martes. 16.07.2024

En el principio era el verbo (la palabra). / Todas las cosas fueron hechas por la palabra  / y sin ella no habría nada de lo que existe.


Es lo que está pasando, que el relato está justificando los hechos actuales, aunque no sea demasiado fidedigno a los hechos del pasado. Porque el relato está hecho de palabras, con palabras de significado, socialmente asumido, impuesto por quien tiene, en cada momento y lugar, la mayor capacidad de aculturación.

Así, después de cinco guerras entre árabes e israelíes; de tres entre israelíes y palestinos, conocidas como Intifadas; y de cuatro operaciones israelíes de castigo sobre la población de Gaza; resulta que la operación Tormenta al-Aqsa lanzada el pasado 7 de octubre por las Brigadas Izz al-Din al-Qassam (milicia del Movimiento de Resistencia Islámica, Hamas) y las Brigadas Al-Quds (milicia de la Yihad Islámica Palestina) no es una acción de guerra, no es el inicio de una nueva campaña de la larga guerra israelo-palestina, que dura, de forma intermitente, desde 1948. Es una acción terrorista, un ataque terrorista. ¿Por qué?

¿Por qué las sucesivas (2008, 2012, 2014 y 2021) invasiones israelíes del territorio de Gaza son operaciones militares, de guerra, y la de los gazatíes en Israel (2023) es una acción terrorista?

¿Por qué las sucesivas (2008, 2012, 2014 y 2021) invasiones israelíes del territorio de Gaza son operaciones militares, de guerra, y la de los gazatíes en Israel (2023) es una acción terrorista?

Porque la palabra hace al relato y la palabra terrorista se ha convertido, desde el 11-S, en un sambenito, con el que se pretende anular la humanidad de a quien se aplica, que no tiene nada que ver con lo que se haga o se haya hecho, sino con la opinión y los intereses de quien la pronuncia. Porque tanto “terror” creó en Israel la Operación al-Aqsa palestina, como la Operación Espadas de Hierro está creando en Gaza. Porque tanta vulneración del Derecho de la Guerra y del Derecho Internacional Humanitario supuso la Operación al-Aqsa, como está suponiendo Espadas de Hierro. 

Porque el relato es, por definición, una versión interesada, un intento de justificación de nuestros intereses y preferencias. Y al relato de eso que llamamos Occidente, que gira, a modo de sistema solar, geopolítica y culturalmente, alrededor de Estados Unidos y su inmenso poderío, le interesa que en el inconsciente colectivo se grave quien es el injustificable, el sin normas ni valores, el que reúne todas esas características que definen y permiten identificar a los deshumanizados terroristas. Y quién es el que se ha visto obligado, en nombre de su “derecho a defenderse”, a responder con todos los medios a su alcance, aunque algunos de ellos vulneren las normas y valores que se suponen el soporte de nuestra cultura y de nuestra ideología… pero es que es ¡en nombre de su "derecho a existir” como pueblo, como sociedad y como nación! 

Porque la palabra hace al relato y la palabra terrorista se ha convertido, desde el 11-S, en un sambenito, con el que se pretende anular la humanidad de a quien se aplica

¿Y por qué no tienen los palestinos esos mismos derechos “a existir y a defenderse”, aunque a veces ellos también vulneren las normas y valores que se supone debían regir el mundo? A defenderse del cerco de Gaza, eso a lo que se alude con frecuencia como “la mayor cárcel al aire libre del mundo” (y de la historia, añado, y no me olvido del gueto de Varsovia). A defenderse de lo que se perdió con la Nakba (1948-1949), con las conquistas posteriores a las guerras de los Seis Días (1973) y del Yom Kipur (1982), con la expansión de colonias a todo lo largo y ancho de bantustan en que hoy día se ha convertido Cisjordania, de los palestinos muertos, heridos y mutilados a diario en Cisjordania a manos de soldados y de colonos armados israelíes. O es que ya no está en vigor la norma internacional de que no es legal la adquisición permanente de territorio ocupado en una guerra. O es que depende de quien sea el ocupante y el ocupado.  

“Dos Estados”, otra fundamental expresión en la que pretende sustentarse el relato, la versión interesada que se quiere convertir en mayoritaria en el inconsciente colectivo. La de Dos Estados es la solución que nos dicen más adecuada para resolver el viejo contencioso creado en 1947, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió, a instancias de la nación administradora del territorio conocido como Palestina, el Reino Unido (Mandato de Palestina), repartir dicho territorio entre dos nuevos Estados independientes: Israel (menos de un tercio de los habitantes del Mandato), al que se le adjudicó el 55% del territorio, y Palestina (dos tercios de los habitantes), el 45% del territorio, de un territorio discontinuo. Ambos con capital en la legendaria ciudad de Jerusalén, la parte oeste para Israel, la parte este para Palestina.

A través de sucesivas guerras, Israel ha ido ganando territorio hasta el punto de que hoy día Palestina es sólo el 22% de aquel territorio del viejo Mandato británico

Desde entonces y siempre a través de sucesivas guerras, Israel ha ido ganando territorio hasta el punto de que hoy día Palestina es sólo el 22% de aquel territorio del viejo Mandato británico. Un 22% dividido en dos parcelas de imposible conexión, la Franja de Gaza y Cisjordania con capital en Ramala, que no en Jerusalén Este. Sin que esta vulneración del Derecho Internacional (ilegalidad de la adquisición permanente de territorio ocupado en una guerra) haya provocado cualquier tipo de reacción o de presión sobre Israel de un Occidente que se considera a sí mismo el depositario y garante de un mundo basado en las normas y valores (el Derecho Internacional, el Derecho de la Guerra y el Derecho Internacional Humanitario, en este caso) soporte de nuestra cultura y de nuestra ideología.

Como consecuencia de una de estas guerras, la del Yom Kippur en concreto (1973), la comunidad internacional pensó que estableciendo formalmente la frontera entre ambos: Estado de Israel y Palestina (sólo considerado por las Naciones Unidas como Estado Observador) en la línea de fin de hostilidades de la anterior guerra, conocida como de los Seis Días (1967), el contencioso quedaría zanjado. Y así lo determina la Resolución 338 (octubre de 1973) del Consejo de Seguridad.  

Este es el formato al que se alude cuando se habla o se propugna la solución de Dos Estados o de las Fronteras de 1967. Un formato en el que a Palestina le corresponde solamente ese citado 22% del territorio del antiguo Mandato británico con Jerusalén Este bajo jurisdicción de Israel.

Aceptar la solución de Dos Estados, formato fronteras de 1967, sería tener que desmantelar un buen número de colonias y la imposibilidad de crear otras nuevas

Un formato, digamos que internacionalmente legal, ya que está sancionado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, difícil de aceptar por los palestinos, aunque la actual Autoridad Nacional Palestina en manos de al-Fatah (Mahmud Abbas) sí declara estar dispuesta a aceptarlo. Pero menos aceptado todavía por Israel, que, desde entonces, ha ido “ocupando” el territorio cisjordano con colonias israelíes, dependientes de su Gobierno y sus autoridades, basándose en lo establecido en los Acuerdos de Oslo (septiembre de 1993), que dividen Cisjordania en tres áreas: A (control político, administrativo y de seguridad palestino, 18% del territorio cisjordano), B (control político y administrativo palestino, control militar y de seguridad israelí, 25% del territorio cisjordano) y C (control político, administrativo, militar y de seguridad israelí, 57% del territorio cisjordano, incluyendo Jerusalén Este). Aceptar la solución de Dos Estados, formato fronteras de 1967, sería tener que desmantelar un buen número de colonias, la imposibilidad de crear otras nuevas o ampliar las actuales y perder jurisdicción y la posibilidad de control de Cisjordania a través del control de sus carreteras. Como en algún momento alguien matizó: “Los Acuerdos de Oslo fueron la estrategia israelí para eludir la solución de Dos Estados”.

De modo que cuando se cita la solución de “dos estados”, a qué se está refiriendo el hablante: a los dos Estados establecidos por la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre de 1947; a los Dos Estados del formato “fronteras de 1967” establecidos por Resolución 338 del Consejo de Seguridad en octubre de 1973, teóricamente la legalidad internacional actual; o a la realidad que Israel quiera imponer como potencia vencedora tras arrasar Gaza y “limpiar” Cisjordania.

Eso no es lo importante. Se trata de crear un discurso, un relato, que suene a legalista, pacificador y comprensivo. Que cale con facilidad en el inconsciente colectivo y que pueda ser socialmente asumido como el resultado de una exitosa mediación en cumplimiento de la legalidad internacional y de nuestras universales normas y valores. 

Mientras, en tanto no llegue la solución de Dos Estados, mandamos dos portaaviones con su correspondientes Grupos de destrucción, combate y desembarco. 

Dos Estados y dos portaaviones