es, junto a China, el país más contaminante del mundo y uno de los que menos hace por evitar el cambio climático que amenaza nuestras vidas. Por si todo esto fuera poco, Estados Unidos tiene ochocientas bases militares esparcidas por todo el orbe, bases que no están para defender la democracia occidental, ni los valores de la revolución francesa, ni el progreso, ni la libertad, ni la justicia, sino para defender exclusivamente los intereses materiales de la Metrópoli.

Más de la mitad del dinero que hay en el mundo está en Estados Unidos, país que al mismo tiempo carece de seguridad social y tiene uno de los índices de desigualdad más pronunciados del planeta

Estados Unidos está en decadencia, pero mientras la decadencia se acentúa o se detiene, dispone del ejército más potente y destructivo del mundo. No hay país cerca del cual no haya una base o una flota norteamericana, tampoco conflicto bélico en el que no esté directamente implicado. Nunca como ahora, en la era de internet y las redes sociales, se ha extendido la costumbre yanqui, su modo de ser, su darwinismo social, su impiedad como lo está haciendo en los últimos veinte años. Mientras los países europeos diluyen sus peculiaridades y valores políticos, económicos y culturales en un mar de dudas y achacan a la inmigración los riesgos que sufre su identidad, el amigo americano se ha infiltrado en todos los hogares con sus películas, series, concursos y noticiarios manipulados, sin que nadie alce la voz, sin que nadie sea capaz de mostrar su hartazgo, sin que nadie quiera sentir la horrible sensación de verse colonizado por un país con el que cada vez deberíamos compartir menos cosas.

No hay ideal en la sociedad norteamericana, como cada vez menos en la europea, sólo interés, ambición individual y grupal de dominio, de triunfo sobre los demás, de desprecio hacia el que no prospera en la nación de las oportunidades, y temor hacia un enemigo que no es externo sino interno, un enemigo aparentemente invisible pero que se ha organizado llamando a sus filas a los ignorantes, a los insolidarios, a los partidarios de la antipolítica, a los oportunistas, a los demagogos,  a los racistas, a los machistas, a los explotadores y a todos aquellos que ocuparían un lugar privilegiado en el sobrecogedor cuadro de El Bosco El Jardín de las Delicias.

Europa, sumisa como nunca lo ha sido, debería haber marcado diferencias respecto al amigo americano, haber hecho valer su potencial comercial para condicionar las decisiones yanquis, pero no lo ha hecho y su papel en la escena internacional es cada vez más irrelevante, lo que indudablemente, a medio plazo, repercutirá negativamente en su economía. A Estados Unidos Europa le importa bien poco, tiene al Reino Unido como jardinero fiel y sus ingenieros políticos saben que el mundo está girando hacia Oriente: La tensión bélica y la guerra son instrumentos valiosísimos para quien se ha servido de ellos desde el principio para convertirse en potencia hegemónica, sobre todo cuando no hay recato en utilizarlos como bien quedó demostrado en 1945 en Japón o en los bombardeos masivos sobre Vietnán. Las redes sociales bajo su dominio, la principal arma de destrucción masiva del espíritu crítico, que es tanto como destruir la inteligencia, la sensibilidad y el conocimiento. Esa es la amenaza.

Estados Unidos, un peligro para la humanidad