martes. 05.03.2024

No creo que exista una actividad humana más necesaria y generosa que la política, entendida ésta como el arte de conducir las cuestiones que más preocupan a la polis buscando el interés general. Así considerada, no debería caber otra posibilidad, el político tendría que ser alguien incapaz de buscar el medro, la ganancia fácil o el favoritismo, una persona que disfrutase más con la satisfacción de haber cumplido con el mandato otorgado por los ciudadanos que con su propio beneficio personal, el de sus padrinos, compinches o sostenedores. No tendría por qué ser un superhombre, ni alguien con una preparación especial o especializada, sino alguien con sentido común, mínimas nociones humanísticas y una voluntad imposible de quebrantar por el dinero, la codicia o el interés. No es otra la misión de la política, no debiera ser otra la de los políticos.

No hay alternativa a la política porque cualquiera que se presente como tal seguiría siendo política, lo son las guerras y las dictaduras, soluciones de fuerza impuestas por los brutos para defender los intereses de quienes quieren sociedades a su merced y capricho. Sin embargo, la política en estado puro no existe cuando hablamos de democracia, un sistema que nunca será perfecto, que siempre será mejorable si los ciudadanos, verdaderos protagonistas de la misma, se empeñan activamente en ello. Cuando no es así, cuando la ciudadanía se arrincona, se limita al exabrupto en la barra de un bar, a la resignación, al lamento, la queja o el conformismo, la democracia sufre, se resiente y comienza a ser movida por actores ajenos a la voluntad popular, actores cada vez más poderosos que tienen a su servicio no sólo el poder del dinero, sino también el de las nuevas tecnologías que están convirtiendo el mundo en un pequeño escenario en el que triunfa la manipulación, el egocentrismo individualista, la falsía y el infantilismo más patético. 

Cuando la ciudadanía se arrincona, se limita al exabrupto en la barra de un bar, a la resignación, al lamento, la queja o el conformismo, la democracia sufre, se resiente 

La vida política española, que hoy no se puede apartar de la global por mucho que se empeñen algunos, tiene un problema de raíz difícil de resolver aunque no irresoluble: El principal partido de la oposición es un residuo del franquismo, no sólo porque fuese fundado por ministros de la dictadura, sino porque sus hábitos, su conducta, sus estrategias siguen basadas en los modos de aquel régimen despreciable. Podría haber triunfado algún otro proyecto como aquel promovido por Roca i Junyent, el Partido Reformista, pero no lo hizo y ahora tenemos al partido de Fraga y su escisión doméstica liderada por los niños a los que mimaron Esperanza Aguirre y José María Aznar, muy en consonancia con los movimientos ultras que avanzan de manera exponencial en todos los países occidentales y amenazan, como nunca desde los años treinta del siglo XX, los principios esenciales de la democracia. Según la visión del mundo de la derecha española es el partido ahora mismo en el poder político quien manda en los jueces, cuando la realidad es que el Consejo General del Poder Judicial lleva cinco años sin renovarse porque el Partido Popular tiene mayoría en él. El Tribunal Constitucional, hasta hace unos días con mayoría conservadora, es ahora ilegítimo porque sus sentencias ya no se deciden desde la calle Génova, y poner en duda las decisiones de juez García Castellón, persona muy vinculada al Partido Popular que actúa de forma un tanto llamativa en momentos clave, es poner en duda la independencia de los jueces, y no, solamente es dudar mucho y con muchos elementos de juicio sobre la actuación de un miembro de la judicatura que se negó a que María Dolores de Cospedal declarase por sus relaciones con Villarejo y la destrucción de pruebas que comprometían al PP, que rebajó la fianza al expresidente de la Comunidad de Madrid Ignacio González, que abrió causas y causas contra Podemos sin fundamento alguno y que han sido sobreseídas o que se negó a investigar la guerra sucia del ministerio del Interior de Rajoy en Cataluña. No, de ninguna manera, no es un ataque a la justicia ni se pone en duda la imparcialidad de los jueces, de muchos jueces, pero sí la de García Castellón.

El Tribunal Constitucional, hasta hace unos días con mayoría conservadora, es ahora ilegítimo porque sus sentencias ya no se deciden desde la calle Génova

La estrategia política seguida por la derecha española, aprovechando muchas veces las torpezas de la izquierda, consiste en llenarlo todo de mierda, la clásica estrategia del ventilador. Si ponemos el foco en la amnistía a los protagonistas del procés, no hablaremos de cosas que de verdad importan a los ciudadanos y que debieran estar en el primer plano de todos los debates. Por ejemplo, si pides cita con tu médico de cabecera y te la dan para dentro de dos semanas, la realidad es que ya no tienes médico, que tu afección no será atendida por nadie salvo que recurras a las urgencias de un hospital contribuyendo a su saturación y a que el propio hospital termine colapsado. Si seguimos hablando de la amnistía y no de la destrucción de la atención primaria, nos impedirán ver que lo que están haciendo es invitarnos a que contratemos un seguro médico privado para que nos atiendan facultativos pésimamente pagados después de aguantar igualmente listas de espera interminables. Tampoco hablaremos de que la inmensa mayoría de los jóvenes menores de treinta años no tienen posibilidad de conseguir una vivienda, de que se están alquilando agujeros de diez metros cuadrados por quinientos euros, de que el turismo masivo e irracional está destruyendo los centros de nuestras ciudades más hermosas, arruinando el comercio tradicional y expulsando a los antiguos moradores; no hablaremos tampoco de que mientras los beneficios de grandes rentistas y especuladores se han disparado, los sueldos de la mayoría apenas dan para pagar los gastos corrientes ni tampoco de la agricultura intensiva e irracional que vacía pantanos llenos en menos de un año y seca acuíferos mientras las sequías son cada vez más duras y extremas.

Es decir, utilizando la estrategia del ventilador, sublimando con insistencia diaria cuestiones que interesan poco a la ciudadanía, hablando en términos apocalípticos de la situación actual o recurriendo a los sentimientos viscerales de los ciudadanos, lo que se está haciendo es crear problemas artificiales que no son los que de verdad afectan a sus vidas, aplazando sin fecha la solución a los que de verdad dificultan su día a día. Pero no sólo eso, también se abona el terreno para la desafección a la política y para la aceptación de fórmulas antidemocráticas dado que las democráticas se han mostrado ineficaces y perjudiciales.

 

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