domingo. 14.04.2024

Javier M. González | @jgonzalezok |
Gabriela Máximo | @gab2301 | 

En octubre de 1988, hacía unos meses que Pinochet había asumido como senador vitalicio, después de los ocho años que estuvo como Comandante en Jefe del Ejército, tras la vuelta de la democracia. Estaba a punto de cumplir 83 años y había decidido viajar a Londres. Su hija Lucía, que lo acompañaba, pensaba que, por motivos de salud, podría ser el último viaje de su padre a la ciudad que tanto le gustaba y en la que una y otra vez visitaba el Museo de Cera de Madame Tussauds. Como lo había hecho en otras ocasiones, viajaba invitado por la empresa Royal Ordnance, filial de la British Aerospace, que tenía un acuerdo para la fabricación en Chile de un cohete de artillería con alcance de 45 kilómetros. Y que le había pagado más de cuatro millones de dólares en comisiones ilegales por la compra de armamentos para el Ejército chileno. 

La carta oficial de invitación era para que el general conociese proyectos para “enfrentar las necesidades de defensa del próximo siglo”. Nada en concreto. En realidad, para Pinochet era simplemente un viaje de placer. De hecho no contestó a la invitación y al llegar a Londres no se puso en contacto con la empresa. Por precaución, antes del viaje  se le había proporcionado un pasaporte diplomático, que le daría inmunidad ante cualquier eventualidad. Eso, al menos, era lo que se pensaba, porque lo que le esperaba era la peor de sus pesadillas.

Baltasar Garzón
Baltasar Garzón

Había llegado a Londres el 22 de septiembre. El 9 de octubre decidió operarse de una hernia discal en la columna, que le estaba provocando fuertes dolores. Lo operó un médico de origen persa en “The Clinic”, un exclusivo sanatorio privado, muy cerca de Hyde Park y de la embajada chilena. Fue allí, cerca de las 11 de la noche, que llegaron 13 policías de Scotland Yard para comunicarle su arresto, respondiendo al pedido de extradición que había llegado desde Madrid firmado por el juez Baltasar Garzón. El único hombre de la custodia de Pinochet presente a esa hora intentó resistirse, pero los policías británicos fueron persuasivos. Ayudado por una traductora y ya con la presencia del embajador chileno, el mayor Andrew Hewitt, al mando del operativo, leyó a un adormecido Pinochet los motivos de su detención. Pinochet, en la cama y adormilado por la medicación, solo atinó a responder: “Embajador, yo he entrado a este país con pasaporte diplomático y no como un bandido, entré como he entrado otras muchas veces”. 

Llegaron 13 policías de Scotland Yard para comunicarle su arresto, respondiendo al pedido de extradición llegado desde Madrid firmado por el juez Baltasar Garzón

Empezaba ahí una odisea para el ex dictador, que tuvo que pasar 503 días retenido en Londres, sometido a la humillación de perder su libertad, obligado a responder por gravísimos delitos. Humillado, también, al ser internado en la segunda clínica, que era un  psiquiátrico donde se trataba a drogadictos. O teniendo que hacer su primera declaración ante un juez británico en el juzgado de máximo seguridad de Belmarsh, reservado para juicios de casos peligrosos, contra terroristas del IRA y narcotraficantes. 

Durante los casi diecisiete meses que Pinochet pasó en Londres, los gobiernos del Reino Unido, España y Chile se vieron envueltos en una disputa judicial, política y diplomática de gran alcance. El laborista Tony Blair era el primer ministro británico, José María Aznar era el presidente del gobierno de España y en Chile gobernaba el democristiano Eduardo Frei, el segundo presidente de la recuperada democracia. La relación entre estos dos últimos dirigentes, a pesar de su cercanía ideológica, fue áspera y pasó por momentos delicados, ante la posibilidad de que un ciudadano chileno fuera extraditado a España. 

 A una de las numerosas delegaciones de políticos de la derecha chilena (UDI y RN) que fueron en romería para expresarle su apoyo, Pinochet les dijo: “Esta es la venganza de Garcés, es la cuenta de Garcés. Es él el que me está cobrando la cuenta. Me tendieron una trampa y me atraparon. Cuando yo estuve preso en la clínica cumplieron lo que querían, mostrarme enfermo, humillado. Y ese es el precio que estoy pagando por haber sacado a Allende y a Garcés”. Hacía referencia al español Joan Garcés, que había sido estrecho colaborador de Allende y que formaba parte de la acusación particular en la causa que se había abierto en España. 

El pasaporte diplomático de Pinochet se demostró inútil por la naturaleza del viaje del ex dictador. Serviría si el estuviera en una misión oficial -no era el caso- y cumpliendo una serie de procedimientos que no se verificaron. Por ejemplo, informar al gobierno del país destinatario, cosa que no se hizo para tratar de que el viaje pasara lo más desapercibido posible. Scotland Yard, antes de la detención, le preguntó al departamento de protocolo del ministerio de exteriores sobre el estatus diplomático de Pinochet y se le respondió que no estaba acreditado en ninguna misión especial. 

Para el gobierno de Frei, que estaba en su etapa final, llevar de vuelta a Pinochet se convirtió en una tarea prioritaria, aunque para algunos de los protagonistas del caso fuera especialmente difícil asumir la tarea. Era el caso, por ejemplo, del embajador en Londres, el diplomático socialista Mario Artaza, que había sido depurado por la dictadura y rehabilitado por la democracia. También de otros dos socialistas, el ministro de Exteriores José Miguel Insulza y su sucesor en el cargo Juan Gabriel Valdés. A estos dos últimos les costó la incomprensión de muchos de sus compañeros de partido, que no entendían cómo podían defender que Pinochet escapara de la justicia. No hay que olvidar que el Partido Socialista tuvo 482 víctimas por la represión de la dictadura, siendo la organización política con mayor número de muertos. 

Para el gobierno de Frei, que estaba en su etapa final, llevar de vuelta a Pinochet se convirtió en una tarea prioritaria

En una reunión con el gabinete, Frei manifestó que no había otra opción que hacer de la vuelta de Pinochet una política de Estado, basado en la idea de que se estaba afectando la soberanía jurisdiccional de Chile y la inmunidad diplomática del ex dictador. Sabiendo que en la mesa se sentaban muchos que habían sufrido personalmente la represión de la dictadura, insistió en que necesitaba contar con el respaldo de todos. Los periodistas Mónica Pérez y Felipe Gerdtzen cuentan en su libro Augusto Pinochet: 503 días atrapado en Londres, que Frei dijo a sus ministros que el que no estuviera de acuerdo era mejor que se fuera y que él lo entendería. Entonces se levantó Jaime Tohá, ministro de Obras Públicas, que no solo había perdido un hermano (José, ministro del Interior y de Defensa y uno de los hombres más próximos de Allende), sino que él mismo había estado preso varios meses en un campo de concentración, que afirmó: “No estoy ni por el rencor ni por la revancha, cuente conmigo”. 

La orden de detención, firmada por el juez metropolitano de Londres, Nicholas Evans, respondía a la petición de Baltasar Garzón, que había asumido el caso después de que el juez García Castellón se inhibiera a su favor, ya que el primero había iniciado antes una causa por desaparecidos en Argentina, que tenía ramificaciones en Chile por la Operación Cóndor. Cuando llegó a Madrid la información de que Pinochet estaba en Londres se puso en marcha el operativo legal, que tenía muy poco margen de tiempo para actuar, corriendo el riesgo de que el ex dictador abandonara la capital británica. Pero la petición llegaría a tiempo. 

La defensa del general interpuso un hábeas corpus, que fue favorable a Pinochet, al reconocerle su inmunidad. Se anula entonces la orden de arresto, pero la fiscalía apeló ante el Comité Judicial de la Cámara de los Lores -equivalente a la Corte Suprema de otros países-, y tiene que seguir detenido hasta que haya una decisión. Es ahí que pierde por dos veces seguidas. La relación indirecta de uno de los jueces (lores) con Amnistía Internacional en la primera apelación, que posibilitó repetir el juicio con magistrados diferentes, llevó al equipo de Pinochet a tener esperanzas. Pero en vano, volvería a fracasar y se mantuvo en pie la decisión de extraditarlo a España. 

Entretanto, el ministro del Interior Jack Straw, que tenía en sus manos la decisión de dar curso al proceso de extradición, también mantuvo su decisión de entregarlo a la justicia española. Acusado por delitos como genocidio, terrorismo y torturas, a lo largo del proceso se desestimaron las dos primeras acusaciones, quedando solo la de tortura, pero atendiendo a la fecha de entrada en vigor de la Convención contra la Tortura, que los tres países involucrados habían firmado.

Margaret Thatcher se volvería a reunir con Pinochet y se convirtió en la principal defensora del general, reprochando a Tony Blair que no se encontrase una solución 

TÉ CON MARGARET THATCHER

Los días del ex dictador en Londres se repartieron en dos clínicas, antes de que se le permitiese alquilar una lujosa villa en Virginia Waters, a unos 40 kilómetros del centro de Londres, donde tenía estrictas reglas y vigilancia permanente. Fue ahí donde recibió la visita de Margaret Thatcher, con la que ya había tomado el té antes de su operación. Ambos se admiraban y la ex primera ministra británica siempre recordó la ayuda que le habían prestado los chilenos en la guerra de las Malvinas. 

Margaret Thatcher y Pinochet
Margaret Thatcher y Pinochet

Después de la detención, la Dama de Hierro se volvería a reunir con Pinochet y se convirtió en la principal defensora del general, reprochando a Tony Blair que no se encontrase una solución política al caso. Llegó a publicar en “The Times” una carta que tituló: “Liberen a Pinochet”, con el argumento de que su ayuda en la guerra contra Argentina había ayudado a salvar muchas vidas inglesas. También reprochó la posición del ministro Straw afirmando que ni él ni el gobierno podía esconderse “detrás de fingimientos legalistas”, que era una decisión política y que representaba una falta de liderazgo político. 

Pinochet también escribió otra carta al mismo diario, en su versión dominical, “The Sunday Times”: “Los británicos me traicionaron”, afirmó, añadiendo: “No creía que sería objeto de espurios intentos de fiscales extranjeros de condenarme por cargos no probados. Mi detención socavará los intentos por lograr la reconciliación en Chile (…) Estoy en paz conmigo mismo y con los chilenos respecto a lo que pasó”. 

Ante las sucesivas derrotas en la justicia británica, los abogados y el propio gobierno de Chile jugaron la última carta: presentar a Pinochet como un anciano que se podía morir en cualquier momento y que no estaba en condiciones de enfrentar ningún juicio. El hijo menor del ex dictador, Marco Antonio, llegó a decir que a su padre lo estaban dejando morir. El ministro Straw, finalmente, aceptó que se le realizaran exámenes médicos para evaluar la situación. El equipo médico estuvo compuesto por médicos reconocidos internacionalmente y designados por el gobierno británico, con la participación en calidad de testigo de un médico designado por la familia de Pinochet. En el equipo designado por el gobierno inglés había una neuropsicóloga que hablaba español, lo que facilitaba mucho el proceso. Una condición puesta por el ex dictador era que el informe no se hiciera público ni facilitado a las otras partes involucradas. 

“El senador Pinochet no está en el momento presente mentalmente capacitado para tomar parte con conocimiento de causa en un juicio”

Los exámenes se efectuaron el 5 de enero en el Northwik Park Hospital, especializado en el tratamiento de ancianos y cuatro días después el ministro Straw recibía el informe. Después de detallar minuciosamente todos los problemas que afectan a Pinochet, el documento concluía: “Es nuestra opinión que el senador Pinochet no está en el momento presente mentalmente capacitado para tomar parte con conocimiento de causa en un juicio”. El 2 de marzo, finalmente, Straw dio a conocer su decisión, favorable a Pinochet, basado en estas conclusiones de los médicos, que señalaban que “no sería capaz de una participación sustantiva en un juicio, debido a su pérdida de memoria de hechos pasados y recientes y su habilitad limitada para comprender frases complejas y su deteriorada habilidad para expresarse audible, breve y relevantemente”. 

El último acto de este largo episodio empezó con su rápida salida de la mansión que había servido de prisión domiciliaria, y traslado al aeropuerto de Waddington, a dos horas y media de Londres. Allí lo esperaba un Boing 707 acondicionado especialmente para el traslado. El avión, con los 16 integrantes de su tripulación, llevaba esperando ese momento 47 días. El aparato tuvo que hacer una escala técnica en la isla de Ascensión, pasó por el espacio aéreo de Brasil y al ingresar a Argentina recibió la comunicación de que no tenía permiso para hacer esa ruta con lo que tuvo que salir y seguir por cielo boliviano, lo que retrasó el arribo un par de horas. 

Llegada al aeropuerto en Santiago
Llegada al aeropuerto en Santiago

La llegada al aeropuerto en Santiago fue a las 10.25 de la mañana del día 3 de marzo. El presidente Frei, que fue advertido de que el Ejército le preparaba una recepción triunfal, con categoría de héroe, montó en cólera y le exigió al jefe del arma, general Izurieta, que fuera lo más discreta posible, que no hubiera show. A pesar de las seguridades de que así sería, cumplió a medias. Al bajar del avión, una banda militar interpretó la marcha Los Viejos Estandartes, reservada para aquellos soldados que vuelven del combate y que en una de sus estrofas dice: “los que pasan heridos / van marchando marciales / van sonriendo viriles / y retornan invictos.”

Bajado del avión en silla de ruedas, de repente se levantó, pidió su bastón, saludó con él en alto a los 300 invitados que lo aguardaban y salió caminando

UN FALSO ENFERMO QUE LES ENGAÑÓ A TODOS

Teóricamente, Pinochet estaba sumamente enfermo y debilitado, pero el llegar a Chile la imagen fue bien distinta. Bajado del avión en silla de ruedas, de repente se levantó, pidió su bastón, saludó con él en alto a los 300 invitados que lo aguardaban y salió caminando. 

Llegada al aeropuerto en Santiago
Llegada al aeropuerto en Santiago

Había engañado a todo el mundo, empezando por el ministro británico del Interior, Jack Straw. En su libro de memorias, Last man standing: Memoirs of a Political Survivor, el ministro británico dedica un capítulo al tema que titula Un dictador llama, donde relata las intensas presiones que sufrió a favor de Pinochet, dentro de su propio gobierno y del parlamento. Y sobre la llegada a Santiago, diría en una entrevista a TVN, canal oficial de la televisión chilena: “Me indignó ver la escena (…) Pinochet se salió con la suya de manera inapropiada, con un diagnóstico que no era el correcto”. En otra entrevista, Straw añadió: “Es cierto que los informes médicos no tenían que ver con su movilidad física, pero el mensaje era claro, engañó al sistema británico y escapó al juicio que merecía tener”.

Atrás quedaba la disputa diplomática y demostraciones de partidarios y adversarios de Pinochet, tanto en Londres como en Santiago. En la capital chilena fueron especialmente agresivas las manifestaciones de pinochetistas contra las embajadas de España y el Reino Unido.  El ex coronel de inteligencia Cristián Labbé, alcalde de la comuna de Providencia, donde estaba el barrio El Golf, sede de las representaciones diplomáticas de ambos países, se negó a recoger la basura de las mismas y en la sede de la Fundación Pinochet se agredió a periodistas españoles que cubrían la crisis. 

A pesar de su regreso triunfal a Chile, Pinochet ya no fue el mismo. Sintió que ya no era intocable, tampoco en su propio país y nuevas pesadillas lo atormentarían hasta su muerte. Y Chile también fue diferente a partir de ese episodio. Para el abogado de la Vicaría de la Solidaridad Roberto Garretón, la detención de Pinochet demostró que Chile no estaba reconciliado con su pasado, como se creía: “La denominada reconciliación nacional era solo un discurso del gobierno. Los familiares de las víctimas no olvidaban que obtuvieron una verdad sin justicia [después del informe Rettig]. Por ello, después de la detención, el tema de las violaciones a los derechos humanos que se cometieron en la dictadura volvió a ser de interés público”. 

En enero de 1998, nueve meses antes de su detención en Londres, un grupo de abogados defensores de los derechos humanos había presentado la primera querella criminal en su contra. Muy pocos pensaron que aquello pudiera salir adelante. Al abogado querellante Eduardo Contreras le dijeron en los propios tribunales que no se hiciera ninguna ilusión, y que el caso había caído en manos del juez Juan Guzmán, que había celebrado con champán el golpe de Estado. 

Caravana de la Muerte
Caravana de la Muerte

Pero los hechos demostraron que los pronósticos estaban equivocados. Solamente tres días después de su regreso, el juez Guzmán solicitó a la Corte de Apelaciones de Santiago el desafuero del general por considerar que había antecedentes para someterlo a proceso por el caso de la “Caravana de la Muerte”. La reacción del estamento militar, todavía firmemente pinochetista, no se hizo esperar: los tres comandantes en jefe se reunieron a comer en el restaurante Ibis de Puerto Varas, del elegante barrio capitalino de Vitacura. Los tres iban de uniforme y avisaron a la prensa, en un mensaje de unidad de las FF.AA. El episodio fue conocido como “el servilletazo”. 

A pesar de su regreso triunfal a Chile, Pinochet ya no fue el mismo. Sintió que ya no era intocable, tampoco en su propio país y nuevas pesadillas lo atormentarían hasta su muerte

Al día siguiente, el gobierno mueve el tablero. El presidente Ricardo Lagos, que recién había asumido el poder, declaró: “El caso Pinochet está en los tribunales y nadie debe interferir en ellos. No seamos ingenuos, todos sabemos lo que se buscó en el día de ayer”. Y añadió que no era necesario demostrar a nadie la unidad de las FFAA, “porque las FFAA están unidas detrás del presidente de Chile”. 

En junio, la Corte de Apelaciones acuerda el desafuero de Pinochet y un mes más tarde es ratificado por la Corte Suprema.  Al día siguiente, unos 60 parlamentarios de UDI y RN le dan su apoyo en su domicilio, en el último gran gesto masivo del sector. Durante meses Pinochet se resistía a ser interrogado por el juez y cambiaba constantemente de domicilio. Hasta que el comandante en jefe del Ejército Ricardo Izurieta y el general Juan Emilio Cheyre le comunicaron que la fuerza no seguiría apoyando sus intentos de eludir la justicia. 

ARRESTO DOMICILIARIO EN CHILE

El 10 de enero de 2011 Pinochet se somete a exámenes médicos en el Hospital Militar. Y el juez Guzmán pudo finalmente interrogarlo en su domicilio. El ex dictador declaró que nunca dio la orden de asesinar a nadie. Pero será refutado por el general Joaquín Lagos, que en entrevista con TVN (el canal estatal de televisión) lo responsabilizó directamente por 14 víctimas de la “Caravana de la Muerte” en su paso por Antofagasta. El 29 de enero del 2011, la justicia declara procesado a Pinochet como autor de 57 homicidios y 18 secuestros, quedando con arresto domiciliario en su casa del barrio de La Dehesa. 

Nuevamente su defensa apostó por invocar problemas de salud. A mediados del 2001, con 87 años y mientras estaba internado en el Hospital Militar, la Corte de Apelaciones de Santiago decidió suspender temporalmente la causa por motivos de salud. Un año después, la Corte Suprema dictaría el sobreseimiento definitivo por demencia vascular. Parece cierto que padecía una demencia subcortical de origen vascular. Pero, si era subcortical no afectaba las funciones nobles del cerebro, que están en la corteza; si era subcortical, afectaba solo a los movimientos, influyendo en la conducta motora, por tanto era perfectamente procesable. 

Murió a los 91 años a las 14.15 del 10 de diciembre de 2006, el Día Internacional de los Derechos Humanos

Pero Pinochet comete un grave error. En una entrevista gestionada por su hija menor, Jacqueline, a un canal de televisión de Miami, se demostró que estaba lúcido: “¿A quién le pido perdón? ¿De qué? ¿De que una vez trataron de asesinarme en el Cajón del Maipo? ¿Perdón de que íbamos a transformarnos en otra Cuba? No, el perdón tienen que pedírmelo ellos a mí”, dirá Pinochet en la entrevista. Ahí se abrieron nuevas causas. Ya había renunciado al Senado, pero seguía con fueros como ex presidente. Por eso a mediados del 2004 la Corte Suprema lo desafuera nuevamente, esta vez por la “Operación Cóndor” y unos días después el juez Guzmán lo vuelve a interrogar. Pero la corte de apelaciones vuelve a revocar el procesamiento. 

En su cumpleaños 90 Pinochet estaba en prisión domiciliaria en su casa de La Dehesa por otro caso de derechos humanos. Al morir, estaba siendo procesado por Villa Grimaldi, Operación Colombo, otro episodio de la Caravana de la Muerte, el homicidio del químico Eugenio Berríos, la ejecución del sacerdote español Antonio Llidó y el caso Riggs, que puso en evidencia un esquema de corrupción y enriquecimiento ilícito del ex dictador y su familia.  

LAS CUENTAS DEL GENERAL EN EL BANCO RIGGS

JGM y GM

El perfil más corrupto de Pinochet se descubrió por azar. Como consecuencia del atentado a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos dictó nuevas leyes para perseguir el financiamiento internacional de los grupos terroristas, levantando el secreto bancario. Los primeros indicios llevaron a observar movimientos sospechosos en el Banco Riggs y el 14 de julio de 2004 “The Washington Post” informaba del hallazgo de 125 cuentas secretas de Pinochet, por un total de 27 millones de dólares. El subcomité de investigaciones del Senado norteamericano estableció también que el banco había ayudado al dictador chileno a ocultar el dinero, para que moviera discretamente sus bienes del Reino Unido a los Estados Unidos cuando fue arrestado en Londres y dejando que creara sociedades pantalla que no estaban a su nombre en las islas Bahamas y utilizando pasaportes falsos. Los accionistas de estas empresas privadas eran todos personas relacionadas con Pinochet y su familia. Se detectaron también sesenta y tres cuentas y certificados de depósitos de Pinochet y familiares en el Citi-Bank. 

El caso Riggs mostró que era un dictador corrupto, como otros muchos dictadores

“No hay nadie que haya amasado una fortuna personal o familiar en este régimen”, había dicho años atrás el dictador. Los hechos lo desmintieron al descubrirse un escandaloso esquema que lo benefició personalmente a él y a su familia. María Inés Horvitz, del Consejo de Defensa del Estado (CDE), declaró que buena parte de los fondos reservados que manejó Pinochet, que no requieren justificación, fueron a parar a los bolsillos del ex dictador y su familia. La investigación del Riggs estableció también que cobró comisiones ilegales por la compra de armas. El CDE llegó a determinar que el patrimonio total de Pinochet ascendía a 21,3 millones de dólares, de los que 17,8 millones tenía origen ilícito. “El caso Riggs mostró que era un dictador corrupto, como otros muchos dictadores”, dijo el abogado Eduardo Contreras

Murió a los 91 años a las 14.15 del 10 de diciembre de 2006, el Día Internacional de los Derechos Humanos. Una semana antes había sufrido un infarto agudo de miocardio. Sus partidarios querían un funeral de Estado, pero el gobierno, encabezado por Michelle Bachelet decidió que solo recibiría honores militares. En representación del gobierno asistió la ministra de Defensa, Vivianne Blantot, que fue hostilizada por los pinochetistas y que fue incluso agredida. La prensa también fue violentamente maltratada. El nieto de Pinochet, capitán Augusto Pinochet Molina, hizo un discurso de exaltación política del fallecido, que le costó la carrera militar. 

La muerte volvía a polarizar al país. Carmen Hertz, abogada de derechos humanos y diputada del PC diría: “Pinochet está inscrito en la historia universal de la infamia y ahí va a quedar para siempre”. 

 

EL PERFIL DE UN TRAIDOR

JGM y GM

Exactamente una semana después del golpe, el fotógrafo holandés Chas Gerretsen, que había llegado al país en enero de ese año y trabajaba como freelance, tomó una foto que recorrería el mundo, porque mostraba la imagen de la brutalidad del nuevo régimen instalado en Chile tras el derrocamiento de Allende. Era la foto de Pinochet, sentado, con lentes oscuros, los brazos cruzados, mirando directamente al objetivo de la cámara  y expresión de perro Rottweiler. 

Era un nuevo Pinochet. Hasta el día del golpe se le consideraba un militar constitucionalista, al punto que había sido recomendado a Allende por el general Carlos Prats, que tuvo que dejar el cargo de Comandante en Jefe del Ejército diecinueve días antes del 11 de septiembre por presiones de los sectores golpistas.

 En un almuerzo el 10 de septiembre, al que asistieron, entre otros, José ToháOrlando LetelierSergio BitarCarlos Jorquera y Joan Garcés, se le planteó a Allende la necesidad de pasar a retiro “a seis o siete generales”, identificados como golpistas. Entre esos generales no estaba Pinochet. En un audio que se acaba de conocer, grabado por el asesinado Letelier después de abandonar su destierro en la isla Dawson, referente a ese almuerzo, señala que el general Prats “tenía una confianza muy grande en Pinochet”. 

Un día antes del golpe, el dirigente socialista y ministro de Exteriores, Clodomiro Almeyda, que viajaba de regreso a Chile de una Conferencia de Países No Alineados en Argelia, le comentó a personas de la delegación, ante los rumores de golpe inminente: “Ya en el único que se puede confiar es en Pinochet.  

Hasta el día del golpe se le consideraba un militar constitucionalista, al punto que había sido recomendado a Allende por el general Carlos Prats

Su carrera militar, a pesar de haber llegado al generalato, había sido mediocre. Con una gran admiración por Franco, también desarrolló una devoción por Napoleón. No solo coleccionaba libros sobre el personaje, también figuras en miniatura que tenía en su despacho. 

“Augusto Pinochet fue un dictador, esencialmente anti demócrata, cuyo gobierno mató, torturó, exilió e hizo desaparecer a quienes pensaban distinto. Fue también corrupto y ladrón. Cobarde hasta el final, hizo todo lo que estuvo a su alcance para evadir la justicia. Estadista, jamás”. Así lo describió el actual presidente Gabriel Boric en vísperas del 50 aniversario del golpe, cuando la ultraderecha pretende rescatarlo del basurero de la historia. 

“Burdo, de bajo nivel intelectual y brutalmente audaz”, lo había definido el dirigente democristiano Andrés Zaldívar, en una entrevista a la periodista Mónica González, todavía en tiempos de dictadura. 

Su compañero de armas, el general Gustavo Leigh, el hombre que tuvo que convencerlo para que se sumara al golpe, lo acusó de tener “una ambición ilimitada”, de “eliminar sistemáticamente” a personas a quienes “considera peligrosas y de que “solo se mantiene (en el poder) por la fuerza”. 

El conocido periodista peruano César Hildebrandt, lo describió en 2009 como “un hombre puntiagudo como su padre, sanguinario como su abuelo, astuto como la madre que lo había aplacentado y carnicero insomne como toda su estirpe”. 

Al igual que su admirado Franco, tuvo a su lado una esposa de carácter fuerte que opinaba sobre aspectos del gobierno y empujaba a su marido a tomar decisiones. “Como él era muy débil y ella muy ambiciosa, lo logró manipular y manejar”, dijo Moy de Tohá, viuda del ministro de Allende, José Tohá, asesinado por la dictadura. 

Lucia Hiriart venía de una familia adinerada, hija de un padre del Partido Radical que fue ministro y senador, mientras Pinochet tenía un origen mucho más humilde y tenía un sueldo como militar que no le permitía hacer una vida a la que estaba acostumbrada. Con el tiempo, la mujer del dictador incurriría en gastos suntuosos pagados por todos los chilenos, tomándose revancha de los tiempos de cierta penuria de la pareja. 

“Un hombre puntiagudo como su padre, sanguinario como su abuelo, astuto como la madre que lo había aplacentado y carnicero insomne como toda su estirpe”

“Amarga y déspota con su marido, le decía cosas muy crueles, era muy pesada con él y él era muy sumiso con ella”, dijo Patricia Lutz, hija de un general que los conoció en Antofagasta. Contactos de su suegro le permitieron prosperar dentro del Ejército. Lucía Hiriart le aportó habilidades sociales que él no poseía. Fue fundamental para que su marido se sumase al golpe. Según cuenta el propio Pinochet en sus memorias, Camino recorrido: memorias de un soldado, una noche de 1973 “mi mujer me llevó a la habitación donde dormían mis nietos y me dijo, ellos serán esclavos porque no has sido capaz de tomar una decisión”.  

Lucía Hiriart comandaba los Centros de Mujeres (CEMA), institución que ocupaba toda una planta del edificio Diego Portales y donde trabajaban cerca de cien mujeres, casi todas voluntarias, pero también personal de prensa, peluquero y maquillador. Más que una institución pública de amparo, CEMA estaba a servicio personal de la mujer del dictador. 

Implacable con las personas del régimen que tenían amantes, Lucía Hiriart era amiga de del general Manuel Contreras, que comandaba la policía secreta DINA, y por su posición naturalmente sabía de la vida de todos, de la oposición y del gobierno. La amistad de los dos era tan grande que Lucía Hiriart llegó a abandonar a su marido durante una semana, cuando Pinochet cesó al jefe de la DINA por presiones de EEUU. Era la segunda separación de la pareja. La primera ocurrió cuando él fue destinado a Quito y tuvo un romance con una pianista ecuatoriana. Su mujer lo supo y lo dejó por un tiempo, pero después lo perdonó. 

Alejandra Matus, autora de Doña Lucía, declaró cuando la mujer del exdictador murió: “No habría Pinochet sin Lucía Hiriart, ella fue su creadora”. 


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Javier M. González | Corresponsal de RNE en América Latina y en Alemania. Cubrió información de Chile desde la transición hasta la muerte de Pinochet.


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Gabriela Máximo | Periodista brasileña de política Internacional. Cubrió diversos acontecimientos en América Latina y África para Jornal do Brasil y O Globo.


El otoño de Pinochet comienza con su detención en Londres