domingo. 26.05.2024
Foto de archivo

En Ucrania están asesinando a miles y miles de personas por cuestiones exclusivamente geopolíticas. No hay ninguna otra razón. Además de los muertos que la aviación y la artillería rusa provocan en cientos de ciudades, en Dombás el batallón ultraderechista Wagner, un ejército privado de criminales financiado por oligarcas y a las órdenes del Kremlin, se enfrenta al ejército ucraniano y su vanguardia, el batallón Azov, un grupo neonazi de la Guardia Nacional de Zelenski que no duda en mostrar en sus uniformes los símbolos del terror que destruyó Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Y no lo hacen siguiendo las pautas de la guerra digital del siglo XXI, sino tal como se hacía hace dos siglos, una guerra de trincheras y desgaste en la que los unos disparan contra los otros sin que haya avances significativos, aunque sí toneladas de carne desparramada, miles de familias sumidas en el más horrible de los dolores y una cantidad incalculable de odio irracional que perdurará mucho más allá de la vida de quienes hoy se matan sin que sepan bien cuál es el motivo que les ha llevado al infierno.

Los combatientes de Wagner y Azov no se conocían, no tenían nada que reprocharse, pero esperaban la ocasión de demostrar sus mejores cualidades, su hombría, sus niveles de testosterona, su capacidad para asesinar sin remordimiento alguno, para destruir, para causar daños irreparables. Ninguno de los dos gobiernos enfrentados desde la invasión rusa ha hecho nada por eliminar a esos dos grupos, antes al contrario, los han armado hasta los dientes, les han dado autonomía y, sobre todo, les han concedido patente de corso para que eliminen al del otro lado de la forma más efectiva y brutal posible. No hay nada de heroico en los individuos que los forman, nada digno de admiración en una guerra tan devastadora como todas las demás, pero con unas consecuencias tan difíciles de acotar como de comprender. ¿Se pudo evitar la invasión rusa de Ucrania? ¿Fue posible en algún momento impedir que la guerra sustituyese a la política y la diplomacia como forma natural de relación entre pueblos hermanos? La respuesta tajante es sí, siempre que Europa no se hubiese conformado con ser el botín que Estados Unidos obtuvo tras finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Los combatientes de Wagner y Azov esperaban la ocasión de demostrar sus mejores cualidades, su hombría, sus niveles de testosterona, su capacidad para asesinar sin remordimiento

Estados Unidos no declaró la guerra a Hitler hasta finales de diciembre de 1941, después del bombardeo de Pearl Harbor y de que Hitler, el 11 de diciembre de ese mismo año, considerase al país americano como enemigo a batir. Centradas sus operaciones en el norte de África durante 1942 y dedicado a la venta de armas y suministros a los aliados, hecho vital para la reactivación de su economía y su conversión en primera potencia económica mundial, la intervención armada yanqui en Europa no llega hasta la Operación Avalancha que supuso la invasión de Italia por parte de los aliados en septiembre de 1943. Sería a partir de ahí cuando miles de soldados norteamericanos llegaron al continente para demostrar que no sólo Latinoamérica era su patio trasero. Esperaron el tiempo que consideraron oportuno para que la URSS se desgastase resistiendo casi en solitario la agresión nazi y sólo cuando el enorme sacrificio soviético terminó por diezmar al ejército alemán, decidieron entrar con el Séptimo de Caballería para participar en el reparto de Europa.

Al acabar la guerra mundial, Estados Unidos se quedó con Europa Occidental y la URSS con la oriental, promoviendo Truman poco después la Guerra Fría que no sólo perseguía obligar a Rusia a gastar cantidades enormes en armamento, sino controlar su botín europeo con la escusa de una inexistente amenaza soviética, porque ni en sus más locos delirios soñó Stalin con apoderarse de Francia, Reino Unido o Italia. Por el contrario, Estados Unidos se empeñó en mantener la dictadura de Franco, en impedir que el Partido Comunisa Italiano llegase al poder aún a costa de propiciar un sistema esencialmente corrupto en Italia, en convertir al Reino Unido y a Alemania en gigantescas bases militares de vigilancia y dominio y en hacer de Europa su principal y obligado cliente comercial gracias al Plan Marshall. La hegemonía mundial de Estados Unidos habría sido imposible sin esos dos factores, la guerra mundial y el plan de George Marshall, que si bien sirvió para la recuperación económica de países como Alemania, Francia o Italia, fue sobre todo el mayor negocio de la historia para el Tío Sam.

La hegemonía mundial de Estados Unidos habría sido imposible sin esos dos factores, la guerra mundial y el plan de George Marshall

Desaparecida la URSS, terminada la Guerra Fría, Estados Unidos se vio por primera vez como la nación más poderosa del mundo, sin que ningún país supusiese una amenaza a corto plazo. Empero, los estrategas del Pentágono cometieron un error: Potenciar la deslocalización industrial de su propio país y de Europa para que las grandes multinacionales pudiesen acrecer sus beneficios y minar los derechos laborales, sociales y económicos de los países desarrollados. Señalada China como fábrica del mundo gracias a las posibilidades inmensas del país de suministrar mano de obra baratísima, no tuvieron en cuenta que ese país terminaría por desarrollar sus propias tecnologías, sus fábricas y sus bombas. Y es ahí, con el cambio del milenio, cuando Estados Unidos decide pisar el acelerador y llevar sus bases militares, con el disfraz que otorga la OTAN, hasta la misma frontera de Rusia, un país pobre dominado por las oligarquía que se habían quedado con los restos de la URSS, pero con un arsenal atómico formidable.

La estrategia, ya empleada por Estados Unidos en el Sureste Asiático, consistía en volver a poner en marcha otra guerra fría, pero en esta ocasión, aunque parezca lo contrario, no contra Rusia únicamente, sino también contra China, que es ahora quien por primera vez desde hace más de treinta años aparece como posible competidor por la supremacía mundial. Europa, antes de producirse la guerra que anunciaban, debió tomar cartas en el asunto, sobre todo sabiendo que Estados Unidos es especialista en montar conflictos bélicos fuera de su país, sobre todo porque también es sabedora de que en ese país se ha producido una fractura social de tal calibre que sólo podría templarse con apelaciones al patriotismo, al peligro comunista de nuevo o la inseguridad nacional y, sobre todo, porque es consciente de que de nuevo vuelve a considerar a Europa, no a su territorio, como posible escenario central de una guerra devastadora.

Los estrategas del Pentágono cometieron un error: Potenciar la deslocalización industrial de su propio país y de Europa para que las grandes multinacionales pudiesen acrecer sus beneficios

Dominada la Unión Europea por gobiernos derechistas incondicionales de Estados Unidos, mermado hasta la marginalidad el espíritu crítico de los líderes europeos, anestesiada y hastiada su población, Europa decidió seguir sin rechistar todas las instrucciones de la Casa Blanca y el Pentágono, silenciado la voladora del gasoducto Nord Stream 2, ignorando o apoyando la implantación de bases de la OTAN en las puertas de Rusia y aplicando sanciones económicas a ese país que hasta ahora sólo han repercutido en el encarecimiento de los productos de primera necesidad en Europa, en la subida de los combustibles y en el incremento del precio del dinero para ahogar a particulares y empresas.

Es decir, Europa, en vez de buscar su autonomía, de intentar dejar de ser el botín de guerra de Estados Unidos, de defender a su pueblo, de intentar evitar la guerra en Ucrania, ha seguido la estrategia de dominio mundial del país norteamericano a costa del bienestar de sus ciudadanos, que es tanto como decir de la democracia europea, porque el deterioro de las condiciones de vida de los europeos es el instrumento más formidable con que cuenta la extrema derecha para acabar con la democracia tal como la hemos entendido aquí, un pequeño continente donde no existen campos de concentración como el de Guantánamo, donde, al menos hasta ahora, la policía no practica el tiro al pobre de origen africano, existe, aunque sitiada por delincuentes, la Seguridad Social y no hay silla eléctrica ni cámara de gas.

Europa, en vez de buscar su autonomía, de intentar dejar de ser el botín de guerra de EEUU, de intentar evitar la guerra, ha seguido la estrategia de dominio mundial del país norteamericano

La estrategia ideada por Estados Unidos -en la que ha caído Putin tal como querían-, gracias al seguidismo europeo, está a punto de provocar una de las mayores tragedias de los últimos siglos. Podemos mirar hacia otro lado, pero eso no cambia la planificación que han hecho de nuestro porvenir. Utilizando informativos, redes sociales y todo lo que está a su alcance, se nos está haciendo ver a los europeos que vivimos tiempos bélicos, que el enemigo es sólo el que está más allá de Ucrania, que ni Rusia, ni Dostoievski ni Tolstoi ni Chejov son europeos, que nuestros aliados son quienes nos utilizan para la consecución de sus intereses particulares aún a costa de los nuestros.

No todo está perdido, ni mucho menos, nada es inevitable, pero creo que ha llegado la hora de que el pueblo haga oír de nuevo su voz, que salga a las calles contra la guerra, contra todas las guerras, que clame contra quienes, otra vez, quieren imponer el terror y el viva la muerte. El silencio es cómplice y no es opción. Tenemos que acabar con la guerra ya o dentro de poco no habrá tiempo de mirar atrás.  

Europa, botín de guerra